INMIGRACION Y LITERATURA

Por María González Rouco

PRIMEROS DIAS

Nuevos porteños


Muchos inmigrantes se quedaron en la ciudad de Buenos Aires; vivieron en conventillos, pensiones, casas y departamentos.

María Pizzul de Russian nació en Mossa, Italia, en 1901. Vive en Buenos Aires "desde 1924, cuando con su marido 'fuimos a vivir a un conventillo de Chacarita que dejamos cuando compramos un terreno en Agronomía', barrio que, desde entonces, nunca abandonó" (1).

"El secreto de cómo se produjo este pasaje de tanta gente de los cuartos del conventillo a una vivienda mejor reside seguramente en la comparación, durante todo el período, entre el precio medio de un cuarto en aquéllos y el nivel general de salarios en esta época de plena ocupación" (2), afirma Francis Korn.

En un conventillo vivió Carlitos Gardel, protagonista de una historia de Graciela Beatriz Cabal, quien relata que el pequeño "se había ido por esas calles de Dios, colgado del pescante de algún carro lechero. Cuando aparecía de vuelta en el conventillo, la madre lo corría por el patio, con la chancleta en lo alto, las peinetas a medio salir y los pelos tapándole los ojos. -¿Dónde anduviste metido, desgraciado?- parece que quería decirle. Pero como estaba muy enojada se lo decía en francés (idioma rarísimo pero que era el de ella). Y entonces los vecinos, que habían sacado las sillitas a la puerta de las piezas para observar todo con detalle (sin intervenir porque una madre es una madre), se quedaban en ayunas" (3)
.
"Cuando los sefaradíes llegaban a Buenos Aires desde distintas partes del Imperio Otomano -señala Luis León-, el primer sitio conocido eran las inmediaciones de la calle 25 de Mayo. Enclavada en 'el bajo', parte vieja de la ciudad, era frecuentada por marineros en busca de alojamiento o diversión. Debido a su proximidad con el puerto, allí habitaban en pocas manzanas, numerosas familias sefaradíes que hicieron de ese sector de la ciudad, su propia 'djudría' ". León transcribe el testimonio de Arouj de Bembasat, quien expresa: "Se vivía en grandes casas de múltiples habitaciones, los tradicionales conventillos, y en cada una había una familia. Nosotros alquilábamos dos piezas que daban a patios, la de adelante, mi padre la convirtió en local, y en la otra vivíamos todos juntos, ellos y nosotros, los cinco hermanos. Recién cuando progresó, nos mudamos a una casa más amplia, separada de su local, donde le iba muy bien".

"En esa parte del barrio vivían no sólo sefaradíes, también otros inmigrantes, de los cuales algunos se destacaron. Por ejemplo la familia Alemann, dos de cuyos hijos fueron ministros de economía, "compartieron el conventillo con nosotros. Su madre los esperaba al venir del colegio para que no cruzaran solos la calle Reconquista. También Onassis, que se había hecho amigo de mi padre y vivía por allí. Papá acostumbraba tomar café en un bar muy humilde de la bajada de Viamonte donde lo atendía un mozo que apodaban 'el griego', que no era otro que el luego famosísimo multimillonario. Un día le regaló un barquito de marfil. 'El griego' contaba que iba y venía a Montevideo en bote todas las semanas haciendo negocios que nadie conocía' " (4).

El protagonista de "Hombre de recursos", de Fernando Sorrentino, vivía, hacia el año del Centenario, en la calle Costa Rica: "en un cuartucho de un conventillo grisáceo, nos arrinconábamos mi madre y yo. Mi madre, llamada doña Ferdinanda y siempre vestida de negro, pertenecía, simultáneamente, a tres categorías (no incompatibles), a saber: a) santa viejecita; b) viuda; c) napolitana. A pesar de lo Rica que era la Costa de nuestra calle, vivíamos en la peor de las pobrezas y no teníamos ni dónde caernos muertos" (5).

Los conventillos más famosos fueron Las Catorce Provincias, El Universo y el Conventillo de la Paloma. En ellos "se compartían los baños, los lavatorios, las letrinas, la cocina y los lavaderos. En las piezas vivían familias enteras, a veces con seis o siete hijos, lo que provocaba hacinamiento y promiscuidad. (...) Para dormir, los más pobres tenían dos opciones: el sistema de "cama caliente", en el que se alquilaba un lecho por turnos rotativos para descansar un par de horas, o la maroma, que eran sogas amuradas a la pared a la altura de los hombros. Quien optaba por ese método debía pasarse las sogas por debajo de las axilas, dejar caer el peso del cuerpo y dormir parado" (6). Esto nos da una idea del enorme sacrificio que debieron hacer muchos de los que venían en busca de un futuro mejor.

El conventillo fue el escenario del sainete, como lo afirma Vacarezza en un conocido soneto: "La escena representa un conventillo./ Personajes: un grébano amarrete,/ un gallego que en todo se entromete,/ dos guapos, una paica y un vivillo."(7). Allí "nació el lunfardo, que no es el idioma del delito, como Antonio Dellepiane tituló su libro sobre esta jerga porteña, publicado en 1894" (8).

