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ACTITUDES
En el siglo XX
La
apertura de nuestro país a la inmigración es elogiada
por Gabriela Mistral, quien escribió: "La Argentina
está dando a nuestros países una enseñanza
que ellos no quieren oír: la de que un año de inmigración
hace más por la raza que diez años de trabajo social
gastado en mejorar la carne vieja. Ninguna empresa -educación
popular, higiene social, etc.- acelera la evolución de un
país nuevo como ésta del injerto" (1).
Leopoldo
Lugones, en "la 'Oda a los ganados y las mieses' muestra una
expansión jubilosa en la exaltación de la tierra,
los hombres y los frutos, sin rehuir prosaísmos certeros
de cordial resonancia. Desde el diálogo pintoresco que sitúa
con felicidad en su medio al criollo o al extranjero hasta el cuadro
familiar a veces íntimo y conmovido de recuerdos, Lugones
hace explícita una convivencia con el mundo humano, animal
o de humildad biológica que sorprende por la extrema y sutil
observación. Hay ternura y gracia en el diminutivo y las
imágenes justas multiplican ante el lector la hirviente variedad
de ese vivo universo" (2).
En
"La formación de una raza argentina", José
Ingenieros se alegra de la adaptación al medio geográfico
que se verifica en los inmigrantes: "Las variedades de la raza
europea aquí trasplantadas sienten ya, en sus hijos argentinos,
los efectos de la adaptación a otro medio físico,
que engendra otras costumbres sociales. Los Andes, la Pampa, el
Litoral, el Atlántico, la Selva, el Iguazú, son cosas
nuestras, y solamente nuestras. Viviendo junto a ellas, las razas
blancas inmigradas adquieren hábitos e ideas nuevas, hasta
engendrar una variedad, distinta de las originarias" (3).
En
una geografía tan vasta, se encontraban inmigrantes procedentes
de diversas latitudes. "'La creencia en que la Argentina era
un crisol de razas nunca tuvo el ciento por ciento de adhesión,
pero fue una creencia eficaz: sirvió para que los extranjeros
se sintieran argentinos', asegura el antropólogo Pablo Semán,
especialista en el tema" (4). Los niños y los jóvenes
-afirma Guillermo Jaim Etcheverry- adquieren un papel dominante
en la vinculación de los mayores a la nueva sociedad.. (5).
La
integración entre argentinos y extranjeros suele lograrse
armoniosamente. Lo narra Jorge Luis Borges en "El sur":
"El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se
llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de una iglesia evangélica;
en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una
biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía
hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel
Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que
murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por Catriel;
en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso
de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado
romántico, o de muerte romántica" (6).
También
se integran la protagonista de un cuento de Marta Lynch y los Stavros,
una familia griega: "El mismo apellido desconcertaba de entrada.
Como si vinieran de lejos con un confuso prestigio de Medio Oriente
acerca del cual no había obligación de estar bien
enterado o con un franco y honesto aire de inmigrante en primera
generación, exudando inteligencia para abrirse paso y un
límpido chusmaje que a fuerza de ser admitido dejaba de estorbar"
(7).
Ante
la creciente transformación que se va operando en los jóvenes,
escribe Alberto Gerchunoff en Los gauchos judíos: "Bajo
el alero, donde se guardan las herramientas, Rebeca se sienta, revuelto
el cabello por la siesta, y saluda con voz ronca. Jacobo, cansado
del caballo, afila la daga en el alambre del corral, y al oír
a Rebeca, comienza a cantar como Remigio: Pensamiento mío...
Vidalitá" (8).
En
sus páginas autobiográficas, se describe a sí
mismo vestido a la usanza de la nueva tierra: "como todos los
mozos de la colonia, tenía yo aspecto de gaucho. Vestía
amplia bombacha, chambergo aludo y bota con espuela sonante. Del
borrén de mi silla pendía el lazo de luciente argolla
y en mi cintura, junto al cuchillo, colgaban las boleadoras".
En la colonia entrerriana a la que se trasladan luego de que el
padre es asesinado, manifiesta un profundo gusto por el folklore:
"En Rajil fue donde mi espíritu se llenó de leyendas
comarcanas. La tradición del lugar, los hechos memorables
del pago, las acciones ilustres de los guerreros locales llenaron
mi alma a través de los relatos pintorescos y rústicos
de los gauchos, rapsodas ingenuos del pasado argentino, que abrieron
mi corazón a la poesía del campo y me comunicaron
el gusto de lo regional, de lo autóctono, saturándome
de esa libertad orgullosa, de ese amor a lo criollo, a lo nativo
que debió, más tarde, fijar mi inclinación
mental. En aquella naturaleza incomparable, bajo aquel cielo único,
en el vasto sosiego de la campiña surcada de ríos,
mi existencia se ungió de fervor, que borró mis orígenes
y me hizo argentino" (9).
