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PRIMEROS
DIAS
Hacia el interior
En
"La formación de una raza argentina", José
Ingenieros se alegra de la adaptación al medio geográfico
que se verifica en los inmigrantes: "Las variedades de la raza
europea aquí trasplantadas sienten ya, en sus hijos argentinos,
los efectos de la adaptación a otro medio físico,
que engendra otras costumbres sociales. Los Andes, la Pampa, el
Litoral, el Atlántico, la Selva, el Iguazú, son cosas
nuestras, y solamente nuestras. Viviendo junto a ellas, las razas
blancas inmigradas adquieren hábitos e ideas nuevas, hasta
engendrar una variedad, distinta de las originarias" (1).
El pionero holandés Diego Zijlstra relata en Cual ovejas
sin pastor: "Desde Buenos Aires, y previo paso por el Hotel
de Inmigrantes, un grupo llegó en tren hasta Tres Arroyos,
mientras que otros se instalaron en Cascallares, en la llamada Colonia
del Castillo" (2).
En el Buenos Aires Herald, Michael John Geraghty relata que en 1889
arribó el SS City of Dresden con alrededor de dos mil pasajeros.
Se dirigieron a Napostá, cerca de Bahía Blanca, desde
donde, en 1891, quinientos veinte colonos regresaron a Buenos Aires,
"broken in spirit, uterly destituted" (3). Rudolph Cranly,
el inglés de Susana Cella, "migra hacia una soñada
Buenos Aires y de allí deriva a Villa Cantera" (4).
En 1878, ocho familias y tres solteros volguenses fundaron Kaminka,
un pueblo que más tarde cambiaría su nombre: "Cuando
los colonos llegaron a Hinojo ya contaban con casillas provisorias
instaladas y, cumpliendo con lo prometido, el gobierno les cedió
animales y un arado como así también medios para su
manutención por un año" (5).
Los volguenses que fundaron Colonia San Miguel "de las bodegas
del antiguo trasatlántico pasan a los incómodos asientos
de un vetusto coche ferroviario de la empresa inglesa de ferrocarril
que los traslada hasta su estación terminal, Azul, pues hasta
allí llegaba. Para completar los treinta y cinco kilómetros
que les faltaba para llegar a su destino definitivo, abordaron una
tradicional carreta, cuyos pesados bueyes los conducen hasta un
paraje denominado San Jacinto, en el partido de Olavarría
(...) Dos años en ese lugar, en contínuos sobresaltos
por la lucha contra los malones indígenas, con armas que
ellos mismos implementaban, bastaron para determinar la búsqueda
de un sector más propicio. Encontrando, algo más al
este, tierras más aptas y más alejadas de los peligros
del indio. (...) Por mayoría deciden establecer allí
su definitivo asentamiento, que debía llevar el nombre de
uno de los tres patriarcas de mayor edad: Juan Ruppel, Pedro Kessler
y Miguel Stoessel. Echada fue la suerte y don Miguel Stoessel fue
el favorecido para transmitir su nombre a la nueva colonia. De ahí
en más se denominaría 'Colonia San Miguel' "
(6).
El bisabuelo de Zahira Juana Ketzelman llegó a Azul con su
familia, pero, molesto por la actitud de los lugareños para
con sus hijas casaderas, se fue de esa localidad (7). Otros, se
quedaron: "Las diferentes expediciones realizadas con el fin
de ensanchar los límites de la frontera eran complementadas
por los gobiernos mediante el dictado de las leyes de enfiteusis.
De esta manera atraían al colono y al extranjero. En virtud
de ellas, legiones de inmigrantes vascos, franceses e italianos
se introdujeron en el desierto a fin de explotar esas tierras que
se les proporcionaba. Esos pobladores como don Pablo Acosta, don
Miguel Rodríguez Machado se trasladaron a estas regiones
y en virtud de salvaguardar sus vidas, su hacienda y, a fin de favorecer
el comercio interno, se creó la línea de frontera
del Arroyo Azul" (8).
En 1844, llegó a la Argentina el danés Juan Fugl,
pionero que se estableció en Tandil cuando los indios habitaban
la región. El "relató que después del
sitio indígena de Tandil en el mes de noviembre de 1855,
'Al fin de cuentas, los soldados que llegaron no habían resultado
mucho mejor que los salvajes, pues en las casas abandonadas que
encontraron, robaron todo lo que pudieron y les fuera útil'.
Resultaba notorio que la Guardia Nacional por lo general llegaba
después de que los indios habían hecho los peores
destrozos" (9)
En esa localidad, a fines del siglo XIX, se establecieron mis bisabuelos,
el matrimonio integrado por Guillermo Paggi y Lucía Silvani,
procedente de Lombardía.
Otro lombardo afincado en Tandil, Martín Illia -quien más
tarde sería padre del presidente-, logró "salvarse
de un malón que arrasó con los pobladores de la zona"
y regresó a Italia. Corría 1872, el año de
la "masacre" -en la que no tuvieron que ver los indios-
que costó la vida a muchos extranjeros. "En 1876, volvió
solo al país, trabajando como jornalero en la construcción
de ferrocarriles" (10).
A Amy Stirling -que "había sido inglesa, linda y joven"-
se refiere el narrador, en un texto de María Esther de Miguel:
"Cuando llegó a Necochea, no fue casualidad quedarse:
cierto matiz del puerto le recordó suburbios de su ciudad.
Yo la conocí una noche en Quequén: vieja, borracha
y sentimental. Parecía un clown, exageradamente maquillada,
propensa al disparate. Me informaron: está loca. Pero no
lo creí" (11).
En Villa Gesell se estableció "el matrimonio que formaban
la princesa María Windesgraetz y el conde Esteban Károlyi,
de la nobleza húngara. Como tantos europeos de la posguerra,
los Károlyi eligieron Villa Gesell para vivir y para ofrecer
a turistas y amigos la mejor atención personal de la familia.
(12).
En "Pleamar", Oscar González evoca al capitán
Griffith George, quien, tras naufragar en 1883, se radicó
en la estancia "Los Yngleses", en el Partido de General
Lavalle (13).
Marcos Alpersohn fue pionero en la colonia Mauricio, en la provincia
de Buenos Aires, y primer cronista de un asentamiento judío
en la Argentina. "Dejó escrito su interesante testimonio
sobre la llegada al país, en 1891", en el que manifiesta:
"el vapor alemán Tioko me trajo a Buenos Aires de Hamburgo,
junto con otros trescientos inmigrantes, después de una travesía
de treinta y dos días. Aún antes de que el barco entrara
en el puerto, al divisar desde lejos la ciudad envuelta por palmeras,
nos sentimos dominados por la alegría. Las madres levantaban
en alto a sus pequeñuelos, diciéndoles jubilosamente:
-Miren, chicos; ahí está el paraíso, la tierra
bella y verde que el bondadoso Barón de Hirsch ha comprado
para vosotros" (14). Días después advertirían
que la realidad poco tenía que ver con sus expectativas.
Nissin Mayo entrevistó a Salvador Cohen, quien relató:
"Mi papá, Mair Cohen y mamá, Raquel Cohen (no
eran parientes) se conocían de Magnasía (hoy Manisa),
un pueblo cercano a Esmirna, Turquía. Papá llegó
a la Argentina alrededor de 1910 y ella por 1921. Se casaron en
Buenos Aires, donde yo nací el 31 de julio de 1923. (...)
A su llegada a la Argentina él se instala en Gral. Villegas,
Pcia. de Buenos Aires, con un negocio de zapatillas, telas y ropas.
Lo ayudaban mi tío Aarón, (hermano de mamá
que llegó de Turquía por 1910) y mamá, que
también hacía los trabajos de la casa. Los miércoles,
papá salía a vender en el pueblo. (...) Mi tío
Aarón, que vivía con nosotros, rezaba las oraciones
en hebreo todas las mañanas, poniéndose en la cabeza
una carpetita en forma de kipá (gorrita) con la cual a veces
salía, sin darse cuenta, a la calle. Mi tío hablaba
cinco idiomas, entre otros el djudeo español . El negocio
sólo cerraba en Iom Kipur (día del Ayuno y el Perdón
Divino) y un cartelito anunciaba: 'cerrado por balance'. (...)
En Villegas cursé la escuela primaria. En el segundo grado
nos pegaba la maestra, Srita. Balán. Usábamos gorra
de vasco, que debíamos sacárnosla cuando saludábamos
a las mujeres; si no lo hacíamos nos tiraban de las orejas
hasta dejárnoslas rojas. En 1933, recuerdo, hubo una gran
invasión de langostas; las paredes se pusieron negras y tuvieron
que eliminarlas con aplanadoras. En una ocasión, un zapatero
italiano, cuando yo jugaba con su hijo a la pelota, agarró
su cuchillo de zapatero y me dijo jugando: ' te corto, te corto',
y me hizo un corte en la pierna izquierda. Todavía tengo
la marca. En Villegas me recibí de tenedor de libros en 1934.
