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QUE
COMIAN
En
la tierra natal
Los
inmigrantes nos hablan, en sus testimonios, de su alimentación
en los países de origen. Salvo muy contadas excepciones,
la idea de la exigüidad de las comidas se reitera, habiendo
algunos - en su mayoría, irlandeses y gallegos- de los que
sabemos que hasta debieron soportar hambrunas (1).
La
Navidad es una ocasión muy especial, que se recuerda, por
lo general, vinculada a la infancia de quienes debieron dejar su
país. Así, encontramos referencias a las comidas que
hacían en esta ocasión en su tierra algunas colectividades.
Los
manjares navideños croatas son evocados por el narrador en
El angel del capitán, de Chuny Anzorreguy. A poco de iniciada
la biografía, el capitán Miro Kovacic expresa: "En
casa, posiblemente por el origen meridional de mi madre, hasta las
doce se comía sólo pescado, luego pasábamos
a la carne de cerdo". Se refiere a las medialunitas y transcribe
la receta de la "pita de manzanas" para que "otras
mujeres, en otras Navidades, las vuelvan a cocinar" (2.)
Ennio
Carota recuerda la Navidad en Italia, en relación con la
figura protectora de la nona: "Sólo esas abuelas de
ayer daban a las fiestas un toque tan especial. Un mes antes ya
estaba haciendo sus galletitas y yo, junto a ella, pelando uvas
para il vino cotto, un típico dulce de su Apulia natal. Eramos
pobres, pero había alegría, había amor y todo
ello nos hacía olvidar la pobreza" (3).
Canela
recuerda sus Navidades en Italia, durante la guerra: "Nací
en 1942, fui la última de once hermanos y mis recuerdos son
de finales de la Segunda Guerra Mundial. Hacía muchísimo
frío y al regreso de la Misa de Gallo había un tentempié
-algo de nueces, almendras-, porque lo importante llegaba en el
mediodía del 25, alrededor de la mesa familiar. (...) Mi
madre amasaba fideos y los servía en caldo bien colado".
Cuando
el frío desaparecía, eran otras las recetas que cocinaba
esta madre italiana: "En verano, una sopa de harina quemada
con pan tostado. Había tortilla de flores de zapallo y criábamos
caracoles de jardín en cajas, que después ella purgaba
para hacer unos exquisitos guisos. Salíamos al campo en busca
de la planta diente de león, que se agregaba sin su flor
a la polenta con panceta".
Había
asimismo pequeños placeres, que luego la escritora transmitirá
a sus hijos: "Se aprendía a sobrevivir con lo que había,
tanto para comer como para abrigarse, pero nuestra gran alegría
eran los crostoli, una golosina de pobres hecha con masa bien fina
y dulce. Cuando mis hijos eran chicos, les hacía algo de
mi tiempo, unos caramelos de azúcar quemada con almendras,
aunque en mi región se hacían con avellanas que se
encontraban en los parques. Y por supuesto, el pan con chocolate
cuando había pan y había chocolate" (4).
La
pobreza llega a extremos patéticos en la novela Stéfano
de María Teresa Andruetto. La madre del protagonista ha encontrado
un ave. Años después, el hijo recuerda: "La veo
en la cocina: saca agua de la que hierve en un latón, echa
el agua sobre la torcaza muerta y la despluma con dedos diestros,
luego la chamusca sobre la llama y la desventra. Lava víscera
por víscera, desechando sólo la hiel amarga.
Cuando
está limpia, la divide en cuatro y dice: Tenemos para cuatro
días. Yo no digo nada, sólo miro cómo separa
una de las partes y luego oigo que me envía a guardar las
tres restantes sobre el techo de la casa, para que el sereno las
mantenga frescas. Cuando regreso, está sacando de la bolsa
harina de maíz. Mete la mano hasta el fondo y yo escucho
el ruido que hace el tazón al raspar la tela. ¿Alcanza?,
pregunto. Para esta vez, dice. ¿Y mañana? Dios dirá"
(5).
Estos
alimentos tan significativos para algunos inmigrantes, son mal vistos
por otros italianos. Cuando viaja a Italia, el protagonista de La
noche lombarda -novela de Atilio Betti-, ve que los descendientes
acaudalados de los campesinos desprecian las comidas típicas
de la región: "A mí me apetecían las ranas.
Me apetecían todos los alimentos que nutrieron a mi padre;
pero Anna los había proscripto de su mesa. No a la ordinariez
de la polenta, no a la selvaggina, los patos silvestres" (6).
Durante
la guerra, los italianos se veían obligados a consumir animales
domésticos: "Hasta ese momento la guerra sólo
había sido sucesivas noticias de invasiones, amenazas lejanas
-recuerda Agata, el personaje de Dal Masetto. En realidad, nos dimos
cuenta de que la situación se estaba poniendo mala a medida
que comenzaron a escasear los alimentos. Cuando nació mi
hija Elsa ya faltaba de todo. El pan, el azúcar, la carne,
la harina estaban racionados. Cierta vez que estuve enferma, para
obtener unos gramos extra de una carne negra y casi incomible hubo
que presentar una receta médica. Pagando muy caro, se conseguían
algunos productos en el mercado negro. Había gente que se
enriquecía con eso. (...) Llegó el momento en que
cierta gente comenzó a comer perros. Eso me comentaba Mario.
