INMIGRACION Y LITERATURA

Por María González Rouco

LA NOSTALGIA

La tierra natal


Más allá de los logros obtenidos en la nueva tierra, la nostalgia acompaña siempre al inmigrante. A pocos les sucede como a Nicanor Fernández Montes, quien "en verdad, nunca sintió nostalgia. No tuvo una mentalidad anclada, cristalizada en el pasado. Jamás. Siempre prefirió mirar para adelante" (1). O como a Francisco Coira, quien nació en España en 1906 y expresa: "No creo en la nostalgia..." (2).

En el hospital del Hotel de Inmigrantes -afirma Horacio Di Stéfano-, los médicos se enfrentaban a un mal incurable: "lo irremediable era la tan común patología de los 'enfermos de añoranza', lejos de sus raíces, con la hermosa y triste vista al río que los envolvía desde los ventanales" (3).

La evocación de la tierra natal se asocia, generalmente, a la de la infancia, en la que quien emigró se sentía protegido, a pesar de la pobreza o las guerras que pudieran apenarle. La nostalgia por el país de origen se trasunta en relatos, canciones, comidas típicas, costumbres, tradiciones que se heredan imbuidas por ese sentimiento.

A ella se refirió Ernesto Sábato, en "La memoria de la tierra", discurso pronunciado al recibir en 1999 la ciudadanía italiana y la Medalla de Oro a la Cultura Italiana en la Argentina. Dijo en esa oportunidad: "Yo fui el décimo hijo de una familia de once varones a quienes, junto con el sentido del deber y el amor a estas pampas que los habían cobijado, nuestros padres nos transmitieron la nostalgia de su tierra lejana". El sentimiento se transforma en literatura: "Ese desgarro, esa nostalgia del inmigrante le he volcado en un personaje de Sobre héroes y tumbas, el viejo D'Arcángelo, que extrañaba su viejo terruño, sus costumbres milenarias, sus leyendas, sus navidades junto al fuego". Y se asocia a una etapa de la vida: "¿Cómo no comprender la nostalgia del viejo D'Arcángelo? A medida que nos acercamos a la muerte nos acercamos también a la tierra, pero no a la tierra en general sino a aquel ínfimo pedazo de tierra en que transcurrió nuestra infancia. Así también mi padre, descendiente de esos montañeses italianos acostumbrados a las asperezas de la vida, en sus años finales, para defenderse de lo irremediable con el humilde recurso del recuerdo, evocaba la Paola de su infancia. Aquella misma Paola de San Francesco, donde un día se enamoró de mi madre" (4).

Un inmigrante, antepasado de Nora Ayala, echa de menos su pueblo: "¡Bagnasco! Nunca hubiera creìdo que extrañarìa tanto ese pueblo contra el que tanto habìa despotricado, las tardes con Franco y Luigi mojando los anzuelos en el Tanaro mientras soñaban con tierras lejanas, aventuras, ciudades, fortunas" (5).

Una italiana trae un puñado de tierra de su patria; es la madre de Antonio Dal Masetto, transformada en Agata, protagonista de dos novelas. Ella recuerda: "Hasta último momento, yo seguía formulándome preguntas que no encontraban respuesta. Teníamos lo que habíamos querido siempre: la casa, el terreno, la posibilidad de trabajar. Habíamos defendido esas cosas, las habíamos mantenido durante esos años difíciles. Ahora, cuando aparentemente todo tendía a normalizarse, ¿por qué debíamos dejarlas? Me costaba imaginar un futuro que no estuviese ligado a esas paredes, esos árboles, esas montañas y esos ríos. Había algo en mí que se resistía, que no entendía. Sentía como si una voluntad ajena me hubiese tomado por sorpresa y me estuviese arrastrando a una aventura para la cual no estaba preparada. (...) Llevaba en la mano una bolsita de tela y la llené de tierra. Me acordé de mi abuelo abonando esa tierra, de mi padre punteando, sembrando hortalizas. (...) Entré en la casa, abrí una valija y guardé la bolsita con la tierra. Recorrí las habitaciones como había recorrido el terreno. Con el brazo extendido rocé las paredes, las puertas, las ventanas. Me senté en un rincón y me quedé ahí, sin moverme, hasta que fue la hora de despertar a Elsa y Guido" (6).

