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LOS
OFICIOS
En
las provincias
Muchos
italianos fueron pescadores, en Mar del Plata. Un descendiente se
refiere a la vida cotidiana de uno de estos inmigrantes: "A
Juan Carlos D'Amico lo llaman Chupete. (...) A Chupete le gusta
su profesión, la misma de su padre y de sus dos abuelos italianos.
Para ellos, toda la vida giró en torno a la pesca. 'Mi abuelo
llegaba a la casa, se lavaba y preparaba el chupín. Mientras
se cocinaba, tejía la red. Todos los días un poquito.
Terminaba de coser, comía, y se iba a dormir hasta el otro
día, que volvía a pescar. Esa era la vida de él"
(1).
Hubo
comerciantes en la costa, como los gallegos que fundaron la conocida
tienda marplatense. José Navarro y Humberto Sánchez
"Con poca mercadería y muchas ganas de ganar dinero,
los dos gallegos dormirían muchas noches sobre los dos únicos
mostradores de la tienda vencidos por el cansancio de largas horas
de trabajo y temerosos que un desborde del arroyo se llevara rápidamente
las ganancias del mes". A ellos se sumaron más tarde
los empleados Enrique Martínez y José Vicario. "Recuerda
doña 'Conce', la esposa de José Vicario que 'cuando
ellos (Vicario, Martínez y Navarro) iban al campo a hacer
propaganda y vender, nosotras las mujeres, preparábamos las
viandas. Es que estaban afuera varios días y debían
llevar la comida. Sí, claro que con la señora de Martínez
tratábamos de ayudar. Hubo épocas muy malas, como
aquella de la crisis del 30... bueno, nosotras confeccionábamos
ropa interior, camisetas y todas esas prendas para ser vendidas
en la tienda..." (2).
Cerca
de Médanos abrieron la Proveeduría "El Progreso"
los hermanos Martínez y la esposa de uno de ellos. "Tanto
Paco como Pepe -relata Isaías Leo Kremer- eran medio duros
de entendederas, pro nunca dejaron de pagar sus cuentas, ni de tener
preparados los billetes para los proveedores, cuando estos presentaban
sus facturas. (...) Los gallegos, no sólo eran muy trabajadores,
sino que hacían todo solos, no contrataban personal alguno;
esto, unido a una vida austera, hizo que pronto cimentaran su posición"
(3).
Y
hubo comerciantes en el campo. En Matanzas se afincó el gringo
Sardetti, a quien Juan Moreira mata por haber negado la deuda que
tenía con el gaucho (4). A fines del siglo XIX, en la frontera
vive un flamenco, personaje creado por Eugenio Juan Zappietro en
De aquí hasta el alba. Roger Bary era "mercader en aquella
esquina del infierno" y entra en tratativas con los indígenas,
aún a costa de las vidas de sus hijas, sólo para salvar
el pellejo" (5).
El
desierto alberga los restos de un estadounidense: "Un hombre
delgado y macilento que era ingeniero del ejèrcito, habìa
llegado para estudiar la posibilidad de trasladar el asiento de
las tropas un poco màs hacia el mar. Se habìa llamado
Jewison y era un americano de Tejas, muy golpeado por la enfermedad
que habìa contraido al atravesar la Florida. Jewison tenìa
treinta y cinco años y un Colt Forntier a la cintura; vestìa
levitòn Prìncipe Alberto y fumaba cigarrillos muy
suaves, ambarinos, de Virginia". Una noche, "quedò
con los ojos abiertos, mirando el techo de paja trenzada, inmòvil
como una piedra. Habìa muerto sonriendo, cara a un cielo
extraño, tal vez muy semejante al de las interminables noches
de su Tejas natal" (6).
En
Los jardines del Carmelo, escribe Ana María Guerra: "El
campo se subdividió; la casa y unas parcelas quedaron en
manos de los Ruiz, tres hermanos venidos de Galicia, que aconsejados
por Marga, establecieron un burdel. Las dificultades de los primeros
tiempos fueron incontables; los carros se empantanaban, los jinetes
entraban con barro hasta en las fajas, y apenas caían unas
gotas la gente se acobardaba, quedando el prostíbulo vacío.
Finalmente, los Ruiz decidieron deshacerse de él" (7).
Godofredo Daireaux es el autor de "Matufia", en el que
escribe: "Después del confortable almuerzo, se fue don
Narciso a siestear, y se sentaron a la sombra de los preciosos aromas
que rodeaban la estancia de don Carlos Gutiérrez, hacendado
de la vecindad, don Julio Aubert, francés acriollado y mayordomo
de una gran estancia vecina y un vasco, ovejero rico de por allá,
que llegado a comprar carneros, a la hora de almorzar, había
sido convidado por el dueño de casa" (8).
