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ACTITUDES
El 80
María
Esther de Miguel evoca, en Un dandy en la corte del rey Alfonso,
la actitud de los hombres del 80 ante el aluvión inmigratorio.
Se trataba de "una tanda de hombres intelectuales y bien pensantes
que pasarían a la historia, según decían, porque
se dedicaban a ser diplomáticos, escribir libros interesantes
y sacar adelante el país, sobre todo por el esfuerzo de los
inmigrantes que habían llegado para 'laburar', como decían
ellos. Aunque los habían confinado en fábricas, saladeros
y conventillos, los pobres se manejaban bien y sacrificadamente,
y no pasaría mucho tiempo sin que la mayoría de ellos
tuvieran, de acuerdo a los sueños que los habían transportado
a América, 'm'hijo el dotor' " (1).
Eugenio
Cambaceres dejó en su novela En la sangre testimonio de su
repudio a los extranjeros, a quienes veía como una fuerza
poderosa y nociva para la nación. Cuando el protagonista
busca ascender socialmente, el autor se indigna: "Pero cómo,
siendo quien era, iba a atreverse él, con el padre que había
tenido, con la madre, una italiana de lo último, una vieja
lavandera!" (2).
A
partir de la comparación de un pasaje de En la sangre referido
al italiano y uno de Sin rumbo referido a un mestizo, afirma Gladys
Onega: "Por la confrontación de ambos ejemplos deducimos
que la xenofobia fue sólo una de las formas que tomó
en la elite el prejuicio racial, siempre en su propia defensa; a
un objeto se agregó otro, pero el desprecio por el inmigrante
es el mismo que se tuvo hacia el gaucho, en cuanto ambos provocaron
sucesivamente la alarma, y resulta evidente que Cambaceres no se
preocupa por disimularlo con elegías" (3).
Lucio
V. López relata cómo trataba a sus clientas uno de
los tenderos criollos: "Si él distinguía que
era vasca, francesa, italiana, extranjera, en fin, iniciaba la rebaja,
el último precio, el 'se lo doy por lo que me cuesta', por
el tratamiento de madamita. ¡Oh!, ese madamita lanzado entre
7 y 8 de la mañana, con algunas cuantas palabras de imitación
de francés que él sabía balbucir, era irresistible.
Durante el día, los tratamientos variaban entre hija e hijita,
entre tú y usted, entre madamita y madama, según la
edad de la gringa, como él la llamaba cuando la compradora
no caía en sus redes" (4).
En
el prólogo a su novela ¿Inocentes o culpables?, Antonio
Argerich manifiesta: "me opongo franca y decididamente a la
inmigración inferior europea, que reputo desastrosa para
los destinos a que legítimamente puede y debe aspirar la
República Argentina; (...) La intromisión de una masa
considerable de inmigrantes, cada año, trae perturbaciones
y desequilibra la marcha regular de la sociedad, -y en mi opinión
no se consigue el resultado deseado, esto es, que se fusionen estos
elementos y que se aumente la población. En efecto, si buscamos
unidad, sería importante encontrarla: se habla de colonias
aun aquí mismo en la Capital de la República y ya
tenemos los oídos taladrados de oír hablar de la patria
ausente, lo que implica un estravío moral y hasta una ingratitud,
inspirada, muchas veces, por el interés que azuza un sentimiento
exótico y apagado para que se ame a una madrastra hasta el
fanatismo".
Argerich
sostiene que "para mejorar los ganados, nuestros hacendados
gastan sumas fabulosas trayendo tipos escogidos, -y para aumentar
la población argentina atraemos una inmigración inferior.
¿Cómo, pues, de padres mal conformados y de frente
deprimida, puede surgir una generación inteligente y apta
para la libertad? Creo que la descendencia de esta inmigración
inferior no es una raza fuerte para la lucha, ni dará jamás
el hombre que necesita el país". Considera que "tenemos
demasiada ignorancia adentro para traer todavía más
de afuera" y que "es deber de los Gobiernos estimular
la selección del hombre argentino impidiendo que surjan poblaciones
formadas con los rezagos fisiológicos de la vieja Europa"
(5).