Máximo
Yagupsky afirma que "A los colonos, no acostumbrados a la vida
en esas vastas llanuras, les resultaba muy difícil soportar
la soledad, lejos de los centros de civilización. El único
aliento a su angustia era ver que el gaucho los acogía con
beneplácito. Y se estableció una amistad con el gaucho
y hasta, por momentos, un afecto casi fraternal" (10).
En
su libro, María Arcuschín refleja la gratitud de los
ucranios: "¡No olvides que estamos en América!
-dice uno de los personajes-. Acá vivimos en paz. Nuestros
hijos pudieron haber nacido allá. Pudieron haber sido esclavos.
En cambio hoy son libres. Son el futuro de este país hospitalario
que recibió a sus padres" (11).
En
un cuento de Susana Goldemberg, dice un inmigrante al despedirse
de su familia: "Argentina. El nombre raro. Otro país.
Del otro lado del mar. Papá trató de explicarme: -Es
un país grande, rico, generoso. Allí respetan a todos
los hombres del mundo que quieran trabajar sus tierras. No importa
en qué templo o en qué idioma le hablen a Dios"
(12).
César Tiempo manifiesta su sentimiento en un poema: "¡Yo
nací en Dniepropetrovsk!/ No me importan los desaires/ con
que me trata la suerte./ ¡Argentino hasta la muerte!/ Yo nací
en Dniepropetrovsk" (13).
Darío Lamazares, representante legal del Instituto Santiago
Apóstol, llegó a la Argentina a los catorce años:
"Fui un autodidacta, me formé en la calle, y como la
mayoría de mis compatriotas sufrí la falta de instrucción.
Este país nos dio todo, los mismos derechos que sus hijos,
y la escuela es una forma de pagar esa deuda" (14).
Es
en la escuela donde se integran las culturas. Esto sucede, por ejemplo,
en el Liceo Franco Argentino, donde, para festejar los treinta años
de la institución, los alumnos "de primaria bailaron
el pericón y los más grandes exhibieron sus investigaciones
sobre la vida del piloto Jean Mermoz, que prestó su nombre
a la escuela" (15).
Maximiliano
Matayoshi, autor de la novela Gaijin considera que "Quienes
tienen mezclas culturales tiene la ventaja de poder elegir qué
les gusta más de cada cultura. Yo, elijo de la cultura japonesa
el equilibrio, y de lo argentino, la frescura, cierto cinismo, cierta
desesperanza" (16).
Los
argentinos recibimos el aporte de esos inmigrantes. Lo destacó
Jorge Luis Borges: "en todos aquellos años habíamos
hecho muchas cosas. Habíamos hecho de este territorio perdido
una gran república por obra ciertamente de la inmigración
también, que ha hecho de nosotros un país que difiere
de otros de este continente, por el hecho de ser un país
de clase media y de población blanca, sin mucha población
indígena y casi sin población africana, ya que los
esclavos y los descendientes de los esclavos misteriosamente desaparecen"
(17).
Lo
dice Yvonne Fournery, guionista del documental periodístico
"La otra tierra": "La ideología, tanto en
la primera oportunidad, en los '80, como ahora, fue la misma, o
sea, no poner el acento para nada en la colectividad o comunidad,
sino en la síntesis de las culturas. Es decir, hacer hincapié
en el aporte que significó a nuestra identidad esa cultura.
Lo cual enriquece al programa, lo hace mucho más vivo y mucho
más real. De lo contrario, se transforma en una cosa... te
diría que pintoresca o turística... y no es ésa
la intención" (18).
El
casamiento es una de las formas en las que el inmigrante se integra
a la nueva sociedad. En un texto de Fray Mocho vemos a dos argentinas
intentando una alianza matrimonial con un inmigrante, mas la misma
no se da porque el italiano declara estar casado ya en su país.
Ante esta situación, la tía de la joven lo increpa:
"-¿Y que más quedrá este condenao?...
¡Se necesita ser un gringo afilador, pa crer que una muchacha
como mi sobrina sea capaz de fijarse en él si no es para
casarse!... ¿Pa qué estarán los criollos?...
¡Aura mismo le habi'avisar al escribiento que no habías
sido lo que parecés... condenao!... ¡Si hasta facha
e'criminal en tu tierra t'estoy encontrando... verás con
quién te has metido a tirar tiros al aire!..." (19).
Sabemos
que muchos extranjeros regresaron a sus patrias, pero otros dejaron
atrás su pasado y crearon familias con mujeres de nuestra
tierra. Alrededor de esta situación gira la existencia del
protagonista de El mar que nos trajo, de Griselda Gambaro, quien
se ve obligado a regresar a su país de origen (20), y del
abuelo de la lombarda Laura Pariani, quien abandona a su familia
italiana, y forma una familia nueva con una mapuche (21).
