INMIGRACION Y LITERATURA

Por María González Rouco

PRIMEROS DIAS

Hacia el interior


En "La formación de una raza argentina", José Ingenieros se alegra de la adaptación al medio geográfico que se verifica en los inmigrantes: "Las variedades de la raza europea aquí trasplantadas sienten ya, en sus hijos argentinos, los efectos de la adaptación a otro medio físico, que engendra otras costumbres sociales. Los Andes, la Pampa, el Litoral, el Atlántico, la Selva, el Iguazú, son cosas nuestras, y solamente nuestras. Viviendo junto a ellas, las razas blancas inmigradas adquieren hábitos e ideas nuevas, hasta engendrar una variedad, distinta de las originarias" (1).

El pionero holandés Diego Zijlstra relata en Cual ovejas sin pastor: "Desde Buenos Aires, y previo paso por el Hotel de Inmigrantes, un grupo llegó en tren hasta Tres Arroyos, mientras que otros se instalaron en Cascallares, en la llamada Colonia del Castillo" (2).

En el Buenos Aires Herald, Michael John Geraghty relata que en 1889 arribó el SS City of Dresden con alrededor de dos mil pasajeros. Se dirigieron a Napostá, cerca de Bahía Blanca, desde donde, en 1891, quinientos veinte colonos regresaron a Buenos Aires, "broken in spirit, uterly destituted" (3). Rudolph Cranly, el inglés de Susana Cella, "migra hacia una soñada Buenos Aires y de allí deriva a Villa Cantera" (4).

En 1878, ocho familias y tres solteros volguenses fundaron Kaminka, un pueblo que más tarde cambiaría su nombre: "Cuando los colonos llegaron a Hinojo ya contaban con casillas provisorias instaladas y, cumpliendo con lo prometido, el gobierno les cedió animales y un arado como así también medios para su manutención por un año" (5).

Los volguenses que fundaron Colonia San Miguel "de las bodegas del antiguo trasatlántico pasan a los incómodos asientos de un vetusto coche ferroviario de la empresa inglesa de ferrocarril que los traslada hasta su estación terminal, Azul, pues hasta allí llegaba. Para completar los treinta y cinco kilómetros que les faltaba para llegar a su destino definitivo, abordaron una tradicional carreta, cuyos pesados bueyes los conducen hasta un paraje denominado San Jacinto, en el partido de Olavarría (...) Dos años en ese lugar, en contínuos sobresaltos por la lucha contra los malones indígenas, con armas que ellos mismos implementaban, bastaron para determinar la búsqueda de un sector más propicio. Encontrando, algo más al este, tierras más aptas y más alejadas de los peligros del indio. (...) Por mayoría deciden establecer allí su definitivo asentamiento, que debía llevar el nombre de uno de los tres patriarcas de mayor edad: Juan Ruppel, Pedro Kessler y Miguel Stoessel. Echada fue la suerte y don Miguel Stoessel fue el favorecido para transmitir su nombre a la nueva colonia. De ahí en más se denominaría 'Colonia San Miguel' " (6).

El bisabuelo de Zahira Juana Ketzelman llegó a Azul con su familia, pero, molesto por la actitud de los lugareños para con sus hijas casaderas, se fue de esa localidad (7). Otros, se quedaron: "Las diferentes expediciones realizadas con el fin de ensanchar los límites de la frontera eran complementadas por los gobiernos mediante el dictado de las leyes de enfiteusis. De esta manera atraían al colono y al extranjero. En virtud de ellas, legiones de inmigrantes vascos, franceses e italianos se introdujeron en el desierto a fin de explotar esas tierras que se les proporcionaba. Esos pobladores como don Pablo Acosta, don Miguel Rodríguez Machado se trasladaron a estas regiones y en virtud de salvaguardar sus vidas, su hacienda y, a fin de favorecer el comercio interno, se creó la línea de frontera del Arroyo Azul" (8).

En 1844, llegó a la Argentina el danés Juan Fugl, pionero que se estableció en Tandil cuando los indios habitaban la región. El "relató que después del sitio indígena de Tandil en el mes de noviembre de 1855, 'Al fin de cuentas, los soldados que llegaron no habían resultado mucho mejor que los salvajes, pues en las casas abandonadas que encontraron, robaron todo lo que pudieron y les fuera útil'. Resultaba notorio que la Guardia Nacional por lo general llegaba después de que los indios habían hecho los peores destrozos" (9)

En esa localidad, a fines del siglo XIX, se establecieron mis bisabuelos, el matrimonio integrado por Guillermo Paggi y Lucía Silvani, procedente de Lombardía.

Otro lombardo afincado en Tandil, Martín Illia -quien más tarde sería padre del presidente-, logró "salvarse de un malón que arrasó con los pobladores de la zona" y regresó a Italia. Corría 1872, el año de la "masacre" -en la que no tuvieron que ver los indios- que costó la vida a muchos extranjeros. "En 1876, volvió solo al país, trabajando como jornalero en la construcción de ferrocarriles" (10).
A Amy Stirling -que "había sido inglesa, linda y joven"- se refiere el narrador, en un texto de María Esther de Miguel: "Cuando llegó a Necochea, no fue casualidad quedarse: cierto matiz del puerto le recordó suburbios de su ciudad. Yo la conocí una noche en Quequén: vieja, borracha y sentimental. Parecía un clown, exageradamente maquillada, propensa al disparate. Me informaron: está loca. Pero no lo creí" (11).

