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EL
VIAJE
Permiso para embarcar
Marcelo
Bazán Lascano señala que la Ley Avellaneda, de 1876,
proporciona la definición de inmigrante. Distingue "entre
los inmigrantes 'sensu stricto', o sea los que venían con
pasaje de segunda o tercera clase por cuenta del gobierno u otras
entidades, y los que entre el 25 de mayo de 1810 y el presente han
arribado a nuestro territorio a su costa, como polizones o en cualquier
otra forma clandestina o ilegal. Podría sostenerse, pues,
que los segundos son, prima facie, definibles como inmigrantes 'lato
sensu', aunque hubieran venido en primera clase y aunque lo hubiesen
hecho con bienes de fortuna y hasta con títulos nobiliarios"
(1).
Se ha señalado la diferencia entre inmigrantes y refugiados:
"El inmigrante toma una decisión y asume el riesgo,
aunque tenga que poner en peligro su vida. El exiliado no tiene
capacidad u oportunidad para decidir. Otra de las diferencias fundamentales
es la experiencia vivida antes de la partida. Muchos llegan heridos,
con mutilaciones, han sido testigos de la muerte de personas conocidas
y familiares. Sufrieron violaciones sexuales, (...). Luego está
el trauma del desarraigo, la pérdida del punto de referencia,
la destrucción de todos los bienes".
Cuando
se trata de un refugiado, por más que se esfuerce por sobreponerse,
"El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la vida.
(...) En muchas ocasiones, el desplazado debe adaptarse a países
con otro idioma, otra cultura, separado de sus seres queridos. No
resulta extraño que sean frecuentes los intentos de suicidio,
los conflictos conyugales, el retraimiento social, la sensación
de peligro constante, la pérdida de creencias, las conductas
agresivas... Un caso donde el desarraigo es especialmente doloroso
es el de los ancianos, que desarrollan más cuadros depresivos
que el resto. La falta de esperanza sirve para adelantar la muerte"
(2).
Tomada la decisión, se emprende la travesía. Primero,
por las oficinas que otorgan el permiso de embarque. No viajaba
el que quería, sino el que conseguía la autorización
imprescindible para embarcar. Giorgio Bortot escribe que a aquellos
inmigrantes "se les exigió: 1) ser preferentemente europeo;
2) ser de sana y robusta constitución, exenta de enfermedades
y malformaciones que alteren su capacidad laborativa presente o
futura; 3) asegurar que no venían a practicar la mendicidad,
y la mujer adulta, además, a ejercer la prostitución;
4) declarar su religión; 5) viajar en segunda o tercera clase;
6) residir en zonas determinadas; 7) al llegar, tomar otros recaudos
para asegurar la defensa social". Y agrega: "pocos se
enteraron de tales restricciones. (...) El que escribe fue traído
de niño y debió acatar aquello" (3).
La enfermedad, la senectud, eran muchas veces objeto de discriminaciones
que separaban a las madres de sus hijos, a los hermanos entre sí.
Syria Poletti lo supo bien y lo narró en su novela Gente
conmigo, que fue distinguida en 1961 con el Premio Internacional
de Novela convocado por la Editorial Losada. En esa obra alude a
las trabas que se imponían a los disminuidos físicos
para salir del país. Recuerda Nora Candiani, la protagonista:
"Paso tras paso, con su carga de trabajo y el agobio de apuntalar
a una familia dispersa, Bertina consiguió arrancar el permiso
de embarque. (...) Mi viaje a América se resolvió
así en una suerte de contrabando: yo era como un producto
deteriorado que debía pasar inadvertido, entremezclado con
los productos destinados a la exportación: los emigrantes
aptos. Yo era el polizón que logra trepar al barco. Luego,
la piedad me admitiría. De todos modos, lo importante era
viajar. La vida impone las leyes y la vida enseña las trampas.
Sólo que las trampas arañan" (4).