Doménico, un campesino italiano herido durante una huelga en Buenos Aires, en 1919, siente nostalgia de su país. El personaje creado por María del Carmen García "Se quedó pensando en su casa de Pescara, la casa de sus padres, las paredes amarillas, las viejas tejas rotas, descoloridas, que cobijaban en una cocina y en una sola habitación a una numerosa familia de doce almas. Su casa estaba entre colinas, de forma que desde allí no podía ver el mar, pero bastaba con que subiera hasta una cumbre vecina para que apareciera, como en una visión divina, el brillo enceguecedoramente azul de las aguas del golfo, la alta y diáfana línea del horizonte, tan alta que daba la impresión de un mar suspendido en el aire. Y los barcos de todos los calados y los veleros con una fiesta de velas al viento que semejaban una eterna despedida. (...) Esa tarde de verano, agobiante y triste, en que se sentía tan solo y tan dolorido, el recuerdo de su 'paese' lo envolvía en una nube dulce de nostalgia" (7).

La nostalgia agobia a algunos italianos. Susana Aguad, en "Al bajar del barco", escribe: "El sol es tan fuerte como en Oleggio, donde se festeja este mismo día el comienzo del verano, mientras que aquí, en el confín del mundo, hace un frío polar. Cuando suben los agentes del Commissariato dell'Emigrazione ya están todos alineados frente al desembarcadero. A la derecha de la oficina de registro se levanta el edificio blanco del Hotel de Inmigrantes. Podrán alojarse gratuitamente durante cinco días y con sus tarjetas numeradas, entrar y salir libremente. Se disipa la angustia de una travesía de dos meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de lágrimas cuando miran por última vez al 'Génova' con sus dos banderas trenzando azules y verdes" (8).

"Las distancias son sólo un pretexto para ejercitar la nostalgia -afirma Mónica López Ocón en "Interior italiano", uno de los textos ganadores en el certamen convocado por la Asociación Premio Grinzane Cavour y los diarios Clarín y La Repubblica. Es necesario que lo que se sueña y lo que se ama sean siempre una ausencia, requisito imprescindible del deseo. (...) Yo heredé la nostalgia de mi abuela sin necesidad de trámites burocráticos. Lo hice a través de una canción de cuna en italiano y de algunos relatos sobre el aroma y el sabor sorprendentes que tenían las frutas del otro lado del mar. Las añoranzas y los recuerdos pasan de generación en generación igual que los cubiertos de plata o la loza inglesa. A mí me tocó en el reparto un paraíso perdido del mismo modo que hubieran podido tocarme las cucharitas de té o los platos de postre; también se hereda lo que falta. (...) Regresar, sin embargo, no redime de la nostalgia. La nostalgia no se cura porque sólo se curan los males -continúa- y mi nostalgia figura en el inventario de los bienes heredados. A su vez, alguien la heredará de mí" (9).

Otro vasco -esta vez un personaje del dramaturgo Alberto Novión-, recuerda su tierra. Dice la hija: "papá, a pesar de que ya está viejo y que ha formado en esta tierra su hogar, su fortuna, su tranquilidad; viera Ud. cuántas veces lo he sorprendido cantando bajito los aires de su tierra natal, y cuántos suspiros, mensajeros de muchos besos, han ido desde sus labios hasta sus montañas, para morir en los muros de su casa, allá en la aldea de la falda" (10).

En Asturias, Valentín Andrés Alvarez escribe qué sucedería si todos los asturianos nostálgicos cumplieran su deseo: "Puede asegurarse que si un buen día todos los asturianos realizasen el sueño de regresar a la 'Tierrina', no cabrían en ella; habría que ensanchar las ciudades, aumentar las villas y multiplicar las aldeas; y si trajesen consigo las riquezas que poseen, Asturias sería, además de la tierra más poblada, la más rica" (11).

