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EL
VIAJE
Un viaje penoso
En
sus Memorias, Lucio V. Mansilla describe las condiciones en las
que los inmigrantes realizaban el viaje hacia América: "El
italiano no había comenzado aún su éxodo de
inmigrante. De España, en general del Ferrol, de La Coruña,
de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos barcos de vela, rebosando
de trabajadores, aprensados como sardinas (...) En cierto sentido
eran como cargamento de esclavos" (1).
En su libro Los armenios en Buenos Aires, Nélida Boulgourdjián-Toufeksian
expresa: "Las condiciones en que viajaban los inmigrantes no
se correspondían con las descripciones de los folletos de
propaganda distribuidos por el gobierno argentino. En 1907 se tomaron
medidas para mejorar la travesía, disponiendo que cada pasajero
tenía derecho a una superficie mínima de 1.30 metros
cuadrados, a una cama de 1,80 metros de largo, a utilizar cocinas
y baños a bordo así como al control médico"
(2).
Cuenta un inmigrante asturiano que "Las camas consistían
en unos cajones parecidos a la mitad de un ataúd que sirve
de último reposo hombre y muchas veces al verme acostado
venía a mi memoria el más triste de los recuerdos
humanos ¡la muerte! El colchón no era otra cosa que
un saco lleno de yerba seca, y por almohada teníamos unos
pedazos de corcho unidos entre sí por unas cintas y cubiertos
de lona, a los cuales llamaban salvavidas, además a cada
persona le dieron una manta o cobertor para cubrirse" (3).
Para Valentìn Bianchi "transcurrieron muchas noches
de insomnio, acostado en la estrecha cucheta del camarote, mientras
pensaba en su nuevo destino y en cual serìa la suerte que
le depararìa. Las incomodidades del barco carguero en el
que viajaba tambièn le producìan desazòn. Tenìa
que sobreponerse a las penurias del viaje y a sus interminables
noches, cuando, con frecuencia, solìa sentir a las ratas
correteando por sobre su cama" (4).
No faltaban pasajeros como el italiano Deyacobbi:, nacido en 1886,
quien, a los dieciséis años, "se embarcó
como polizón siendo descubierto a los pocos días quedando
a cargo del panadero del barco que le enseñó su oficio
y le dio al llegar a Buenos Aires una recomendación para
la empresa Molinos Río de la Plata" (5).
"El primer recuerdo que me aparece es el viaje", dice
la protagonista de Diario de ilusiones y naufragios, novela de María
Angélica Scotti que mereció el premio Emecé
1995/6. "En verdad, es más lo que me contaron que lo
que vi con mis propios ojos -continúa. No sólo porque
era muy pequeña sino también porque hice la travesía
encerrada en un camarote muy especial: viajé oculta bajo
las faldas de mamita", porque "apenas zarpamos de Barcelona,
mamita notó que yo tenía el cuerpo y las mejillas
repletos de manchuelas coloradas. Ella ya había oído
decir que a los enfermos los obligaban a bajar en el primer puerto,
y por eso resolvió esconderme" (6).
Remey Nuez Fontanals llegó desde Barcelona a la Argentina
en 1947, a los veinte años. Recuerda el terrible viaje que
debió soportar: "Viajamos en la bodega del barco Cabo
de Nueva Esperanza. Los hombres por un lado y las mujeres por otro,
en un lugar como un pozo, en el que para respirar, había
sólo un tubo de lona que subía a la cubierta. Veintitrés
días así... durmiendo en literas, en catres, como
los judíos en los campos de concentración..."
(7).
En la bodega pasa su luna de miel el turco Víctor: "Fue
un mes de viaje. Una inolvidable luna de miel junto con... su suegra.
Sí, Luna dormía con su suegra en un camarote y Víctor
en la bodega, con los demás hombres" (8).
Cuando mira una foto, Elsa Carballeda imagina el viaje de su abuela
"con sus tres primeros hijos en la bodega del barco (tres meses
viajando en condiciones precarias y los sueños intactos)"
(9).