"En
la Argentina -sostiene David Viñas-, en los años 1860
y 1870, la secuencia es: paraguayos, montoneros, indios. Liquidados,
la búsqueda del otro distinto y peligroso termina en el inmigrante.
Desaparecidas las tolderías convencionales, aparecen las
'tolderías rojas': los malones ya no vienen del Sur, sino
de Barracas, o de La Boca..." (6).
Félix
Luna explica en un reportaje el origen de la intolerancia: "Se
había soñado con una inmigración ideal: anglosajona,
o franceses de clase más o menos alta, casos que fueron excepcionales.
En cambio, los que vinieron fueron en su inmensa mayoría
inmigrantes pobres, personas provenientes de zonas más atrasadas
de Europa, de España e Italia, fundamentalmente, que huían
de la miseria. Por eso, el tipo de inmigración provocó
alguna resistencia y, diría, determinados rezongos en gente
como Sarmiento, que en algún momento se manifestó
con criterios antisemitas" (7).
En
"La Argentina racista", "el escritor Pedro Orgambide
analiza el costado más intolerante de los argentinos. Y describe
cómo han ido cambiando a lo largo de la historia los destinatarios
de la discriminación: el indio y los mestizos, primero, luego
los españoles, italianos y judíos que llegaron a nuestras
tierras y ahora los inmigrantes de los países limítrofes"
(8).
Una
Noticia de la Defensoría del Pueblo acerca de la discriminación
de los extranjeros latinoamericanos en 2000, afirma que "Los
argumentos son viejos. Podría decirse que comenzaron a utilizarse
en los últimos años del siglo anterior, cuando se
responsabilizaba a los inmigrantes de origen europeo de haber traído
al país ideas disolventes. Con esa excusa se dictó
la ley de residencia que autorizaba a expulsar a aquellos extranjeros
que desarrollaran actividades sindicales y políticas"
(9).
Bien
lo dice Mempo Giardinelli, en Santo Oficio de la Memoria. El año
1896 fue terrible porque "ése fue en año en el
que se habló mucho y muy mal de las mafias de italianos que
llegaban al Río de la Plata, y de la molicie y peligrosidad
de los inmigrantes en general. Algo que después fue una constante
de este país: hablar de la inseguridad fue hablar pestes
de los extranjeros" (10).
Larva
acusa de xenofobia a "los grandes terratenientes 'dueños'
de gran parte de la Patagonia y de la Pampa húmeda":
"Ellos mismos son los que frenaron el aluvión de inmigrantes
que a fines del siglo pasado y comienzos de éste venían
al país, dos tercios de los cuales se vieron obligados a
volver a la miseria de su país de origen, después
de amontonarse en el Hotel de Inmigrantes. Los que se quedaron poblaron
los conventillos de La Boca" (11).
La
intolerancia se hizo ver en una circunstancia desgraciada: "La
gran epidemia de fiebre amarilla de 1870 es uno de los episodios
que conserva vívidamente nuestra memoria nacional. Menos
conocido es que la inmensa mayoría de las víctimas
del 'vómito negro' y del terror subsiguiente fueron los inmigrantes"
(12). "Se culpó de la epidemia a los inmigrantes italianos
y se los expulsó de sus empleos.
Recorrían
las calles sin trabajo ni hogar; algunos, incluso, murieron en el
pavimento" (13).
En La última carta de Pellegrini, de Gastón Pérez
Izquierdo, escribe el protagonista: "La afluencia de inmigrantes
seguía transformando la fisonomía física y
social de la metrópoli con sus gritos, sus palabras mal pronunciadas,
sus risas y sus nostalgias por la tierra dejada. En ese fragor positivista
algunas pequeñas señales cada tanto advertían
que éramos de carne y hueso y no estábamos en el Paraíso
Terrenal. Las condiciones deficientes de alojamiento de los inmensos
contingentes de extranjeros que desembarcaban pronto causaron una
alarma general: un brote de cólera amenazaba con expandirse
como epidemia y salirse de control. Para una ciudad que todavía
guardaba en su memoria colectiva los horrores de la fiebre amarilla
la noticia cayó como el anuncio de la llegada de los cuatro
jinetes. El Presidente convocó de urgencia al gabinete y
concurrí a la reunión para proponer medidas intrépidas,
como las que se recordaban de los tiempos de la epidemia maldita"
(14).