Se titula precisamente "Nostalgia" uno de los cantos del poema "Cuando mi padre habló de su infancia", de José González Carbalho. En ese texto enumera las posesiones que el niño inmigrante tenía en Galicia: un río, un monte, un horizonte, su perro y sus canciones. En América, ya nada tiene de eso, y se lamenta: "Ay, el dueño de valles/ y misteriosos bosques/ por el que andaba yo/ mi perro y mis canciones./ Mis canciones que vuelven sólo para que llore/. Mi perro ya olvidado/ de obedecer al nombre./ Yo, que perdí mis cielos, / ¡y soy tan pobre!" (12).

Carmen, la gallega que viaja con sus hijos a la Argentina en Hacer la América, de Pedro Orgambide, expresa: "Es como si nunca hubiera tenido una casa, Manuel. Como si nunca más pudiera pisar la tierra firme y Dios nos condenara a vagar por el mundo en este barco. No pienses que estoy loca, Manuel. A otras mujeres que viajan aquí les ocurre lo mismo. Extrañan el olor de sus cocinas y el calor de sus camas. Una vieja me contó que todas las noches soñaba con su corral y sus puercos; otra, con un jardín de Andalucía. En América ¿tú sueñas con la casa, Manuel? Los hombres se ríen de esos sueños, son cosas de hembras, dicen, haremos otras casas allí, sembraremos el trigo, cuidaremos las viñas, vamos a trabajar en los aserraderos, en los muelles... Es que los hombres son más parecidos al mar, les gusta andar de un lado a otro. Algunos, sin embargo, se asoman al océano como si trataran de ver o que dejaron. Una les ve las caras de viudos de la tierra, caras de hombres como tú, Manuel, trabajadas por el sol y el granizo, por los días de labranza ¿no se extraña la tierra, Manuel? ¿el olor de la tierra?" (13).

Seis gallegas llegan a buenos Aires; son Las ingratas, de Guadalupe Henestrosa, quien ganó el V Premio Clarín de Novela en 2002. Recién bajadas del barco, llegan a una pensión en la que la mayor se empleará como cocinera. Allí las asalta la nostalgia: "Esa noche entre esas paredes húmedas, escuchando las palabrotas que venían desde el patio, las chicas extrañaron la casa de piedra en las montañas. Por primera vez desde aquella madrugada cuando dejaron a su padre, Vicente, solito junto al fogón, se sintieron lejos de todo, perdidas, a merced de unas gentes desconocidas, con quién sabe qué costumbres. ¿Cómo encontrar el alma en una tierra donde todas las cosas tenían otro olor?" (14).
Otros gallegos, los padres de Esther Goris, también sentían nostalgia por su tierra. Dice la hija: "De chica, escuché tanto a mis padres añorar su tierra gallega, que, a fuerza de ser tan nombrada, Galicia se convirtió para mí en una región mítica" (15).

Antonio D'Argenio testimonia la nostalgia de su madre: "Cuando era yo un chiquillo de ocho o nueve años, mi madre, que había llegado a nuestro país en 1920 desde su Lugo natal, en Santiago de Compostela, escuchaba todas las tardes por la desaparecida Radio Prieto, una audición llamada 'Por los caminos de España'. En esos momentos yo no entendía cómo el rostro de mi madre se cubría de lágrimas cada vez que sintonizaba aquel programa y escuchaba, por ejemplo, el sonido de una gaita" (16).

En "Tríptico a Galicia", Enrique Urbina García canta la nostalgia del inmigrante de esa región: "Y aquel que por Vigo, apabulló su sombra;/ en su misterio -pompas de luna- ocultará olvido/ y por las vides de Galicia como raíz sangrante/ tendrá su mente endulzando retornos válidos. (...) Todo el que con un gallego trata, alcanza/ sólo un poco lo que el corazón de ese hombre/ desparrama, porque el amor, vive en su España" (17).