Mi hermana Victoria, debió estudiar obligatoriamente, en
el Colegio, religión católica". El entrevistado
recuerda a General Villegas "como un pueblo agrícola-ganadero,
de casas bajas, con dos cines, simpático y económicamente
progresista. Había muchos ingleses, exposiciones y ventas
de ganado, con la intervención casi permanente del martillero
Bullrich. Allí tenía amigos. Jugábamos a la
pelota y con el trompo y las bolitas. Con ellos y mi familia, pasé
una infancia y adolescencia feliz" (15).
En la provincia de Buenos Aires vive Francisco Sainz, "Hombre
solo, siempre. De recién cumplidos 85 y costumbres rudas
como el campo. Hijo de un español de Santander, el primero
de la familia en meter la mano en esas tierras, hace cien años.
La casa está en lo alto del terreno y todo alrededor es horizonte
limpio. Un patrimonio de cuatro mil hectáreas compradas de
a pedacitos, en las entrañas de Buratovich" (16).
En esa misma provincia se afinca el protagonista de un cuento de
Arturo M. García: "Don Javier Echegaray y Tarragona,
oriundo de San Sebastián en el país vasco y como su
nación, fuerte de temperamento, férrea voluntad, constante
en el trabajo y perseverante en sus ideas había llegado a
la Argentina a los doce años con unas ansias inconmensurables
de hacerse la América. Recaló en Buenos Aires, pero
la ciudad que crecía no le brindaba muchas ilusiones y esperanzas,
eran los resabios de la generación del 80 con su crisis económica,
financiera y social y Javier evocando las praderas vascuences y
las montañas pirenaicas, solo, se exilió de nuevo.
Viajaba como linyera en trenes de carga hacia el Sur, comenzó
a admirar las extensas pampas, se asombraba contemplando la cantidad
de ganado pastando a la vera de los rieles del ferrocarril, asentándose
por fin como peón en las regiones de Pigüé, Coronel
Suárez y Saavedra. Trabajó mucho y fuerte, ahorró
dinero y junto con las pocas pesetas que le mandaban los tíos
desde la patria, fue haciendo un capital que le permitió
comprar primero unas pocas hectáreas, luego más terrenos,
una granja después y por fin una estancia en la zona de Tornquist"
(17).
Arturo M. García relata, en "Ella eligió así",
lo sucedido a Raquel Amanda Olascoaga, hija de vascos tomada cautiva
por Biguá, con quien pidió contraer matrimonio cristiano,
rehusando volver a la sociedad. Cuando la llevaron los indios, ella
era una "mujer de treinta años de edad, dama de recio
temple y extraordinaria hermosura, hija única de un matrimonio
de origen vasco, que después de haber habitado muchos años
en el Río de la Plata, donde cosecharon una ingente fortuna
a través de negocios de importación de bebidas espirituosas,
traídas de Europa, se volvieron a su país natal, dejando
a su hija ya madura, al frente de sus casas en Buenos Aires y Montevideo"
(18).
La casa de Myra (19), de Aurora Alonso de Rocha, fue distinguida
en 2001 con el Segundo Premio para Autores Inéditos, en el
"Concurso organizado por la Fundación El Libro, en el
marco de la 27ª Exposición Feria Internacional de Buenos
Aires 'El libro del Autor al Lector' ". En esa obra, protagonizada
por una gallega tomada cautiva por los indígenas, narra un
personaje: "En unos meses se le puso la piel del color del
cuero sobado, se le hicieron unos manchones del solazo debajo de
los ojos y como no los tiene oscuros como las otras se ven como
gemas transparentes. En lo que se ve del descote es pura mancha
y peca y tiene el pelo cerdoso, enrulado y reseco de tanta agua
e intemperie. Igual que las chinas va mezclada de cristiana y de
india: le cuelgan unas ajorcas pesadas, se ata las clinas con seda
trenzada y las botas son las de media caña, de pata de potro
pero finísima, muy retobada (¡Que las quisiera para
mí!), con lazos de colorines y bordados. Por arriba usa un
vestidito de percal que ha de ser el que traía cuando la
encontré en el puerto, según recuerdo, así
que va medio disfrazada pero tan cargada de lazos y joyas como una
princesa".
Jorge Luis Borges - a quien María Rosa Lojo volvió
personaje de ficción, en Las libres del Sur-, relata: "Sin
contar los muchos relatos de la Conquista española, entre
nosotros ya Sarmiento hablaba de un mayor Navarro -todo un dandy-
que se casó con la hija de un cacique, y bebía la
sangre 'en la degolladera de los caballos'. Mansilla cuenta otros
tantos episodios, y mi propia abuela, que era inglesa, conoció
uno muy de cerca. Estaban en Junín con el abuelo Borges,
que era jefe militar de la frontera, y una tarde se presentó
en el pueblo una mujer rubia, vestida de india. Venía a abastecerse
de 'vicios' (yerba mate, azúcar, aguardiente) y traía
pieles, tejidos y plumas de avestruz para canjear en las pulperías.
Mi abuela pidió hablar con ella, y la otra le contó
su historia en un inglés rústico, que parecía
un instrumento oxidado. Era una inglesa, cautivada por un malón
cuando chica. No quiso saber nada de volver son los cristianos,
aunque la abuela le ofreció todas las seguridades, para ella
y para los hijos que tenía con un cacique. Tiempo después,
volvió a encontrársela. Estaban en un bañado,
degollando una oveja, y la india inglesa cruzó a caballo,
y se tiró al suelo y bebió la sangre caliente..."
(20)
"El
1° de julio de 1897 llegó al puerto de Buenos Aires el
vapor Antoñina, cargado con catorce familias integradas por
sesenta y nueve personas. Diez familias eran ucranias y cuatro polacas.
Llegaban con sus muebles, sus semillas y sus arados. (...)Se embarcaron
en el puerto de Buenos Aires en un viaje de una semana hasta Posadas
y de ahí los llevaron en carretones del Ejército al
interior de la provincia durante otra semana de viaje. Ellos dieron
nacimiento a la ciudad de Apóstoles, en Misiones, bajando
el monte a puro machetazo. (...) 'El 27 de agosto de 1897, hace
cien años, este grupo llegó a la antigua Reducción
Jesuita de San Pedro y San Pablo Apóstoles, donde se les
dieron dos lotes por familia, cada uno de 25 hectáreas, a
pagar durante diez años a un valor de un peso por mes' (...)
Los comienzos para los inmigrantes ucranios no fueron fáciles:
los campos estaban repletos de inmensos termiteros que atacaban
los sembrados, como os que aún se pueden ver en los campos
correntinos. Los ucranios tuvieron que instalarse en carpas que
les facilitó el gobierno y refugios hechos con ramas. Más
trabajo les costó preparar los campos con plaguicidas e insecticidas
que el gobernador Lanusse les vendió a pagar en cuotas. La
intensa fe cristiana del pueblo ucraniano organizó la construcción
de una iglesia en cada asentamiento" (21).
Poco después, con destino a Apóstoles, desembarcaron
en la Argentina veinte familias polacas. "Luego de permanecer
algún tiempo en el legendario 'Hotel de los Inmigrantes'
arribaron al puerto de Posadas, y desde ahí marcharon a pie
durante varios días hasta la recién fundada Colonia
de Apóstoles, recorriendo los 80 km que los separaban de
su destino tras los carros que transportaban sus pocas pertenencias.
Fueron tiempos difíciles para esos hombres, mujeres y niños
que no estaban acostumbrados al abrasador calor tropical y a los
mosquitos que laceraban su piel. Debieron esperar dos años
para poder comer pan, ya que las hormigas y los carpinchos diezmaban
los plantíos de maíz. Se alimentaban principalmente
con mandioca, porotos, batata y aprovechaban la abundancia de animales
silvestres que les proveían de carne. Enfermedades como el
paludismo y el cólera y las picaduras de serpientes segaron
las vidas de muchos hijos de aquellos primeros colonos, y los productos
logrados no siempre compensaban los sacrificios realizados"
(22).
En "Van-Houten", cuento que toma su tìtulo del
apellido del protagonista, aparece un "belga, flamenco de origen",
al que "se le llamaba alguna vez Lo-que-queda-de-Van-Houten,
en razòn de que le faltaba un ojo, una oreja, y tres dedos
de la mano derecha. Tenìa la cuenca entera de su ojo vacìo
quemada en azul por la pòlvora. En el resto era un hombre
bajo y muy robusto, con barba roja e hirsuta. El pelo, de fuego
tambièn, caìale sobre una frente muy estrecha en mechones
constantemente sudados. Cedìa de hombro a hombro al caminar
y era sobre todo muy feo, a lo Verlaine, de quien compartìa
casi la patria, pues Van-Houten habìa nacido en Charleroi"
(23).
Quienes se dirigieron a Entre Ríos, se hospedaron en los
Hoteles de Inmigrantes de Basavilbaso (24) y Villa Domínguez.
De este último se dijo: "Se trata de un galpón
ubicado frente a las vías del ferrocarril y que fue el primer
destino de los colonos, derivados desde ahí a las parcelas
que los asignó la Jewish Colonization Association" (25).
En 1891, Mauricio Chajchir llegó a la Argentina. Luego de
pasar unos días en la "Casa del Inmigrante" porteña
y un tiempo en Miramar, los inmigrantes fueron conducidos a Entre
Ríos: "En 8 carretas tiradas por tres yuntas de bueyes
nos trasladaron a los lotes que después se llamaron Rosh-Pina.