Sin una madre que lo proteja, solo, viaja a los diez años,
el padre del poeta González Carbalho. De su profunda pena
dará testimonio el hijo en su lírica (10).
A los trece emigra, desde los Bajos Pirineos, Bernardo Lalanne;.
él relata en sus memorias: "En el año 1873 me
vine a este hermoso país, la Argentina, con otros parientes
del mismo pueblo, viajando bajo el cuidado de ellos hasta Buenos
Aires" (11).
A pesar de la tristeza, "La música y las danzas abundaban
en el barco -escribe Scotti. Algunos tocaban el acordeón,
otros la flauta, y por encima de la baraúnda, el violín
diáfano de Padrazo" (12).
Hacía música el galleguito de González Carbalho:
"la armónica en los labios/ hice todo el viaje"
(13).
Cuando embarcó en Génova, Valentín Bianchi
"portaba la vieja valija de la familia y su inseparable mandolina
en la espalda" (14).
En
el océano, "cuando vino con otros/ encerrado en la panza
de un buque", aprendió el italiano del tango "La
Violeta", de Nicolás Olivari, la "canzoneta de
pago lejano" que cantaba en la taberna (15).
Hacer juntos semejante travesía crea lazos. Lo afirma Sergio
Pujol: "Uno baila con los de su clase social, sus paisanos,
los de su provincia, los de su misma edad, con los inmigrantes que
llegaron con uno en el barco" (16).
Johann Bodemann, quien emigró de Valais en 1857, recuerda:
"Todo cambiaba cuando mejoraba el tiempo: se bailaba, se cantaba,
se jugaba. El tiempo pasaba pronto. Con nosotros viajaban jóvenes
alegres, quienes cantaban muy bien, más que todo al anochecer,
cuando la luna hermosa alumbraba el mar tranquilo, y la brisa agradable
soplaba del océano. Hemos visto una gran variedad de animales
marinos. A veces bailábamos farándulas dando vueltas
por todo el barco. Hemos pasado así muchas noches sobre el
puente, hasta las doce o la una de la mañana, tan era eso
hermoso" (17).
También se escuchaban narraciones. Ana Padovani dice: "mi
abuelo me contaba que cuando vino en barco a la Argentina, los pasajeros
de la primera clase bajaban a la bodega para oír los relatos
de los inmigrantes de tercera clase" (18).
Algunos viajeros traían libros. El padre de Rodolfo Alonso
trajo de España un Juan Moreira, un Quijote, un Martín
Fierro y un Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, "toda una significativa
selección" (19); mi abuela, la Imitación de Cristo,
de Kempis.
Muchos traían el manual que les ayudaría a manejarse
en América: "los gobiernos preparaban manuales escritos
por 'doctores en viajes' y no necesariamente basados en experiencias.
Eran redactados para orientar a los futuros colonos y contenían
precisas instrucciones acerca de lo que sería el viaje, la
llegada y la posterior vida en un país extraño. Cómo
sacar un boleto, cómo conseguir empleo, cómo cuidarse
de los estafadores. Aconsejaban no quedarse en Buenos Aires, ya
que más lejos de los centros urbanos, tendrían mayores
probabilidades de hacer fortuna. Y otras curiosidades, como por
ejemplo, consejos acerca de los hábitos de nuestro país
y de otros, como Italia" (20).
Los que podían, traían ahorros. Cuando Lajos Fehér
salió de su Hungría natal, "llevaba consigo todos
los ahorros que había juntado en los últimos años,
a los que había ocultado en dos partes diferentes: una mitad
eran billetes cosidos dentro del forro de un inmenso sobretodo con
el que acostumbraba enfrentar los rigurosísimos fríos
de la Pusta Húngara, billetes de divisa internacional que
habían sido acopiados lenta y cuidadosamente a través
de los escasos medios para conseguirlos con que se contaba en la
Europa en guerra de esos momentos. La otra mitad, eran monedas de
oro que había colocado en el lugar del motorcito ausente
de un gramófono portátil que formaba parte de su equipaje,
motor que estaba a mano dentro de una de sus valijas, para cuando
fuese necesario demostrar que el aparato musical era bueno y en
funcionamiento" (21). En América, el hombre se enterará
de que los billetes eran falsos. Lo habían engañado.