José Tomás Oneto escribe en "La 'morriña' de Compostela": "aquí, en nuestro suelo, los hijos de esa Galicia emigrada, con su corazón hipotecado, seguirán escuchando las campanadas gallegas. Y no habrá ningún gallego que deje de oírlas, aunque lo crean loco. Y soñarán con su tierra lejana, con las siete estrellas que conforman la guardia de honor del Cáliz, consagrado con la Hostia, en el escudo de Galicia. (...) Y habrá quien sienta el rumor de zuecos paisanos en las rúas de Santiago, y las charlas de los viejos menestrales, y verá con nostalgia cómo se vuelve calle el camino... Entonces, entornarán los ojos húmedos con la imagen del Finisterre, esa proa de Galicia hacia el universo, verdadero trampolín de sus sueños emigrantes...." (18).

Descendiente de un gallego y una madrileña, María Rosa Lojo nos dijo en un reportaje: "En casa se hablaba de España como del 'paraíso perdido', al que mis padres siempre quisieron regresar" (19). Los españoles que presenta en Canción perdida en Buenos Aires al oeste sufrían el desarraigo que los acompañaría hasta el final de sus días. Dice la narradora que, en su hogar argentino, "era el sol de la casa nativa que iluminaba sus rostros. Los rasgos de mi madre, silenciosos y bellos, como una estampa antigua; los ojos de mi padre, tristes de mar, empañados de tiempo recorrido. La mesa del domingo, cuando comíamos callados y mi padre, sólo mi padre recitaba, tácitamente, como para sí: 'Donde yo me he criado...' Y ya no escuchábamos; lo demás se perdía en la bruma nebulosa de un mito siempre repetido, desesperado y patético como una plegaria inútil. La única plegaria que papá se permitía decir" (20).

Así soñaba el gallego en el poema de García Lorca: "¡Triste Ramón de Sismundi!/ Sinteu a muiñeira d'agoa/ mentre sete bois da lúa/ pacían na sua lembranza./ Foise para veira do río,/ veira do Río da Prata./ Sauces e cabalos múos/ creban o vidrio das ágoas./ Non atopou o xemido/ malencónico da gaita,/ non viu o imenso gaitero/ con boca frolida d'alas;/ triste Ramón de Sismundi,/ veira do Río da Prata,/ viu na tarde amortecida/ bermello muro de lama" (21).

Es ese sentimiento el causante de que Rubén Benítez haya escrito La pradera de los asfódelos. Sobre el origen de esta obra, nos dijo el escritor: "Lo sentí como una necesidad. Tal vez por haber pertenecido a un núcleo de inmigrantes que desde la infancia me transfirieron sus vivencias y sus nostalgias por la tierra lejana. El tiempo, la muerte de casi todos ellos, incorporó a ese sentimiento la idea de caducidad que convierte a cada ser humano en un emigrante de la vida, de este escenario que también ama. Creo que ambas perspectivas se mezclan y fluyen como temas paralelos" (22).

Acerca de la nostalgia, expresa un personaje en la novela: "En ningún lugar se está mejor que aquí, en nuestro pueblo, donde vivieron nuestros antepasados. Estamos hechos para esta tierra que es la única porción del mundo que en verdad nos pertenece y no para aquellas soledades donde el pesar y la tristeza oprimen el corazón". En América, "durante un año trabajé muy duro en la salina, ahorrando céntimo tras céntimo, hasta que pude pagarme el regreso. Volví como había ido. Nada le debo a aquella tierra. Sólo el desengaño. Aquí está nuestro pueblo, el terruño de nuestros abuelos, la finca de mi padre. Dos veces, hija, lloré en mi vida. Cuando me di cuenta de lo lejos que había quedado mi pueblo y cuando regresé a él" (23).

La nostalgia parece ser una excusa en el cuento de Patricio Pron. Un español muere a poco de llegar a la Argentina. El hijo pregunta por qué murió. " 'Porque sus ojos estaban acostumbrados a mirar el cielo azul de Cataluña' le dijo su madre, y a Juan Vera le bastó esa mentira para confirmarse, sereno, que Dios lo había olvidado" (24).

Zulmira Alves vino de Portugal. "En 1950 'nuestra abuela' con 17 años llegaba a esta tierra que según sus palabras imaginaba como 'un lugar lleno de oportunidades y donde todos podían trabajar y vivir bien'. Al llegar aquí se dio cuenta de que no todo era tan fácil y entendió lo difícil que es dejar la patria.