Que los gatos fuesen a parar a la cacerola era común. Quedaban
pocos. Aquellas familias que todavía poseían uno lo
cuidaban para que no se lo robaran" (7).
En
España también se pasaba necesidad. Lo recuerda Ana
María Campoy, actriz que vivió en Cataluña.
Ella dijo en un reportaje: "¿Tú puedes entender
comerte un plato de aceite de oliva, con cuchara? No lo podrías
entender. Pero te lo comes, porque no hay otra cosa. Entonces, tienes,
al otro día, una descompostura intestinal brutal, pero esa
noche dormiste porque has llenado el estómago con algo, y
el aceite de oliva es un alimento". El hambre desconoce lazos:
"Nosotros, que éramos unidos y nos amábamos,
cuando llegaba el racionamiento del pan, cada uno agarraba su pedazo
y lo escondía. Y lo escondía! Porque no nos fiábamos
ni de nuestro padre" (8).
La
asturiana Carmen Díaz y sus hermanos "comían
polenta de un plato que apoyaban sobre las piernas, sentados en
un escaño de madera que daba vuelta por las cuatro paredes
de aquella cocina de campo sin mesa ni sillas. (...) Es que el hambre
no era, en aquellos tiempos, una metáfora. Comían
en platos esmaltados día tras día el mismo menú:
cuecho, polenta sin leche rebajada con agua. Algunas veces cocinaban
un potaje de arvejas, papas y garbanzos, y como escaseaba la harina,
sólo conocían el pan por referencias. María,
cuando iba a alguna amasada, pedía que le pagaran con pancitos,
que los niños acompañaban con leche en tazas sin asas.
Pero ésos eran días de fiesta. Las más de las
veces Carmina y sus amigos y hermanos se agarraban el estómago,
hacían cualquier cosa y codiciaban cualquier bocado,. Mamá
era como un gato: trepaba los manzanos y los perales ajenos y los
sacudía. Luego se cargaba el delantal y echaba a correr antes
de que los vecinos la descubrieran. Robaban manzanas, peras, nueces
y castañas, y comían las moras que crecían
entre espinos al borde de los senderos".
El
padre de los niños, esposo de María, "a veces
volvía de Gijón o de Oviedo, y rechazaba los potajes
desabridos que comían todos y pedía huevos fritos,
lujo que se comía delante de sus hijos hambrientos y zaparrastrosos".
Durante la Guerra Civil, los franquistas "entraban por la fuerza
a las casas y se robaban las gallinas y los pocos comestibles que
los aldeanos almacenaban con temor apocalíptico en sus despensas"
(9).
Acerca
de la abuela gallega de Gladys Onega, "contaban que cuando
servía el caldo, los cachelos y las coles, al levantar el
brazo en ademán inminente de servir la segunda vuelta, las
más de las veces se detenía arrepentida y devolvía
ese segundo cucharón intacto al pote; ella sabía que
cada bocado de más que hartaba a su prole era un día
que restaba para comprar o muiño velho e o prado d'arriba
y escriturar la tierra que faltaba para unir los pequeños
retazos del minifundio en una propiedad mayor" (10).
En Polonia -cuenta Ana María Shua- "siempre hacía
mucho frío y no se comía más que papa. (...)
Papa los lunes, papa los martes, papa los miércoles, papa
los jueves, papa los viernes, pero ¡ah! ¡el sábado!
El
´sábado era otra cosa: se comía, el sábado,
tortilla de papa. Hubiera sido lógico suponer, entonces,
que el abuelo odiaría la papa, que nunca más en esta
América llena de carne se vería obligado a comer papa.
Y si embargo, la papa era su plato preferido. Los sábados,
tortilla de papa. (...) Se comían también la cáscara
de las papas. Las papas, sin embargo, tienen muchos hidratos de
carbono. ¿Por qué, entonces, el abuelo estaba flaco?
Porque comía solamente papas, pero pocas" (11).
Décadas
después, en esa tierra -recuerda Valeria Rodziewicz-, "La
comida escaseaba, sólo teníamos arroz y la carne de
los caballos muertos esparcidos por las calles. (...) Para poder
comer tenía que vender mi sangre para las transfusiones"
(12). Era el año 1939.
Notas
(1) Delgado, Alicia: "Una morriña harto gallega",
en La Nación Revista, Buenos Aires, 30 de mayo de 1999.
(2) Anzorreguy, Chuny: El ángel del capitán. Biografía
del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor,
1996.
(3) Becker, Miriam: "Casera e italiana", en La Nación
Revista, 23 de diciembre de 2001.
(4) Becker, Miriam: op. cit.
(5) Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires,
Sudamericana, 2000.
(6) Betti, Atilio: La noche lombarda. Buenos Aires, Plus Ultra,
1984.
(7) Dal Masetto, Antonio: Oscuramente fuerte es la vida: Buenos
Aires, Sudamericana, 2003.
(8) Guinzbug; Jorge: "Ana María Campoy 'A mí
los hombres me gustan con locura' ", en Clarín Viva,
4 de agosto de 2002.
(9) Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires,
Sudamericana, 2002.
(10) Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori,
1999.
(11) Shua, Ana María: El Libro de los Recuerdos. Buenos Aires,
Sudamericana, 1994.
(12) Castrillón, Ernesto y Casabal, Luis: "El día
que fue arrasada Varsovia", en La Nación, Buenos Aires,
1° de septiembre de 2002.
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