Haberse
casado con alguien con una historia distinta, puede volver difícil
la convivencia. En Cuando el tiempo era otro, escribe Gladys Onega:
"otro dolor eran las peleas entre mis padres, y que además
los chicos magnificábamos. Estaba el choque de culturas entre
un gallego y una criolla que nunca pudo entender la cultura gallega"
(22). No sucedió lo mismo a los padres de Patricia Palmer.
Dijo la actriz: "Mi padre era economista y filósofo,
un catalán de ideas anarquistas que venía del horror
de la guerra. Mi mamá, en cambio, era una nena bien de acá,
hija única, y no había vivido nada. Pero cada uno
fue el complemento perfecto del otro" (23).
Algunos
extranjeros se casaban por poder, práctica que Syria Poletti
consideraba un anacronismo. Su novela Gente conmigo obtuvo el Premio
Internacional de Novela convocado por Editorial Losada en 1961,
y el Premio Municipal de Buenos Aires en 1962. En esa obra, la traductora
Nora Candiani expresa: "Jamás pueden llevarse bien los
que no se conocían de antemano y resuelven casarse por poder
como quien resuelve entre dos males: o eso o la miseria (...) Es
una escapatoria, no una elección. Todas esas muchachas que
llegan aquí casadas por poder y se enfrentan con la incógnita
de un marido desconocido me dan la impresión de seres arrojados
por algún éxodo... No sé... Una especie de
aluvión acosado por fuerzas oscuras que desborda por el mundo
a tontas y a ciegas..." (24).
Aurora
Fiorentini describe la ceremonia religiosa de casamiento por poder.
Una inmigrante italiana "llegó a la Argentina en el
año 1954, después de casarse por poder con su antiguo
novio, su paisano, que había llegado algunos años
antes para hacerse una posición y estaba trabajando con mi
padre. Cómo se actuaba en estos casos? La novia se casaba
en la iglesia de su pueblo y en el lugar del marido actuaba un representante.
Por suerte Laura (llamémosla así) se casaba con su
novio y en la ceremonia estaba presente su cuñado. Pero tantas
muchachas llegaron a la Argentina casándose por poder y habiendo
conocido a su esposo sólo por carta y por fotos, recién
lo conocían en persona una vez llegadas aquí, jóvenes
y solas, habiendo dejado atrás la familia y su patria"
(25).
Cuenta
Sara Kinderman: 'Soy una casamentera de la década del 30
y del 2000. Guardo las fichas de recuerdo -dice ella, que ya cumplió
66-. Casé a varias generaciones de una misma familia'. Lo
suyo son los enlaces hebreos. '¿Viste las cosas terroríficas
que nos pasaron a los judíos? La gente de la colectividad
quedó destrozada. Son los que más me necesitan. Nunca
discriminé a otras colectividades, pero primero quiero acomodar
a mi gente', asegura sentada frente a una mesa con mantel bordado
al crochet" (26).
En
Frontera sur, un gallego dice al padre de su novia judía:
"Si usted lo aprueba y ella lo desea, nos casaremos. Entonces
Raquel será rica, porque yo soy rico. También debo
informarle que si usted no lo aprueba, pero ella lo desea, nos casaremos
sin su bendición. Estamos en la Argentina, no en el sur de
Polonia. Eso es todo" (27). El judío manifiesta no tener
prejuicios.
Un
asturiano, personaje de uno de los relatos de Hilel Resnizky, tarda
en aceptar a su yerno judío: "El viejo José Molinas
era testarudo y, para decirte la verdad, tacaño. Por muchos
años alejó de sí a su yerno judío, enfrentándose
con el rencor de su hija. Al final se rindió y lo hizo socio.
Molinas & Grun. 'San Jacobo'. Así llamó Marcos
Grun a la estancia que compró en Santa Cruz, en recuerdo
de su padre" (28).
Para
un personaje de Ana María Shua, el casamiento fue el origen
de conflictos familiares: "Tía Judith contó que
un día estaban todos sentados comiendo y el abuelo se paró
y dijo que en su mesa no podía comer una hija suya que anduviera
con un cristiano. Tía Judith le dijo que no pensaba levantarse
y que tampoco pensaba dejar a su novio. Entonces el abuelo Gedalia,
que nunca la había tocado para hacerle una caricia o darle
un beso (según decía la tía Judith), se levantó
de la silla y la agarró del brazo y la llevó al vestíbulo
y le pegó, y la tiró al suelo (según decía
la tía Judith) y la pateó hasta dejarle todo el cuerpo
lleno de moretones y le dijo que ya no era su hija (según
decía la tía Judith)" (29).
Sufre
un judío creado por Mauricio Goldberg, al enterarse de que
su hijo está enamorado de una mujer ajena a la colectividad.
El hombre se pregunta: " '¿Acaso no le importan su madre,
la gente, los clientes? ¿Qué voy a decir? ¿Qué
mi hijo se casó con una 'goie' de Chacarita?... ¡Qué
me importa la familia!, dirá. ¿Te das cuenta de lo
que nos hace? Pero yo debería habérmelo imaginado.