En
"Una conversación interesante", de Conrado Nalé
Roxlo, uno de los personajes se refiere a un turco que se va a casar,
y afirma que un vasco piensa frustrar ese matrimonio: "creo
que se le va a aguar la fiesta porque el vasco Indurrimendi se ha
enterado de que Flores es casado en Turquía y, como usted
sabe que tienen rivalidad por los negocios, ha dado parte al comisario
y al registro civil y hasta creo que les ha mandado el pasaje a
las esposas turcas del turco para que se presenten el día
del casamiento y armen un escándalo. Si vienen todas va a
ser divertido" (9).
En
"Hotel Comercio", Bernardo Kordon presenta un comerciante
vasco: "Efraín Gutiérrez, el dueño de
'El Vasquito' " (10).
En
"Los trotadores", de Elías Carpena, dice uno de
los personajes: "-¡Mire, patrón: de los troteadores
que ahí, en la Coronel Roca, corrieron el domingo, ni los
que corrieron antes, le hacen ninguna mella... : ni siquiera el
del vasco Estévez, que ganó sobrándose por
el tiro largo, ni el de la cochería Tarulla, que ganó
con el oscuro a la paleta! ¡Usted tiene el oro y lo confunde
con el cobre!" (11).
Mario,
protagonista de Hermana y sombra, de Bernardo Verbitsky, recuerda
al español que les vendía leche: "Dejamos en
Bahía Blanca varias cuentas impagas, pero la que realmente
nos preocupaba era la del lechero, un español bajito y menudo,
a quien se le formaban unas arruguitas alrededor de los ojos al
sonreír, lo que hacía con frecuencia. Vestía
algo parecido a un chaleco oscuro, sin magas, usaba faja, y un chambergo
negro echado ligeramente hacia la nuca. Teóricamente, lepagábamos
mensualmente los cinco litros que nos dejaba cada día pero
siempre fue tolerante para el cobro, aceptando los pretextos con
que explicábamos nuestra condición de deudores morosos.
En los últimos meses no pudimos darle un centavo sin que
él suspendiera el suministro de nuestro principal alimento.
Nuestra convicción, reafirmada más de una vez por
mamá, era que a ese pequeño español bondadoso
debíamos el no haber muerto de hambre, sobre todo nuestra
hermanita a quien no le faltaron nunca varias mamaderas diarias
para suplir los pechos casi secos de mamá" (12).
En
Barrio Gris, Joaquín Gómez Bas presenta a una española
que vende leche en Sarandí: "El agua cubre ya la mitad
de la calle. La gente comienza a utilizar el puente esquinero para
atravesarla. Es un artefacto endeble y cimbreante que se yergue
a más de cinco metros sobre el nivel del camino ordinario.
Representa una hazaña ascender la escalera de carcomidos
peldaños de madera, recorrer su piso de tablas inseguras
y bajar por el extremo opuesto aferrándose a la barandilla
resquebrajada por el sol y las lluvias. (...) Doña Micaela
sube trabajosamente la escalera del puente acarreando un tarro de
leche en cada mano. Trastabilla en los tramos y acompaña
el peligroso tambaleo con imprecaciones más sucias que su
indumentaria. Es grotesca como una vaca que bailara sobre sus patas
traseras" (13)
En
el discurso pronunciado con ocasión de otorgársele
la ciudadanía italiana y la Medalla de Oro a la Cultura Italiana
en la Argentina, dijo Ernesto Sábato: "En el siglo pasado,
mis padres llegaron a estas playas con la esperanza de fecundar
una tierra de promisión. Se instalaron en la ciudad de Rojas,
donde tuvieron un pequeño molino harinero" (14).
En
su poema "La Condra", Fulvio Milano canta: "Así
la llamaba el abuelo italiano. No sé/ qué significa
este nombre. Condra,/ la yegua blanca que atábamos al sulky./
¿Qué voy a hacer, Dios mío, con este/ nombre
raro/ a través de la gente, a través del olvido?/
La Condra, impredecible de caprichos en/ los caminos rurales,/ batía
al aire los remos nerviosos, disparaba/ por fantásticos ríos/
tronaba el abuelo, y yo veía palidecer/ en tambaleante escorzo
el angustioso sueño/ de la llanura" (15).
En
"Nobleza del pago", Fray Mocho hace referencia a un inmigrante
inglés que no era trigo limpio. Recordando la historia de
su familia, dice un personaje: "Yo no sé, che, si eran
nobles, pero sé que les caían y que con algunos hasta
tuvo que ver l'autoridá, como le pasó a tu tío
Ramón, que al fin se quedó en la calle, y a tu tía
Robustiana, mal casada con un inglés que tenía el
finao de mi padre de puestero y que lo pilló cerdiándole
las yeguas, a medias con el juez de paz..." (16).