El aluvión inmigratorio tuvo que ver con las nuevas ideas sobre edificación. Lo afirma Andrés Carretero: "'En 1887 la población total era de 404.173 habitantes, con una densidad de 89 habitantes por hectárea', computó Carretero, pero ya el cambio comenzaba a operarse con la afluencia de la inmigración, 'que modificó los amplios patios de las casas porteñas, que se dividieron para facilitar dos o tres pisos a las casas de bajo y aprovechar así mejor los terrenos'" (9).

Otros inmigrantes vivían en pensiones. Los asturianos que evoca María del Carmen García en Cuentos de criollos y de gringos, "Se acomodaron en una pieza de pensión en La Boca, paso obligado para todo humilde recién llegado, después del Hotel de Inmigrantes y antes de alcanzar el soñado terrenito propio" (10).

En una pensión vive sus primeros días porteños Silvio Gesell: "Para los argentinos el apellido Gesell es familiar, primero por la casa de venta de artículos para bebés y luego por la figura del pionero Carlos Gesell quien puso su apellido en la villa turística que fundó luego de domesticar la naturaleza de esa zona de la costa atlántica. Lo que pocos saben es que la villa hace honor a la memoria del padre de Carlos Gesell, Silvio Gesell, otro pionero en el mundo de los negocios primero y en el campo de las teorías económicas después. Silvio Gesell fue un próspero comerciante alemán, radicado en Argentina en 1887. A los 25 años llegó al país acompañado solamente por un cajón de madera repleto de instrumentos odontológicos, cajón que su hermano le había confiado para intentar fortuna en América.

Liquidados los trámites aduaneros y con el cajón ya en su poder alquiló una modesta pieza de pensión donde se instaló sin más muebles que un armario y una mesa que usaba para comer y sobre la cual dormía de noche. En pocas semanas consiguió ubicar la mercadería en los consultorios de los odontólogos que visitó. Al tiempo y luego de un corto viaje a Alemania para organizar mejor las entregas, el moblaje de su pieza mejoró y ya compró una cama. Con el tiempo, aparecen también otros muebles hechos del material de los cajones que recibe regularmente con artículos desde Alemania. Trabajo y ahorro son sus lemas" (11).

La catalana Remey Nuez Fontanals llegó a Buenos Aires en 1947, a los veinte años. Sus primeros tiempos en la Argentina fueron muy difíciles. Lo recuerda más de cincuenta años después: "Llegamos a Buenos Aires y como mi marido no había hecho el servicio militar, lo llevaron preso, así que me quedé hasta que todo se arregló, sola. Después fregamos pisos... hicimos de todo. Vivíamos en un cuarto de pensión, con dos cajones de manzana y una tabla para comer; el colchón era de estopa, imagínate... Yo cocinaba con carbón y hervía los ravioles en una pava... pero más que nada comíamos hígado" (12).

En Tantas voces, una historia, Eleonora María Smolensky y Vera Vigevani Jarach destacan que, cuando arribaron los judíos italianos, "Algunos amigos argentinos judíos asumieron el compromiso de mitigar las dificultades de los comienzos. Ellos se encargaron de alojar a los recién llegados en hoteles o pensiones donde, por lo general, permanecieron durante escasos días. (...) Un segundo momento, de imprevisibles consecuencias, transcurrió en las pensiones que los hospedaron durante los meses siguientes". (13)

Construyó una casa, en 1910, el abuelo del actor Pepe Soriano. En la actualidad, allí vive el nieto famoso con su familia: "Ladrillo y barro, chapa y madera. (...) En este buen lugar, donde hoy hay una galería vidriada con fuente y enredadera, su abuelo Giuseppe armaba a mano zapatos que jamás pesaban más de 300 gramos -era su regla de oro-mientras mascaba tabaco y hablaba en un calabrés imposible con el loro que lo escoltaba sobre una percha" (14).

Trincado, un inmigrante que llega de España en 1910, construye su casa en Villa Pueyrredón: "Aquella casa era una pieza de madera y forrada por afuera de zinc, sobre una plataforma a 40 cm del piso, ya que estaba cerca del arroyo Medrano y se inundaba con frecuencia. La cocina estaba separada y el baño al fondo. Sin necesidad de televisión o radio para acostarse a dormir, bastaba con que las gallinas comenzaran a discutir dormidas desde el fondo o que, cuando empezaba a llover, las ranas se convirtieran en una orquesta sensacional para entretener a todos los 'oyentes'. (...) Era una zona de quintas y los chicos jugaban en la calle. Aquel Pueyrredón era un gran campo con lagunas donde se cazaban ranas. Había casas bajas, con calles de tierra, cuna de tantas travesuras" (15).

