INMIGRACION Y LITERATURA

Por María González Rouco


ENTRETENIMIENTOS

Radio


Una abuela escuchaba la radio con su nieto. En El buen dolor, leemos: "Aunque la abuela era madrugadora y de acostarse temprano, sufría de insomnio. Por la noche ella y vos, acostados en su pieza, en la oscuridad, escuchaban Radio Porteña, que transmitía desde los teatros. La obra predilecta de la abuela era La Malquerida, interpretada por Lola Membrives. Ay, esa madre, se desgarraba la Membrives en la oscuridad de la pieza. Ay, repetía la abuela. Apenas terminaba la obra, la abuela apagaba la radio. Y como no podía dormir, te contaba un cuento" (1).

En casa de Pampillo, un 12 octubre, "Estaba puesta la radio y el locutor hablaba de la raza".(2).
Uno de los personajes de Giardinelli relata: "a la noche cuando éramos más chicas, cuando todavía estaba mi mamá, nosotras nos quedábamos en la casa tejiendo y escuchando 'Chispazos de tradición' que era un programa gauchesco. Y vieras cuando empezaba como todas hacíamos silencio. También pasaban programas de teatro, directamente desde el Cervantes, el París y otras salas que ya no están. Entonces escuchar la radio era algo muy serio, muy importante" (3).

El vestíbulo de la casa de los Onega, en Santa Fe, "era el sitio de la radio, de donde salían los despropósitos lingüísticos de Catita, la música de moda, los boletines que informaban a los hermanos Onega la cotización de la papa y lo cereales y, tal vez, los radioteatros que todavía no nos interesaban; debíamos esperar a vivir en Rosario para que intercambiáramos lavados de platos por horas de novelas" (4).

En Mendoza, los Bianchi escuchaban la radio: "entusiasmados escuchábamos la música que emitía la bocina del parlante, en condiciones sumamente precarias, pero que era la locura de todos los radioescuchas allí reunidos. El sonido chillón en las noches de verano, cuando tenía la ventana abierta, se desparramaba hacia la calle, donde no faltaban los vecinos curiosos que se arrimaban para deleitarse con la música que provenía de tan lejanos lugares. Esto producía entre la concurrencia un estado de superioridad, al saberse entre los primeros radioescuchas de San Rafael que tenían tal privilegio" (5).

En la Patagonia, los Ayala -descendientes de criollos, italianos y alemanes- también la escuchaban. Recuerda Nora: "Por fin llegó papá de vuelta a Sacanana, lleno de regalos y novedades: para mí un triciclo y para Chichín una muñeca negra, y para todos la última novedad de la ciencia que era una radio en forma de capilla, que no se oía muy bien pero transmitía música con mucha descarga y estática y programas chilenos. Allí escuchamos la noticia de la muerte de Gardel, que entristeció mucho a los mayores. Ñanquetrú no se podía convencer de que no hubiese alguien, tal vez enanitos, adentro de la radio, y aunque papá quiso explicarle lo de las ondas hertzianas, nadie lo pudo convencer de que no era gualicho" (6).

Notas
1 Saccomanno, Guillermo: op. cit.
2 Pampillo, Gloria: Los gallegos. Novela inédita..
3 Giardinelli, Mempo: op. cit.
4 Onega, Gladys: op. cit.
5 Bianchi, Alcides J.: Aquellos tiempos... Buenos Aires, Marymar, 1989.
6 Ayala, Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1997.


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Así se entretenían los inmigrantes y sus hijos en la nueva tierra, en los momentos en que descansaban de esa dura tarea de "hacer la América".



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