Era un día de mayo, de mucho calor y sofocante. Se acomodaron
a los gringos en las carretas, mujeres, hombres, niños, cachivaches,
leña y además 8 chapas de zinc para cada familia,
para hacer las viviendas, porque en el lugar no había absolutamente
nada. Todos iban arriba en las carretas. (...) No había alambrado
alguno. La primera carreta volteaba los cardos altos que crecen
en tierra virgen. La última ya marchaba por una huella. (...)
Se armaron las carpas, una para cada familia. A eso de la medianoche
se largó a llover. Por suerte no era fría. El temporal
siguió como unos ocho días. Cuando paró el
temporal, la JCA mandó maderas de sauce y blanquillo, también
paja. Un capataz con varios peones empezaron a hacer los ranchos.
Las paredes tenían que hacerlas los mismos colonos con adobes
o de chorizos según el gusto. Algunos se ingeniaron para
hacer las paredes cortando directamente de la tierra húmeda
y colocándolos con las raíces y pastos que aún
tenían. Y estos transformados en paredes seguían creciendo"
(26).
"En el año 1857 llegó el primer contingente de
inmigrantes que se ubicó donde hoy es la Colonia San José
en la provincia de Entre Ríos. Eran terrenos del General
Justo José de Urquiza, quien no tuvo problemas en destinarlos
a la colonización". Estos pioneros valesanos, saboyanos
y piamonteses, originariamente destinados a Corrientes, sufrieron
desventuras: "Fueron ubicados en el Ibicuy, al Sur de la provincia,
pero al ver que eran terrenos inundables e impropios para la agricultura,
remontaron el Uruguay en barcazas y fueron radicados en mejor lugar,
o sea, el actual, con el beneplácito de Urquiza. Mientras
Sourigues trazaba las concesiones, el grupo recién llegado
improvisó viviendas debajo de los árboles mientras
que las mujeres se alojaron en el galpón que Spiro tenía
en la costa. Esto ocurría en julio de 1857, bajo el rigor
del invierno" (27).
Antoine Bonvin, inmigrante valesano, escribe: "se nos desembarcó
en un bosque donde hemos quedado más de cuarenta días
esperando que se organicen para instalarnos en la colonia: a una
legua del bosque, en uno de los más hermosos lugares que
se pueda ver, en medio de vastas praderas de un admirable verdor
con pastos en abundancia, el suelo fértil y país muy
sano..." (28).
Los primeros días de los inmigrantes en esa provincia son
evocados por Alejo Peyret, en 1878: "Hace veinte años,
os encontrábais acampados en la selva que cubría la
margen del Uruguay, en el lugar donde hoy se levanta la villa Colón.
Hacía frío; un sol de invierno calentaba a duras penas
vuestros miembros ateridos, el pampero silbaba en la arboleda y
de noche la helada hacía tiritar hasta las piedras. Nada
se había preparado para recibiros. Os fue necesario tomar
vuestras hachas para talar el monte y cortar paja a fin de prepararos
albergue, construir algo parecido a una tienda de campaña
apoyada al tronco de los algarrobos y ñandubays en un recoveco
del terreno. Un hacha y una azada bastan al hombre para domar la
naturaleza y conquistar al mundo. Y bien. A pesar de aquellos sinsabores,
recuerdo que vosotros estabais contentos y pletóricos de
esperanzas. La alegría reinaba soberana en vuestros vivaques
y las canciones resonaban en la espesura del bosque" (29).
"En 1857, al llegar a nuestro país el primer grupo de
'Alemanes del Volga', fue suscripto, entre ellos y el Comisario
General de Inmigración -Juan Dillon- un convenio de radicación
sumamente alentador, que fue un gran aliciente para la instalación,
en la Argentina, de un gran número de familias de aquellos
agricultores alemanes que, en el siglo XVIII, habían emigrado
a Rusia, asentándose en la cuenca del Volga. El convenio
les otorgaba tierras fiscales (6 millas de campo), manutención
por un año, madera para construir sus casas, arados, bueyes,
vacas lecheras y la semilla necesaria. Sin embargo, no fueron necesarias
demasiadas facilidades para que este pueblo esforzado y emprendedor
de empeñosos labriegos, se arraigara definitivamente en el
campo argentino" (30).
"El arribo de la primera columna realmente numerosa de alemanes
del Volga a la provincia entrerriana tuvo lugar (...) entre el 5
y el 6 de enero de 1878. (...) Después del accidentado arribo
al puerto de Buenos Aires, las autoridades permitieron al contingente
alojarse en el Hotel de Inmigrantes donde, de acuerdo a las memorias
obtenidas, fueron muy bien atendidos. (...) A raíz de la
demora en la asignación de los lotes, un grupo de Wiesenseiter
-que luego se agruparían aquí en Valle María-
decidió adelantarse a los hechos y, retirándose del
campamento provisorio donde el resto practicaba aún su 'resistencia
pasiva', comenzaron a construir viviendas subterráneas con
techo de paja, a la manera de las zimlingas de los tártaros,
reiterando la misma respuesta de sus antepasados en 1763. Posteriormente,
una vez aclimatados, el término siguió siendo, para
los más viejos, sinónimo de tapera -según la
denominación criolla- asimilando las funciones de viviendas
provisorias que ambas cumplían. En ese momento tales construcciones
fueron, al mismo tiempo, una manera de protesta ya que las levantaron
en el área que deseaban para su futura aldea, cuya construcción
todavía les era negada por Navarro" (31).
En Entre Ríos conoce Javier Villafañe a un extraño
personaje: "Un día, caminando por las calles de Gualeguaychú,
entré en una librería. Allí conocí a
Carolus Günge, un pintor alemán, ex combatiente de la
guerra de 1914. Vivía en una canoa y se ocupaba de alimentar
a los peces de esos grandes ríos de la Mesopotamia argentina.
Con él nos dedicamos a recorrer los puertos fluviales del
Uruguay y la Argentina, haciendo títeres para los pobladores
ribereños. Por supuesto, navegábamos en la canoa de
Carolus. (...) Pasado un tiempo, (...) Carolus se fue a vivir río
arriba; años después moriría de lirismo, reumatismo
y pena en un pueblo perdido de esas latitudes" (32).
"En
1881, bajo la inspiración de Carlos Calvo, el Presidente
Roca -gran benefactor de los judíos- dictó un decreto
específico, designando un agente de inmigración para
que alentara la venida a nuestro suelo de los israelitas radicados
en el territorio del imperio ruso. Enterados de esta buena predisposición
argentina, los primeros colonos llegaron en 1888, por decisión
espontánea; y nuevos grupos se les sumaron en los años
siguientes. El 14 de agosto de 1889, 824 inmigrantes judíos
de Rusia fundaron Moisésville, en Santa Fe, primera colonia
agrícola judía. Llegaban de Ucrania, asesorados en
París" (33).
"De aquellos años pioneros se conservan templos de principios
de siglo y las sedes de la Biblioteca Popular Barón Hirsch,
fundada en 1913, y de la Sociedad Kadima (1909). El patrimonio cultural
y arquitectónico que guarda la ciudad la convirtió
en poblado histórico. Además, la sinagoga Brener,
fundada en 1905 y aún en pie con todo su mobiliario original,
fue declarada monumento histórico nacional" (34).
En su "Autobiografía", Alberto Gerchunoff relata
que, luego de estar unos días en el Hotel de Inmigrantes,
se dirigieron a la colonia santafesina, de la que guarda un terrible
recuerdo (35). No acompañó la suerte a los personajes
de La logia del umbral, de Ricardo Feierstein. Cuando fueron al
campo, pasaron "Días y días sin masticar. Los
niños enfermaban...". Se refiere a Moisésville,
donde se trasladaron desde el Hotel. Allí comprobaron que
no tenían alimento ni dónde guarecerse: "Nada
hay donde todo debiera estar: ni carpas, ni elementos de labranza,
ni semillas. Ni siquiera un hombre del lugar, en representación
del propietario, para entregar esas tierras tan laboriosamente adquiridas
a través del cónsul comercial argentino en París,
que actuaba en nombre del terrateniente". Unos gauchos les
ayudan: "Tiraron unas galletas duras hacia nosotros, les daba
lástima. Y los chicos las mordían y no podían
romperlas, (...) Bajaron de las carretas, rompieron las galletas
contra las ruedas y las mojaron en agua. Así, ablandadas,
se transformaron en el maná argentino que nos salvó
de perecer de hambre" (36).
Noé Cociovich narra la historia que Feierstein noveló:
"Los podolier (como se conoció a esos primeros extranjeros
oriundos de Podolia) fueron abandonados por Palacios en un galpón
de ferrocarril, sin cumplir con ninguna de sus promesas de ayuda.
Fue el médico higienista Wilhelm Loewenthal -un científico
que estaba de paso por el país, en una misión de estudio
encargada por el gobierno nacional- el primero que se conmovió
por la desesperación de esos extranjeros humillados por el
hambre y las enfermedades" (37).