Un defecto físico impide la salida de una asturiana hacia
América: "Cuando tenían todo arreglado para viajar,
y ya no había retorno, el cónsul argentino se puso
meticuloso con la visa. Despachaba a cientos de asturianos por hora
y se daba el lujo de poner objeciones ridículas. Eran tan
ridículas que parecían el cebo de alguna coima. El
cónsul detectó un dedo mocho en la mano izquierda
de Valentina y decretó que esa lesión la hacía
inútil para el trabajo, y por lo tanto inviable para emigrar.
Sin dinero, sin tiempo y sin chances, Marcial recurrió a
su prima, que era cocinera del gobernador, y éste fue magnánimo
y ejecutivo. El cónsul reculó y firmó los papeles
a regañadientes, y el buque de carga Entre Ríos los
llevó a la otra orilla del mundo" (5).
Lo mismo sucedía con quienes deseaban salir de la Argentina.
El italiano Gemesio desea establecerse con su familia en la península.
Durante la revisación médica, el galeno señala:
" '¡Esta criatura tiene fiebre! -y le sacó la
gorrita, y cuando vio los granos exclamó: -¡Esta niña
no puede viajar!'. Y quedó Elenita, que sólo tenía
tres años, en brazos de la abuela Irene, mientras el Principessa
Mafalda se alejaba de la costa, los pañuelos se agitaban
en el puerto y Christina, a través de las lágrimas
veía empequeñecerse las figuras familiares. Por primera
vez miró a su marido con rencor" (6).
En 1891 "se abrió el comité del Barón
de Hirsch. Fue una salvación para los judíos y empezó
el registro de las familias. Aceptaban solamente familias con hijos
varones. Los que no los tenían, se daban maña. Hacían
inscribir a un soltero como hijo y la cosa marchaba" (7).
Alejo Peyret recuerda que para fundar la Colonia San José,
en Entre Ríos, "Se ha aceptado apresuradamente todo
cuanto se ha presentado, con la única condición de
ser católico. Se han hecho adelantos de ingentes cantidades
a familias desprovistas de todo, y que presentan muy pocas garantías
de reembolso. Por decirlo, se ha gastado mucho dinero sin necesidad.
(...) Suponiendo igual capacidad para el trabajo un colono protestante
debe ser preferido al católico" (8).
En El angel del Capitán, de Chuny Anzorreguy, son políticos
los motivos de discriminación a los que debe enfrentarse
Miro Kovacic cuando decide exiliarse. Un amigo le sugiere dirigirse
al Instituto Croata de Cirilo y Método, donde se entera de
que "Un país sudamericano había puesto a disposición
del Instituto diez mil visas para los croatas que la necesitaran.
No a los largos trámites. No a las profundas investigaciones.
No al interminable papelerío". A fines del 47, en Trieste,
se completa el viaje iniciado mucho antes: "Subimos al tren
Nada, Mía y yo. Nos internábamos en la oscuridad absoluta
buscando al sol" (9).
Décadas antes había sucedido algo similar a un personaje
de Ana María Shua. Por ser desertor, aguardó durante
un año, escondido en la casa de la novia, que algún
compatriota falleciera, para poder viajar con sus documentos: "Murió
Gedalia Rimetka, medianamente joven, de bigotes. Con su documento
fue el abuelo al consulado de América, la verdadera, la del
Norte, y le dijeron que no. No lo bastante joven murió Gedalia,
no lo bastante joven como para pasar por el abuelo. En Polonia siempre
hacía frío, siempre había nieve. Cuando se
derretía la nieve, había mucho barro. El barro también
era frío. El barro de Tomachevo cruzó el abuelo, que
quería cruzar el mar. Y llegó al consulado de esta
pobre América. Allí, le habían dicho, no se
fijan mucho, no entienden nada, les da lo mismo. Allí también
es América, aunque no tanto. Lo que vale es salir de Europa,
lo que vale es cruzar el mar. Desde una América ya será
posible llegar a la otra. Y no se fijaron, o no les importó,
o no entendían nada, y el abuelo pudo ponerse en camino para
cruzar el mar" (10).
