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RELIGION
La
religión fue muy importante para los inmigrantes. Constituía
una fuente de fortaleza frente a la adversidad, al tiempo que significaba
un vínculo con sus tierras de origen.
En
la Colonia San José, donde arribó en 1857, el valesano
Juan Bautista Blatter escribe que "para la Santa Religión
nada había en común el primer año más
que el deseo de tener un sacerdote. Al presente tenemos la dicha
de tener uno quien nos hace todos los domingos hermosos sermones;
la misa se dice hacia las diez y media a fin de que toda la gente
de los alrededores puedan llegar a tiempo" (1).
Los
volguenses celebran con una misa la llegada a la nueva tierra. "Era
el año 1878, en una calurosa tarde del 18 de febrero, cuando
ancló en el puerto de Buenos Aires el trasatlántico
'Hohenstab', transportando a su bordo a las diecinueve familias
alemanas, que llegaban después de una larga y penosa travesía,
desde las lejanas tierras del Volga. (...) Se los alojó en
el Hotel de Inmigrantes y allí, en la Santa Misa con que
celebraron la llegada al País de la Esperanza, comieron el
Pan de la Vida en la Santa Eucaristía y probaron el blanco
pan de trigo argentino" (2).
El
sentimiento religioso estaba presente en la casa del gallego Onega.
Para que su hija enferma aceptara comer, él recurría
a lo que su imaginación le sugería, incluido el ángel
de la guarda: "Después de haberme ofrecido el néctar,
la leche y la miel, mi padre me alzaba y tomaba la posta en la continuación
del rito nutricio; con él las acciones eran lentas y alentadoras,
él no estaba agotado de cocinas y de chicos, venía
de estar horas con hombres resolviendo problemas de hombres y con
su hija menor le cundía la paciencia, que con el correr de
las horas a mi madre se le había ido al diablo. Inflexible
era sin embargo en darme de comer una cucharadita de sopa por los
abuelos de España, otra por los abuelos de Melincué,
otra por los huérfanos de la Guerra Civil, otra por el ángel
de la guarda dulce compañía y por todos los personajes
queridos y sagrados que se le ocurrían" (3).
El
padre de María Rosa Lojo, en cambio, le dio este consejo:
"Veo a mi abuela materna pasar una a una las cuentas del rosario,
mientras augura la condenación eterna de papá, ese
ateo que osa desafiar la Voluntad Divina, sin cuya anuencia no se
movería ni la hoja de un árbol. El ateo pierde una
batalla cuando mamá logra enviarme al Sagrado Corazón
(el Sacre Coeur de Magdalena Barat, las monjas con las que ella
había estudiado). Sin embargo, no se desalienta. Unos días
antes del ingreso escolar, me llama secretamente: 'Tu madre y tu
abuela se han empeñado en que vayas a ese colegio. Pero tú
no seas tonta hija mía. No creas en lo que te dicen las monjas'
" (4).
Una
inmigrante gallega sufre una desgracia relacionada con la religión.
Cuenta Guillermo Saccomanno: "A mi abuela le gustaba mucho
escuchar y contar historias, y me hablaba de una parienta de ella,
que entonces vivía enfrente de mi casa. En su aldea en España,
esa mujer había tenido un hijo con el cura, y el chico se
le había ahorcado a los treinta y tres años. Cuando
yo tenía siete u ocho años, a la tardecita me cruzaba
a la casa de esta otra gallega, que me contaba la historia de San
Jorge y el dragón mientras me daba pan mojado en vino con
azúcar" (5).
En
una novela de Gabriel Báñez, el catolicismo es una
fuerza activa que intenta paliar las necesidades de los inmigrantes,
aunque el sacerdote se excede en sus atribuciones: "Hacía
poco más de quince años que el padre Bernardo Benzano
estaba al frente de la parroquia Nuestra Señora de la Merced,
pero desde los últimos cuatro sus tareas se habían
multiplicado por la enorme cantidad de inmigrantes que llegaban
a las costas. Procuraba chapas, documentación y hasta changas
y empleos golondrinas a los recién llegados. (...) no sólo
daba una mano a los más necesitados, sino que por su cuenta
y obra cedía tierras fiscales y fundaba barrios y asentamientos
que los funcionarios de la comuna calificaban de ilegales. A las
villas las bautizaba con nombres de santos y ante cualquier amenaza
argüía que la fe no podía ser expulsada"
(6).
Un
sacerdote ayudó a los Ranni a salir de Trieste. Cuenta Rodolfo:
"viví muchos años con el recuerdo del rincón
donde había dejado mis juguetes, cuando nos escapamos. Fue
una fuga como en el cine: mi hermano y yo escondidos en el altillo
de la casa de mi padrino, que era el cura del pueblo; mi mamá,
en un carro tirado por caballos de un padrino de mi papá.
Y como estaba por dar a luz a mi hermano, en la frontera inglesa
la dejaron pasar..." (7).
Y
un obispo facilita la salida de Hungría del judío
Lajos Fehér. El emigrante "consiguió un pasaporte
falso a nombre de Alejandro Gross con una expresa mención
del obispo de la zona que la religión profesada por el portador
era la católica" (8).
Nora
Ayala destaca que después del ciclón de la ciudad
paraguaya de Encarnación, en 1926, "la primera noticia
de la magnitud del ciclón, que en Posadas no había
sido más que una tormenta un poco más fuerte que las
habituales, fue la llegada de dos alemanes: el sacerdote Kreusser,
párroco de Encarnación, y el mecánico Memel,
que cruzaron el Paraná a remo para pedir ayuda" (9).