'Ser inmigrante es cargar una mochila muy pesada llena de desarraigo que sólo se hace más leve cuando nacen los hijos. Es muy difícil llegar a un lugar donde nadie te conoce y ni siquiera habla tu idioma pero con los años uno hecha raíces y regresar deja de ser una opción'. Se nota en su rostro al decir estas palabras una gran melancolía y añoranza pero no arrepentimiento. Según ella cada vez que se va a dormir y cierra los ojos vienen a su mente los paisajes, personas, olores de diferentes comida y otras cosas que hacen que nunca pueda olvidarse de su lugar de nacimiento" (25).

Pedro Orgambide describe, en "La señorita Wilson", a una inmigrante inglesa, acerca de la que manifiesta uno de los personajes: "Yo he visto a la señorita Wilson en la terraza, escuchando una sinfonía de Mozart que se empinaba por las paredes grises y subía hasta los cables tendidos y las antenas de televisión y las nubes de un atardecer en Buenos Aires. Y me pareció que la señorita Wilson sonreía. No con la sonrisa de sus sesenta años, sino -¿cómo decirlo?- con una sonrisa joven, la que tendría cuando estudiaba, cuando leía a Marlowe sin entenderlo o cuando veía cruzar, por la pradera inglesa, a uno de esos jinetes como los que tiene en los cuadritos" (26).

En abril de 1929, una inmigrante irlandesa imaginada por Delaney escribe a otra inmigrante que recaló en Nueva York. Le cuenta que el té es el único sedante para sus angustias y le pregunta si recuerda la bahía de Galway "y aquel hermoso y triste 'Lament of the Irish Inmigrant'. Agrega: "Enseñé la canción a mis alumnos más avanzados pero me parece que no llegaron a captar su verdadero sentido". A vuelta de correo, la amiga le pregunta: "¿Tendrá algo que ver con tu nostalgia esa desértica inmensidad que llamas Pampa?" (27).

Andrew Graham Yooll afirma que los escoceses son "unos melancólicos de su tierra. Partían porque su país los expulsaba y se refugiaban en éste añorando sus pagos. A pesar de esta añoranza, sabían que su lamento sería inútil, ya que jamás tendrían la oportunidad de volver a sus montañas. De esta manera, tanto los irlandeses como los escoceses se reunían en las respectivas fechas de sus comunidades para cantar, emborracharse y llorar por sus aldeas perdidas, asumiendo como podían a éste como su lugar de residencia" (28).

En 1878, al cumplirse el vigésimo primer aniversario de la fundación de la Colonia San José, dijo Alejo Peyret: "Es doloroso abandonar la patria; abandonar los campos que nos han visto nacer; no volver a ver el campanario de nuestro pueblo ni los árboles a cuya sombra descansábamos, ni las montañas donde pacían nuestros rebaños. A estas montañas largo tiempo las hemos contemplado a través del recuerdo y al irse alejando y perdiéndose en las brumas del horizonte, nuestros ojos húmedos les enviaron un eterno adiós" (29).

Siente nostalgia una francesa, agobiada por sus padecimientos. En "Unico testigo", escribe Jorge Alberto Reale: "Manón, Griseta, La Francesita, eran los nombres de la misma mujer. Su aspecto absurdo, de melena recortada y la cruz de su boca bien roja, acompañaban la soledad de aquel lugar.

Aquel lugar era el rincón del Bar 103. (...) Llegó a nuestro país engañada por un paisano suyo, con la ilusión de casarse, formar un hogar, tener hijos. Duval parecía un buen hombre. En Francia, se habían conocido. Ella vivía pobremente con la esperanza de un buen matrimonio y cambiar de rumbo. La inestabilidad social cada vez más aguda y el rumor de una posible guerra con Alemania, la impulsaron a apresurar su viaje a Sudamérica. Cuando llegó, comprobó su error tardíamente. Su hombre cambió de actitud hacia ella. Pasó días extraños, agónicos, sórdidos. Sufrió hambre, vejaciones y finalmente ante la necesidad de sobrevivir tuvo que ceder. Su fe se fue agostando hasta llegar a secar las lágrimas de su corazón y convertirse en una cualquiera. ¡Cómo añoraba su país! -¡Su querido París!- ¡Su Barrio Latino! Cuando llegaban los 14 de Julio lloraba desconsoladamente" (30).