En Villa Gesell se estableció "el matrimonio que formaban la princesa María Windesgraetz y el conde Esteban Károlyi, de la nobleza húngara. Como tantos europeos de la posguerra, los Károlyi eligieron Villa Gesell para vivir y para ofrecer a turistas y amigos la mejor atención personal de la familia. (12).
En "Pleamar", Oscar González evoca al capitán Griffith George, quien, tras naufragar en 1883, se radicó en la estancia "Los Yngleses", en el Partido de General Lavalle (13).

Marcos Alpersohn fue pionero en la colonia Mauricio, en la provincia de Buenos Aires, y primer cronista de un asentamiento judío en la Argentina. "Dejó escrito su interesante testimonio sobre la llegada al país, en 1891", en el que manifiesta: "el vapor alemán Tioko me trajo a Buenos Aires de Hamburgo, junto con otros trescientos inmigrantes, después de una travesía de treinta y dos días. Aún antes de que el barco entrara en el puerto, al divisar desde lejos la ciudad envuelta por palmeras, nos sentimos dominados por la alegría. Las madres levantaban en alto a sus pequeñuelos, diciéndoles jubilosamente: -Miren, chicos; ahí está el paraíso, la tierra bella y verde que el bondadoso Barón de Hirsch ha comprado para vosotros" (14). Días después advertirían que la realidad poco tenía que ver con sus expectativas.

Nissin Mayo entrevistó a Salvador Cohen, quien relató: "Mi papá, Mair Cohen y mamá, Raquel Cohen (no eran parientes) se conocían de Magnasía (hoy Manisa), un pueblo cercano a Esmirna, Turquía. Papá llegó a la Argentina alrededor de 1910 y ella por 1921. Se casaron en Buenos Aires, donde yo nací el 31 de julio de 1923. (...) A su llegada a la Argentina él se instala en Gral. Villegas, Pcia. de Buenos Aires, con un negocio de zapatillas, telas y ropas. Lo ayudaban mi tío Aarón, (hermano de mamá que llegó de Turquía por 1910) y mamá, que también hacía los trabajos de la casa. Los miércoles, papá salía a vender en el pueblo. (...) Mi tío Aarón, que vivía con nosotros, rezaba las oraciones en hebreo todas las mañanas, poniéndose en la cabeza una carpetita en forma de kipá (gorrita) con la cual a veces salía, sin darse cuenta, a la calle. Mi tío hablaba cinco idiomas, entre otros el djudeo español . El negocio sólo cerraba en Iom Kipur (día del Ayuno y el Perdón Divino) y un cartelito anunciaba: 'cerrado por balance'. (...)

En Villegas cursé la escuela primaria. En el segundo grado nos pegaba la maestra, Srita. Balán. Usábamos gorra de vasco, que debíamos sacárnosla cuando saludábamos a las mujeres; si no lo hacíamos nos tiraban de las orejas hasta dejárnoslas rojas. En 1933, recuerdo, hubo una gran invasión de langostas; las paredes se pusieron negras y tuvieron que eliminarlas con aplanadoras. En una ocasión, un zapatero italiano, cuando yo jugaba con su hijo a la pelota, agarró su cuchillo de zapatero y me dijo jugando: ' te corto, te corto', y me hizo un corte en la pierna izquierda. Todavía tengo la marca. En Villegas me recibí de tenedor de libros en 1934. Mi hermana Victoria, debió estudiar obligatoriamente, en el Colegio, religión católica". El entrevistado recuerda a General Villegas "como un pueblo agrícola-ganadero, de casas bajas, con dos cines, simpático y económicamente progresista. Había muchos ingleses, exposiciones y ventas de ganado, con la intervención casi permanente del martillero Bullrich. Allí tenía amigos. Jugábamos a la pelota y con el trompo y las bolitas. Con ellos y mi familia, pasé una infancia y adolescencia feliz" (15).

En la provincia de Buenos Aires vive Francisco Sainz, "Hombre solo, siempre. De recién cumplidos 85 y costumbres rudas como el campo. Hijo de un español de Santander, el primero de la familia en meter la mano en esas tierras, hace cien años. La casa está en lo alto del terreno y todo alrededor es horizonte limpio. Un patrimonio de cuatro mil hectáreas compradas de a pedacitos, en las entrañas de Buratovich" (16).

En esa misma provincia se afinca el protagonista de un cuento de Arturo M. García: "Don Javier Echegaray y Tarragona, oriundo de San Sebastián en el país vasco y como su nación, fuerte de temperamento, férrea voluntad, constante en el trabajo y perseverante en sus ideas había llegado a la Argentina a los doce años con unas ansias inconmensurables de hacerse la América. Recaló en Buenos Aires, pero la ciudad que crecía no le brindaba muchas ilusiones y esperanzas, eran los resabios de la generación del 80 con su crisis económica, financiera y social y Javier evocando las praderas vascuences y las montañas pirenaicas, solo, se exilió de nuevo. Viajaba como linyera en trenes de carga hacia el Sur, comenzó a admirar las extensas pampas, se asombraba contemplando la cantidad de ganado pastando a la vera de los rieles del ferrocarril, asentándose por fin como peón en las regiones de Pigüé, Coronel Suárez y Saavedra. Trabajó mucho y fuerte, ahorró dinero y junto con las pocas pesetas que le mandaban los tíos desde la patria, fue haciendo un capital que le permitió comprar primero unas pocas hectáreas, luego más terrenos, una granja después y por fin una estancia en la zona de Tornquist" (17).

