INMIGRACION: MUSICA Y DANZA

Música

Ya en el Martín Fierro, publicado en 1872, aparece un italiano que hace música: "Allí un gringo con un órgano/ Y una mona que bailaba/ Haciéndonos ráír estaba/ cuando le tocó el arreo./ ¡Tan grande el gringo y tan feo!/ ¡Lo viera cómo lloraba!" (1). También encontramos un inmigrante en "El alma del suburbio", de Evaristo Carriego: "Soñoliento, con cara de taciturno,/ cruzando lentamente los arrabales,/ allá va el gringo... ¡Pobre Chopin nocturno/ de las costureritas sentimentales!" (2).

Traían desde su tierra la inclinación por este arte. A pesar de la tristeza, "La música y las danzas abundaban en el barco -escribe María Angélica Scotti. Algunos tocaban el acordeón, otros la flauta, y por encima de la baraúnda, el violín diáfano de Padrazo" (3). Hacía música el galleguito de González Carbalho: "la armónica en los labios/ hice todo el viaje" (4). Cuando embarcó en Génova, Valentín Bianchi "portaba la vieja valija de la familia y su inseparable mandolina en la espalda" (5).

En uno de sus poemas, María Teresa Andruetto recuerda la afición musical de su padre: "El padre toca el banjo en la cocina/ de la casa (...) El padre toca rumbas,/ habaneras, canciones italianas" (6).

La música no podía faltar en el festejo del casamiento. De la colectividad italiana es el que recuerda Carlos Ibarguren, en La historia que he vivido. Se ha casado Darío Nicodemi: "el casamiento fue celebrado con una fiesta en la modesta casa del barrio en que vivía la novia. Concurrió allí invitado el elemento gringo de la vecindad con sus respectivas familias -algunas con hijos argentinos- y varios amigos de Darío, entre los que yo me contaba. Se bailó animadamente hasta la madrugada en el patio, al compás del acordeón, ocarina y flauta; de la cocina, donde se jugaba a la morra, partían vociferaciones en italiano, mientras el moscato y el nebiolo espumante enardecían los ánimos sin distinción de edad, sexo ni nacionalidad; y aún recuerdo cómo nos atrajo a los muchachos la bella Carlota, hermana del desposado, que resultó esa noche, reina indiscutida de aquel regocijo meridional" (7).

Además de tocar por gusto, algunos hijos de inmigrantes emprendían estudios formales. María Luisa Cuccetti recuerda su iniciación musical: "ya cuando estaba en el primario, una amiga mayor me empezó a enseñar piano", pero su padre, un clarinetista profesional genovés que se había instalado en La Boca, la anotó en el conservatorio: "Ibamos en tranvía, y como era en el centro, me ponían sombrero... ¡Bah, capotita! Los sombreros eran para las señoritas" (8).

A escondidas tocaba la gaita un asturiano -cuenta Jorge Fernández Díaz-, pues su hermano, avergonzado del origen de ambos, se lo había prohibido. El anciano "cuando su hermano no estaba en casa, entraba en el dormitorio de los tíos, levantaba la trampa del sótano disimulada bajo la cama matrimonial, bajaba cinco escalones, prendía la luz, cerraba la tapa y tocaba su música en la clandestinidad durante horas" (9).

Zulmira, inmigrante afincada en Villa Elisa, manifiesta: "'Para mi siempre fue importante mantener un contacto con la colectividad portuguesa ya que es una forma de traer mi pueblo a la Argentina y de mantener y usar mi idioma. Me gusta juntarme a escuchar fados (folclore portugués) y las famosas melodías de las guitarras de doce cuerdas'. Para suerte de Zulmira muy cerca de su casa se encuentra la casa de Portugal 'Virgen de Fátima' que organiza reuniones periódicamente donde la gastronomía y música portuguesas siempre dicen presente. La fecha más importante que festeja la colectividad es el 10 de Junio: Día de Portugal y la lengua portuguesa. Se realizan grandes festejos donde conviven los inmigrantes más antiguos con niños que recién comienzan a entender un poco de sus antepasados" (10).

Amaban la música quienes se establecieron en la Colonia San José, en Entre Ríos. Eran franceses, suizos, alemanes y piamonteses. "No todos tenían gran preparación intelectual -dice Celia Vernaz. Si bien vinieron médicos, bachilleres y gente que tenía escuela y que pudo dedicarse a enseñar, otros solamente sabían trabajar, aunque algo que llama la atención es que la mayoría conocía música y formaban parte de la Banda" (11).