Mandel Krupnik llegó "desde la fría Yeckhaterinoslav
a Moisés Ville, desde los trineos tirados por perros fortachones
y casas con paredes dobles, a los gauchos de Gerchunoff y las semillitas
de girasol, tostadas y saladas, de la tarde" (38).
En uno de los poemas reunidos en Monsieur Jaquin, José Pedroni
canta, a partir del relato de una colonizadora, la muerte de Ana
Esser en el litoral, al desembarcar: "Por bajar mirando al
cielo/ cayóse de la planchada/ con todo el pelo rubio,/ con
toda su carne blanca./ El Paraná, boca arriba,/tres días
que la miraba,/ los ojos llenos de peces,/ ofreciéndole naranjas"
A los catorce días de arribar a Colonia Esperanza, muere
uno de los pioneros. Su mujer no tiene dónde enterrarlo:
"No hay una caja para Peter Zimmermann/ muerto en la madrugada./
-'Los ataúdes de Hintertiefenbach/ eran de pino y haya'-./
Anna Elisabeth Leiser/ está vaciando el arca./ Sin hablar,
sus tres hijos/ míranla arrodillada./ Por el suelo la ropa,
los retratos,/ la Biblia deshojada" (39).
Después de viajar durante cuatro años, los húngaros
Horogh llegaron al Hotel de Inmigrantes porteño. "Por
fortuna apareció allí un señor descendiente
de suizos -propietario de un molino harinero- que buscaba emplear
a un técnico electricista, la profesión de Béla.
Así fue que de inmediato consiguió trabajo y la familia
se trasladó a Estación Matilde, un pequeño
pueblo del interior de la provincia de Santa Fe" (40).
A Santa Fe llegaron asimismo los italianos. Alfredo Coasollo "había
nacido en 1875, en la provincia de Torino, comuna del Monasterio
de Cantalupa. (...) A la edad de 15 años se embarcó
en Génova rumbo a Buenos Aires, completamente solo, empleando
48 días en el viaje con el vapor 'Manila'. El pasaje le costó
163 liras, y arribó al puerto de Buenos Aires con un capital
de 7 liras y un inmenso entusiasmo de trabajar. El director del
hotel de inmigrantes le entregó un pan de 4 kilos ya cortado
y lo puso sobre el tren rumbo a estación Aurelia, en la provincia
de Santa Fe" (41).
Los Vairoleto, emigrados desde el Piamonte, "siguieron hasta
Rosario remontando el gran río Paraná. Al bajar en
los muelles con sus bultos, mientras la sirena de la nave seguía
anunciando el arribo, los emigrantes de tercera clase se encontraron
con una cantidad de gente que les hablaba en piamontés, ofreciéndoles
los más variados destinos y trabajos a cambio de alojamiento
y comida. Todo les resultaba asombroso y no era fácil saber
qué les convenía, pero tenían que hacer la
prueba. Vittorio comenzó trabajando en la cosecha de esa
temporada, y emprendieron un largo itinerario buscando un pedazo
de tierra donde afincarse" (42).
En La gran inmigración (43), de Ema Wolf y Cristina Patriarca,
se incluyen algunas "Cartas de recién venidos".
Una de ellas es la que envía Luigi Basso, desde Rosario,
en 1878, en la que escribe: "He pensado en marcharme a Montevideo,
y si no hay trabajo me voy al Brasil, que allí hay más
trabajo y al menos tienen buena moneda, no como aquí, en
la Argentina, que el billete siempre pierde más del veinte
(por ciento) y no se ve ni oro ni plata".
En "La comunidad sefaradí argentina en Córdoba",
escribe Luis León, a partir de escritos y documentos enviados
por Maruca Rubín de Steinberg desde dicha provincia: "Córdoba
fue una de las ciudades del interior preferidas por los sefaradíes
llegados de las tierras del Imperio otomano como sitio de residencia
definitiva. Generalmente arribaban al puerto de Buenos Aires, se
alojaban provisoriamente en un sitio elegido previamente por un
pariente o conocido, y en pocos días partían hacia
esa ciudad con referencias previamente llegadas por carta a la ciudad
turca que se disponían a dejar. No se puede precisar el número
de djidiós establecidos allí en la época de
mayor asentamiento, considerando también que había
un ir y venir de familias principalmente con Buenos Aires, pero
si se puede afirmar que se formó una comunidad muy activa
y decidida a nuclearse" (44).
Ida y Walter Eichhorn, los dueños "más famosos"
del Hotel Edén, de La Falda, provincia de Córdoba,
"eran amigos personales del führer, y se sabe que no poco
dinero de las arcas del Edén sirvió para solventar
parte de la campaña de ascenso a la Cancillería de
Hitler, en 1934". El hotel llegó a manos de los Eichhorn
en 1912: "Cuando arribaron por primera vez a La Falda desde
Alemania, Walter y Bruno Eichhorn tenían 35 y 37 años.
Bruno estaba casado con Gretel. Walter, con Ida, una mujer que,
poco a poco, los superaría en liderazgo y se convertiría
en el alma mater del hotel. Ida había llegado a la Argentina
en 1909 a bordo del barco 'Koning Friedrich August' con una niña
en sus brazos: Sigune Vitze. Tres años después se
casó con Walter y opacó a sus tres socios. Se puso
al frente del lugar. Y de la historia".
Un cordobés aporta a la periodista Marta Platía su
testimonio: " 'Doña Ida era una mujer hermosa. Hermosa
y temible', dice acariciándose su espesa cabellera blanca
Héctor Montoya, un médico de 71 años. Su papá
fue el primer cartero del pueblo. Montoya se recuerda a sí
mismo, pequeño, de la mano de su padre y de punta en blanco
para ir a saludar a 'Tante (tía) Ida', como todos la conocían
por aquí. Era altísima, tenía unos ojos azules
profundos, una cara redonda y su presencia imponía respeto.
Yo la quería. Me acuerdo que me pasaba la mano por los rulos,
me decía 'Hola, negrito' y abría un cajón de
su escritorio. De allí sacaba una latita octogonal con unos
bombones con los que yo soñaba día y noche. Se imagina.
¿De dónde, un chico como yo, hijo de un cartero de
pueblo, podía sacar esos bombones finísimos? Mi infancia,
cuando la recuerdo, tiene ese sabor', rememora" (45).
En 1999 se publica Hotel Edén (46), novela de Luis Gusmán
acerca de la que expresó Jorgelina Nuñez: "Hotel
Edén es un libro complejo, evasivo en una primera lectura.
Una promesa de silencio pesa sobre la relación con Mónica
y el pasado del hotel del título -"¿Quién
quiere hablar de una pesadilla?", le dirá Ochoa a su
segunda mujer-, una construcción que de a poco se va resquebrajando,
mostrando sucesivas capas que dejan al descubierto no la verdad
de la historia sino su fondo oscuro de catástrofe, de cataclismo
interior" (47).
En Córdoba se establecieron algunos de los tripulantes del
Admiral Graf Spee, luego de su estadía en el Hotel de Inmigrantes.
A esa provincia se dirige el protagonista de un cuento de Santiago
Korovsky: "Como tenía un poco de capital, pudo trasladarse
a Córdoba, a probar suerte. Arrendó un campo, hizo
los cálculos y pensó que en tres años iba a
poder comprarlo, tener sus propios peones, y poder volver a su país
con los bolsillos llenos de dinero, a encontrarse con su familia
y sus amigos. Las cosas no eran tan fáciles como él
esperaba, primero porque la tierra que le dieron era muy chica y
poco rentable, segundo no tenía muchos animales, y tercero
el clima no lo ayudó. Se dió cuenta que su proyecto
no funcionaba, y que para poder tener un campo rentable iba a tener
que esperar, por lo menos, diez años más. Si hubiera
sido por él, se hubiera quedado, pero la plata no le daba
para más" (48).
Penurias narra Mempo Giardinelli en Santo Oficio de la Memoria,
en lo que respecta a la fundación de la capital chaqueña.
Cuenta la Nona: "Las primeras setenta familias de inmigrantes
friulanos, que remontaron en chalupas más de mil kilómetros
por el río Paraná, llegaron allí el primer
día del tórrido febrero de 1878 y se internaron unas
pocas leguas por el Río Negro. Al día siguiente fundaron
San Fernando de la Resistencia, sustantivo este último que
con el tiempo sería designación única de la
ciudad, que fue italiana casi hasta finales de siglo".
La anciana se refiere al asedio indígena: "Durante muchos
años la única población que aguantó
a la Indiada fue Resistencia. Más allá de los límites
municipales no era posible establecer ni una casa, e incluso era
peligroso alejarse unos pocos metros del centro. Era irreversible
la derrota de los indios, pero de todos modos resistían el
avance de los blancos, hartos de las promesas del gobierno, y de
los aventureros. Mataban inocentes a degüello y por docenas,
y familias enteras aparecían masacradas. Y cada blanco muerto
justificaba una campaña militar" (49).
Juan Faccioli, pionero friulano, narra también un episodio
relacionado con la colonización chaqueña: "Según
Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de que
estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco, donde les darían
tierras que estaban habitadas por aborígenes: Algunos huyeron
del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin conseguir trabajo
ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista y, desde allí,
a una colonia que se formaría al otro lado del arroyo El
Rey" (50).
