|
EL
VIAJE
En el puerto
"Mole
de mundo,/ cargado de niñez, hombres y tumbos,/ arribaste",
canta Carolina de Grinbaum en "Llegaste". (1). Por fin,
se avista la tierra americana.
"Un
día el barco atracó en la ribera/-dice el poema de
Roberto Druetta- y dos mozalbetes bajaron de él,/ portando
valijas llenas de ilusiones,/ repletas de sueños y de mucha
fe" (2).
"Desde el vapor hasta la costa -relata el pionero holandés
Diego Zijlstra, en Cual ovejas sin pastor- tuvimos que navegar en
carro y lancha unos diez kilómetros soplando un viento de
invierno que nos penetraba hasta la médula de los huesos.
Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el
hemisferio Norte. Pero invierno aquí..." (3).
El
narrador describe, en Frontera sur, uno de los tantos desembarcos
de inmigrantes, en la década del 80: "Los buques anclaban
muy lejos de la costa, y viajeros, equipajes y mercancías
pasaban, o eran arrojados, a una gabarra o a varios botes pequeños,
que lo llevaban todo a los carros en que, finalmente, salía
del agua. Si el calado no resistía una quilla, por escasa
que fuese, las irregularidades del fondo lo hacían en algunos
puntos excesivo par alguna de las ruedas de los vehículos,
que encallaban o volcaban, arrastrando su carga al desastre. Padre
e hijo presenciaron un desembarco, pendientes del bamboleo y los
sobresaltos de los carros, del griterío de los que temían
ahogarse en aquel tramo de su odisea, que imaginaban último,
y de las voces de quienes, de pie en los pescantes, guiaban a las
bestias. Ramón abandonó la contemplación de
las inmundicias que las llantas arrancaban del limo y sacaban a
la superficie cuando su padre fue a reunirse con un mayoral de mirada
torcida" (4).
A
criterio de Delfín Garasa, "Una de las más cumplidas
descripciones de un heterogéneo desembarco es la que ofrece
Luis Pascarella en su novela-alegato documental, El conventillo.
Llega el Christoforo Colombo y primero bajan los hombres de negocio
con su apoplética cerviz, con el paso resuelto de los acostumbrados
a dar órdenes y ser obedecidos, los turistas ingleses con
sus máquinas fotográficas y algunas señoras
un tanto perplejas por no ver en el muelle indios con plumas y taparrabos.
Por ese entonces, el viaje a Europa empezaba a otorgar prestigio
social, y los argentinos que regresan cambian opiniones en alta
voz sobre los modelos de París, el mobiliario inglés
o la sinfonía escuchada en la Opera de Viena. Y, finalmente,
aparecen los inmigrantes, tan fustigados en los azares de las proclamas
políticas, un 'enorme hormiguero' que había viajado
en el mayor hacinamiento. Rostros curtidos, exhaustos, azorados.
En todos se presiente la pregunta: ¿Qué les deparará
esta nueva tierra? De pronto, una mirada se ilumina o un brazo se
agita en alto porque se ha reconocido a alguien en la muchedumbre
que espera. Van bajando los hebreos de desgreñadas barbas
y gastados levitones, los 'turcos' con sus espaldas combadas, los
nórdicos enjutos, los napolitanos pequeños y retorcidos
como raíces, los andaluces gárrulos, los gallegos
pacientes, los holandeses esponjosos, los genoveses de músculo
recio e insaciable voracidad. Una mujer besa la tierra que los acoge
y tras su actitud ritual se adivina un pasado de penurias y recelos.
Y agrega Pascarella: 'La gran ciudad de calles dirigidas hacia el
Oeste recibe en su seno aquella semilla que purificada en un ambiente
de libertad (...) se reproducirá en su inmensidad desierta"
(5).