La nostalgia no aflige sólo a los latinos. En 1876, Dubuis expresa en el banquete dado en Colón por la Colonia Suiza el día de la Fiesta Federal: "A pesar de la gran distancia, las tres mil leguas que nos separan de nuestra madre patria, los numerosos años que estuvimos ausentes manifestamos por el acto que cumplimos en esta jornada, que conservamos siempre nuestro sentimiento de patriotismo, el amor de nuestra patria y el corazón del buen ciudadano suizo. (...) Nosotros, que estamos aquí sobre una tierra hospitalaria esperando el día que tengamos la dicha de volver al suelo de nuestra querida patria, hacemos votos para que el Cielo bendiga a la Helvecia, conserve y proteja su libertad, que ha costado la vida a miles de nuestros antepasados; en fin, que podamos transmitir fielmente a nuestra inmortal posteridad, los lazos de nuestra unión, la divisa de nuestros padres, las palabras sagradas de : TODOS PARA UNO Y UNO PARA TODOS" (31).

La nostalgia que siente una niña belga aparece en Virgen, de Gabriel Báñez. La pequeña está en el confesionario: "quiso hablar pero no pudo, temblaba de pies a cabeza. (...) Sarita entonces hipó y empezó a largar un llanto tranquilo, suave, como si una memoria se pusiera a llorar. (...) llegaron más frases en borbotón y ningún pecado. Salió entonces del banquillo y se asomó: Sarita seguía hipando y hablando en francés con tanta compulsión que no advirtió que el cura la levantaba de un brazo y la sacudía. Estaba confesando toda su vida, de Bruselas a Ensenada, y era un desahogo tan intenso que nada ni nadie podía detenerla. El sacerdote la miraba pasmado, los brazos en cruz, y si bien no entendía nada, entendía que no había mucho que entender. No era el único caso, había visto muchos otros idénticos y aún peores. Algunos se mareaban en los barcos, otros en la nueva tierra firme. Pero era más sano vomitar comida que idioma, el padre Bernardo Benzano lo sabía mejor que nadie: los mareos de la nostalgia resultan incurables" (32).

Sentía nostalgia la alemana Ida Eichhorn, propietaria del Hotel Edén. "Con sus severos ojos azules que se llenaban de brillo cuando mostraba su jardín: pleno de las flores de Transilvania y los pinos alemanes cuyos bulbos ella misma traía en sus valijas cada vez que visitaba Europa. La mujer había trasplantado, literalmente, un parque alemán a las sierras cordobesas a fuerza de la nostalgia que le caía encima cada vez que escuchaba música de su tierra" (33).

A la tierra de sus mayores, escribe Norah Lange: "Estás en mi recuerdo, Noruega,/ inquebrantable como un viking/ que no calmó su sed de guerra.// Sueño pausado el de tenerte siempre/ dentro del corazón libro vivido/ que se hojea diariamente.// Qué fácil tu belleza, para erguirla/ como una certeza-esplendor sin bruma/ y mostrarla a los hombres.// Qué lejos la agonía del recuerdo./ Eterna adolescencia, senda iniciada,/ recuerdo que nunca se ha de aquietar" (34).

Para Alina Diaconú, en cambio, la nostalgia tiene que ver con el idioma. Ella dijo en un reportaje: "A mí me obligaron un poco a vivir en el presente, porque si me quedaba pegada a la nostalgia, todavía seguiría escribiendo en rumano. Me gusta mucho la idea del desapego. Yo de algún modo creo que las cosas que me tocaron -dejar mi país natal, venir acá- me impulsaron a aprender eso. Me gustaría viajar con un bolsito de mano, nada más, como viaja Lucila. No necesitar demasiado de las cosas, de nada material. Cuando llegué a Buenos Aires, durante un año más o menos escribí en francés. Pero nunca dejé de escribir. Yo sabía que los idiomas podían cambiar, pero mi vocación no" (35).