Un sitio en Internet proporciona más información al
respecto: El vapor "Pampa" llegó a Buenos Aires
el 28 de diciembre de 1878. Luego del episodio que comentamos en
el Hotel de Inmigrantes, Faccioli y sus compatriotas "Puestos
de acuerdo, fueron embarcados en un vaporizo que en aquel tiempo
hacía el trayecto desde Buenos Aires hasta Paraguay por el
Río Paraná y cuyo nombre era precisamente "Río
Paraná". El grupo desembarcó en el puerto de
Goa, provincia de Corrientes, y desde allí fueron trasladados
a Reconquista en una balsa que se usaba para traer hacienda, remolcada
por un vaporizo de pequeñas dimensiones. (...) Para pasar
la noche, con la poca ropa que traían tuvieron que improvisar
una carpa entre los pajonales, expuestos al ataque de las nubes
de mosquitos que se filtraban por todos lados. Toda la zona, sin
camino, sin puente, sin alambrados, estaba, cubierta por el agua
de las grandes crecientes de ese año" (51).
En El laúd y la guerra, Martina Gusberti relata que Resistencia
"fue fundada por un puñado de inmigrantes italianos
que, remontando el Río Negro y traídos por empresas
contratistas con el señuelo de poblar tierras fértiles
y prósperas, hallaron en cambio terrenos ásperos,
cubiertos por bosques salvajes plagados de mosquitos. Era el 2 de
febrero de 1878, durante un verano abrasador. Se dice que los colonizadores
estuvieron varios días en el barco sin querer aposentarse
en esa tierra inhóspita. Luego, vencidos por la circunstancia,
no tuvieron otra opción que desembarcar con sus familias.
(...) La lucha contra los malones fue una pesadilla para esos colonos
sin armas, sin espíritu bélico, que sólo querían
esgrimir el azadón. Pero sobrevivieron. Por eso, la ciudad
se llamó Resistencia" (52).
Al Chaco llegó Alice Le Saige de la Villesbrumme, quien había
nacido en Francia en 1841. "Al separarse de su marido, emigró
a la Argentina con sus dos hijos varones en 1888. Obtuvo del gobierno
autorización para instalarse como colonizadora en la zona
de Arocena, en el Chaco, a 40 kilómetros de Resistencia,
entonces población incipiente. Hizo construir una casa, que
alhajó con muebles y adornos traídos de su país
natal, y dedicó las tierras que le habían sido concedidas
a la ganadería. Se convirtió en una figura popular
por su distinción y audacia para enfrentar las dificultades
de esa vida peligrosa por la proximidad de indios mocovíes.
En 1895 recibió en herencia las posesiones de su marido y
adquirió las tierras en concesión, más una
gran extensión, mejorando sus planteles e instalaciones y
convirtiendo a su establecimiento en el principal de la zona. Un
día de marzo de 1899 los mocovíes atacaron la casa,
matando a varios de sus ocupantes. Los demás huyeron, pero
Alice recordó que en la casa quedaba un niño al que
había criado y retornó para salvarlo, momento en que
fue lanceada. Sus compañeros lograron recoger el cuerpo de
la herida y llevarlo a casa de vecinos amigos, pero falleció
algunas horas después, en ese 13 de marzo de 1899, mientras
su casa y demás instalaciones eran consumidas por las llamas"
(53).
En 1875 -señala Hugo Mataloni, basándose en Comisión
de Inmigración, publicación oficial de ese año-,
"La Compañía de Córdoba recibe a los inmigrantes
que son destinados a Santiago del Estero, Tucumán, Salta,
Jujuy, La Rioja y Catamarca. El viaje a estas provincias se hace
en tropas de carros 'enyantados' tirados por mulas, y que salen
de Córdoba formando caravanas de 10 hasta 15 y 20 carros...
Los caminos que pasan son excelentes... (decían las crónicas
de la época). La seguridad de los viajeros está arriba
de toda ponderación... El inmigrante viaja con toda comodidad
en los vehículos pues lleva consigo todo su equipaje; y como
los carros son espaciosos hay en ellos una especie de camarote en
que el viajero pone su cama como en un buque, y lee o duerme mientras
se marcha, cuando no prefiere adelantarse a caballo por ambos flancos
del camino, cazando o corriendo a caballo por las praderas y preciosos
bosques que se presentan en todo el recorrido. A la hora de comer
se hace alto, y se encienden los fogones para los asados y demás
comidas en conjunto. El viaje de este modo, saliendo de Córdoba,
dura 10 días a La Rioja y Catamarca, y varía entre
12 y 15 días a Tucumán, según el estado de
los ríos" (54).
En Salta se establecían alemanes. El historiador salteño
Atilio Cornejo destacaba la actitud de estos inmigrantes: "Es
digno de observar el ejemplo que nos dan estos alemanes al arraigarse
tan hondamente en la sociedad salteña, casándose con
mujeres de esta tierra, formando aquí su hogar con sus hijos
y nietos, sin pensar y aún olvidándose de la patria
lejana, atraídos por estas montañas y alejados del
mar, contrariamente a tanto criollo, sobre todo nuevo rico, que
mira hacia Europa, que se europeiza, que se extranjeriza, como digo,
aquí el extranjero se acriollaba, se argentinizaba"
(55).
En "Un sepelio atmosfèrico (Crònica de 1891)",
Juan Carlos Dàvalos relata el destino que un astrònomo
inglès radicado en Salta eligiò para sus restos: "A
toque de clarines, la ceremonia dio comienzo a las 3, hora en que
el globo, totalmente hinchado, cernìase por encima de la
muchedumbre apeñuscada. Debajo del globo, sobre una mesa,
notàbase un bulto largo, especie de tùmulo cubierto
por un amplio trapo negro: ahì estaba el cadàver de
Mr. Stop (56).
Los sirio-libaneses "comienzan a llegar a mediados del siglo
diecinueve, pero arriban con mayor intensidad a partir de 1896,
radicándose en colonias fundadas entre ese año y 1903.
Se establecieron en Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Misiones.
Más tarde llegaron al Noroeste, a Santiago del Estero y a
Cuyo (57) y a la Patagonia fronteriza (58).
Carlos Saúl Menem es "hijo de Mohibe Akil y Saúl
Menem, inmigrantes radicados en la provincia de La Rioja (...) Su
padre, nacido en Yabrud, Siria, llega a La Rioja cuando contaba
17 años en plena época inmigratoria. Trabaja intensamente
hasta labrarse un próspero porvenir, sostenido por un espíritu
recto y enérgico y una tenacidad imbatible. Regresa a Siria,
donde conoce a Mohibe Akil, su futura esposa. Vuelven casados a
La Rioja y permanecen juntos, hasta el final de sus días"
(59).
A Tucumán viajó, muy a su pesar, José Wanza,
el inmigrante que escribe la carta en 1891. Después de buscar
en vano trabajo durante diez días, "con unos setenta
compañeros de miseria y desgracia me embarqué en el
tren que salía a las 5 p.m. El viaje duró 42 horas.
Dos noches y un día y medio. Sentados y apretados como las
sardinas en una caja estábamos. A cada uno nos habían
dado en el Hotel de Inmigrantes un kilo de pan y una libra de carne
para el viaje. Hacía mucho frío y soplaba un aire
heladísimo por el carruaje. Las noches eran insufribles y
los pobres niños que iban sobre la falda de sus madres sufrían
mucho. Los carneros que iban en el vagón jaula iban mucho
mejor que nosotros, podían y tenían pasto de los que
querían comer" (60). Seguidamente narra sus desventuras
en tierra tucumana, donde padece explotación, hambre y discriminación,
sin que se vea una salida ante tanta adversidad.
A Mendoza se dirigían muchos inmigrantes. Recuerda Alcides
J. Bianchi: "La nueva familia que se agregaba al barrio era
de apellido Sartorato. La formaba el matrimonio y sus dos pequeñas
hijas. Aquella mañana de la templada primavera de 1930, tal
acontecimiento despertó entre los vecinos curiosidad, a pesar
de ser en esa época cosa común la llegada de extranjeros,
sobre todo de italianos y de españoles. Mamá, que
era íntima amiga de la señora Antonieta (esposa de
Chinellato), cruzó la calle para saludar a sus parientes
recién llegados. Yo, curioso, fui con ella para conocer la
nueva gente, que se radicaba en el barrio. En mis escasos diez años
de vida, observaba silencioso el encuentro de ambas familias, que
con efusivos abrazos se saludaban emocionados. Antonieta invitó
a mi madre a aproximarse al grupo, para presentarle a su hermano
y cuñada, quienes provenían justamente de la zona
de su ciudad natal: Baldoviadene" (61).
Hacia el sur se dirigieron los galeses: "a los que eran menos
ricos -escribe Andrés Rivera en Guido-, a los que sabían
trabajar y callar, y ser ordenados, y recordar cómo era Gales,
y cómo su idioma, se les deparó la Patagonia. Otro
país, la Patagonia, en el Sur, en el confín del mundo,
al que bautizaron, un manchón aquí y otro allá
entre la uniformidad silenciosa de lagos, bosques y piedra, con
nombres recios y venerables" (62).