Arturo M. García relata, en "Ella eligió así", lo sucedido a Raquel Amanda Olascoaga, hija de vascos tomada cautiva por Biguá, con quien pidió contraer matrimonio cristiano, rehusando volver a la sociedad. Cuando la llevaron los indios, ella era una "mujer de treinta años de edad, dama de recio temple y extraordinaria hermosura, hija única de un matrimonio de origen vasco, que después de haber habitado muchos años en el Río de la Plata, donde cosecharon una ingente fortuna a través de negocios de importación de bebidas espirituosas, traídas de Europa, se volvieron a su país natal, dejando a su hija ya madura, al frente de sus casas en Buenos Aires y Montevideo" (18).

La casa de Myra (19), de Aurora Alonso de Rocha, fue distinguida en 2001 con el Segundo Premio para Autores Inéditos, en el "Concurso organizado por la Fundación El Libro, en el marco de la 27ª Exposición Feria Internacional de Buenos Aires 'El libro del Autor al Lector' ". En esa obra, protagonizada por una gallega tomada cautiva por los indígenas, narra un personaje: "En unos meses se le puso la piel del color del cuero sobado, se le hicieron unos manchones del solazo debajo de los ojos y como no los tiene oscuros como las otras se ven como gemas transparentes. En lo que se ve del descote es pura mancha y peca y tiene el pelo cerdoso, enrulado y reseco de tanta agua e intemperie. Igual que las chinas va mezclada de cristiana y de india: le cuelgan unas ajorcas pesadas, se ata las clinas con seda trenzada y las botas son las de media caña, de pata de potro pero finísima, muy retobada (¡Que las quisiera para mí!), con lazos de colorines y bordados. Por arriba usa un vestidito de percal que ha de ser el que traía cuando la encontré en el puerto, según recuerdo, así que va medio disfrazada pero tan cargada de lazos y joyas como una princesa".

Jorge Luis Borges - a quien María Rosa Lojo volvió personaje de ficción, en Las libres del Sur-, relata: "Sin contar los muchos relatos de la Conquista española, entre nosotros ya Sarmiento hablaba de un mayor Navarro -todo un dandy- que se casó con la hija de un cacique, y bebía la sangre 'en la degolladera de los caballos'. Mansilla cuenta otros tantos episodios, y mi propia abuela, que era inglesa, conoció uno muy de cerca. Estaban en Junín con el abuelo Borges, que era jefe militar de la frontera, y una tarde se presentó en el pueblo una mujer rubia, vestida de india. Venía a abastecerse de 'vicios' (yerba mate, azúcar, aguardiente) y traía pieles, tejidos y plumas de avestruz para canjear en las pulperías. Mi abuela pidió hablar con ella, y la otra le contó su historia en un inglés rústico, que parecía un instrumento oxidado. Era una inglesa, cautivada por un malón cuando chica. No quiso saber nada de volver son los cristianos, aunque la abuela le ofreció todas las seguridades, para ella y para los hijos que tenía con un cacique. Tiempo después, volvió a encontrársela. Estaban en un bañado, degollando una oveja, y la india inglesa cruzó a caballo, y se tiró al suelo y bebió la sangre caliente..." (20)

"El 1° de julio de 1897 llegó al puerto de Buenos Aires el vapor Antoñina, cargado con catorce familias integradas por sesenta y nueve personas. Diez familias eran ucranias y cuatro polacas. Llegaban con sus muebles, sus semillas y sus arados. (...)Se embarcaron en el puerto de Buenos Aires en un viaje de una semana hasta Posadas y de ahí los llevaron en carretones del Ejército al interior de la provincia durante otra semana de viaje. Ellos dieron nacimiento a la ciudad de Apóstoles, en Misiones, bajando el monte a puro machetazo. (...) 'El 27 de agosto de 1897, hace cien años, este grupo llegó a la antigua Reducción Jesuita de San Pedro y San Pablo Apóstoles, donde se les dieron dos lotes por familia, cada uno de 25 hectáreas, a pagar durante diez años a un valor de un peso por mes' (...) Los comienzos para los inmigrantes ucranios no fueron fáciles: los campos estaban repletos de inmensos termiteros que atacaban los sembrados, como os que aún se pueden ver en los campos correntinos. Los ucranios tuvieron que instalarse en carpas que les facilitó el gobierno y refugios hechos con ramas. Más trabajo les costó preparar los campos con plaguicidas e insecticidas que el gobernador Lanusse les vendió a pagar en cuotas. La intensa fe cristiana del pueblo ucraniano organizó la construcción de una iglesia en cada asentamiento" (21).