La religión es motivo de discriminación. Una italiana
católica conoce a su futura nuera, alemana protestante: "La
señora Irene era muy católica, de comunión
diaria y colaboraba con el párroco en las labores sociales
de Adrogué. El hecho de que Christina fuera protestante no
contribuyó a facilitar las cosas" (10).
Oraron los inmigrantes judíos a bordo del Galatz, buque de
carga de bandera francesa alquilado por el Barón Hirsch,
en 1891. El cuarto día "empezó la tormenta con
lluvia huracanada. El buque se hamacaba cada vez más fuerte.
En la bodega el pasaje empezó a rodar mezclándose
con los bultos y fardos. Se levantaban olas de casi ocho metros
de alto que barrían la cubierta y se metían en la
bodega, cubriendo con agua salada a los niños y mayores.
(...) De repente llegó una orden urgiendo a todos los barones
a subir a cubierta para rezar. Rezaron los Teilim (salmos) de memoria,
con tanto fervor como nunca más he visto en mi vida. Entre
nosotros venían tres hermanos Kaplán. El menor de
ellos estaba entre los mástiles, seguramente agarrado para
no caerse, y al romperse un palo le pegó en la cabeza y lo
mató. Después de tres días cesó la tormenta
y amaneció un día de sol. Salimos a cubierta a secar
las ropas, mientras los marineros barrían y limpiaban los
objetos destrozados".
Luego
de un viaje en tren, prosiguen la travesía en el vapor Pampa,
el cual "llevaba unas 5 o 6 vacas en cubierta para ser faenadas
por el Shoijet y tener carne kosher cada tanto, pero muchos no la
comían pues las ollas eran treif (impuras)"" En
el Hotel de Inmigrantes se suscita otro inconveniente: "No
sé de dónde surgió la versión que los
cocineros y el personal eran judíos españoles y por
consiguiente todo era kosher. Y ¡ah! Por primera vez durante
todo el viaje, todo el pasaje disfrutó de una buena cena.
Al día siguiente una comisión de mujeres fue a investigar
a la cocina para ver si salaban la carne y se encontraron con una
cabeza de cerdo sobre la mesa. Volvieron amargadas y tratando de
vomitar lo que habían comido la noche anterior" (11).
Vinculado
a la religión recuerda Máximo Yagupsky, judío
de Entre Ríos, a su abuelo: "Muchos aldeanos plantaban
junto a sus casas parrales o higueras. Y cierta vez, siendo yo muy
niño aún, pregunté a mi abuelo por qué
había plantado una higuera y por qué en el huerto
de los Kaplan había una parra. Mi abuelo se sonrió
y acariciándome, me dijo: 'Cuando seas grande y estudies
la Biblia, lo comprenderás. En el Libro de Reyes, está
dicho que durante el reinado del más sabio de los hombres,
el rey Salomón, los judíos gozaban de paz y seguridad
y cada cual se solazaba a la sombra de una higuera o de su viña'.
No lo entendí cabalmente. Mi abuelo era parco en el hablar.
Pero más luego, toda vez que pasaba junto a la chacra del
rabí don Israel Halperín, lo encontraba sentado al
pie de su higuera, envuelto en su taled, el manto ritual, estudiando
Talmud o leyendo los Salmos. Comprendí que don Israel gozaba
en la campiña entrerriana del solaz esperado en Sion"
(12).
Otro
abuelo, el de la cantante Julia Zenko, cantaba en los templos judíos
(13).
Había discriminación hacia quienes no eran judíos.
Mauricio Goldberg relata que un polaco judío no quería
que su hijo se juntara con católicos: "Mario conocía
bien las palabras de condena que pronunciaba su padre al observar
una cruz, había algo peligroso en ella pero Ernesto del segundo
'D' y Fito del primero 'B' también tenían, ¡y
deseaba tanto jugar con ellos!" (14).
Notas
(1) Vernaz, Celia E.: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna,
1991.
(2) Chiérico, Edgardo Ariel: "Colonia San Miguel, un
nuevo museo", en La Capital, Mar del Plata, 9 de abril de 2000.
(3) Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Una historia de infancia
en la pampa gringa. Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 1999.
(4) Lojo, María Rosa: "Mínima autobiografía
de una 'exiliada hija' ", en Sitio al margen. Buenos Aires,
noviembre de 2002.
(5) Chiaravalli, Verónica: "Un corazón tomado
por la memoria", en La Nación, Buenos Aires, 15 de agosto
de 1999.
(6) Báñez, Gabriel: Vírgen. Buenos Aires, Sudamericana,
1998.
(7) Gaffoglio, Loreley: "El teatro me contuvo", en La
Nación, Buenos Aires, 20 de diciembre de 1998.
(8) Weisz, José Martín: ...mientras los violines tocaban
csárdás. Un viaje a Hungría. Buenos Aires,
Milá, 2002.
(9) Ayala, Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias.
Buenos Aires, Vinciguerra, 1997.
(10) Ayala, Nora: op. cit.
(11) Chajchir, Mauricio: "Viaje al país de la esperanza:
Relato de un viajero del Pampa", en La Opinión, Buenos
Aires, 8 de agosto de 1976. Reproducido en Asociación de
Genealogía Judía de Argentina, Toldot # 8. Noviembre
de 1998.
(12) Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos
Aires, Fraterna, 1986.
(13) Kiron: "El canto es magia", en La Nación Revista,
Buenos Aires, 27 de octubre de 2002.
(14) Goldberg, Mauricio: Donde sopla la nostalgia. Buenos Aires,
Grupo Editor Latinoamericano, 1985.
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