Arturo Lezcano me escribe que la madre de José María
Martín trajo desde Galicia un cuadro titulado "La abuela
y el niño", de Fernando Alvarez de Sotomayor. Pensaba
procurarse con su venta algún dinero para establecerse en
América.
Un armenio viajaba con un recuerdo de familia: "la palangana
de cobre que, vaya uno a saber por qué, era el único
utensilio que Krikor había traido a la Argentina, luego de
pasar trabajosamente algunas aduanas que, entre aclaraciones y confusiones
le permitieron eludir el tax, palabra que nunca pudo comprender,
aunque le sonaba a crujido o a vidrios rotos, y resultaba amenazante
en boca de un empleado de Aduana. Aquella palangana era como un
tesoro familiar, al que su padre enaltecía cada vez que se
bañaban". Otro había traido un hammám
tazé, el tazón de bronce, para el baño, parecido
a un plato encasquetado. En ese recipiente cargaban el agua tibia
que, partiendo desde la cabeza, servía para arrastrar todo
lo que dejaba de pertenecer al cuerpo. (...) El hammám tazé
era un obsequio de Aigás, ese recipiente de metal era su
única pertenencia de desterrado".
Otros traìan secuelas de la tortura. Un inmigrante relata
a su hijo: "Tù sabes que los turcos nos hicieron sufrir
muchas humillaciones. Entre ellas, la de clavar herraduras en los
pies de algunos armenios, como si fueran animales. Durante el viaje
a la Argentina, en el barco, conocì a uno de ellos. Caminaba
rengueando y usaba zapatos con plataforma".
Y la culpa. Recuerda un armenio: en el barco "a los pocos días
comencé a sentirme mal. No eran solamente los mareos. Sentía
sobre mí una carga aplastante que iba creciendo. Mis compañeros
creían que se debía a la alimentación y hasta
me daban parte de sus escasas raciones. Yo no tenía apetito.
Es sorprendente comprobar cómo las desventuras nos quitan
hasta las ganas de comer y qué corta es la distancia entre
el bienestar y las miserias. Yo escapaba mientras los míos
quizás estaban muertos o muriendo, en el momento que más
se necesita la compañía de los seres queridos. Pues,
allí no estaba yo. Los muertos eran mejores que yo. Me di
muchas respuestas que no sirvieron para aliviarme. Nacía
en mí un sentimiento de culpa, pero la peor de todas, la
más difícil de soportar: la culpa de sobrevivir a
una tragedia familiar. Los otros polizones también escapaban,
pero ninguno con mis cargas" (22).
Alberto Luis Ponzo expresa en "Dibujos de papá":
"Seguí durante horas/ la cabeza/ que viajaba desde Italia/
dejando olas y vientos/ navegando en la piel" (23).
Ema Wolf afirma que no sólo venían personas en los
barcos. Venían también extraños personajes
como el Mamucca, un duende que llegó desde Sicilia: "Con
toda seguridad llegó acá en un barco. Lo habrá
traído algún inmigrante en su bolsillo, en la bocamanga
de los pantalones o en el pliegue del sombrero.
Lo
habrá traído sin querer, sin darse cuenta. Porque
uno puede mudarse de continente llevando hasta un ropero, pero a
nadie se le ocurriría cargar a propósito con algo
tan fastidioso como el Mamucca" (24).