Jorge
Isaac evoca, en Una ciudad junto al río, el momento en que
los extranjeros arriban a la nueva tierra: "Los inmigrantes,
aunque vengan en el mismo barco, llegan y descienden aquí
de manera diferente según sea su origen que nosotros, con
sólo mirarlos y hasta a veces sin oírlos, hemos aprendido
a determinar con riesgo escaso de equivocarnos". Seguidamente,
describe el desembarco de italianos, alemanes, españoles,
judíos y árabes, señalando las peculiares características
de cada grupo.
Y
el desembarco de un enfermo: "Llegó la segunda tanda
de 'polacos'. Uno, vino enfermo. Lo bajaron dificultosamente del
barco, lo llevaron casi arrastrándolo sobre la larga planchada
y luego, alzándolo en vilo, lo trasladaron hasta debajo de
los árboles donde se hallaban, en varios grupos, los demás.
(...) De vez en cuando retorcíase y gemía, sin abrir
los ojos. (...) Media hora después, llegó la ambulancia.
Un carretón tétrico, tirado por cuatro alazanes bien
alimentados, muy parecido a otro que sirve de fúnebre pero
del que tiran unos caballos renegridos. Casi podría decirse
que la variante consiste tan sólo en el color de los animales.
Lo cargaron al enfermo sin que él se diese cuenta. Mantenía
los ojos cerrados y los miembros blandos, sin fuerza, exhalando
de vez en cuando un gemido corto". Un largo rato después,
el narrador recibe el legado del polaco: una bolsa conteniendo una
colchoneta, varios tarros ennegrecidos por el humo de las fogatas
y un paquete con hierbas de varias clases (6).
En
La rejión del trigo, Estanislao Zeballos imagina el estado
de ánimo del inmigrante: "Mirad al colono en el muelle,
pobre, desvalido, conducido hasta allí después de
haber sido desembarcado á espensas del gobierno, sin relaciones,
sin capital, sin rumbos ciertos, ignorante de la geografía
argentina y de la lengua castellana, lleno de las zozobras y de
las palpitaciones que agitan al corazón en el momento supremo
en que el hombre se para frente a frente de su destino para abordar
las soluciones del porvenir, con una energía amortiguada
por la perplejidad que produce la falta de conocimiento del teatro
que se pisa, y las rancias preocupaciones sobre nuestro carácter,
el más hospitalario del mundo por redondo y el más
vejado en Europa por nécias o pérfidas publicaciones.
Solamente lo alientan en tan extraña situación de
espíritu las aptitudes que lo adornan y la voluntad de hacerlas
valer" (7).
La
protagonista de Virgen, novela de Gabriel Báñez finalista
en el Premio Planeta, aún anciana "podía escuchar
el rolido de las aguas contra el casco del lanchón de amarre,
los saludos violentos de la tripulación a lo lejos, y la
mano aterrada de su padre mientras le ayudaba a bajar de la planchada.
No iba a olvidarla jamás: era una mano con consistencia de
pez, húmeda y avergonzada" (8).
Un pasajero es recordado por Susana Aguad, su nieta, en "Al
bajar del barco", donde escribe: "Se disipa la angustia
de una travesía de dos meses que les quitó fuerza
y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de lágrimas
cuando miran por última vez al 'Génova' con sus dos
banderas trenzando azules y verdes" (9).
La
casa de Myra es la novela de Aurora Alonso de Rocha que mereció
el Segundo Premio Xerox para autores inéditos, en 2001. En
ella, la escritora relata qué sucedía, en el año
1874, cuando los inmigrantes descendían del barco: "Un
mulato joven movía con el pie descalzo el pedal de la máquina.
Con cada golpe una nube de cal pulverizada cubría la ropa,
las manos, la cara, el equipaje de cada viajero" (10).