Pero también puede asociarse a otras sensaciones. En una entrevista, Jack Fuchs afirma: "siempre vuelvo a Lodz; el olor de una comida o el perfume de la primavera en Polonia me traen nostalgias del chico que fui" (36).

Y para el capitán Miro Kovacic, biografiado por Chuny Anzorreguy, tiene que ver con la Navidad. Ya anciano, el hombre siente nostalgia de ese festejo en su tierra: "¡Aquellas canciones! En el silencio de la noche hoy, acá, en mi casa de la Argentina, junto a Nada, muchos, muchos años después, las escucho nuevamente. Son veces que vienen desde muy lejos, atravesando la barrera de los tiempos. (...) En fin, en cada canción de éstas van unas cuantas gotas de nuestra sangre croata, una parte de lo que somos, de nuestra alegría y de nuestras ganas de vivir contra todo y pese a todo, y, como les decía, aún oigo llegar hasta mí esas voces infantiles cantando a voz en cuello en las dulces noches de Navidad..." (37).

En Aventuras de Edmund Ziller, de Pedro Orgambide, el narrador recuerda a su abuelo oriundo de Odessa, "al pobre abuelo loco, al chiflado que vivía en un triste y oscuro cuartito cercano a la terraza, donde, a los cinco años yo lo vi sin comprender la tempestad y el desgarramiento del exilio", "oculto por la enfermedad y la locura del mundo que arrastra a los hombres lejos de su tierra, y que un día los devuelve, créame, como olas a la playa" (38).

Los judíos afincados en Entre Ríos sentían una gran nostalgia. Lo explica Máximo Yagupsky: ""Nuestro árbol era el paraíso, un árbol de aroma delicioso en primavera y con unas flores de sutil belleza. Pero no era el árbol que se añoraba del ''pago viejo'' Y era otro clima. Ellos extrañaban el invierno ruso, con su frío y sus nevadas. Lo extrañaban; era natural, era su tierra de siglos" (39).

El doctor Nicolás Rapoport, uno de los fundadores y primeros médicos del Hospital Israelita, recuerda que en el Hotel de Inmigrantes "los que cursábamos medicina, a diario comprobábamos la angustia de los infelices, ignorantes del idioma, no entendiendo las preguntas que les dirigían los médicos en sus habituales interrogatorios. Los ojos tristes de los cuitados, las miradas despavoridas de los enfermos, nos sumían en íntima congoja y conmiseración. Todos los días los cuatro o cinco estudiantes judíos que asistíamos a los hospitales, servíamos de intérpretes para llenar las historias clínicas. Era conmovedor ver cómo se iluminaban los ojos de los míseros al oír una palabra en idish o ruso. Revivían, lloraban dando escape a su dolor moral" (40).

La nostalgia aparece vinculada en "Balada para un padre ausente", poema de Enrique Novick, a una fotografía: "Foto/ amarillenta,/ apenas velada/ por las lágrimas/ secas/ de exilio/ y silencio:/ mi padre, una/ aldea/ lejana,/ su tiempo" (41).