Un
inglés protagoniza el relato que un personaje narra en el
cuento "Al rescoldo", de Ricardo Güiraldes: "-Est'
era un inglés -comenzó el relator-, moso grande y
juerte, metido ya en más de una peyejería, y que había
criao fama de hombre aveso para salir de un apuro. Iba, en esa ocasión,
a comprar una noviyada gorda y mestisona, de una viuda ricacha,
y no paraba en descontar los ojos de güey que podía
agenciarse en el negosio. Era noche serrada, y el hombre cabilaba
sobre los ardiles que emplearía con la viuda pa engordar
un capitalito que había amontonao comprando hasienda pa los
corrales" (17).
Los
inmigrantes trabajaron asimismo en el adoquinado de las calles.
Lo recuerda José Luis Corsetti, quien afirma: "De las
canteras de Tandil salió gran parte del empedrado de las
calles de nuestro país. Los picapedreros españoles,
italianos, montenegrinos y yugoslavos fueron, desde 1870, personajes
entrañables que dejaron cuerpo y alma, cuando no la vida,
en cada cincelada" (18).
Hugo
Nario describió la dura vida de los picapedreros: "Despeñarse,
quedar aplastado por el desprendimiento de piedras o cascajo, perder
un ojo reventado por una escalla o por un pinchote mal templado,
morir destrozado por una voladura imprevista, caer bajo las ruedas
de las zorras que bajaban cargadas de material desde lo alto de
la pendiente, o carros cuyo control de descenso se perdía,
y volcando arrastraban por el precipicio a caballos y conductor.
Y en todo tiempo, el arresto, el allanamiento, las redadas, días
y meses de encierro, la amenaza de la deportación, a veces
sin proceso" (19).
Estos
hombres fueron alcanzados por la muerte de a decenas, en un tórrido
verano porteño. Escribe Vázquez-Rial: la gente "caía
muerta en las calles: los cadáveres eran ya cuatrocientos
cuando el casi eterno presidente Roca visitó la Asistencia
Pública: la mitad correspondía a trabajadores del
empedrado público. No había enfermedad: era el sol.
Se suspendieron todas las actividades entre las once y las cuatro,
y se recomendó higiene y ropa holgada" (20).
En
"José Balbino, el portugués" (21), Maria
Elena Massa de Larregle relata la historia de este inmigrante. "El
había nacido en Portugal el 9 de marzo de 1900. Casado con
Ana Brígida Ferreyra y padre de una niña (María,
hoy señora de Elbey), pasó con ellas a Francia por
un breve tiempo, y desde allí vinieron todos a la Argentina
en 1930. Su lugar de radicación fue una cantera próxima
a Villa Mónica, llamada según referencias Cerro del
Aguila, donde trabajó como picapedrero. Era ése un
oficio duro pero muy requerido en tiempos en que continuaba avanzando
el empedrado en ciudades del interior (recién después
del año 1938 fue desplazado por el asfalto, llegando esa
tarea de recambio a Olavarría, hasta tiempos de la intendencia
de Alfieri, en los años setenta". Por participar en
una huelga de obreros, se quedó sin empleo. "Una circunstancia
fortuita lo constituyó en dueño de un colectivo marca
Chevrolet: fue la forma de poder cobrar una suma que le adeudaban
por salarios. Y con ese vehículo, tuvo la posibilidad de
iniciar lo que sería su ocupación de allí en
más: conducir el UNICO medio para viajar entre Bolívar
y Olavarría en forma directa y en colectivo". Años
más tarde, la muerte se le anunció estando al volante:
"Continuó en Olavarría un tiempo más en
viajes particulares para CORPI, para escuelas de educación
especial. En una de estas tareas de transporte, llevando en su viejo
colectivo chicos de una Escuela Diferenciada (como se llamaban entonces)
lo alcanzó el invisible rayo de su destino. Sintiéndose
mal, tuvo lucidez y un último gesto de responsabilidad, por
las vidas que transportaba, para quitar el pie del acelerador y
llevar con suavidad la marcha hacia el borde de la vereda. Y dejó
que el infarto hiciera su obra. Falleció a los cuatro días,
el 30 de enero de 1968. Preguntó por 'los chicos' -los escolares-
y cerró los ojos. Se había cumplido un ciclo en una
vida".
En
Quilmes, La Plata y Berisso, "se desarrolló, durante
la década de 1920, una importante concentración de
armenios gracias a las fuentes de trabajo en los frigoríficos
de la zona. En la localidad de Berisso estaba el frigorífico
Armour La Plata S.A. que inició sus operaciones en 1915.
Entre dicho año y 1930, el 60% de su población obrera
estaba constituida por hombres y mujeres provenientes de Europa
y Asia. Los armenios compartieron con los italianos, españoles,
rusos y árabes, las pesadas tareas en desfavorables condiciones
de trabajo" (22).