Más
tarde, se utilizó otro procedimiento. En La noche lombarda,
Atilio Betti recrea, al acostarse en su camarote del barco que lo
lleva a Italia, el duro trance que sufrió el padre del protagonista,
junto con otros pasajeros: "Un chorro de agua, un manguerazo
brutal, le dio en la cara. Lo vi trastabillar, mojado. Lo vi llorar
de indignación y afirmarse en los zapatos claveteados, agarrándose
fuertemente del tirador negro, sobre el torso sin saco, para no
caer bajo el golpe del agua. (...) En tropel, árabes y turcos
aparecían y desaparecían alrededor de mi padre. Corrían,
gritando, aullando, perros mojados, perros azotados a manguerazos,
a refugiarse bajo mi cama mientras que papá, rascándose
con furia las axilas, gritaba o gemía, o gritaba y gemía
al mismo tiempo: ¡Piojosos! ¡Piojosos!" (11).
Otro
escritor alude a esa práctica: "De aquella antigua inmigración
que inspiró al dramaturgo Vacarezza, a la que desinfectaban
con los chorros de fumigadores de animales sobre los muelles de
Puerto Madero donde hoy se come con inmaculada vajilla, quedan sus
jerarquizados descendientes -nosotros-, bruscamente sobresaltados",
afirma Orlando Barone (12).
Aún
en América, en muchos inmigrantes el miedo persiste. El capitán
croata Miro Kovacic recuerda que, cuando desembarcaron, había
"un fotógrafo que se ofrecía a sacar fotos a
las familias. Más de uno huía cuando lo veían
aparecer porque en su gran mayoría los pasajeros no querían
precisamente hacer pública su llegada, ni que su cara quedara
fijada para siempre en un papel que podría ser utilizado
por alguien más adelante. Todos veníamos con la intención
de iniciar una nueva vida. Habíamos sufrido demasiado. Estuviéramos
del lado que estuviéramos. De la guerra ningún ser
humano sale indemne" (13).
En
la nueva tierra, había reglamentos que cumplir. Samuel Watch,
polaco, había llegado años antes; al arribar Raquel,
"para poder bajar del barco se tuvieron que casar en el Hotel
de Inmigrantes, casi sin conocerse" (14).
Y
trámites que realizar: "Un pequeñísimo
inmigrante ilegal. Así fue como arrancó su historia
en este país Clorindo Testa, un bebé de tres meses
que, a upa de su mamá, quedó demorado muchas horas
en un barco mientras afuera, en el puerto de Buenos Aires, la discusiones
en torno a su ingreso, que sí que no, arreciaban entre su
padre y los funcionarios de migraciones. (...) Hijo de Juan Andrés,
un médico radiólogo afincado en el país desde
1910, y de la argentina Ester García, Clorindo Testa (también
Manuel José pero sólo de bautismo) nació el
10 de diciembre de 1923 en Nápoles, por designio romanticista
de su papá, quien se embarcó con su mujer embarazada
para que el primogénito conociera la luz en la tierra de
sus mayores. 'Pero al volver, al viejo no se le ocurrió que
tenía que anotarme en el consulado argentino, pensó
que si venía con ellos alcanzaría con el registro
civil italiano', explica" (15).
La ciudad que recibe al inmigrante es aquella que evoca Marcos Alpersohn,
en 1891: "No se veía persona alguna en las calles. Edificios
dañados, puertas y ventanas protegidas por rejas de hierro.
Escasos tranvías se arrastraban perezosamente por las arterias
céntricas, conduciendo a muy pocos pasajeros" (16).
Baldomero
Fernández Moreno, en La patria desconocida, recuerda.: "La
primera impresión de mi madre, que tenía dieciocho
años, y la de todos, fue formidable, ante aquel Buenos Aires
chato de entonces, las veredas altísimas, las calles sin
cloacas, así que cuando llovía se transformaban en
verdaderos ríos y los transeúntes eran pasados a babuchas
por alguien que se encargaba de ello. Las revueltas de la época,
las calles empinadas en barricadas, las tropas que a todos les parecían
siniestras después de los atildados soldados europeos. Aquellos
días de lluvia interminables en que ni el pan ni la carne
ni otro proveedor llegaban a las casas. En fin, los tranvías
de caballos, con su cuarta y su corneta, y cuya dulce elegía
a nadie he oído exhalar con tanta nostalgia como a mi madre"
(17).