Al pasar la línea del Ecuador -relata Johann Bodemann-, los
pasajeros debían someterse a una costumbre marinera: "El
trece de junio habíamos pasado el ecuador, y estábamos
del otro lado del hemisferio. Los marineros hicieron un gran fuego
para festejarlo. Al día siguiente nos hicieron saber que
todos debíamos someternos al bautismo de la línea,
como era la costumbre sobre todos los barcos que cruzaban la línea
del ecuador. Las personas adultas tenían que sentarse sobre
una silla, mientras los marineros llegaban disfrazados: uno como
cura con un gran libro en las manos, otro como peluquero con una
navaja de madera, seguido por tres o cuatro hombres con grandes
baldes de agua, y un último con una sábana mojada
que arrollaba de esta manera: el peluquero pintaba de negro el cuerpo
del bautizado y lo rascaba con un cuchillo de madera. De pronto
surgían detrás de él, los hombres con baldes
de agua que vaciaban sobre la cabeza del bautizado. Después
el cura inscribía el nombre y el apellido en el gran libro.
Una vez esto cumplido, el capitán llegaba y le hacía
beber aguardiente. Fue así con cada uno de los hombres, fueran
presidentes de la comuna o simples ciudadanos. Después le
tocó el turno a los marineros, y para terminar, al capitán.
Muchos rehusaron este juego, pero fueron más maltratados
que los voluntarios. En cuanto a las personas del sexo femenino
se les pedía solamente descalzarse y mojarse los pies en
un balde de agua fría. A los chicos no se les hizo nada.
Después los marineros nos pidieron la propina, se vistieron
con trajes de fiesta y se divirtieron" (25).
"Alguien le hizo una broma al napolitano -escribe Dal Masetto-:
le robó un zapato. El napolitano está parado en cubierta
con un pie descalzo. Anda así desde hace varios días
porque no tiene otro par. Habla en voz alta, acusa, está
dolorido y furioso. Los demás lo miran desde lejos, divertidos
y expectantes. Por fin el napolitano se quita el zapato que le queda,
lo levanta sobre su cabeza, lo muestra y después lo arroja
al mar. En ese momento, venido desde alguna parte, el otro zapato
cruza el aire y cae a sus pies. El napolitano lo levanta y lo tira
también por encima de la borda. 'Ahora', grita, 'tendré
que desembarcar descalzo' " (26).
Los aspectos desagradables de la travesía son evocados en
muchos testimonios. "Había en ese barco a la vez, mucho
hacinamiento y revoltijo -narra María Angélica Scotti.
Yo no me acuerdo nada de eso, pero mamita contaba que era imposible
encontrar un lugar limpio para sentarse porque el piso estaba lleno
de mondaduras de frutas y restos de galletas o de comidas. Contaba
que muchos se mareaban por el mal de mar, y que en los dormitorios
flotaban olores nauseabundos, por los vómitos y porque las
criaturas orinaban en cualquier rincón" (27).
Pero los olores no llegaban a la distinguida primera clase: "En
el barco -relata Henestrosa-, los brillos y perfumes de los ricos
estaban confinados en un salón, bien protegidos de los vahos
de la chusma que se apiñaba en la bodega" (28).
"Dicen que el aire de mar a unos les provoca náuseas
y a otros unas peculiares ansias -continúa Scotti. Padrazo
contaba que a él el viaje se le hizo harto breve, que no
sentía las molestias ni los calores de cuando alcanzaron
el Ecuador y los trópicos," (29).
En
plena travesía, una mujer dio a luz. Lo relata Johann Bodemann:
"Les tengo que indicar que durante el mareo, la mujer de Heimen,
de Niederwal, tuvo familia, una hermosa niña. No pudimos
ayudarla porque todos estábamos enfermos, nadie podía
tenerse parado, y menos, caminar. Fueron los marineros quienes tuvieron
que hacer de partera. El doctor mismo estaba enfermo. Menos mal
que todo pasó pronto. En todo caso, a ese doctor le importaba
un comino los pasajeros. Sin nuestro buen capitán el servicio
hubiera sido muy miserable". Fue el capitán quién
solucionó a Bodemann y los suyos el problema de la alimentación
en el barco (30).
También el diario de un asturiano que emigra ilegalmente
a la Argentina nos habla de la alimentación a bordo (31).