Lo único que entienden es una cachetada. Si pudiera darle
todas las que olvidé ¡Si pudiera sacarle esas ideas
que tiene! Dice que la quiere y que..." (30).
Una
italiana católica conoce a su futura nuera, alemana protestante:
"La señora Irene era muy católica, de comunión
diaria y colaboraba con el párroco en las labores sociales
de Adrogué. El hecho de que Christina fuera protestante no
contribuyó a facilitar las cosas" (31).
Entre los armenios, "la marcada conducta matrimonial endogámica
responde a la desaprobación de los matrimonios mixtos en
el seno de la comunidad por una cuestión de autodefensa del
grupo" (32).
En
Aventuras de Edmund Ziller, Pedro Orgambide define al xenófobo
como el "sujeto de apariencia normal que odia a los extranjeros"
y que "suele creer que los judíos adoran la cabeza de
chancho y que los negros son una raza inferior, y que Dios estaba
pensando en su pinche país cuando creaba el Universo"
(33).
Uno
de los líderes criollistas que Leopoldo Marechal crea en
Adán Buenosayres, expresa su punto de vista acerca de las
consecuencias de la inmigración: "La devoción
al recuerdo de las cosas nativas -tartamudeó Del Solar, pálido
como la muerte- es lo único que nos va quedando a los criollos,
desde que la ola extranjera nos invadió el país. ¡Y
son los mismos extranjeros los que se burlan de nuestro dolor! ¡Si
es para llorar a gritos!. (...) Es verdad que la ola extranjera
nos metió en la línea del progreso. En cambio, nos
ha destruido la forma tradicional del país: ¡nos ha
tentado y corrompido!". Adán Buenosayres, en cambio,
piensa "que nuestro país es el tentador y el corruptor,
que el extranjero es el tentado y el corrompido". El filósofo
villacrespense Samuel Tesler, exclama: "Estoy harto de oír
pavadas criollistas (...). Primero fue la exaltación de un
gaucho que, según ustedes y a mí no me consta, haraganeó
donde actualmente sudan los chacareros italianos" (34).
Décadas
antes, Eduardo Gutiérrez había defendido, en Juan
Moreira, al gaucho, que ha quedado desempleado ya que "En la
estancia, como en el puesto, prefieren al suyo el trabajo del extranjero,
porque el hacendado que tiene peones del país está
expuesto a quedarse sin ellos cuando se moviliza la guardia nacional,
o cuando son arriados como carneros a una campaña electoral"
(35).
La
confrontación entre extranjeros y nativos en las actividades
rurales aparece en varias novelas. Abelardo Arias escribe, en Alamos
talados, que don Ramón Osuna sentía un "desprecio
soberano por los gringos, como él llamaba a cuantos no hablaran
el castellano. Desprecio que alcanzaba a toda idea que de ellos
proviniera. No quiso alambrar su estancia; sembrar era cosa de gringos
y nunca el arado rompió sus tierras". La diferencia
entre terratenientes e inmigrantes es señalada por uno de
los personajes: "Doña Pancha aún no podía
comprender cómo abuela había recibido, 'con aire de
visita', a uno de esos gringos bodegueros, decía ella recalcando
la palabra con retintín. Ella no podía entenderlo
y menos disculparlo. Entre tener una viña y tener bodega
para hacer vino había un abismo infranqueable.
Eran
dos castas distintas, y la Pancha se había constituido guardián
insobornable de esa separación".
Los criollos, que se agrupan bajo la protección de la señora
y sus descendientes, ven como algo degradante el trabajo en la viña,
pues nacieron para domar potros y para hacer tareas que exijan valor
y destreza: " 'Los criollos no somos muy guapos pa' estos menesteres,
eso di' andar cortando racimitos son cosas pa' los gringos y las
mujeres -había dicho Eulogio-. Ahora, lidiar con toros, jinetear
potros, trenzar tientos de cuero crudo, marcar animales, ésas
son cosas di' hombre' y hasta si se trataba de dar una manito para
cargar las canecas, entonces se ajustaban el cinto y la faja, acomodaban
el cuchillo en la cintura, 'y no le hacían asco a juerciar
un poco' " (36).
Fausto
Burgos, en El gringo, reitera a lo largo de la novela la acusación
que los nativos hacen a los extranjeros: "'¿No son ustedes
los que nos vienen a quitar la tierra y el vino y el pan y todo?