En ese barrio también se establecen los Feierstein. Ricardo, uno de los hijos de los inmigrantes polacos, escribió: "un jardín lleno de flores y manzanas, un baldío con pasto hasta las rodillas y dos arcos de fútbol señalizados con ramas y latas, una calle de tierra con el hueco preparado para jugar a las bolitas, (...) y hay también casitas de tejas rojas y hogares a leñas y un estrecho zaguán de paredes encaladas que de pronto se resquebrajan por una de sus grandes grietas y derraman desde allí, desde lo alto, (...) sueños y juguetes, árboles para treparse" (16).
En "El Antonio", cuento incluido en La manifestación, Jorge Asís escribe: "Cómo no recordarlo, cómo olvidar los picados en las calles, y de la gallega neurótica que no daba la pelota cuando caía en su casa, o la devolvía cortada, y los piedrazos que caían de noche en su techo de chapa" (17).

A un departamento, en cambio, fueron los Kovacic al salir del Hotel, en El ángel del capitán, de Chuny Anzorreguy. Cuando el propietario italiano exige un garante del alquiler, el croata le contesta: "Escúcheme. Acabamos de llegar de Europa. No conozco a nadie. No tengo nada. Nada más que mi honor, que para mí es mucho. Usted alquíleme el departamento y yo le aseguro que a fin de mes va a recibir el pago, aunque tenga que matarme para conseguirlo. Crea en mí" (18).

Por la Avenida de Mayo caminaban los inmigrantes. Lo recuerda Alvaro Yunque, quien escribe: "Rumbo al oeste, por la Avenida/ esta ruda familia de italianos: A la cabeza el padre, un hombrachote/ que lleva un chiquitiño entre sus brazos;/ atrás de él dos muchachas, dos gringuitas/ de trenzas rubias y de ojos garzos;/ detrás la madre cuyo vientre elévase/ con la promesa de algún nuevo vástago;/ y aún detrás cansadamente marchan/ dos chicuelos cogidos de la mano;/ y golpean los rudos zapatones/ y exhiben los vestidos aldeanos/ aquellos inmigrantes que contemplan/ todo con grandes ojos asombrados" (19). Leonie J. Fournier evoca a los hispanos: "andaluces, madrileños/ que la Avenida de Mayo/ es como la casa de ellos" (20).


Notas
1 Márquez, Enrique: "Ya pasaron los 100 años y siguen lo más campantes", en Clarín, Buenos Aires, 3 de noviembre de 2003.
2 Korn, Francis: "Buenos Aires siglo XX/ Los conventillos. Un sistema que reproducía a la sociedad en miniatura", en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
3 Cabal, Graciela Beatriz y Contarbio, Delia: Carlitos Gardel. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1991.
4 León, Luis: "Allá por la calle 25 de Mayo", en SEFARaires N° 24, Abril de 2004.
5 Sorrentino, Fernando: "Hombre de recursos", en La venganza del muerto y otros cuentos con astucias. Buenos Aires, Alfaguara, 2003.
6 S/F: "Todo comenzó en los conventillos", en La Nación, Buenos Aires, 14 de mayo de 2000.
7 Vacarezza: "Un sainete en un soneto", en Cantos de la vida y de la tierra. 1944.
8 Elguera, Alberto y Boaglio, Carlos: La vida porteña en los años veinte. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1997.
9 S/F: "De la Gran Aldea a la aldea global", en La Prensa, 3 de diciembre de 2000.
10 García, María del Carmen: op cit
11 Ambrosini, Cristina: "Una mirada filosófica Lugares: Villa Gesell, en homenaje al economista Silvio Gesell. Un profeta entre Marx y Keynes", en La Unión Digital, www.launion.com.ar, Edición Número 2539, Miércoles 28 de Enero de 2004.
12 Ceratto, Virginia: "Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo", en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
13 Vigevani Jarach, Vera y Smolensky, Eleonora M.: Tantas voces, una historia. Buenos Aires, Editorial Temas, 1999.
14 Artusa Marina: "El Nono", en Clarín Viva, 26 de octubre de 2003.
15 Quirney Aguirre, Carla: "Don Elías Trincado", en El Barrio Villa Pueyrredón, Buenos Aires, Septiembre de 2003.
16 Feierstein, Ricardo: "El barco hundido (Necochea, 1977)", en Postales imaginarias. Viajes alrededor de la Tierra antes de Internet. Buenos Aires, Editorial Milá, 2002. (Colección Escrituras).
17 Asís, Jorge: "El Antonio", en El cuento argentino 1959-1970* antología A. Castillo, D. Sáenz, H. Conti y otros. Seminario Crítica Literaria Raúl Scalabrini Ortiz (sel., prólogo y notas). Buenos Aires, CEAL, 1981 (Capítulo).
18 Anzorreguy, Chuny: op cit
19 Yunque, Alvaro: "Una familia de inmigrantes por la Avenida", en Versos de la calle. Buenos Aires, Editorial Claridad, 1924.
20 Fournier, Leonie J.: Mi Argentina.


El Hotel de Inmigrantes
Hacia el interior
Nuevos porteños

 

Con esfuerzo, con nostalgia, vivieron los inmigrantes sus primeros días en nuestra tierra. Algunos volvieron a sus patrias, pero muchos se quedaron en esta nación de la que hoy emigran sus nietos.



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