Notas
1 Ceratto, Virginia: "Volver a empezar", en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
2 ibídem
3 Di Stéfano, Horacio: en TANGOshow
4 Sábato, Ernesto: "La memoria de la tierra", en La Nación, 5 de diciembre de 1999.
5 Ayala; Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1997.
6 Dal Masetto, Antonio: Oscuramente fuerte es la vida. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
7 García, María del Carmen: "Cuentos de gringos", en Cuentos de criollos y de gringos, en colaboración con Fanny Fasola Castaño. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
8 Aguad, Susana: "Al bajar del barco", en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1999.
9 López Ocón, Mónica: "Interior italiano", en Clarín, Buenos Aires, 8 de septiembre de 2001.
10 Novión, Alberto: El vasco de Olavarría, en La Escena, N° 99.
11 Alvarez, Valentín Andrés: Asturias. Citado por Méndez Muslera, Luciano, en "Asturias en la emigración", indianos@telepolis.com:
12 González Carbalho, José: "Cuando mi padre habló de su infancia", en Requeni, Antonio: Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho. Separata del Boletin Galego de Literatura.
13 Orgambide, Pedro: Hacer la América. Buenos Aires, Bruguera, 1984, pp. 102-3.
14 Henestrosa, María: Las ingratas. Buenos Aires, Clarín-Alfaguara, 2002.
15 Goris, Esther: "Galicia, tierra añorada", en Clarín, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
16 D'Argenio, Antonio: en "El regreso a la tierra de uno", en Clarín, Buenos Aires, 17 de octubre de 1999.
17 Urbina García, Eugenio: "Tríptico a Galicia", en La Capital, Mar del Plata, 28 de febrero de 1999.
18 Oneto, José Tomás: "La 'morriña' de Compostela", en Clarín, Buenos Aires, 25 de julio de 1976.
19 González Rouco , María: "María Rosa Lojo: la inmigración gallega", en El Tiempo, Azul 17 de marzo de 1991.
20 Lojo, María Rosa: Canción perdida en Buenos Aires al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1987.
21 García Lorca, Federico: "Cantiga do neno da tenda", en Alposta, Luis: Lorca en lunfardo. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
22 González Rouco, María: "Rubén Benítez. El regreso a la entrañable tierra", en El Tiempo, Azul 10 de septiembre de 1989.
23 Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1989.
24 Pron, Patricio: "La espera", en De manos abiertas. Buenos Aires, Tu Llave, 1992.
25 Da Conceiçao, Mauro; Euguaras, Mariano; Flibert; Francisco; Marino, Roberto; Sánchez, Julián: "Sabores de una historia", en www.ciet.org.ar.
26 Orgambide, Pedro: "La señorita Wilson", en La buena gente. Buenos Aires, Sudamericana.
27 Delaney, Juan José: Tréboles del Sur. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1994.
28 Roca, Agustina: "Peripecias británicas", en La Nación, 24 de diciembre de 2000.
29 Vernaz, Celia E.: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.
30 Reale, Jorge Alberto: "Unico testigo", en el grillo, Buenos Aires, N° 37, Mayo-Junio de 2004.
31 Vernaz, Celia E.: op. cit.
32 Báñez, Gabriel: op. cit
33 Platía, Marta: "Los gozos y las sombras", en Clarín Viva, Buenos Aires, 26 de septiembre de 1999.
34 J. L. Borges, L. Marechal, C. Mastronardi y otros: La generación poética de 1922 antología. Selección, prólogo y notas de María Raquel Llagostera. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1980.
35 Guerriero, Leila: "Ser patriota del universo", en La Nación, Buenos Aires, 25 de agosto de 2002.
36 Pogoriles, Eduardo: "Volver a las raíces", en Clarín, Buenos Aires, 13 de agosto de 2001.
37 Anzorreguy, Chuny: El ángel del capitán. Biografía del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
38 Orgambide, Pedro: Aventuras de Edmund Ziller. Buenos Aires, Editorial Abril, 1984.
39 Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires, Editorial Fraterna, 1986.
40 Jankelevich, Angel: "Historia de los Hospitales de Comunidad de la Ciudad de Buenos Aires", en www.aadhhorsogar.htm
41 Novick, Enrique: "Balada para un padre ausente", en La Prensa, 10 de enero de 1999.


La tierra natal
Los amores
Paliativos
Nostalgia argentina

 

La nostalgia los embargaba; canta Cristina Assennato en "País de inmigrante": "-porque comimos el pan triste/ y la sal quemó ciertas noches/ porque tu hijo y el mío/ caben en el proyecto del pájaro/ y están allí reunidos/ en la curva del trigo,/ en el signo abierto de la gran ciudad" (1). Aún así, contribuyeron al engrandecimiento de la nación que los recibió
.
"¡Que el emigrante se consuele! -dijo Alejo Peyret.- Por encima de la patria está la humanidad; ante que ciudadano de un cantón es hombre, es habitante del globo, es ciudadano del universo" (2).


1. Assenato, Cristina: "País de inmigrante", en El Tiempo, Azul, 21 de febrero de 1999.
2. Vernaz, Celia: op. cit.




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