Poco después, con destino a Apóstoles, desembarcaron en la Argentina veinte familias polacas. "Luego de permanecer algún tiempo en el legendario 'Hotel de los Inmigrantes' arribaron al puerto de Posadas, y desde ahí marcharon a pie durante varios días hasta la recién fundada Colonia de Apóstoles, recorriendo los 80 km que los separaban de su destino tras los carros que transportaban sus pocas pertenencias. Fueron tiempos difíciles para esos hombres, mujeres y niños que no estaban acostumbrados al abrasador calor tropical y a los mosquitos que laceraban su piel. Debieron esperar dos años para poder comer pan, ya que las hormigas y los carpinchos diezmaban los plantíos de maíz. Se alimentaban principalmente con mandioca, porotos, batata y aprovechaban la abundancia de animales silvestres que les proveían de carne. Enfermedades como el paludismo y el cólera y las picaduras de serpientes segaron las vidas de muchos hijos de aquellos primeros colonos, y los productos logrados no siempre compensaban los sacrificios realizados" (22).

En "Van-Houten", cuento que toma su tìtulo del apellido del protagonista, aparece un "belga, flamenco de origen", al que "se le llamaba alguna vez Lo-que-queda-de-Van-Houten, en razòn de que le faltaba un ojo, una oreja, y tres dedos de la mano derecha. Tenìa la cuenca entera de su ojo vacìo quemada en azul por la pòlvora. En el resto era un hombre bajo y muy robusto, con barba roja e hirsuta. El pelo, de fuego tambièn, caìale sobre una frente muy estrecha en mechones constantemente sudados. Cedìa de hombro a hombro al caminar y era sobre todo muy feo, a lo Verlaine, de quien compartìa casi la patria, pues Van-Houten habìa nacido en Charleroi" (23).

Quienes se dirigieron a Entre Ríos, se hospedaron en los Hoteles de Inmigrantes de Basavilbaso (24) y Villa Domínguez. De este último se dijo: "Se trata de un galpón ubicado frente a las vías del ferrocarril y que fue el primer destino de los colonos, derivados desde ahí a las parcelas que los asignó la Jewish Colonization Association" (25).

En 1891, Mauricio Chajchir llegó a la Argentina. Luego de pasar unos días en la "Casa del Inmigrante" porteña y un tiempo en Miramar, los inmigrantes fueron conducidos a Entre Ríos: "En 8 carretas tiradas por tres yuntas de bueyes nos trasladaron a los lotes que después se llamaron Rosh-Pina. Era un día de mayo, de mucho calor y sofocante. Se acomodaron a los gringos en las carretas, mujeres, hombres, niños, cachivaches, leña y además 8 chapas de zinc para cada familia, para hacer las viviendas, porque en el lugar no había absolutamente nada. Todos iban arriba en las carretas. (...) No había alambrado alguno. La primera carreta volteaba los cardos altos que crecen en tierra virgen. La última ya marchaba por una huella. (...) Se armaron las carpas, una para cada familia. A eso de la medianoche se largó a llover. Por suerte no era fría. El temporal siguió como unos ocho días. Cuando paró el temporal, la JCA mandó maderas de sauce y blanquillo, también paja. Un capataz con varios peones empezaron a hacer los ranchos. Las paredes tenían que hacerlas los mismos colonos con adobes o de chorizos según el gusto. Algunos se ingeniaron para hacer las paredes cortando directamente de la tierra húmeda y colocándolos con las raíces y pastos que aún tenían. Y estos transformados en paredes seguían creciendo" (26).

"En el año 1857 llegó el primer contingente de inmigrantes que se ubicó donde hoy es la Colonia San José en la provincia de Entre Ríos. Eran terrenos del General Justo José de Urquiza, quien no tuvo problemas en destinarlos a la colonización". Estos pioneros valesanos, saboyanos y piamonteses, originariamente destinados a Corrientes, sufrieron desventuras: "Fueron ubicados en el Ibicuy, al Sur de la provincia, pero al ver que eran terrenos inundables e impropios para la agricultura, remontaron el Uruguay en barcazas y fueron radicados en mejor lugar, o sea, el actual, con el beneplácito de Urquiza. Mientras Sourigues trazaba las concesiones, el grupo recién llegado improvisó viviendas debajo de los árboles mientras que las mujeres se alojaron en el galpón que Spiro tenía en la costa. Esto ocurría en julio de 1857, bajo el rigor del invierno" (27).

Antoine Bonvin, inmigrante valesano, escribe: "se nos desembarcó en un bosque donde hemos quedado más de cuarenta días esperando que se organicen para instalarnos en la colonia: a una legua del bosque, en uno de los más hermosos lugares que se pueda ver, en medio de vastas praderas de un admirable verdor con pastos en abundancia, el suelo fértil y país muy sano..." (28).

Los primeros días de los inmigrantes en esa provincia son evocados por Alejo Peyret, en 1878: "Hace veinte años, os encontrábais acampados en la selva que cubría la margen del Uruguay, en el lugar donde hoy se levanta la villa Colón. Hacía frío; un sol de invierno calentaba a duras penas vuestros miembros ateridos, el pampero silbaba en la arboleda y de noche la helada hacía tiritar hasta las piedras. Nada se había preparado para recibiros. Os fue necesario tomar vuestras hachas para talar el monte y cortar paja a fin de prepararos albergue, construir algo parecido a una tienda de campaña apoyada al tronco de los algarrobos y ñandubays en un recoveco del terreno. Un hacha y una azada bastan al hombre para domar la naturaleza y conquistar al mundo. Y bien. A pesar de aquellos sinsabores, recuerdo que vosotros estabais contentos y pletóricos de esperanzas. La alegría reinaba soberana en vuestros vivaques y las canciones resonaban en la espesura del bosque" (29).