Los peones blancos miran con cariño y con lástima
a quien esto dice y comentan: 'Povero nero', 'povero chino', 'é
una bestia'". Para la familia del protagonista, ser inmigrante
es una vergüenza que se debe ocultar, tratando de parecerse
en lo posible a los nativos de clase alta: 'Usted no es un gringo
-afirma el yerno que vive a expensas del italiano-; usted ya puede
llamarse criollo; ya tiene títulos para ello'. Uno de los
peones asegura también que Contadini ya es criollo, pero
lo hace en otro sentido: 'De esas cubas hay que sacar el orujo pa'
llevarlo a las prensas -explica al yerno. Mire vea, ¿y quién
saca el orujo?, ¿quién se mete en la cuba sabiendo
que adentro de ella puede parar las patas? El peón criollo,
señor; el gringo tiene miedo, el gringo no se mete a descubar
ni por equivocación. Mi patrón no es gringo; mi patrón
es ya criollo; él es capaz de ponerse a descubar también"
(37).
En
Amor migrante, de Stella Maris Latorre, un empleado del Hotel de
Inmigrantes agrede a un gallego. Le dice: "-Ya te oí,
crees que soy sordo gallego sucio, muerto de hambre. Avelino, Manuel
y todos cruzaron sus miradas: 'Este era el recibimiento que le hacían
los habitantes de ese país que prometía tanto, todos
apretaron los labios y endurecieron sus puños, todos... para
no responder a esa provocación; pero a todos también
se les partió el corazón y quisieron estar en Galicia
aunque no encontraran el oro tan prometedor, pero ya era tarde,
ahora había que ser fuerte, apechugar ya estaban en el tablao,
había que zapatear. Avelino tomó su pequeña
valija, un bolsito pequeño también Manuel hizo lo
propio, juntos lentamente recorrieron ese largo pasillo, jurando
no voltear la cabeza para no ver a sus paisanos, que realmente si
estaban mal presentados; pero eran honrados, y venían a trabajar,
a poner la espalda para que este país al cual recién
llegaban floreciera a fuerza del sacrificio de ellos, que en ese
momento necesitaban; la guerra, la mala situación de su país
los llevó a cruzar el mar en busca de un futuro mejor, pero
en el interior de esos hombres, de esas mujeres de rostros sufridos,
existía un rubí en bruto, sí, en bruto, como
lo siguieron llamando y muchas veces se mofaron de ellos, haciendo
bromas de mal gusto, chistes donde siempre, el tonto, el bruto era
el gallego; pero si de algo no podían mofarse era de su honradez,
de su fortaleza para el trabajo y la voluntad a pesar de a veces
tragarse las lágrimas que estaban prestas a salir de sus
pupilas, pero las sujetaban, no fueran a pensar que eran débiles,
no, no lo eran, eran más fuertes que un roble" (38).
Nora
Ayala relata que su abuela criolla, que vivía en Misiones,
tenía prejuicios contra los extranjeros. "Nosotros no
vinimos a matarnos el hambre como los gringos -decía-, estuvimos
siempre acá". La venta de la casa del Tata proporciona
otra evidencia de su actitud; la vivienda "fue comprada por
una familia turca, aunque Gerónima hubiera preferido que
no cayera en manos extranjeras, pero ellos fueron los que pagaron
y no había nada que hacer". Se rumoreaba que los compradores
habían encontrado allí un cofre con monedas de oro;
escuchemos a la criolla: "Teniendo en cuenta que los turcos
que habían llegado al país poco tiempo antes, si bien
eran gente trabajadora y honesta (a pesar de ser extranjeros) no
podían tener dinero como para hacer semejante inversión,
el rumor tenía visos de realidad".
Otros
parientes de Ayala, inmigrantes, discriminaban a los nativos. La
bisabuela italiana dice que tiene una hija "casada lamentablemente
con un criollo". El abuelo de la misma nacionalidad "dijo
sin vueltas que los criollos eran todos haraganes y que no quería
ninguno en su familia, con lo cual Samuel quedaba automáticamente
excluido". Samuel, por otra parte, se sentía discriminado
en su trabajo: "al principio estuvo muy contento hasta que
se dio cuenta de que los alemanes discriminaban a favor de los compatriotas
en el momento de los ascensos" (39).
En
Los jardines del Carmelo, novela de Ana María Guerra, Ferrario,
un artista florentino que vuelve a su tierra, "embriagado,
gritaba a los cuatro vientos: Questo é un paese bruto, molto
bruto, tutti sono indio, baguale, sporcachone" (40).
Un
personaje del cuento "Los afanes", de Adolfo Bioy Casares,
menosprecia a las irlandesas: "Milena tenía el pelo
castaño -lo llevaba muy corto-, la piel morena, los ojos
grandes y verdes (menospreciaba los ojos azules de las Irish porteñas),
las manos cubiertas de mataduras" (41).
Cuando niña, María Rosa Oliver escuchaba a las institutrices
inmigrantes. A criterio de María Rosa Lojo, muestra susceptibilidad
"ante otros personajes que se consideraban superiores -étnica
y culturalmente- a los argentinos, aunque se encontraran muy por
debajo de ellos en la escala de la sociedad. No perdía una
palabra de las charlas que mantenía Lizzie, su niñera
escocesa, con sus colegas british que servían en casas de
las afueras, a las que iban de visita y donde tomaban el té
de las cinco con scons calientes y sándwiches de berro. Nunca
faltaban, en aquellas sesiones, las críticas a los, y sobre
todo las natives: mujeres descuidadas y haraganas, que malcriaban
a sus hijos y no se tomaban el trabajo de aprender a preparar un
buen té a la inglesa" (42).