Oscar González, en "La anunciación", brinda
otra visión de la ciudad: la que tiene una mujer italiana,
quien "desembarcó asombrada un día cualquiera,/
En un extraño puerto sin molinos ni cabras" (18).
Y Arcuschín, la de los judíos ucranios: "Al bajar
se sorprendieron de la brillantez de la luz solar, la diafanidad
del cielo y la cordialidad con que fueron recibidos. Buenos Aires
hacia 1906, era una ciudad chata, de casas bajas, con un puerto
pequeño y muy pocos medios de transporte. (...) Sin embargo,
la primera impresión no dejó de desilusionarlos"
(19).
Décadas
después, el teniente coronel Walther Werner, de las fuerzas
especiales nazis, intenta imaginar la ciudad en la que crece su
hijo: "¿Cómo sería esa ciudad de Buenos
Aires? Tengo referencias vagas, fotos vistas en un álbum
de turismo. Imagino una ciudad de casas bajas, calles muy quietas,
con avenidas largas y monótonas como las de ciertos barrios
de Londres. Es un pueblo bastardo, pero casi blanco y amigo de Alemania".
Lo narra Abel Posse en El viajero de Agartha, novela que obtuvo
el Premio Internacional de Novela Novedades y Diana 1988-1989 en
México (20).
Del
barco, al Registro Civil, donde se les proporcionará el documento
argentino. Gabriel Báñez relata algunas anécdotas
al respecto: "Las escenas más patéticas tenían
lugar en el Registro Civil del puerto, sin embargo, ya que en el
vértigo de las anotaciones los empleados de Inmigraciones,
que no entendían ni medio, terminaban inscribiéndolos
por aproximación, con traducciones bárbaras y fulminantes,
así que cuando alguien decía Damianovich o Dimitropoulos,
ellos copiaban Damián Vich o Demetrio Pulos. Nadie traspasaba
las oficinas de documentación con el apellido indemne"
(21).
Fruto
de este accionar es el apellido de una familia de origen polaco.
Así lo explica Ana María Shua: "ese Gedalia nunca
se llamó exactamente Rimetka. El apellido Rimetka fue el
producto de una combinación de la fineza auditiva y la arbitrariedad
ortográfica de cierto empleado, sumadas a su particular forma
de interpretar un documento escrito en una lengua desconocida, más
su concepto personal sobre el apellido que debía llevar en
el país un extranjero proveniente de Polonia: del empleado
del registro civil que, en su momento, le tomó los datos
al abuelo Gedalia para confeccionar su documento argentino. Como
tantas otras familias de inmigrantes, los Rimetka tuvieron, así,
un apellido intensamente nacional, un producto aborigen, mucho más
auténticamente argentino que un apellido español correctamente
deletreado, un apellido, Rimetka, que jamás existió
en el idioma o en el lugar de origen del abuelo, que jamás
existió en otro país ni en otro tiempo" (22).
En
una reunión de inmigrantes armenios, "entre todos festejaron
los errores de los apellidos actuales, ante la imposibilidad de
los funcionarios de encontrar letras algunos sonidos del idioma
armenio. No faltaban hermanos con distintos apellidos. El filoso
sable del turco alcanzaba a seccionar algunos nombres. Esa primera
generación llevaba nombres armenios, aunque o pasaran el
riguroso examen del Registro Civil. Pero en familia se los llamaba
por su nombre verdadero; el apócrifo era el de los documentos.
Con las edades sucedía lo mismo. Algunos se agregaban años
para poder viajar como mayores, porque no tenían ningún
familiar. A otros, por falta de dinero, les quitaban años
y pasaban como menores. Era cuestión de sobrevivir"
(23).
Relata
Carlos Prebble, descendiente de escoceses y españoles: "mi
abuelo materno llegó, a principios del siglo XX, al puerto
de Buenos Aires; viajaban con él muchos parientes. Cuando
el empleado de Migraciones le preguntó su nombre, él
dijo "Moisés José Almendra". El empleado
le contestó: "¿Cómo se van a apellidar
Almendra, si son tantos?". En el documento argentino que recibieron,
todos ellos se apellidaban Almendros. Y así se apellidan
sus descendientes argentinos.