Un
personaje de Barrio gris, de Joaquín Gómez Bas, encuentra
una horrible muerte en la Argentina. Dice una noticia publicada
en un diario: "Avellaneda. En el hospital municipal de esta
ciudad falleció esta madrugada el obrero Martín Otero,
español, de 23 años... La víctima, mientras
trabajaba en los establecimientos de La Sulfúrica, perdió
pie y cayó a un estanque de ácidos... siendo infructuosos
los auxilios que le prestaron sus compañeros... Intervino
la comisaría..." (23).
En
"Flandria, la ciudad-fábrica cuyo espíritu vive
en una banda", Jorge Iglesias se refiere al belga Julio Steverlynck;
presenta, además, el testimonio de personas que estuvieron
vinculadas a la Algodonera Flandria. Iglesias escribe: "Por
cierto, en la Argentina de finales de los veinte, encontrar un obrero
textil calificado era tarea de cíclopes. Así, Steverlynck
le abrió las puertas de la fábrica a gran cantidad
de inmigrantes españoles e italianos. Toda gente que había
dejado sus raíces. Gente que venía a 'hacer la América'.
Mejor, ¿por qué no?: a hacer la Flandria... Pero,
como la gente trabajando se hace, de los telares no sólo
salieron telas, como se verá, también salieron 'hombres
de Flandria' " (24).
Aurora
Alonso de Rocha se refiere a los editores de periódicos de
Olavarría, localidad bonaerense: "Los españoles,
dueños de un buen idioma hablado y, seguramente, monopolizadores
del español escrito en un país babélico, eran
los editores obligados" (25).
En
prosperidad vive el personaje de José Luis Cassini -"Ya
nadie lo sabe; él mismo ha olvidado que es el dueño
del conventillo y de la primera usina eléctrica del pueblo"
(26).
Con
estudios en su país, llega a la Argentina la alemana Christina,
en 1891. Ella se establecerá en Adrogué: "Un
aviso en el Bremer Zeitung en el que se solicitaba un ama de llaves
dispuesta a viajar a Buenos Aires, la había conectado con
herr Jantzen y su esposa, que irían a instalarse a un remoto
país sudamericano llamado Argentina. El caballero iba como
gerente del Deutsche Transatlantik Bank y lo acompañaban
su esposa y sus tres pequeños hijos" (27).
Los Rotstein, llegados de Ucrania, se establecieron en la provincia
de La Pampa. Sus descendientes escriben: "En 1913 se voló
el techo de la escuela primaria y ésta quedó inutilizada.
Los Novick pudieron mandar a sus hijos a estudiar a otro lado pero
David tuvo que abandonar. Para aportar a la familia, se conchabó
para cuidar ovejas en una chacra cercana. Una anécdota de
su primer día de trabajo: el dueño de la chacra lo
dejó a la mañana con las ovejas, galleta y una botella
de agua y dijo que lo venia a buscar al anochecer. David esperó
hasta que decidió que no lo venían a buscar y decidió
volver caminando a Villa Alba. En ese entonces no había caminos
sino huellas. Enseguida se hizo noche cerrada, pero el sentido de
orientación que siempre tuvo lo ayudo a llegar. Esto tomó
largo tiempo y, mientras tanto su empleador llegó, en carro
o sulky, a buscarlo. Al no encontrarlo, volvió al pueblo.
Tampoco estaba en su casa (estaba en tránsito, caminando
de vuelta) así que para cuando llegó había
una gran alarma esperándolo" (28).
De
un agricultor judío, "Aarón" y su esposa
dice María Inés Krimer: "Nadie pudo explicar
por qué terminaron ahí, perdidos en el medio de la
pampa, cuando parientes y amigos se habían dirigido a las
colonias de Santa Fe, Entre Rios y Chaco" (29).
En
La Pampa -escribe Hugo Chumbita-, "entre los milicos abundaban
estos turcos, que en realidad eran árabes o hijos de, famosos
por los bravos" (30).
Fausto Burgos y Abelardo Arias evocan a los italianos agricultores
que se establecieron en Mendoza. El primero refiere en El gringo
(31), los abusos de los que eran víctimas los trabajadores
-nativos y extranjeros-, mientras que Arias, en Alamos talados (32),
describe -además del trabajo de los viñateros- la
pérdida de una posesión familiar a manos de un turco.
Alfredo
Bufano canta a los agricultores italianos: "¡Salud a
ti, fuerte hijo de la loba romana,/ hijo del heroísmo y de
la santidad,/ el que a su espada, dueña de milenaria gloria,/
trueca en armas benditas de trabajo y de paz!/¡Salud a ti,
el de la estirpe de César/ y de Virgilio, el que pone el
mismo afán/ al labrar tierra propia y al labrar tierra ajena,/
o al esparcir semillas que otros cosecharán!/ ¡Salud
a ti que derramas el resplandor de Roma/ por los caminos del mundo
con manos de eternidad!" (33).