Dos
personajes armenios de Bedrossian, "Krikor y Ohannés
solían hablar del castí, el criollo. Los dos tenían
la misma desconfianza frente a lo no armenio, mamada tempranamente
como fugitivos, y después como grupo exclusivo en los orfanatorios.
Existía algo en el carácter de los argentinos que
les resultaba chocante: no eran previsores. (...) . También
coincidían en las virtudes del castí. Entre ellas,
la solidaridad frente a los necesitados, la aceptación amistosa
de los extranjeros. La 'gauchada' era la adjetivación más
típica de su carácter" (43).
Guillermo
Saccomanno, autor de El buen dolor, afirma en un reportaje que "Aquellos
tanos y gallegos que venían con una mano atrás y otra
adelante también eran segregados" (44). Ellos, a su
vez, despreciaban a los provincianos.
Cuando
muere Evita, la madre de Jorge Fernández Díaz, asturiana,
"llevó crespón y fue conducida en ómnibus
escolar hasta el Congreso, subió las escaleras y vio de cerca
el ataúd con aquella fantástica muñeca dormida.
No entendía mucho, pero veía llorar a los cabecitas
negras y, a pesar de los desdeñosos comentarios que se pronunciaban
en el living de su casa, Carmen asociaba a esa mujer con el esplendor,
y supuso que si los pobres morían de pena, ella debía
acompañarlos en el sentimiento. No siempre fue así:
los españoles desarrapados despreciaron a los 'negros' del
interior en cuanto pudieron hacer pie, y los españoles que
se quedaron en la madre patria despreciaron a los sudacas que osaban
regresar en cuanto la economía rescató a España
del quebranto. Todo es hijo del miedo, la estupidez humana también"
.
El
padre del narrador, asturiano como su esposa, "odiaba a los
argentinos, quienes trataban despectivamente a los españoles,
y también a la República Argentina, culpable de no
ser Asturias. (...) Durante décadas, (...) los argentinos
eran los mejores del mundo y los españoles unos muertos de
hambre. Ese rencor se cocinó a fuego lento y mi padre lo
tomó como un veneno homeopático. Conozco muchísimos
'argeñoles' envenenados por esa misma sustancia sin antídotos"
(45).
Orlando Barone, en "El avance de la intolerancia aldeana",
narra que algunos italianos segregaban a sus mismos compatriotas,
los que, a su vez, segregaban a los provincianos: "Mucha gente
antiperonista, entre ellos mi abuelo, inmigrante del sur de Italia,
se refería con desdén a los 'cabecitas negras' venidos
del interior y adictos al gobierno. Nunca entendí, después,
por qué mi abuelo que para los italianos prósperos
del norte era despectivamente uno de tantos africani del sur, discriminaba
a los correntinos que trabajaban con él en el puerto. Al
lado de su ataúd al morir, estaban sus dos amigos entrañables:
uno era de su tierra y el otro era de Corrientes" (46).
En
El agua, Enrique Wernicke evoca el menosprecio que un personaje
evidencia por su descendencia: "Era una casa para vivir bien.
Ahora que las chicas crecían, tal vez hubiese venido bien
otro baño o, por lo menos, un toilette. Pero don Julio pensaba
que las chicas algún día se iban a casar y además,
no olvidaba, él también tendría que morir.
Un baño es suficiente cuando se convive con gente bien educada...
como él. O Julito. No se podía decir lo mismo de las
nietas, hijas de una hija de un judío polaco, sin eso imperceptible,
casi diríamos inexplicable, que se llama 'tener sangre inglesa
en las venas'. (...) El viejo, esta noche, duerme solo. Julio está
en el Norte. Bertita, su nuera, y las dos nietas, han ido al centro.
Se quedarán 'donde vive la polaca' (nunca osó decirlo
en voz alta don Julio). Y lo dejarán tranquilo" (47).
A
veces -y esto debía ser mucho más doloroso- la discriminación
venía de los propios inmigrantes, avergonzados de su origen,
como el portero asturiano que prohibía a su hermano tocar
la gaita (48). O de los hijos argentinos de los inmigrantes, como
relata Gloria Pampillo: "mi padre y mi tío (...) habían
nacido aquí y el 12 octubre jugaban al truco. Estaba puesta
la radio y el locutor hablaba de la raza. 'Sacá esa gallegada'
le dijo mi tío a mi papá y mi abuelo se puso furioso.
Esta es otra de las pocas anécdotas que recuerdo y, sin embargo,
mi padre me la contó una sola vez" (49).