Mal la pasó una asturiana de quince años, a quien
"unas manzanas deliciosas de Río Negro (...) la mantuvieron
viva, aunque perdió cerca de diez kilos en dos semanas"
(32).
Viajando en esas condiciones, era fácil que se propagaran
las enfermedades. Acerca de la salud de los ucranios en el mar,
relata María Arcuschín: "Los niños, más
pequeños, con la inestabilidad propia de su edad y desconociendo
los peligros, corrían de popa a proa, perseguidos por sus
hermanos mayores. Todo lo querían curiosear. Hasta que, atacados
algunos por estados febriles, quedaban atrapados en sus cuchetas,
sin darle descanso a los mayores, con sus llantos y quejidos. Todo
se soportó estoicamente" (33).
Cuenta Isaías Leo Kremer que una mujer murió durante
la travesía: "Dicen que su madre había fallecido
en el barco que la traía desde Rusia y que quince familias
judías se juramentaron para cuidar al niño hasta su
mayoría de edad, pues no poseía parientes cercanos
conocidos en la Argentina" (34).
Syria Poletti narra en Gente conmigo lo sucedido a una pareja italiana:
"El llegó primero; trabajó duro y construyó
la casa. Entonces se casaron por poder y ella tomó el barco.
Un barco hacia América, hacia él, hacia el nuevo hogar.
Durante la travesía la contagió el tracoma y no pudo
desembarcar. Las prescripciones sanitarias no lo permitieron. Y
él tampoco pudo subir a la nave. Debió conformarse
con agitar el pañuelo desde el muelle cuando el buque zarpó
de regreso a Italia". La narradora sabe bien por qué
sucedió eso a la infortunada pareja de emigrantes: "Ella
había contraído el tracoma por viajar junto a algún
enfermo clandestino. Un enfermo a quien alguien -un médico
o un traductor- habría posibilitado el embarco eludiendo
o alterando un diagnóstico" (35).
Salvador Petrella, personaje de Frontera sur, muere de fiebre amarilla
en el barco. Su cuerpo fue cremado en el horno del lazareto de la
Isla Martín García. La novia que lo esperaba "pone
el brazo izquierdo sobre la mesa, la mano abierta, la palma arriba,
y con la derecha se da un hachazo..." . Esa fue la espantosa
forma en que se suicidó. (36).
A las enfermedades a bordo se refiere asimismo Claudio Savoia, quien
afirma que la "fiebre inmigratoria" de 1907 fue bautizada
así por los historiadores porque casi todos los pasajeros
de los barcos llegaron a la Argentina con fiebre (37).
Como
la inmigrante que evoca Poletti, aunque por otro motivo, a Italia
vuelve también el protagonista de Guido de Andrés
Rivera, a quién se le aplicó la Ley de Residencia
4144. Dice el hombre: "Estoy aquí, en un camarote o
calabozo, de dos por dos y medio, tirado en una roñosa cucheta,
vestido, el cigarrillo en la mano, roja la brasa del cigarrillo,
y sobre mí, encendida, una lámpara que ellos rodearon
con tiras de metal. Idiotas, creen que trasladan a suicidas. (...)
soy un tipo que se llama Guido Fioravanti y que los patrones de
este desgraciado país, envían, como un saludo, a la
bestia de la Romagna" (38).
El viaje era insalubre y riesgoso. En el cuento de Luis León,
"Izmir, Vísperas de Pésaj", judíos
de Esmirna preparan su viaje hacia la "Aryintina, como Ierushalám,
tierra prometida de leche y miel..." (39). En "Chacarita,
Vísperas de Pésaj", del mismo autor, un hombre
recuerda con pesar esos "cuarenta días en el vapor"
que "no fueron menos que cuarenta años en el desierto"
(40).