"En 1857, al llegar a nuestro país el primer grupo de 'Alemanes del Volga', fue suscripto, entre ellos y el Comisario General de Inmigración -Juan Dillon- un convenio de radicación sumamente alentador, que fue un gran aliciente para la instalación, en la Argentina, de un gran número de familias de aquellos agricultores alemanes que, en el siglo XVIII, habían emigrado a Rusia, asentándose en la cuenca del Volga. El convenio les otorgaba tierras fiscales (6 millas de campo), manutención por un año, madera para construir sus casas, arados, bueyes, vacas lecheras y la semilla necesaria. Sin embargo, no fueron necesarias demasiadas facilidades para que este pueblo esforzado y emprendedor de empeñosos labriegos, se arraigara definitivamente en el campo argentino" (30).

"El arribo de la primera columna realmente numerosa de alemanes del Volga a la provincia entrerriana tuvo lugar (...) entre el 5 y el 6 de enero de 1878. (...) Después del accidentado arribo al puerto de Buenos Aires, las autoridades permitieron al contingente alojarse en el Hotel de Inmigrantes donde, de acuerdo a las memorias obtenidas, fueron muy bien atendidos. (...) A raíz de la demora en la asignación de los lotes, un grupo de Wiesenseiter -que luego se agruparían aquí en Valle María- decidió adelantarse a los hechos y, retirándose del campamento provisorio donde el resto practicaba aún su 'resistencia pasiva', comenzaron a construir viviendas subterráneas con techo de paja, a la manera de las zimlingas de los tártaros, reiterando la misma respuesta de sus antepasados en 1763. Posteriormente, una vez aclimatados, el término siguió siendo, para los más viejos, sinónimo de tapera -según la denominación criolla- asimilando las funciones de viviendas provisorias que ambas cumplían. En ese momento tales construcciones fueron, al mismo tiempo, una manera de protesta ya que las levantaron en el área que deseaban para su futura aldea, cuya construcción todavía les era negada por Navarro" (31).

En Entre Ríos conoce Javier Villafañe a un extraño personaje: "Un día, caminando por las calles de Gualeguaychú, entré en una librería. Allí conocí a Carolus Günge, un pintor alemán, ex combatiente de la guerra de 1914. Vivía en una canoa y se ocupaba de alimentar a los peces de esos grandes ríos de la Mesopotamia argentina. Con él nos dedicamos a recorrer los puertos fluviales del Uruguay y la Argentina, haciendo títeres para los pobladores ribereños. Por supuesto, navegábamos en la canoa de Carolus. (...) Pasado un tiempo, (...) Carolus se fue a vivir río arriba; años después moriría de lirismo, reumatismo y pena en un pueblo perdido de esas latitudes" (32).

"En 1881, bajo la inspiración de Carlos Calvo, el Presidente Roca -gran benefactor de los judíos- dictó un decreto específico, designando un agente de inmigración para que alentara la venida a nuestro suelo de los israelitas radicados en el territorio del imperio ruso. Enterados de esta buena predisposición argentina, los primeros colonos llegaron en 1888, por decisión espontánea; y nuevos grupos se les sumaron en los años siguientes. El 14 de agosto de 1889, 824 inmigrantes judíos de Rusia fundaron Moisésville, en Santa Fe, primera colonia agrícola judía. Llegaban de Ucrania, asesorados en París" (33).
"De aquellos años pioneros se conservan templos de principios de siglo y las sedes de la Biblioteca Popular Barón Hirsch, fundada en 1913, y de la Sociedad Kadima (1909). El patrimonio cultural y arquitectónico que guarda la ciudad la convirtió en poblado histórico. Además, la sinagoga Brener, fundada en 1905 y aún en pie con todo su mobiliario original, fue declarada monumento histórico nacional" (34).

En su "Autobiografía", Alberto Gerchunoff relata que, luego de estar unos días en el Hotel de Inmigrantes, se dirigieron a la colonia santafesina, de la que guarda un terrible recuerdo (35). No acompañó la suerte a los personajes de La logia del umbral, de Ricardo Feierstein. Cuando fueron al campo, pasaron "Días y días sin masticar. Los niños enfermaban...". Se refiere a Moisésville, donde se trasladaron desde el Hotel. Allí comprobaron que no tenían alimento ni dónde guarecerse: "Nada hay donde todo debiera estar: ni carpas, ni elementos de labranza, ni semillas. Ni siquiera un hombre del lugar, en representación del propietario, para entregar esas tierras tan laboriosamente adquiridas a través del cónsul comercial argentino en París, que actuaba en nombre del terrateniente". Unos gauchos les ayudan: "Tiraron unas galletas duras hacia nosotros, les daba lástima. Y los chicos las mordían y no podían romperlas, (...) Bajaron de las carretas, rompieron las galletas contra las ruedas y las mojaron en agua. Así, ablandadas, se transformaron en el maná argentino que nos salvó de perecer de hambre" (36).