Gladys
Onega escribe en su autobiografía: "La elle y la ye
se igualaban cuando terminábamos la lección, pero
era imposible confundir calle con caye porque me las dictaba en
castellano y no en argentino; mi padre y mis tíos también
lo hablaban, logrando para esas letras dos sonidos distintos que
sólo imitábamos para reírnos por lo bajo de
la gallegada" (50).
En
la Semana Trágica de 1919 -cuenta uno de los personajes de
Vázquez Ríal- "se desató la caza del ruso.
Asi lo llamó la prensa. Eso del ruso... es un término
muy amplio, que alude al judío, el polaco, el húngaro,
al que se supone comerciante, o bolchevique, o terrorista, no importa
lo incongruentes que parezcan estos términos... (...) los
jóvenes que poco después serían organizados
en la Liga Patriótica, armados, tomaron al asalto el barrio
de Once, el barrio judío, identificándose con un brazalete
celeste y blanco, apedreando tiendas y deteniendo a cuanto peatón
con barba se les pusiera a tiro" (51).
En
agosto de 1932, escribía Jorge Luis Borges acerca del antisemitismo:
"Quienes recomiendan su empleo, suelen culpar a los judíos,
a todos, de la crucifixión de Jesús. Olvidan que su
propia fe ha declarado que la cruz operó nuestra redención.
Olvidan que inculpar a los judíos equivale a inculpar a los
vertebrados, o aún a los mamíferos. Olvidan que cuando
Jesucristo quiso ser hombre, prefirió ser judío y
que no eligió ser francés ni siquiera porteño.
Ni vivir en el año 1932 después de Jesucristo para
suscribirse por un año a Le Roseau d'Or. Olvidan que Jesús,
ciertamente, no fue un judío converso. La basílica
de Luján, para El, hubiera sido tan indescifrable espectáculo
como un calentador a gas o un antisemita. Borrajeo con evidente
prisa esta nota. En ella no quiero omitir, sin embargo, que instigar
odios me parece una tristísima actividad y que hay proyectos
edilicios mejores que la delicada reconstrucción, balazo
a balazo, de nuestra Semana de Enero -aunque nos quieran sobornar
con la vista de la enrojecida calle Junín, hecha una sola
llama" (52).
En
1945, Gerchunoff ya no siente el optimismo de los primeros años
del siglo. Escribe en "El crematorio nazi en los cines de Buenos
Aires": "Yo vivo siempre en un campo de concentración,
pues todo judío, por más que ame a su país
y por bien que le sirva, con su corazón y con su cabeza,
resulta, para una parte de los que lo pueblan y lo gobiernan a menudo,
carne de sus empresas inquisitoriales" (53).
En
1963, en Córdoba, la historia se repite. Escribe Ricardo
Feierstein, en "Primera sangre": "teníamos
un poco de miedo, pro mezclado con sorpresa, esa sorpresa producida
por algo inesperado, uno de esos hechos que escapan a la rutina
y desconciertan; no entendíamos por qué gritaron "heil
Hitler" cuando pasaron marchando con paso rígido por
el camino, vociferaron una, dos, tres veces, cerca de nuestro grupo
que conversaba y cantaba sentado en el césped. Y nos levantamos
de un salto, porque esas voces recordaban una noche turbulenta,
ancianos y niños marchando arracimados, aterrorizados; viejos
rabinos con expresión de horror, fuego, sangre, una horrible
pesadilla que habían contado nuestros mayores y que guiñaba
sus ojos en las películas" (54).
Notas
1 Mistral, Gabriela, citada por Gustavo Cirigliano, en El Tiempo,
Azul.
2 Ara, Guillermo: "Leopoldo Lugones", en Historia de la
literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
3 Ingenieros, José: "Ensayo de identidad", en Clarín,
Buenos Aires, 27 de febrero de 2000.
4 Rocco-Cuzzi, Renata: "Mitos del granero del mundo",
en Clarín, Buenos Aires, 26 de marzo de 2000.
5 Jaim Etcheverry, Guillermo: "Los nuevos emigrantes",
en La Nación Revista, Buenos Aires, 7 de abril de 2002.
6 Borges, Jorge Luis: "El sur", en Ficciones. Buenos Aires,
Sur, 1944.
7 Lynch, Marta: Los cuentos tristes. Buenos Aires, Centro Editor
de América Latina, 1967.
8 Gerchunoff, Alberto: Los gauchos judíos, en Historia de
la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
9 Gerchunoff, Alberto: "Autobiografía", en Alberto
Gerchunoff, judío y argentino. Selección y prólogo
de Ricardo Feierstein. Buenos Aires, Milá, 2001.
10 Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires,
Fraterna, 1986.
11 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavolbaso. Buenos
Aires, Marymar, 1996.
12 Goldemberg, Susana: "Papá", en Cuentos de la
Bobe, Sudamericana.