Interminable debe haber sido el viaje para la alemana Renate Schotellius,
cuyo buque no llegó a tiempo, lo que alarmó a la adolescente:
"Yo viajaría treinta y ocho días en barco y llegaría
un día determinado, que mi tío sabía cuál
era. El problema fue que el barco se atrasó tres días
y, al llegar, era Carnaval. Me sentí muy asustada, porque
pensaba que mi tío me dejaría allí y tendría
que ir a los hoteles para inmigrantes. Finalmente llegó sin
ningún problema, le habían avisado" (41).
A Stéfano, protagonista que da el nombre a la novela de María
Teresa Andruetto, le toca en suerte un viaje accidentado: "En
medio de la noche los ha despertado la tormenta, el ruido del agua
contra la banda de estribor. El llanto de un niño viene del
camarote vecino o de otro que está más allá.
Aquí donde ellos esperan, nadie grita, sólo el hombre
de jaspeado dice que el mar esta noche no quiere calmarse y es todo
lo que dice; habla con serenidad, pero Stéfano sabe que está
asustado. Al llanto del niño se han sumado otros, pero nadie
ha de tener más miedo que él, que quisiera que a este
barco llegara su madre y lo apretara entre los brazos y le dijera,
como cuando era pequeño y todavía no soñaba
con América, duerme, ya pasará" (42).
Los descendientes de una inmigrante cuentan la forma en que ella
y sus hijos salvaron la vida: "Ana Dubroff vino vía
Génova, con León (hijo) y Berta. Una señora
que viajaba en el mismo barco se enfermo gravemente. Ana era o se
hizo muy amiga y cuando el capitán del barco decidió
que la enferma debía bajar en Génova por la gravedad
de su estado, Ana decidió a su vez bajar con su familia y
quedarse a cuidarla. El barco siguió su viaje y naufrago,
sin llegar jamas a Argentina. Eso explica por que la familia Dubroff
era de las pocas que arribo a Argentina sin samovar: la mayor parte
de sus cosas se hundieron con el barco" (43).
Nada tenían que ver con el clima las desventuras de los intelectuales
españoles que llegaron a bordo del Massilia, el 5 de noviembre
de 1939. Esta noticia apareció al día siguiente en
el diario Noticias Gráficas: "Las medidas adoptadas
contra el grupo de intelectuales y artistas españoles son
de un rigorismo que sólo tratándose de peligrosos
confinados se hubieran aceptado.... Un marinero nos informó
que los españoles refugiados tenían orden de que nadie
se aproximara a ellos y menos que se asomaran por los ojos de buey.
Es lamentable lo que ha ocurrido. No sabemos ni nos interesa saber
quién ha dado la orden terminante de que ese grupo de gente
que representa de modos distintos a la cultura y el cerebro de España
permanezca en la sombría situación de los delincuentes
incomunicados" (44).
El escritor Rodolfo Alonso afirma, refiriéndose a los exiliados
gallegos, que "si Buenos Aires -y con ella la Argentina- hacía
ya mucho tiempo que estaba recibiendo a cientos de miles de inmigrantes
(obligados a abandonar una Galicia feudal y sin futuro, que no podía
mantenerlos ni educarlos), a partir de la injusta derrota republicana
en 1939 vería llegar otra clase de viajeros: los exiliados.
Eran poetas, artistas, políticos, periodistas, científicos,
universitarios, sindicalistas, editores. Que, firmemente afianzados
en su colectividad, entonces mayoritariamente republicana, y reunidos
alrededor de una figura ejemplar: Alfonso R. Castelao, no sólo
líder político sino en realidad un humanista, durante
décadas convirtieron a Buenos Aires en la auténtica
capital de la cultura gallega enmudecida en su tierra por el franquismo"
(45).
Notas
1 Mansilla, Lucio V.: Mis memorias
2 Boulgourdjian Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos
Aires. La reconstrucción de la identidad (1900-1950).. Buenos
Aires, Centro Armenio, 1997.
3 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.
4 Bianchi, Alcides J.: Valentìn el inmigrante. Santiago de
Chile, Ediciòn del autor, 1987.