"Las primeras colonias de galeses se instalaron en Puerto Madryn
en 1865" (63). "A partir de la década de 1880 -señalan
Marcelo Alvarez y Luisa Pinotti- comienza la instalación
progresiva de fortines, brigadas, pueblos y estancias. Llegan militares,
pioneros, gringos, comerciantes y burócratas, y los indios
de nuestro historia son 'reubicados' en tierras inhóspitas
y aisladas. Sin embargo, desde 1865 existía en la costa un
enclave galés que se salvó de morir de hambre gracias
a sus vecinos tehuelches.
Los inmigrantes habían sido atraídos por las promesas
del ministro Rawson y el cónsul argentino en Liverpool para
colonizar la 'tierra maldita' de Darwin. Venían con la utopía
de recrear un Gales lo sobradamente apartado del control inglés
como para hablar su dialecto, mantener sus hábitos y su culto.
La tradición minera de los nuevos pobladores aunada a las
características de un territorio semidesértico, sin
autoridades administrativas estables y mucho menos de asistencia
sanitaria y/o escolar, harían que los tehuelches se convirtieran
en sus obligados vecinos y benefactores, enseñándoles
a cazar y pescar, cuando las primeras cosechas no resultaron lo
suficientemente abundantes para sostener a la totalidad de la población.
En trueque de pan y aguardiente, los indios los proveyeron de caballos
y los adiestraron en la práctica ecuestre, capacitación
sin la cual las enormes distancias patagónicas se hubiesen
vuelto un obstáculo insalvable. La tenacidad de estos pioneros
habría de domar la naturaleza árida del suelo mediante
la construcción de obras de regadío en los valles
inferior y superior del río Chubut. (...) Es por esto que
en el momento de la campaña de Roca, los galeses trataron
infructuosamente de defender a sus aliados, enviando emisarios a
Buenos Aires. En 1910, serán también los galeses el
principal apoyo en la lucha jurídica emprendida por los descendientes
del cacique Juan Chiquichano para la recuperación de sus
tierras" (64).
En Tama, otra novela de Andruetto, vuelve a aparecer una galesa.
Timoteo, "cuando era todavía un muchachito se enganchó
en el ejército de Roca y se fue a servir al Sur a cambio
de unas leguas, aunque se pareciera más a las víctimas
que a sus compañeros de milicias. En una de esas andanzas
robó, a los dueños de un molino de trigo, una galesa
de las primeras que vinieron a este país y por temor al padre
de la joven o por que ya estaba cansado de ir de un sitio a otro,
dejó las leguas ganadas con sangre ajena y regresó
con ella al Norte. La galesa se llamaba Clydwin Jones y era extraña
como su nombre. (... La extranjera se resistió los primeros
tiempos, hasta que la desidia terminó por ganarla y se dejó
acariciar como una cosa, mientras el deseo del hombre que no había
elegido le resbalaba más y mas. Jamás lograron vencerla
ni la ternura, ni el dolor, ni la bronca que él puso empeño
en demostrar y ni siquiera reaccionó cuando Linares se hizo
asiduo visitante del prostíbulo donde una hembra desmesurada
hacía estragos" (65).
Incorporado al elenco de un circo, Stéfano, protagonista
que da nombre a otra novela de María Teresa Andruetto, "trabaja
en la orquesta, tocando los solos en los números de acrobacia,
un momento antes que los trapecistas se larguen de las hamacas y
queden suspendidos en el aire". Una trapecista es galesa: "En
el trapecio trabaja la mujer de pelo colorado. Se llama Tersa, Tersa
Williams, y, ahora lo sabe, toca la armónica. Se encarama
por las noches al trapecio, se cuelga cabeza abajo y hace sonar
la armónica. (...) Había venido con su madre desde
Gales, desde un pueblo que se llama Cardigan. (...) Piensa en ella
todo el tiempo: le molesta la risa que tiene, y no le gustan las
pecas, ni los dientes demasiado grandes, pero a pesar de eso, se
acostaría con ella. (...) Tersa tiene veintiocho años.
Su madre y ella vinieron desde Gales hasta Gaiman, a trabajar en
la granja de unos parientes lejanos. Y se quedaron ahí, hasta
que pasó el circo de Juárez" (66).
María Brunswig de Bamberg es la autora de Allá en
la Patagonia (67), obra en la que evoca la inmigración alemana
a través de las cartas que su madre enviaba a su abuela,
que había quedado en la tierra natal. "El 3 de febrero
de 1923, después de una travesía de treinta días
desde Hamburgo, Ella Hoffman llega con sus tres hijas a Buenos Aires,
rumbo a la Patagonia, donde Hermann Brunswig, su marido y padre
de las niñas, trabaja como administrador de una estancia
y espera ansioso el reencuentro con su familia después de
tres años y medio de separación. Esta es una selección
de las cartas intercambiadas hasta 1930 entre Ella y Mutti, su madre,
y que fueron recuperadas setenta años después por
María Brunswig, la hija mayor. Pero no se trata de una simple
recopilación, sino de un juego de tiempos y voces, pleno
de agilidad y riqueza, en el que intervienen tres generaciones de
mujeres: Mutti, Ella y la propia María. Algunas cartas de
Hermann incorporan, por su parte, una visión masculina y
un toque de humor. El diálogo epistolar le otorga a la obra
una intensidad inusual, además de una visión europea
del sur argentino en los años veinte. Ella habla a su madre
del mundo nuevo que está descubriendo y se revela como una
gran luchadora. Educada para ir a la Ópera, aprender francés
y tocar el piano, ahora lava ropa en el arroyo, friega, zurce, remienda,
come huevos de avestruz e incluso carnea zapones. En síntesis,
una sensible crónica familiar que abre distintos horizontes
sobre una región inhóspita y al mismo tiempo generosa"
(68).
Con la autora y su familia viajó una mucama. Pedro Dobrée
relata: "Mucho tiempo después, en la década de
1980, en Berlín, María Brunswig de Bamberg -una de
aquellas pequeñas con las cuales Berta llegó a la
Argentina austral y que luego fue autora de ese muy simpático
libro llamado Allá en la Patagonia, editado por Vergara -
asistía a una conferencia de Osvaldo Bayer. Al finalizar
le preguntó si en sus trabajos de investigación sobre
la vida patagónica había tomado conocimiento de Berta
Freytag. 'Cómo no -le contestó Bayer- Berta Freytag
fue amante del comisario del pueblo durante muchos años,
hasta que un día éste la ultimó de dos tiros,
por celos' " (69).
"En La Patagonia rebelde (1974), Héctor Olivera dramatiza
las huelgas de los trabajadores anarquistas, en el sur de la Argentina,
durante 1920 y 1921, según la investigación realizada
por Osvaldo Bayer en Los vengadores de la Patagonia trágica.
Rodada en momentos de gran tensión política, intenta
una lectura aleccionadora de la historia. Para eso, el film se constituye
en un vasto flash back, que protagonizan los cabecillas Soto, Facón
Grande y el alemán Schultze, seguido de la secuencia que
marca el presente de la narración, con la muerte del teniente
coronel Zabala (Varela, en la realidad). Completando este juego
de tiempos, sobre el final, un plano detalle de la mirada desconcertada
del militar, mientras le hacen oír una canción en
inglés, envía al espectador a una reflexión
sobre el futuro" (70).
A la Patagonia viajó en barco el asturiano Nicanor Fernández
Montes, luego de un tiempo en el Hotel de Inmigrantes: "en
una travesía marcada por olas de veinte metros... (...) Su
primer destino fue Río Gallegos, donde no había ni
veinte casas, y de ahí lo mandaron de puestero a una estancia.
(...) En la Patagonia no había nada de lo que él sabía
hacer, de modo que tuvo que improvisar, como todos los integrantes
de una sociedad pionera. (...) Una vez, llegó a estar catorce
meses solo en un puesto... catorce meses.... Desayunaba, comía,
merendaba y cenaba cordero... no había otra cosa; lo notable
es que le gustaba" (71).
En la Patagonia vivió un curioso personaje. Escribe César
Baena: "a mediados del siglo XIX, un abogado francés
de nombre Orélie-Antoine de Tourens, decidió emprender
un viaje a esas tierras para fundar, con todas las vicisitudes imaginables,
el efímero reino de Araucania y Patagonia, que aún
existe en la imaginación y nostalgia de sus seguidores. De
hecho, hay en la actualidad una asociación, con rey y reina
incluidos, que preserva la memoria de la empresa de Orélie-Antoine"
(72).