Alcides
J. Bianchi recuerda a los trabajadores inmigrantes: "Los dos
heladeros de mi preferencia eran: uno, el italiano 'Don Chichillo',
que se ubicaba en la esquina de la ferretería de los Marín;
y el otro, el portugués 'Lurdeos', cuyo sobrenombre provenia
de su forma de expresarse al ofrecer los helados, con la típica
ruleta de la suerte, donde uno pagaba cinco centavos, y tenía
el derecho a dos tiros de ella.
-¡Chicos!,
a probar suerte, van a sacar tantus heladus como lurdeos míos
-y levantando su rústica mano derecha mostraba sus dedos
en pantalla". El almacenero de Rama Caída era árabe:
"El personaje más importante del lugar, Don Julio el
almacenero (único negocio del lugar), nos dio la bienvenida
en su dificultoso idioma, como buen paisano árabe. -Aquí
'baisano' Julio da bienvenida, 'baja... baja', basen al almacén
-invitó ceremonioso". Bianchi recuerda asimismo al médico
de San Rafael, que también era inmigrante, pero no especifica
de qué origen: "Por razones de salud -el problema asmático
de mi madre-, y por indicaciones del doctor Teodoro Schestakow,
los fines de semana o bien en vacaciones de verano, debía
ella viajar a un lugar montañoso y de altura, lejos de la
ciudad, cuyo aire puro tenía las cualidades curativas para
su afligente mal. -Señora, no dejar de ir a montañas,
si quiere mejorar- le decía terminante el médico,
en su entreverado idioma" (34).
En la memoria de la Colonia San José, afirma Alejo Peyret:
"He visto en esta Colonia, montañeses que nunca se habían
aproximado a un buey y les tenían un miedo espantoso, por
más mansos que fueran. Habían arado con caballos,
y había también algunos que nunca habían arado.
Habían solamente carpido algunas varias cuadras de tierra
en las faldas de los Alpes. Venían pues a América
a hacer su aprendizaje de agricultura" (35).
"Generalmente
todos decían que eran agricultores -manifestó el profesor
Jorge Ochoa de Eguileor-, porque una de las condiciones para poder
venir a la Argentina era que fuesen agricultores. Nunca habían
visto la tierra, y los que la habían visto, la habían
visto en su pequeña casa del caserío donde tenían
su cerdo, y donde tenían su vaca y alguna gallina" (36).
Así fue como se vieron obligados a aprender un oficio que
les resultaba desconocido, para poder subsistir en la nueva tierra.
El
esfuerzo de mucho tiempo se veía destruido por la plaga de
langostas. Escribe Ferdinand Constantin, en 1898, en la misma colonia:
"Hemos salido victoriosos en la destrucción de estos
insecto devastadores. La primera nube de langostas ha venido sobre
mi viña a la tarde. A la mañana siguiente éramos
siete u ocho personas para recoger 295 kilos sobre los troncos de
los durazneros y los postes de las viñas. Se ha comenzado
con la destrucción de los huevos y enseguida se ha destruido
a las recién nacidas. En la Colonia se ha tenido pérdida
de cosecha hasta este momento. En los alrededores, donde no se ha
podido luchar contra las langostas, el maíz ha sido arrasado.
En estos cuarteles no se veía más que correr la policía
para infligir amenazas a todos aquellos que no querían participar
en la lucha contra los insectos. Se pagaba 50 centavos los 10 kilos
de langostas recogidos..." (37).
Leopoldo Lugones canta al comerciante sirio: "Más allá
viene el sirio buhonero,/ Balanceando a la espalda su bicoca,/ Al
canto gutural de la sabida/ 'Cosa linda barata' que pregona"
(38).
El ingeniero Walter Rathhof llega a Misiones con un contrato: "
'¿Cómo vine a para acá? Hace tres meses ni
sabía que existía este lugar. ¡Misiones!' Apenas
si había visto el nombre de Argentina en el mapa. En Alemania
no conocía a nadie que hubiera andado por esta parte del
mundo, pero bastó una propuesta para dejar la familia, el
empleo seguro, la patria, los amigos, por la aventura. (...) Allá
era un ingeniero más, sin mucha experiencia entre tantos
otros, en cambio acá estaba todo por hacer. ¡Y justo
puentes! Si hubiera sabido que alguna vez tendría que hacer
puentes, tan lejos y sin poder consultar con nadie, hubiera prestado
más atención a aquel viejo profesor que siempre hablaba
de los de la India y de la China. Después de todo, los que
tendría que hacer acá tendrían más en
común con esos que con los prolijos puentes de hierro que
diseñaba en la facultad. Además, había que
hacer todo desde el principio, ni siquiera las mensuras estaban
y los lugareños medían las distancias en tiempo: dos
días de barco, un día de a caballo (39).