La
intolerancia causó, quizás, la "Masacre de Tandil".
Refiriéndose al juez de paz Figueroa, expresó en sus
Memorias el pionero danés Juan Fugl: "En el fondo de
su alma sentía odio a los extranjeros y al creciente agro
en la zona del Tandil, tanto porque él, familiares y amigos
tenían tierras y grandes estancias lindantes, y se sentían
molestos por las leyes que los obligaban a pagar los daños
causados por animales en las tierras sembradas, y ahora protegidas.
También porque repartía tierras entre criollos o nativos,
en general muy simples y sin ningún ánimo de mejorar,
no a extranjeros que, aunque vivían pobres con su trabajo
y amistoso relacionamiento, pronto formaban un capital y vivían
holgadamente" (15).
Ocantos
no se cierra a la postura común en su época, que consistía
en combatir la inmigración. El advierte los rasgos buenos
en los criollos y en los inmigrantes, y también sabe ver
en ambos grupos los procederes que evidencian la decadencia moral
y que llevan a una existencia desgraciada o, incluso, a la muerte.
En Quilito escribe que la ola de la emigración europea nos
aporta periódicamente lo bueno y lo malo, afirmación
que indica una amplitud de criterio que muchos de sus coetáneos
no poseen (16).
Miguelín, uno de los personajes de Julián Martel,
expresa algo parecido: "Es cierto que la inmigración
en general nos aporta grandes beneficios, pero también lo
es que todo lo que no tiene cabida en el viejo mundo, viene a guarecerse
y medrar entre nosotros. El Gobierno debería ocuparse de
seleccionar..." (17).
Para
Estanislao Zeballos, tanto los nativos como los extranjeros se benefician
con la apertura a la inmigración, ya que "un colono
colocado es una fuente de riqueza privada y de renta pública".
Condena "el sistema de promover y reclutar oficialmente la
inmigración" y se muestra a favor de "estimular
la inmigración espontánea", la que "se mueve
por sí misma y paga su viaje, atraída por noticias
adquiridas de las ventajas que le proporcionará nuestro teatro
de trabajo, ó decidida por consejos o proposiciones y aun
contratos que le brindan sus parientes y amigos establecidos felizmente
en la República" (18).
Notas
1 Miguel, María Esther de: Un dandy en la corte del rey Alfonso.
Buenos Aires, Planeta, 1999.
2 Cambaceres, Eugenio: op. cit.
3 Onega, Gladys: La inmigración en la literatura argentina
(1880-1910). Rosario, Facultad de Filosofía y Letras, 1965.
4 López, Lucio V.: La gran aldea, Costumbres bonaerenses.
Buenos Aires, CEAL. (Capítulo).
5 Argerich, Antonio: ¿Inocentes o culpables?. Madrid, Hyspamérica,
1984.
6 Prieto, Martín: "Archivo de desapariciones" (entrevista
con David Viñas), en Clarín, Buenos Aires, 26 de abril
de 2003.
7 Gilbert, Abel: Buenos Aires no es sólo Puerto Madero",
en La Nación, Buenos Aires, 14 de febrero de 1999.
8 S/F, en Orgambide, Pedro: "La Argentina racista", en
Clarín Viva, 27 de agosto de 2000.
9 Noticias de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos
Aires: "Los culpables de todo. La historia se repite",
en Centenario, Buenos Aires, Junio 2000.
10 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires,
Seix-Barral, 1997.
11 Larva: "Xenofobia. Denuncien al abuelo".
12 Zengotita, Alejandro Ulises: "Los inmigrantes", en
Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994.
13 Scenna: El día que murió Buenos Aires, citado por
Zengotita.
14 Pérez Izquierdo, Gastón: La última carta
de Pellegrini. Buenos Aires, Sudamericana, 1999.
15 Fugl, Juan: Memorias, citado en Lynch, John: Masacre en las pampas.
La matanza de inmigrantes en Tandil, 1872. Buenos Aires, Emecé,
2001.
16 Ocantos, Carlos María: op. cit.
17 Martel, Julián: La Bolsa. Buenos Aires, Huemul, 1979.
18 Zeballos, op. cit.
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