María Sonia Cristoff señala que el dinamarqués
Andreas Madsen "llegó a la Argentina como marinero buscavidas
y a la Patagonia como parte de la Comisión de Límites
que lideraba Francisco Moreno. Fue después el primero en
asentarse en la zona del Lago Viedma y uno de los pocos pequeños
propietarios que resistieron a las ofertas tentadoras -seguidas
de estrategias amenazantes- de las grandes compañías
que empezaron a adquirir enormes extensiones estratégicas
de la Patagonia a partir de la primera mitad del siglo XX. Fue también
uno de los propietarios de tierras que, durante los levantamientos
obreros de 1921, logró acuerdos de no agresión mutua
con los huelguistas, basados fundamentalmente en el conocimiento
y en el respeto previo que se tenían. Volvió a Dinamarca
únicamente para buscar a la novia de la infancia y defendió
su decisión de radicarse en la Patagonia a pesar de las oportunidades
que le ofrecían en otros lugares, con una epifanía
de tinte darwiniano: 'los desiertos campos patagónicos me
llamaban con voz irresistible. La Patagonia, con sus tormentas de
arena sobre las pampa desiertas en verano, y con el frío
y la nieve en invierno, donde pasé tres inviernos con el
mínimo de alimentación... y seis meses sin ver persona
alguna, completamente solo entre los Andes. La mayoría dirá
que no es gran cosa para extrañar; pero así es la
naturaleza humana. A mí esa soledad me llamaba' " (73).
En "Historia de Bariloche" (74), relatan Helena Aizen
y Claudio Tam Muro: "Nasario Lefipán y su esposa Carmelita
Quidulef fueron los primeros pobladores de lo que es hoy San Carlos
de Bariloche. Desde Estados Unidos llegó Jarred Jones para
instalarse en las cercanías del Fortín Chacabuco y
desde el sur de Chile los alemanes José Tauschek, Jorge Huber
y Carlos Whiederholdt. Enrique Neil, Jorge y Ralph Newbery, los
españoles Fermín Salaberry, Manuel Domínguez
son algunos más de los nombres que podríamos mencionar,
otros no quedaron registrados por la historia, pero entre todos
fueron dando vida a un pueblito que con el tiempo se transformó
en lo que vemos hoy".
"Jarred Jones, llegado desde Texas, se instaló en 1889
en las cercanías del Fortín Chacabuco. Después
de dedicarse un tiempo al tráfico de ganado en pie a Chile,
decidió establecer una explotación ganadera en tierras
que antes habían pertenecido a Modesto Inacayal (hasta que
el cacique fuera tomado prisionero en 1884 y su gente desalojada).
Junto con Enrique Neil, un compatriota, puso un almacén de
Ramos Generales en el nacimiento del Limay. El Perito F. Moreno,
que gozó de la hospitalidad y colaboración del norteamericano
en sus campañas, intercedió en retribución
para que el gobierno concediera a Jones las 10.000 hectáreas
que este había solicitado en compra. En 1908, con el titulo
en mano, Jones tendió el primer alambrado. George Newbery
y su esposa Fanny Taylor se establecieron hacia 1894 al este del
lago Traful donde fundaron la estancia La Primavera dedicándose
a la ganadería y a la explotación maderera".
"En 1895 Carlos Wiedherhold, un comerciante alemán llegado
desde el sur de Chile, fundó una casa de comercio "La
Alemana" en lo que es hoy el Centro Cívico de Bariloche.
Aprovechando las vías lacustres, en un lugar en aquel entonces
muy aislado, inició un importante intercambio comercial con
el país vecino a través del paso cordillerano Pérez
Rosales. Paso que a pesar de sus dificultades resultaba mucho más
rápido y menos costoso que cualquier otra ruta de acceso
a los centros cercanos (...) A fines del siglo XIX los hermanos
Goye, Camilo, Felix, y Maria viuda de Felley con sus hijos, llegan
a la zona del Nahuel Huapi para radicarse en Colonia Suiza. Procedentes
del cantón de Valais, en la Suiza Francesa habían
vendo primeramente a Chile donde estuvieron casi 10 años.
Enterados de la oferta de tierras (ley del hogar) a inmigrantes,
las solicitan atravesando la cordillera cerca de Las Lajas. Hacia
1902 llega un sobrino, Eduardo Goye, pero por el Atlántico
el que se suma al grupo familiar. Otros apellidos Suizos se agregan
, Mermoud, Cretton, Jackard así como Fotthoff y Neu , trabajadores
incansables del agro. Molían los granos a mano y se cultivaba
lo necesario: trigo, avena, frutales y hortalizas. El tambo proveía
de leche, manteca, y queso, productos todos estos que se consumían
o se llevaban a Chile en embarcaciones construidas por ellos mismos.
También los pobladores de Bariloche encontraban aquí
muchos productos de granja".
En "El cura y el cowboy" se recuerda a monseñor
Fagnano: "La Patagonia tuvo en aquellos lejanos tiempos muchos
aventureros. ¡Hasta los misioneros que recorrían leguas
a caballo, como el padre Mascardi, el padre Quiroga, el padre Falkner
y otros tantos aventureros de la Cruz! ¿Por qué no
recordar también a Monseñor Fagnano, cuando cruzaba
Tierra del Fuego en 1886 a lomo de mula? ... o al padre Angel Savio,
remontando en 1885 el río Santa Cruz, rumbo al lago Argentino
pasando por las chozas de los tehuelches. Y no olvidemos al padre
Bonacina quien en 1892, en pleno invierno cruzó con un baqueano
y una tropilla de Viedma a Rawson para fundar allí una iglesia
salesiana" (75).
En El Calafate, alrededor del 1900, los inmigrantes llevaban una
dura vida: "Las madres, por aquel entonces, no tenían
otra posibilidad que dar a luz a sus hijos sobre un cuero de oveja,
quizás totalmente solas, sin ningún tipo de asistencia
médica. La educación de los chicos corría por
cuenta de la familia, muchas veces en aislación total del
resto del mundo. Cada cosa debía ser hecha con las manos
con muchísimo esfuerzo y con pocas herramientas que a su
vez eran caras y difíciles de obtener. (...) esta gente,
no estaba en la zona sólo cuando brillaba el sol, también
estaban en medio de la nieve, quizás aislados por varios
meses. Por ejemplo, frutas y verduras frescas eran objeto de lujo
ya que las mismas debían ser cultivadas en los meses de verano
haciendo alambrados para evitar el robo de comida por los zorros
u otros animales libres. Luchar contra pumas también era
algo normal ya que la pérdida de un caballo por el ataque
de un felino significaba un problema grandísimo! (76). "Los
inmigrantes fueron, y siguen siendo, héroes ignorados -afirma
Julián Ripa-, artífices oscuros de este sur lejano"
(77).
En 1892, Jimmy -"nacido James Radburne"- llegó
a la Patagonia, "huyendo de la pobreza y los prejuicios ingleses,
y pasó toda una vida improvisando oficios para sobrevivir
y métodos para huir de las policías argentina y chilena".
Se dirigió a esa región pensándola "como
garantía de anonimato para pasados difíciles"
(78)
Algunos europeos se establecían en Tierra del Fuego. Eleonora
Britten de Lewis "fue la primera mujer que vivió en
la Argentina austral. En 1870 llegó con su esposo, James
Lewis, y su hijo Guillermo a Río Gallegos. Desde allí
se dirigieron a Ushuaia en una goleta a vela, pasando por las Islas
Malvinas, donde los esperaba Tomás Bridges, con quien iban
a establecer una misión evangélica. Instalados en
la primitiva población de la Tierra del Fuego, el primer
hijo del matrimonio Lewis, nacido allí, recibió el
nombre de Ushuaia. La señora Lewis colaboró con su
marido en la atención del establecimiento misional, y contribuyó
al progreso de la colonia indígena" (79).
Otros inmigrantes eran los empleados en la Penitenciaría.
Lo afirma el alcaide mayor retirado Horacio Benegas: "A principios
de siglo, los primeros guardias eran gallegos o yugoslavos, traídos
a la Argentina para trabajar en las cárceles. Muchos llegaban
al puerto de Buenos Aires y seguían viaje al penal de Ushuaia;
otros paraban en el Hotel de los Inmigrantes y eran destinados a
unidades de acá" (80).
El bisabuelo de Emi Pechar fue "un yugoslavo que llegó
a la Argentina a buscar un futuro, que fue carpintero de la cárcel
de Ushuaia y que luego trabajó una porción de estas
tierras hasta ganársela" (81).
Rosa Damiana Fique, nieta del primer argentino que en 1887 se estableció
en Ushuaia, recuerda a los italianos que llegaron a la ciudad alrededor
de 1950: '-Daba gusto verlos, venían de una guerra y de pasar
hambre, pero no dejaban de sonreír y de cantar... Sí,
los italianos dieron vuelta al pueblo con su alegría"
(82).
"Alberto María De Agostini nació en Pollone,
pequeño pueblo de Piamonte, en las cercanías de Biella,
el 2 de noviembre de 1883. "Punta Arenas fue la base de partida
para las primeras exploraciones de Alberto De Agostini, quien no
por casualidad mostró muy pronto su interés por la
cordillera fueguina conocida como Cordillera Darwin" (83).
A Polidoro Segers, "Con los conocimientos científicos
que poseía no le pareció imposible ser "cirujano
de segunda" en la expedición... Y en noviembre de 1886
lo tenemos sobre el Villarino rumbo a Tierra del Fuego" (84).
"Thomas Bridges fue uno de los fundadores de la Misión
evangélica anglicana en Ushuaia y su Director por muchos
años, (...) ocupa lugar destacable entre lo pioneros fueguinos,
establecidos en estas tierras en 1871. La estancia Harbenton fue
la primera estancia de la Isla Grande de Tierra del Fuego, fundada
en 1886 por Thomas Bridges, dándole dicho nombre como recuerdo
del pueblo natal de su esposa, situado en Inglaterra" (85).