En
esa misma provincia, los Spasiuk alternaban el trabajo manual con
la música: "En Apóstoles, un humilde pueblito
a 50 km de Misiones, Juan (el tío) y Marcos (el padre) se
concedían una pausa en la carpintería, tomaban cada
uno su violín y su guitarra y, sobre un tablón, afloraban
polcas, valses, rancheras, chacareras y rumbas, como una necesidad
de recrear la música que sus antepasados habían importado
de Ucrania y de Europa del Este (40).
Los gauchos judíos es el libro que Alberto Gerchunoff escribe
para el Centenario. En él, evoca la vida de estos hombres
y mujeres que se vieron enfrentados a tareas que nunca habían
realizado (41).
En su cuento "El cardenal", Márgara Averbach escribe
que su abuelo "había nacido en una ciudad de Europa
y después se había visto obligado a convertirse en
gaucho judío, una conjunción inimaginable para él,
supongo" (42).
"El
gran cambio en las costumbres de los judíos ortodoxos se
produjo cuando la segunda generación en el país, o
sea la de mi padre -señala Benedicto Kaplan-. Así
como los de la primera generación todos llevaban largas barbas,
salvo algunos elegantes que se las recortaban en punta, los de la
segunda generación se afeitaron casi sin excepción,
cambiaron sus hábitos alimentarios, adoptando los de los
gauchos. La religión se siguió practicando en las
grandes fiestas. Aparecieron los primeros gauchos verdaderos: bombachas
anchas en lugar de pantalones, faja con tiradores y facón,
asados, mate y carreras cuadreras. En la generación tercera,
o sea la mía, este tipo humano pintoresco se multiplicó
en todas las colonias" (43).
La
finalización de los contratos ocasionaba que familias enteras
se trasladaran en busca de otro campo para trabajar. En un viaje
por Santa Fe, Gladys Onega y su padre ven a "los expulsados
de la tierra": "vimos un carrito del que tiraban una mujer
y un hombre, cada uno de su vara; en ese carrito pequeño
y angosto llevaban su casa. Allí habían cargado los
muebles, los hierros de labranza, un baúl, atados de ropa
y todavía cabía una cama donde unos chicos y la nona
se amontonaban y se tapaban del sol con la colcha blanca de algodón
ahora ennegrecido, que había formado parte del ajuar europeo
y que tantas veces había visto en las casa de chacareros,
atada por sus cuatro puntas al respaldo y a la piesera de hierro
de la cama. Debajo de ese toldo trataban de salvarse del terrible
castigo del sol y del bochorno de la tarde con el aire que debía
soplar por los costados libres. Detrás del carrito venían
unos muchachos que empujaban aliviando el esfuerzo de sus padres"
(44).
En
Santa Fe se instalan los Vairoleto. El padre, Vittorio, "encontró
diversas ocupaciones temporarias y también fue arrendatario,
con variada suerte. (...) tuvo que buscar conchabo en obras de construcción
de las líneas ferroviarias y otras tareas estacionales. Para
la trilla se tomaban horquilleros, carreros o 'pistines', fogoneros
y aguateros; el trabajo era de sol a sol, y los maquinistas lo pagaban
a su antojo. También se conseguían changas para embolsar
y coser, o en el transporte y almacenamiento de las estaciones,
pero había que deslomarse hombreando bultos de setenta kilos
por el 'burro' y subir al trote cuando se cargaban los vagones"
(45).
Los
agricultores inmigrantes también fueron tema de poesías.
En "Ese inmigrante", Virginia Rossi canta: "Se llenaba
de espigas/ los puños y los brazos/ y su paso medía/
la soledad del campo" (46).
"Vista a la distancia -escribe Hugo Mataloni-, la epopeya de
la inmigración parece aureolada por la leyenda y el heroísmo.
Cruzar el mar, arar la tierra, levantar el trigo rubio como el cabellos
de los inmigrantes, todo suena a poesía y así es presentado
el período fundacional por escritores y poetas, como por
ejemplo José Pedroni, que cantó como pocos a la gesta
civilizadora y sobre todo al nacimiento de Esperanza. Pero si en
un principio los agricultores araban con el Rémington a la
espalda, teniendo en el horizonte el fantasma del indio, es de imaginar
la cantidad de dramas y de fracasos, de renunciamientos y de miedos
que se sucedieron y que debieron ser superados para llegar a la
victoria final" (47).
Viajando
de Rosario a Córdoba, Julio A. Roca conoce a un inmigrante.
Escribe Félix Luna: "me impresionó lo que me
dijo un inglés, empleado del ferrocarril. Era el encargado
de medir las tierras, una legua a cada lado de la vía, que
por concesión se le había otorgado en propiedad a
la empresa. En un castellano arrevesado, el gringo me contó
que estaban expulsando a los pobladores que vivían en aquellos
campos para venderlos en grandes fracciones una vez que la línea
hubiera llegado a Córdoba. Sería un negocio enorme
-me decía- y se llenaba la boca describiendo las miles de
cabezas de ganado que podrían criarse allí y los millones
de fanegas de trigo que se cosecharían" (48).