Los Gurovitz "Habían quemado todos los documentos. En
sus papeles figuraban como griegos. Así lo atestiguaban la
ropa, gorra y pipa entregadas poco antes" (11).
Lajos Fehér, húngaro judío, "consiguió
un pasaporte falso a nombre de Alejandro Gross con una expresa mención
del obispo de la zona que la religión profesada por el portador
era la católica". Logra llegar a Italia, donde "en
una desesperada búsqueda de algún medio para salir
de Europa, consiguió finalmente una visa para Ecuador y un
lugar en el Augustus que salía a la madrugada siguiente con
ese destino. El lugar en ese barco le costó una buena parte
de su dinero ya que, aún siendo reconocido como católico,
no querían embarcar ciudadanos de países de Europa
Central, por poner a la misma compañía marítima
en actitud sospechosa" (12).
Otro documento falso permitió indirectamente la llegada al
país de Pedro Roth, "el mayor cronista gráfico
de la plástica argentina", nacido en Budapest en 1938.
El vivió en Hungría durante la Segunda Guerra Mundial
y llegó a Buenos Aires -explica- "gracias a un negocio
algo oscuro del doctor Liber, un primo segundo de Rosalía,
mi madre, que le compró un pasaporte falso al cónsul
argentino en Montecarlo el año de mi nacimiento. Puede que
el funcionario fuese algo informal, pero le salvó la vida
y nunca dejaremos de recordarlo. Bueno, Liber llegó e instaló
una fábrica de jabón en San Martín. Mi madre,
mi abuela Eugenia y yo llegamos en 1954 y nos establecimos en Florida"
(13).
Una vez logrado el permiso de embarque, el inmigrante debe dirigirse
al puerto**, soportar varios días en el mar y, finalmente,
arribar a Buenos Aires, donde algunos se establecerán, y
desde donde otros seguirán viaje hacia el interior, a las
colonias en las que quizás encuentren a algún ser
querido. De este largo periplo dan cuenta muchas de las páginas
que leímos.
Notas
1 Bazán Lazcano, Marcelo: "Carta de Lectores",
en La Nación, Buenos Aires, 19 de diciembre de 1999.
2 ABC: "El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de
la vida", en La Prensa, Buenos Aires, 9 de mayo de 1999.
3 Bortot, Giorgio: "Correo de lectores", en La Nación
Revista, Buenos Aires, 23 de febrero de 2003.
4 Poletti, Syria: Gente conmigo. Buenos Aires, Losada, 1962.
5 Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires,
Sudamericana, 2002.
6 Ayala; Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias. Buenos
Aires, Vinciguerra, 1997.
7 Chajchir, Mauricio: "Viaje al país de la esperanza:
Relato de un viajero del Pampa", en La Opinión, 8 de
agosto de 1976, reproducido en Asociación de Genealogía
Judía de Argentina, Toldot # 8. Noviembre 1998.
8 Peyret, Alejo: en Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa
Fe, Colmegna, 1992.
9 Anzorreguy, Chuny: El ángel del capitán. Biografía
del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor,
1996.
10 Shua, Ana María: El Libro de los Recuerdos. Buenos Aires,
Sudamericana, 1994.
11 Goldberg, Mauricio: Donde sopla la nostalgia. Buenos Aires, Grupo
Editor Latinoamericano, 1985.
12 Weisz; José Martín: ...mientras los violines tocaban
csárdás. Un viaje a Hungría. Buenos Aires,
Editorial Milá, 2002.
13 Aubele, Luis: "A boca de jarro. Pedro Roth 'Soy un testigo
privilegiado' ", en La Nación, Buenos Aires, 23 de febrero
de 2003.
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