Entre los alemanes del Volga, "La institución del Schulmeister, trasladada también a la Argentina, fue muy importante hasta mediados de siglo. Estos maestros no sólo contribuyeron a la conservación del idioma natal sino que, con su habilidad para organizar coros parroquiales, transmitieron en forma musical relatos e historias antiguas que de otra forma se habrían perdido". Nicolás Dening, alemán del Volga entrevistado en Paraná, "recuerda que en su aldea natal, Valle María -Diamante, Entre Ríos-, el Schulmeister era un músico autodidacta que sobresalía en toda la región por sus cualidades de organista" (12).

Disfrutaban de la música inmigrantes y criollos, en Misiones: "Por las noches, después de cenar, los martes y viernes en lo de Rathhof se hacía música. Venìa herr Engelsberg con su esposa y su violoncello y el señor Di Matteo con su violín, Walter arrimaba su propio violoncello y rodeaban el piano de Zaida, dedicándose a hacer música durante un poco más de una hora" (13).

Un nieto de rusos intenta tocar bandoneón, en el cuento "Historia con tango y misterio", de Oche Califa. Sus abuelos escaparon "por el ejército del zar. Cada vez que aparecía por la aldea donde vivían era para llevarse a los jóvenes a pelear en alguna guerra en la otra punta del país" (14).

En "El Café Izmir", Carlos Szwarcer se refiere a la música que interpretaban y escuchaban los inmigrantes: "En la plenitud del Café Izmir, Alboger poseía una importante colección de discos de pasta de música oriental, especialmente turca y griega, con la que se solazaban los parroquianos. El chiftetelli invadía el local y su ritmo llegaba distorsionado a la vereda, al tiempo que en las mesas se jugaba a las barajas o se deleitaban con un buen mezé (...) en horas de la noche, esos hombres con sombrero e infaltable corbata o pañuelo al cuello, llegaban al paroxismo cuando el sonido provenía de la orquesta oriental: mandolín, laúd, kanún (instrumento de cuerda ejecutado con plectros), pandereta, dumblek (tambor pequeño), violín, etc. y a su ritmo bailaban hombres y mujeres, solos o en pareja, y como verdadera atracción las odaliscas con sus pechos semidescubiertos, sombreros cónicos y velos endemoniados" (15).

La música alegra a los armenios. Dice una inmigrante: "Al principio extrañaba mi pueblo... Después, al reunirnos los sábados a la noche con otros armenios (mi hermano tocaba el violín y yo, el acordeón), no extrañé tanto" (16).

Notas

(1) Hernández, José: Martín Fierro. Testo originale con traduzione, commenti e note di Giovanni Meo Zilio. Buenos Aires, Asociación Dante Alighieri, 1985.
(2) Carriego, Evaristo: en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
(3) Scotti; María Angélica: Diario de ilusiones y naufragios. Buenos Aires, Emecé, 1996.
(4) González Carbalho, José: "Cuando mi padre habló de su infancia", en Requeni, Antonio: "Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho". Separata del Boletín Galego de Literatura.
(5) Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante. Santiago de Chile, Edición del autor, 1987.
(6) Andruetto, María Teresa: Kodak. Córdoba, Ediciones Argos, 2001.
(7) Ibarguren, Carlos: La historia que he vivido. Buenos Aires, Ediciones Dictio, 1977.
(8) Muzi, Carolina: "El siglo que yo vi", en Clarín Viva, 26 de septiembre de 1999.
(9) Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
(10) Da Conceiçao, Mauro; Euguaras, Mariano; Flibert; Francisco; Marino, Roberto; Sánchez, Julián: "Sabores de una historia", en www.ciet.org.ar.
(11) Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.
(12) Weyne, Olga: El último puerto. Del Rhin al Volga y del Volga al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis / Instituto Torcuato Di Tella, 1986.
(13) Ayala, Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
(14) Califa, Oche: "Historia con tango y misterio", en Un bandoneón vivo. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
(15) Szwarcer, Carlos: "El Café Izmir", en Todo es Historia. Nº 422. Setiembre de 2002. Páginas 54 a 57. Bs. As. Argentina.
(16) Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: "Los armenios en Buenos Aires" La reconstrucción de la identidad (1900-1950). Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.

 

 

Por María González Rouco

Licenciada en Letras UNBA, Periodista Profesional Matriculada
mgonzalezrouco@yahoo.com.ar

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