5 S/F: "El negocio del hielo", en La Capital, Mar del
Plata, 25 de mayo de 2000.
6 Scotti, María Angélica: Diario de ilusiones y naufragios.
Buenos Aires, Emecé, 1996.
7 Ceratto, Virginia: "Gris de ausencia. Volver a empezar en
un mundo nuevo", en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre
de 2000.
8 S/F: "Una mamá que hoy celebra sus 100 años",
en La Nación, Buenos Aires, 20 de octubre de 2002.
9 Carballeda, Elsa: "El altillo de Elsa", en Floresta
y su mundo, Año 9, N° 106, Febrero 1999.
10 Requeni, Antonio: Un poeta arxentino en Galicia: González
Carbalho. Separata del Boletín Galego de Literatura.
11 Lalanne, Bernardo: "Memorias", en Archivo Histórico
Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría,
Secretaría de Gobierno, Año 1997, Revista N°3.
12 Scotti, María Angélica: op. cit.
13 Requeni, Antonio: op. cit.
14 Bianchi, Alcides J.: op. cit.
15 Olivari, Nicolás: "La violeta", citado por Cirigliano,
Gustavo, en "Disquisiciones tangueras", en El Tiempo,
Azul, 30 de septiembre de 2001.
16 Pujol, Sergio.: "El baile, una historia de sexo, violencia
y tensiones sociales", en La Capital, Mar del Plata, 13 de
febrero de 2000.
17 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna,
1992.
18 Itzcovich, Mabel: "De profesión, contadoras de cuentos",
en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1997.
19 Alonso, Rodolfo: en Historia de la literatura argentina. Buenos
Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
20 S/F: "Hotel museo para la memoria", en La Voz del Interior
on line, Córdoba, 24 de julio de 2002.
21 Weisz, José Martín: op. cit.
22 Bedrossian, Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos Aires,
Ediciòn del autor, 1998.
23 Ponzo, Alberto Luis: "Dibujos de papá", en El
Tiempo, Azul, 20 de junio de 1999.
24 Wolf, Ema: "El mamucca" en Clarín, Buenos Aires,
22 de marzo de 1998.
25 Vernaz , Celia: op. cit.
26 Dal Masetto, Antonio: La tierra incomparable. Buenos Aires, Sudamericana,
2003.
27 Scotti, María Angélica: op. cit.
28 Henestrosa, María Guadalupe: Las ingratas. Buenos Aires,
Clarín-Alfaguara, 2002.
29 Scotti, María Angélica: op.cit.
30 Vernaz, Celia: op. cit.
31 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.
32 Fernández Díaz, Jorge: op. cit.
33 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos
Aires, Marymar, 1986.
34 Kremer, Isaías Leo: "Proveeduría 'El Progreso'
", en Mundo Israelita, Buenos Aires, 8 de agosto de 2003.
35 Poletti, Syria: op. cit
36 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones
B, 1998.
37 Savoia, Claudio: "El equipaje de los sueños",
en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.
38 Rivera, Andrés: Guido, en Para ellos, el Paraíso.
Alfaguara, 2002.
39 León Luis: "Izmir, Vísperas de Pésaj",
en SEFARaires N° 1, mayo de 2002.
40 "Chacarita., Vísperas de Pésaj", en SEFARaires
N° 2, junio de 2002.
41 Schotellius, Renate, en "Bajaron de los barcos. Historia
de la inmigración en Argentina", Colegio Schönthal,
www.monografias.com
42 Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires,
Sudamericana, 2001.
43 Rotstein, Enrique y Fabio: "Fanny Dubroff y David Rotstein",
en www.math.bu.edu/people/ horacio/ anc-cast.htm
44 Schwarzstein, Dora: "La llegada de los republicanos españoles
a la Argentina", en Estudios Migratorios Latinoamericanos,
37. CEMLA. Buenos Aires, 1997.
45 Alonso, Rodolfo: "La Galicia del Plata", en El Tiempo,
Azul, 1° de diciembre de 2002.
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