En
Tierra del Fuego vivieron el reverendo Dobson y su esposa, personajes
de Fuegia, novela de Eduardo Belgrano Rawson.
Vivieron asimismo los escoceses que se dedicaron a la cría
de ganado. Leemos en un pasaje de la misma novela: "Cuando
les resultó evidente que habían echado mano a los
mejores campos del mundo, los criadores de toda la isla resolvieron
cruzar sus mediocres ovejas con padrillos europeos. Para entonces
ya nadie soñaba con transformar a los lugareños en
sus pastores perfectos. En realidad, a los parrikens les sobraban
condiciones para el puesto: corrían treinta kilómetros
de un tirón, podían dormir al sereno en invierno y
resistían sin probar bocado como el más bruto de los
galeses. Pero nada aborrecían más en el mundo que
el trabajo de ovejeros, de modo que los criadores olvidaron por
fin el asunto y junto con los padrillos importaron pastores de Escocia,
quienes trajeron hasta los perros" (86).
En Tierra del Fuego vivió Julius Popper. El fotógrafo
y explorador nació en Bucarest en 1857 y falleció
en Buenos Aires en 1893. "Estudió Ingeniería
en Minas en París y realizó múltiples viajes
por el resto de Europa, Oriente Medio, América del Norte,
México y Cuba. Establecido en la Argentina, en 1866 viajó
a Punta Arenas, Chile y descubrió oro en la bahía
de San Sebastián, sobre el océano Atlántico.
En 1887 realizó una muestra con sus fotografías tomadas
en Tierra del Fuego, junto a mapas, armas, utensilios indígenas
y muestras de arenas auríferas. Fundó la Compañía
'Lavaderos de Oro del Sud' " (87).
También a las Islas Malvinas llegaron pioneros escoceses:
"En 1842 llegaron dieciocho pobladores, en 1849 treinta y en
1859 otros treinta y cinco, con sus respectivas familias. El último
contingente llegó en 1867. Poco a poco colonizaron todas
las islas. Estos escoceses trasladaron a las Malvinas sus costumbres,
entre otras la de criar ovejas, no vacunos. Sus descendientes forman
la gran mayoría de la población malvinense nativa,
de la población estable actual, porque las Malvinas tienen
también una población inestable, de origen no escocés
sino inglés: son los funcionarios y los militares" (88).
Notas
1 Ingenieros, José: "Ensayo de identidad", en Clarín,
Buenos Aires, 27 de febrero de 2000.
2 S/F: "Historia...".
3 Geraghty, Michael John: op. cit.
4 Ingberg, Pablo: "Cantera de ficciones", en La Nación,
Buenos Aires, 28 de enero de 2001.
5 Weyne, Olga: op. cit.
6 Chiérico, Ariel Edgardo: op. cit.
7 Ketzelman, Zahira Juana: en el grillo, Suplemento: Gabinete de
Letras y Arte. N° 9, 2000.
8 S/F: "Azul: nuestra esencia, nuestra identidad", en
El Tiempo, Azul, 15 de diciembre de 2002.
9 Lynch, John: Masacre en las pampas. La matanza de inmigrantes
en Tandil, 1872. Buenos Aires, Emecé, 2001.
10 Frigerio, José Oscar: Italianos en la Argentina LOS LOMBARDOS.
Buenos Aires, Asociación Dante Alighieri de Buenos Aires,
1999.
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12 S/F: "Centro Cultural Pipach", en el folleto de la
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15 Mayo, Nissin: "De Turquía a Gral. Villegas",
en SEFARaires N° 15, Julio de 2003.
16 García, Arturo M.: "El cóctel", en el
grillo, Buenos Aires, N° 22, 1999.
17 García, Arturo M.: "Ella eligió así",
en el grillo, Suplemento: Gabinete de Letras y Arte El tema es la
libertad, N° 18, 2004.
18 Alonso de Rocha, Aurora: La casa de Myra. Buenos Aires, Fundación
El Libro, 2001.
19 Piotto, Alba (texto) y Digilio, Rubén (fotos): "Campo
de batalla", en Clarín Viva, Buenos Aires, 21 de marzo
de 2004.
20 Lojo, María Rosa: Las libres del Sur. Una novela sobre
Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
21 Skliarevsky, Fernando: "Misiones, Cien años de inmigrantes",
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22 S/F: Folleto del Museo Histórico Juan Szychowski. Apóstoles,
Misiones.
23 Quiroga, Horacio: "Van Houten", en Los desterrados-
El regreso de Anaconda. Buenos Aires, Losada, 1997.
24 www.clavis.com.ar/coloniasjudías/imágenes.htm
25 Londero, Oscar: "Un recorrido por las primeras colonias
judías de Entre Ríos", en Clarín, 17 de
diciembre de 2000.
26 Chajchir, Mauricio: "Viaje al país de la esperanza:
Relato de un viajero del Pampa", en La Opinión, Buenos
Aires, 8 de agosto de 1976, reproducido en Asociación de
Genealogía Judía de Argentina, Toldot # 8. Noviembre
de 1998.
27 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna,
1991.
28 Bonvin, Antoine: "En el Ibicuy", en Vernaz.
29 Peyret, Alejo: "Palabras de Alejo Peyret en el 21° aniversario
de la fundación de la colonia San José (22 de julio
de 1878)", en Vernaz.
30 S/F: Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el
suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.
31 Weyne; Olga: El último puerto. Del Rhin al Volga y del
Volga al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis/Instituto Torcuato
Di Tella, 1986.
32 Medina, Pablo: "Historias de ida y vuelta", en Villafañe,
Javier: Antología. Obra y recopilaciones. Buenos Aires, Sudamericana,
1990.
33 S/F: Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el
suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.
34 Fernández, Roxana: "Protegen lugares históricos
vinculados a los inmigrantes", en Clarín, Buenos Aires,
19 de abril de 1999.
35 Gerchunoff, Alberto: op. cit
36 Feierstein, Ricardo: op cit
37 Cociovich, Noe: Génesis de Moisésville. Buenos
Aires, Editorial Milá, 1987.
38 Frejtman, Teodoro R.: "Donde moran los ángeles".
39 Pedroni, José: Hacecillo de Elena. Santa Fe, Colmegna,
1987.
40 Masjoan, Lía: "Nosotros. Contratiempos y alegrías
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45 Platía, Marta: "Los gozos y las sombras", en
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47 Núñez, Jorgelina: "Fantasmas del edén".
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Aequalis.
49 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires,
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52 Gusberti, Martina: El laúd y la guerra. Buenos Aires,
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53 Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres
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54 Mataloni, Hugo: La inmigración entre 1886-1890. Su proceso
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55 Rosenthal, Carlos Federico: "La feliz aventura americana",
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56 Dávalos, Juan Carlos: "Un sepelio atmosférico",
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57 S/F: Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el
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58 S/F: "Viaje a la tierra de uno", en Clarín,
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59 S/F: en www.carlosmenem.com
60 Panettieri, José: op. cit.
61 Bianchi, Alcides J.: Aquellos tiempos... Buenos Aires, Marymar,
1989.
62 Rivera, Andrés: Guido, en Para ellos, el Paraíso.
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63 S/F: "Las corrientes inmigratorias en Argentina", en
www.argentinaxplora.com.
64 Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A la mesa. Buenos Aires, Grijalbo.
65 Andruetto, María Teresa: Tama. Córdoba, Alción
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66 Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires,
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67 Brunswig de Bamberg, María: Allá en la Patagonia.
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68 S/F: en Allá en la Patagonia.
69 Dobrée, Pedro: "La emperatriz de San Julián",
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70 Kriger, Clara: "La Patagonia rebelde", en Cien años
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71 Ceratto, Virginia: op. cit.
72 Baena, César: "Libros, Lecturas y Lectores",
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73 Cristoff, María Sonia: "Los surcos de un pionero",
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74 Helena Aizen, Claudio Tam Muro: "Historia de Bariloche",
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75 S/F: "El cura y el cowboy", en www.misionrg.com.ar.
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77 Ripa, Julián: Inmigrantes en la Patagonia. Buenos Aires,
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78 Cristoff, María Sonia: "Inglés en fuga",
en La Nación, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2000.
79 Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres
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80 Messi, Virginia: op. cit.
81 S/F: "Usted es nuestro protagonista", en Aerolíneas
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82 Sotelo, Sergio (texto) y Pessah, Daniel (fotos): "Estampas
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83 S/F: Cuadernos Patagónicos - 2 El padre De Agostini y
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84 Entraigas, Raúl Agustín; "Polidoro Segers,
el primer médico de Tierra del Fuego", en Museo del
Fin del Mundo. Biblioteca Virtual,:www.Tierra del Fuego.org.ar
85 Yess, Soledad: "Tierra del Fuego y sus topónimos".
86 Belgrano Rawson, Eduardo: Fuegia. Buenos Aires, Sudamericana,
1990
87 Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires,
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88 Gallez, Pablo: "Malvineros, ingleses, escoceses y argentinos",
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Este tìtulo ha sido utilizado anteriormente por Celia Vernaz.
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