Noé Cociovich narra la historia que Feierstein noveló: "Los podolier (como se conoció a esos primeros extranjeros oriundos de Podolia) fueron abandonados por Palacios en un galpón de ferrocarril, sin cumplir con ninguna de sus promesas de ayuda. Fue el médico higienista Wilhelm Loewenthal -un científico que estaba de paso por el país, en una misión de estudio encargada por el gobierno nacional- el primero que se conmovió por la desesperación de esos extranjeros humillados por el hambre y las enfermedades" (37).

Mandel Krupnik llegó "desde la fría Yeckhaterinoslav a Moisés Ville, desde los trineos tirados por perros fortachones y casas con paredes dobles, a los gauchos de Gerchunoff y las semillitas de girasol, tostadas y saladas, de la tarde" (38).

En uno de los poemas reunidos en Monsieur Jaquin, José Pedroni canta, a partir del relato de una colonizadora, la muerte de Ana Esser en el litoral, al desembarcar: "Por bajar mirando al cielo/ cayóse de la planchada/ con todo el pelo rubio,/ con toda su carne blanca./ El Paraná, boca arriba,/tres días que la miraba,/ los ojos llenos de peces,/ ofreciéndole naranjas" A los catorce días de arribar a Colonia Esperanza, muere uno de los pioneros. Su mujer no tiene dónde enterrarlo: "No hay una caja para Peter Zimmermann/ muerto en la madrugada./ -'Los ataúdes de Hintertiefenbach/ eran de pino y haya'-./ Anna Elisabeth Leiser/ está vaciando el arca./ Sin hablar, sus tres hijos/ míranla arrodillada./ Por el suelo la ropa, los retratos,/ la Biblia deshojada" (39).

Después de viajar durante cuatro años, los húngaros Horogh llegaron al Hotel de Inmigrantes porteño. "Por fortuna apareció allí un señor descendiente de suizos -propietario de un molino harinero- que buscaba emplear a un técnico electricista, la profesión de Béla. Así fue que de inmediato consiguió trabajo y la familia se trasladó a Estación Matilde, un pequeño pueblo del interior de la provincia de Santa Fe" (40).

A Santa Fe llegaron asimismo los italianos. Alfredo Coasollo "había nacido en 1875, en la provincia de Torino, comuna del Monasterio de Cantalupa. (...) A la edad de 15 años se embarcó en Génova rumbo a Buenos Aires, completamente solo, empleando 48 días en el viaje con el vapor 'Manila'. El pasaje le costó 163 liras, y arribó al puerto de Buenos Aires con un capital de 7 liras y un inmenso entusiasmo de trabajar. El director del hotel de inmigrantes le entregó un pan de 4 kilos ya cortado y lo puso sobre el tren rumbo a estación Aurelia, en la provincia de Santa Fe" (41).

Los Vairoleto, emigrados desde el Piamonte, "siguieron hasta Rosario remontando el gran río Paraná. Al bajar en los muelles con sus bultos, mientras la sirena de la nave seguía anunciando el arribo, los emigrantes de tercera clase se encontraron con una cantidad de gente que les hablaba en piamontés, ofreciéndoles los más variados destinos y trabajos a cambio de alojamiento y comida. Todo les resultaba asombroso y no era fácil saber qué les convenía, pero tenían que hacer la prueba. Vittorio comenzó trabajando en la cosecha de esa temporada, y emprendieron un largo itinerario buscando un pedazo de tierra donde afincarse" (42).

En La gran inmigración (43), de Ema Wolf y Cristina Patriarca, se incluyen algunas "Cartas de recién venidos". Una de ellas es la que envía Luigi Basso, desde Rosario, en 1878, en la que escribe: "He pensado en marcharme a Montevideo, y si no hay trabajo me voy al Brasil, que allí hay más trabajo y al menos tienen buena moneda, no como aquí, en la Argentina, que el billete siempre pierde más del veinte (por ciento) y no se ve ni oro ni plata".

En "La comunidad sefaradí argentina en Córdoba", escribe Luis León, a partir de escritos y documentos enviados por Maruca Rubín de Steinberg desde dicha provincia: "Córdoba fue una de las ciudades del interior preferidas por los sefaradíes llegados de las tierras del Imperio otomano como sitio de residencia definitiva. Generalmente arribaban al puerto de Buenos Aires, se alojaban provisoriamente en un sitio elegido previamente por un pariente o conocido, y en pocos días partían hacia esa ciudad con referencias previamente llegadas por carta a la ciudad turca que se disponían a dejar. No se puede precisar el número de djidiós establecidos allí en la época de mayor asentamiento, considerando también que había un ir y venir de familias principalmente con Buenos Aires, pero si se puede afirmar que se formó una comunidad muy activa y decidida a nuclearse" (44).