En Villa General Belgrano, Còrdoba, vive Pierre Cottereau.
El nos escribiò: "si bien soy extranjero, no soy un
inmigrante. Lleguè a este paìs en calidad de turista
para conocer a unos familiares emigrados en 1889, entre ellos mi
abuelo materno que retornò a Francia en 1900 y que no he
conocido. Me quedè por pura casualidad, el haber encontrado
un trabajo provisorio que me lanzò hasta independizarme;
llegaba con el bagaje de òptico tècnico industrial"
(49).
En "El mundo, una vieja caja de música que tiene que
cantar", Héctor Tizón presenta un cura gallego:
"El cura comienza a pasearse despaciosamente por el salón.
Está pensativo, cabizbajo y dice por ahí (sólo
el Capataz y el Turco pueden escucharlo, los otros no están
en este momento) aludiendo quizás a su pobreza: -Me ha tocado
una parroquia estéril como una mula. Y poblada de locos"
(50).
En Jujuy se afincó el yugoslavo evocado por María
Edith Lardapide Olmos en "Historia de vida": "Don
Milo tomó contacto con la empresa de Joseph Kennedy y allí
tuvo una importante responsabilidad: hacían el trazado de
las líneas férreas en el inmenso altiplano boliviano,
donde, cuando cae el sol, pareciera poderse tocar con las manos.
Sus empleados eran nativos aimaráes y quichuas" (51).
En la Patagonia, administra una estancia un alemán: "El
3 de febrero de 1923, después de una travesía de treinta
días desde Hamburgo, Ella Hoffman llega con sus tres hijas
a Buenos Aires, rumbo a la Patagonia, donde Hermann Brunswig, su
marido y padre de las niñas, trabaja como administrador de
una estancia y espera ansioso el reencuentro con su familia después
de tres años y medio de separación" (52).
En
Tierra del Fuego vivían los empleados de la penitenciaría
(53), y los personajes de Fuegia, novela de Eduardo Belgrano Rawson:
"Cuando les resultó evidente que habían echado
mano a los mejores campos del mundo, los criadores de toda la isla
resolvieron cruzar sus mediocres ovejas con padrillos europeos.
Para entonces ya nadie soñaba con transformar a los lugareños
en sus pastores perfectos.
En
realidad, a los parrikens les sobraban condiciones para el puesto:
corrían treinta kilómetros de un tirón, podían
dormir al sereno en invierno y resistían sin probar bocado
como el más bruto de los galeses. Pero nada aborrecían
más en el mundo que el trabajo de ovejeros, de modo que los
criadores olvidaron por fin el asunto y junto con los padrillos
importaron pastores de Escocia, quienes trajeron hasta los perros"
(54).
También
a las Islas Malvinas llegaron pioneros escoceses: "En 1842
llegaron dieciocho pobladores, en 1849 treinta y en 1859 otros treinta
y cinco, con sus respectivas familias. El último contingente
llegó en 1867. Poco a poco colonizaron todas las islas. Estos
escoceses trasladaron a las Malvinas sus costumbres, entre otras
la de criar ovejas, no vacunos. Sus descendientes forman la gran
mayoría de la población malvinense nativa, de la población
estable actual, porque las Malvinas tienen también una población
inestable, de origen no escocés sino inglés: son los
funcionarios y los militares" (55).
Notas
1 Zárate, Francisco de (texto); Hax, Andrés (fotos):
"A la pesca", en Clarín Viva, 23 de mayo de 2004.
2 S/F: "El baratillo", en La Capital, Mar del Plata, 25
de mayo de 2000.
3 Kremer, Isaías Leo: "Proveeduría 'El Progreso'
", en Mundo Israelita. Buenos Aires, 8 de agosto de 2003.
4 Gutiérrez, Eduardo: Juan Moreira. Buenos Aires, CEAL, 1980.
(Capítulo).
5 Zappietro, Eugenio Juan:; De aquí hasta el alba. Barcelona,
Planeta, 1971.
6 ibídem
7 Guerra, Ana María: Los jardines del Carmelo. Buenos Aires,
Corregidor, 2003.
8 Daireaux, Godofredo: "Matufia", en Fray Mocho, Félix
Lima y otros. Los costumbristas del 900. Sel. y pról. de
Eduardo Romano, notas de Marta Bustos. Capítulo. Buenos Aires,
CEAL, 1980.
9 Chamico (Conrado Nalé Roxlo): El muerto profesional. Buenos
Aires, CEAL, 1980.
10 Kordon, Bernardo: "Hotel Comercio", en El cuento argentino
1930-1959*** R. Arlt, J. L. Borges y otros antología. Selección
y prólogo de Eduardo Romano, notas de Marta Bustos (notas):Capítulo.