Notas
1 Grinbaum, Carolina de: "Llegaste", en Inmolación.
Buenos Aires, el grillo, 2002.
2 Druetta, Roberto Antonio: "Inmigrantes", en Colonia
Castelar. Su centenaria epopeya de trabajo y amor 1890-1990, citado
en www.nalejandria.com/01/tarbut/novedad/pikudei/inmigr.htm
3 S/F: "Historia de pioneros", en Clarín, Buenos
Aires, 2 de febrero de 2002.
4 Vázquez-Rial, Horacio: op. cit.
5 Garasa, Delfín Leocadio: La otra Buenos Aires. Paseos literarios
por barrios y calles de la ciudad. Buenos Aires, Sudamericana-Planeta,
1987.
6 Isaac, Jorge E.: Una ciudad junto al río. Buenos Aires,
Marymar, 1986.
7 Zeballos, Estanislao: La rejión del trigo. Madrid, Hyspamérica,
1984.
8 Báñez, Gabriel;: Virgen. Barcelona, Sudamericana,
1998.
9 Aguad, Susana: "Al bajar del barco", en Clarín,
Buenos Aires, 20 de octubre de 1999.
10 Alonso de Rocha, Aurora: La casa de Myra. Buenos Aires, Fundación
El Libro, 2001.
11 Betti, Atilio: La noche lombarda. Buenos Aires, Plus Ultra, 1984.
12 Barone, Orlando: "El avance de la intolerancia aldeana",
en La Nación, Buenos Aires, 13 de febrero de 2000.
13 Anzorreguy, Chuny: op. cit.
14 Watch, Ana: "Clara, una niña judeoargentina víctima
del nazismo", en www.fmh.org.ar.
15 Muzi, Carolina: "En el nombre del arte", en Clarín
Viva, Buenos Aires, 22 de junio de 2003.
16 Alpersohn, Marcos: Memorias de un colono argentino, en Judaica
N° 50. Tomado de Senkman, Leonardo: La colonización judía.
CEAL, Historia Testimonial Argentina. Documentos vivos de nuestro
pasado, 1984.
17 Fernandez Moreno, Baldomero: La patria desconocida.
18 González, Oscar: "La anunciación", en
El Tiempo, Azul, 16 de abril de 2000.
19 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos
Aires, Marymar, 1986.
20 Posse, Abel: El viajero de Agartha. Buenos Aires, Emecé,
1989.
21 Báñez, Gabriel: op. cit.
22 Shua, Ana María: op. cit
23 Bedrossian, Eduardo: op. cit.
* Este tìtulo ha sido utilizado anteriormente por Celia Vernaz.
**
En marzo de 2001 se abrió en el Palais de Glace la muestra
"El tesoro de la memoria", ambientada como un buque. Aldo
Galli escribe sobre la original presentación de la misma:
"Guillermo D'Aiello, el curador, la presentó como si
fuese un barco cuyos ocupantes reciben un 'pasaporte' rosado análogo
al que se daba en Italia a los emigrantes y unos canillitas distribuyen
el Corriere de la Sera" La Nación, 25 de marzo de 2001.
***
Durante Casa FOA 2000, que tuvo lugar en el Desembarcadero y Hotel
de Inmigrantes, las arquitectas Ellen Hendi y Emilia Rabuini expusieron
baúles facilitados por los descendientes de los inmigrantes.
Ellas -entrevistadas por Claudio Savoia- recuerdan que "Cuando
la gente pasaba por delante de la muestra se detenía y, a
los pocos minutos, muchos lloraban de emoción: los baúles
habían despertado su propia historia". Savoia, Claudio:
"El equipaje de los sueños", en Clarín Viva,
Buenos Aires, 14 de enero de 2000.
|