13 Koremblit, Bernardo Ezequiel: "La bohemia cultural judeoargentina
en las décadas del '30, '40 y '50", en Feierstein, Ricardo
y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina
/ 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial
Milá, 2004.
14 Beltrán, Mónica: "La primera escuela gallega
que enseña a chicos argentinos", en Clarín, Buenos
Aires, 25 de abril de 1999.
15 Costa, Flavia: "De nombre extranjero", en Clarín,
Buenos Aires, 21 de junio de 2003.
16 Beltrán, Mónica: "Un colegio con acento francés",
en Clarín, Buenos Aires, 26 de septiembre de 1999.
17 Borges, Jorge Luis: "Temas del tango", en La Nación,
Buenos Aires, 1° de junio de 2003.
18 Ceratto, Virginia: "Yvonne Fournery. ' La indiferencia,
en un 94%, es falta de conocimiento' ", en La Capital, Mar
del Plata, 18 de marzo de 2001.
19 Alvarez, Sixto (Fray Mocho): Cuentos. Buenos Aires, Huemul, 1966.
20 Gambaro, Griselda: El mar que nos trajo. Buenos Aires, Norma,
2001.
21 Patat; Alejandro: "El país de los sueños perdidos",
en La Nación, Buenos Aires, 28 de abril de 2002.
22 Duche, Walter: "Todos tenemos derecho a escribir nuestra
historia", en La Prensa, Buenos Aires, 18 de julio de 1999.
23 Madrazo, Cecilia: "10 cosas que sé", en La Nación
Revista, Buenos Aires, 13 de octubre de 2002.
24 Poletti, Syria: Gente conmigo. Buenos Aires, Losada, 1962.
25 Fiorentini, Aurora: "Recuerdos de una emigrante italiana",
en Fiorentini 3.
26 Artusa, Marina (texto); Ariel Grinberg y Enrique Rosito (fotos):
"Se ha formado una pareja", en Clarín Viva, 30
de mayo de 2004.
27 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones
B, 1998.
28 Resnizky, Hilel: Puentes de papel. Buenos Aires, Milá,
2004.
29 Shua, Ana María: El libro de los recuerdos. Buenos Aires,
Sudamericana, 1994.
30 Goldberg, Mauricio: Donde sopla la nostalgia. Buenos Aires, Grupo
Editor Latinoamericano, 1985.
31 Ayala; Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias. Buenos
Aires, Vinciguerra, 1997.
32 Boulgourdjian-Toufeksian: Nélida: "Los armenios en
Buenos Aires". La recosntrucción de la identidad (1900-1950).
Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
33 Orgambide, Pedro: Aventuras de Edmund Ziller. Buenos Aires, Editorial
Abril, 1984.
34 Marechal, Leopoldo: Adán Buenosayres. Buenos Aires, Sudamericana,
1970.
35 Gutiérrez, Eduardo: Juan Moreira. Buenos Aires, CEAL,
1980.
36 Arias, Abelardo: Alamos talados. Buenos Aires, Sudamericana,
1990.
37 Burgos, Fausto: El gringo. Buenos Aires, Ediciones Tor, 1935.
38 Latorre, Stella Maris: Amor migrante. Buenos Aires, De los Cuatro
Vientos Editorial, 2004.
39 Ayala, Nora: op. cit.
40 Guerra, Ana María: Los jardines del Carmelo. Buenos Aires,
Corregidor, 2003.
41 Bioy Casares, Adolfo: "Los afanes", en Mi mejor cuento.
Buenos Aires, Orión, 1973.
42 Lojo, María Rosa: "Cuando la plenitud nace de la
carencia", en La Nación, Buenos Aires, 31 de agosto
de 2003.
43 Bedrossian, Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos Aires,
Edición del autor, 1998.
44 Chiaravalli, Verónica: "Un corazón tomado
por la memoria", en La Nación, Buenos Aires, 15 de agosto
de 1999.
45 Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires,
Sudamericana, 2002.
46 Barone, Orlando: "El avance de la intolerancia aldeana",
en La Nación, Buenos Aires, 13 de febrero de 2000.
47 Wernicke, Enrique: El agua. Buenos Aires, CEAL, 1980. Capítulo).
48 Fernández Díaz, Jorge: op. cit.
49 Pampillo, Gloria: Los gallegos. Novela inédita.
50 Onega, Gladys Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo
Mondadori, 1999.
51 Vázquez-Rial, Horacio: op. cit.
52 Borges, Jorge Luis, en García Lupo, Rogelio:"La violenta
obscenidad del antisemitismo criollo", en Clarín, Buenos
Aires, 6 de abril de 2003.
53 Gerchunoff, Alberto: "El crematorio nazi en los cines de
Buenos Aires", en Alberto Gerchunoff, judío y argentino.
54 Feierstein, Ricardo: Postales imaginarias/2. Buenos Aires, Acervo
Cultural Editores, 2003.
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