Buenos Aires, CEAL, 1981.
11 Carpena, Elías: Los trotadores. Buenos Aires, Huemul,
1973.
12 Verbitsky, Bernardo: Hermana y Sombra. Buenos Aires, Editorial
Planeta Argentina, 1977.
13 Gómez Bas, Joaquín: Barrio Gris. Buenos Aires,
Compañía General Fabril Editora, 1963.
14 Sábato, Ernesto: "La memoria de la tierra",
en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
15 Milano, Fulvio: "La Condra", en El Tiempo, Azul, 12
de noviembre de 2000.
16 Alvarez, Sixto (Fray Mocho): op. cit.
17 Güiraldes, Ricardo: "Al rescoldo", en Capítulo.
CEAL, 1980.
18 Corsetti, José L.: "Lejos del corralito, cerca de
la naturaleza", en La Nación, 27 de enero de 2002.
19 Nario, Hugo: "Cortando piedra", en Todo es historia,
N°178, Marzo de 1982.
20 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones
B, 1998.
21 Massa de Larregle, María Elena: "José Balbino,
el portugués", en Revista N° 4, 2000, Dirección
y coordinación: Aurora Alonso de Rocha. Archivo Histórico
"Alberto y Fernando Valverde", Municipalidad de Olavarría,
Secretaría de Gobierno.
22 Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: op. cit.
23 Gómez Bas, Joaquín: Barrio Gris. Buenos Aires,
Compañía General Fabril Editora, 1963.
24 Iglesias, Jorge: "Flandria, la ciudad-fábrica cuyo
espíritu vive en una banda", en La Nación, Buenos
Aires, 28 de enero de 2001.
25 Alonso de Rocha, Aurora: "Los gallegos en Olavarría",
en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994.
26 Cassini José L.: "El mar en los ojos", en Rotary
Club de Ramos Mejía Comité de Cultura. Buenos Aires,
1994.
27 Ayala, Nora: op. cit.
28 Rotstein, Enrique y Fabio: "Fanny Dubroff y David Rotstein,
en www.math/bu.edu/people/ horacio/anc-cast.htm
29 Krimer, María Inés, "Aarón", en
El Tiempo, Azul, 9 de febrero de 1997.
30 Chumbita, Hugo: op. cit.
31 Burgos, Fausto: El gringo. Buenos Aires, Ediciones Tor, 1935.
32 Arias, Abelardo: Alamos talados. Buenos Aires, Sudamericana,
1990.
33 Bufano, Alfredo: "En el día de la recolección
de los frutos", en Para todos los hombres del mundo que quieran
habitar el suelo argentino. Buenos Aires, Clarín..
34 Bianchi, Alcides J.: Aquellos tiempos... Buenos Aires, Marymar,
1989.
35 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna,
1991.
36 Markic, Mario: "En el camino", TN, 12 de septiembre
de 2002.
37 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna,
1991.
38 Lugones; Leopoldo: "Oda a los ganados y las mieses",
en Antología poética. Buenos Aires, Espasa-Calpe,
1965.
39 Ayala, Nora: op. cit.
40 Gaffoglio, Loreley: "Trato de ser lo mejor de lo que soy",
en La Nación, Buenos Aires, 17 de diciembre de 2000.
41 Gerchunoff, Alberto: Los gauchos judíos. Buenos Aires,
CEAL, 1980.
42 Averbach, Márgara: "El cardenal", en Aquí
donde estoy parada. Córdoba, Alción, 2002.
43 S/F: "Shalom Argentina" en wwwlavaca.org.
44 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo
Mondandori, 1999.
45 Chumbita, Hugo: op. cit.
46 Rossi, Virginia: "Ese inmigrante", en Capítulos,
Editorial Nueva Generación.
47 Mataloni, Hugo: La inmigración entre 1886-1890. Santa
Fe, Colmegna, 1992.
48 Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 1991,
p. 76.
49 Cottereau, Pierre: Carta fechada en 1997.
50 Tizón, Héctor: ""El mundo, una vieja
caja de música que tiene que cantar", en El cuento argentino
1959-1970** antología J. J. Hernández, H. Tizón,
Isidoro Blaisten y otros. Selección, prólogo y notas
del Seminario Crítica Literaria Raúl Scalabrini Ortiz.
Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1981.
51 Lardapide Olmos, María Edith: "Historia de vida",
en El Tiempo, Azul, 8 de junio de 1997.
52 S/F: Brunswig de Bamberg, María: Allá en la Patagonia..
Buenos Aires, Vergara, 1995. Gacetilla de prensa.
53 Messi, Virginia: op. cit.
54 Belgrano Rawson, Eduardo: Fuegia. Buenos Aires, Sudamericana,
1991.
55 Gallez, Pablo: "Malvineros, ingleses, escoceses y argentinos",
en La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 18 de febrero de 1999.
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