Ida y Walter Eichhorn, los dueños "más famosos" del Hotel Edén, de La Falda, provincia de Córdoba, "eran amigos personales del führer, y se sabe que no poco dinero de las arcas del Edén sirvió para solventar parte de la campaña de ascenso a la Cancillería de Hitler, en 1934". El hotel llegó a manos de los Eichhorn en 1912: "Cuando arribaron por primera vez a La Falda desde Alemania, Walter y Bruno Eichhorn tenían 35 y 37 años. Bruno estaba casado con Gretel. Walter, con Ida, una mujer que, poco a poco, los superaría en liderazgo y se convertiría en el alma mater del hotel. Ida había llegado a la Argentina en 1909 a bordo del barco 'Koning Friedrich August' con una niña en sus brazos: Sigune Vitze. Tres años después se casó con Walter y opacó a sus tres socios. Se puso al frente del lugar. Y de la historia".

Un cordobés aporta a la periodista Marta Platía su testimonio: " 'Doña Ida era una mujer hermosa. Hermosa y temible', dice acariciándose su espesa cabellera blanca Héctor Montoya, un médico de 71 años. Su papá fue el primer cartero del pueblo. Montoya se recuerda a sí mismo, pequeño, de la mano de su padre y de punta en blanco para ir a saludar a 'Tante (tía) Ida', como todos la conocían por aquí. Era altísima, tenía unos ojos azules profundos, una cara redonda y su presencia imponía respeto. Yo la quería. Me acuerdo que me pasaba la mano por los rulos, me decía 'Hola, negrito' y abría un cajón de su escritorio. De allí sacaba una latita octogonal con unos bombones con los que yo soñaba día y noche. Se imagina. ¿De dónde, un chico como yo, hijo de un cartero de pueblo, podía sacar esos bombones finísimos? Mi infancia, cuando la recuerdo, tiene ese sabor', rememora" (45).

En 1999 se publica Hotel Edén (46), novela de Luis Gusmán acerca de la que expresó Jorgelina Nuñez: "Hotel Edén es un libro complejo, evasivo en una primera lectura. Una promesa de silencio pesa sobre la relación con Mónica y el pasado del hotel del título -"¿Quién quiere hablar de una pesadilla?", le dirá Ochoa a su segunda mujer-, una construcción que de a poco se va resquebrajando, mostrando sucesivas capas que dejan al descubierto no la verdad de la historia sino su fondo oscuro de catástrofe, de cataclismo interior" (47).

En Córdoba se establecieron algunos de los tripulantes del Admiral Graf Spee, luego de su estadía en el Hotel de Inmigrantes.
A esa provincia se dirige el protagonista de un cuento de Santiago Korovsky: "Como tenía un poco de capital, pudo trasladarse a Córdoba, a probar suerte. Arrendó un campo, hizo los cálculos y pensó que en tres años iba a poder comprarlo, tener sus propios peones, y poder volver a su país con los bolsillos llenos de dinero, a encontrarse con su familia y sus amigos. Las cosas no eran tan fáciles como él esperaba, primero porque la tierra que le dieron era muy chica y poco rentable, segundo no tenía muchos animales, y tercero el clima no lo ayudó. Se dió cuenta que su proyecto no funcionaba, y que para poder tener un campo rentable iba a tener que esperar, por lo menos, diez años más. Si hubiera sido por él, se hubiera quedado, pero la plata no le daba para más" (48).

Penurias narra Mempo Giardinelli en Santo Oficio de la Memoria, en lo que respecta a la fundación de la capital chaqueña. Cuenta la Nona: "Las primeras setenta familias de inmigrantes friulanos, que remontaron en chalupas más de mil kilómetros por el río Paraná, llegaron allí el primer día del tórrido febrero de 1878 y se internaron unas pocas leguas por el Río Negro. Al día siguiente fundaron San Fernando de la Resistencia, sustantivo este último que con el tiempo sería designación única de la ciudad, que fue italiana casi hasta finales de siglo".

La anciana se refiere al asedio indígena: "Durante muchos años la única población que aguantó a la Indiada fue Resistencia. Más allá de los límites municipales no era posible establecer ni una casa, e incluso era peligroso alejarse unos pocos metros del centro. Era irreversible la derrota de los indios, pero de todos modos resistían el avance de los blancos, hartos de las promesas del gobierno, y de los aventureros. Mataban inocentes a degüello y por docenas, y familias enteras aparecían masacradas. Y cada blanco muerto justificaba una campaña militar" (49).

Juan Faccioli, pionero friulano, narra también un episodio relacionado con la colonización chaqueña: "Según Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco, donde les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes: Algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista y, desde allí, a una colonia que se formaría al otro lado del arroyo El Rey" (50).
Un sitio en Internet proporciona más información al respecto: El vapor "Pampa" llegó a Buenos Aires el 28 de diciembre de 1878. Luego del episodio que comentamos en el Hotel de Inmigrantes, Faccioli y sus compatriotas "Puestos de acuerdo, fueron embarcados en un vaporizo que en aquel tiempo hacía el trayecto desde Buenos Aires hasta Paraguay por el Río Paraná y cuyo nombre era precisamente "Río Paraná". El grupo desembarcó en el puerto de Goa, provincia de Corrientes, y desde allí fueron trasladados a Reconquista en una balsa que se usaba para traer hacienda, remolcada por un vaporizo de pequeñas dimensiones. (...) Para pasar la noche, con la poca ropa que traían tuvieron que improvisar una carpa entre los pajonales, expuestos al ataque de las nubes de mosquitos que se filtraban por todos lados. Toda la zona, sin camino, sin puente, sin alambrados, estaba, cubierta por el agua de las grandes crecientes de ese año" (51).

En El laúd y la guerra, Martina Gusberti relata que Resistencia "fue fundada por un puñado de inmigrantes italianos que, remontando el Río Negro y traídos por empresas contratistas con el señuelo de poblar tierras fértiles y prósperas, hallaron en cambio terrenos ásperos, cubiertos por bosques salvajes plagados de mosquitos. Era el 2 de febrero de 1878, durante un verano abrasador. Se dice que los colonizadores estuvieron varios días en el barco sin querer aposentarse en esa tierra inhóspita. Luego, vencidos por la circunstancia, no tuvieron otra opción que desembarcar con sus familias. (...) La lucha contra los malones fue una pesadilla para esos colonos sin armas, sin espíritu bélico, que sólo querían esgrimir el azadón. Pero sobrevivieron. Por eso, la ciudad se llamó Resistencia" (52).

Al Chaco llegó Alice Le Saige de la Villesbrumme, quien había nacido en Francia en 1841. "Al separarse de su marido, emigró a la Argentina con sus dos hijos varones en 1888. Obtuvo del gobierno autorización para instalarse como colonizadora en la zona de Arocena, en el Chaco, a 40 kilómetros de Resistencia, entonces población incipiente. Hizo construir una casa, que alhajó con muebles y adornos traídos de su país natal, y dedicó las tierras que le habían sido concedidas a la ganadería. Se convirtió en una figura popular por su distinción y audacia para enfrentar las dificultades de esa vida peligrosa por la proximidad de indios mocovíes. En 1895 recibió en herencia las posesiones de su marido y adquirió las tierras en concesión, más una gran extensión, mejorando sus planteles e instalaciones y convirtiendo a su establecimiento en el principal de la zona. Un día de marzo de 1899 los mocovíes atacaron la casa, matando a varios de sus ocupantes. Los demás huyeron, pero Alice recordó que en la casa quedaba un niño al que había criado y retornó para salvarlo, momento en que fue lanceada. Sus compañeros lograron recoger el cuerpo de la herida y llevarlo a casa de vecinos amigos, pero falleció algunas horas después, en ese 13 de marzo de 1899, mientras su casa y demás instalaciones eran consumidas por las llamas" (53).

En 1875 -señala Hugo Mataloni, basándose en Comisión de Inmigración, publicación oficial de ese año-, "La Compañía de Córdoba recibe a los inmigrantes que son destinados a Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy, La Rioja y Catamarca. El viaje a estas provincias se hace en tropas de carros 'enyantados' tirados por mulas, y que salen de Córdoba formando caravanas de 10 hasta 15 y 20 carros... Los caminos que pasan son excelentes... (decían las crónicas de la época). La seguridad de los viajeros está arriba de toda ponderación... El inmigrante viaja con toda comodidad en los vehículos pues lleva consigo todo su equipaje; y como los carros son espaciosos hay en ellos una especie de camarote en que el viajero pone su cama como en un buque, y lee o duerme mientras se marcha, cuando no prefiere adelantarse a caballo por ambos flancos del camino, cazando o corriendo a caballo por las praderas y preciosos bosques que se presentan en todo el recorrido. A la hora de comer se hace alto, y se encienden los fogones para los asados y demás comidas en conjunto. El viaje de este modo, saliendo de Córdoba, dura 10 días a La Rioja y Catamarca, y varía entre 12 y 15 días a Tucumán, según el estado de los ríos" (54).

En Salta se establecían alemanes. El historiador salteño Atilio Cornejo destacaba la actitud de estos inmigrantes: "Es digno de observar el ejemplo que nos dan estos alemanes al arraigarse tan hondamente en la sociedad salteña, casándose con mujeres de esta tierra, formando aquí su hogar con sus hijos y nietos, sin pensar y aún olvidándose de la patria lejana, atraídos por estas montañas y alejados del mar, contrariamente a tanto criollo, sobre todo nuevo rico, que mira hacia Europa, que se europeiza, que se extranjeriza, como digo, aquí el extranjero se acriollaba, se argentinizaba" (55).
En "Un sepelio atmosfèrico (Crònica de 1891)", Juan Carlos Dàvalos relata el destino que un astrònomo inglès radicado en Salta eligiò para sus restos: "A toque de clarines, la ceremonia dio comienzo a las 3, hora en que el globo, totalmente hinchado, cernìase por encima de la muchedumbre apeñuscada. Debajo del globo, sobre una mesa, notàbase un bulto largo, especie de tùmulo cubierto por un amplio trapo negro: ahì estaba el cadàver de Mr. Stop (56).

Los sirio-libaneses "comienzan a llegar a mediados del siglo diecinueve, pero arriban con mayor intensidad a partir de 1896, radicándose en colonias fundadas entre ese año y 1903. Se establecieron en Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Misiones. Más tarde llegaron al Noroeste, a Santiago del Estero y a Cuyo (57) y a la Patagonia fronteriza (58).

Carlos Saúl Menem es "hijo de Mohibe Akil y Saúl Menem, inmigrantes radicados en la provincia de La Rioja (...) Su padre, nacido en Yabrud, Siria, llega a La Rioja cuando contaba 17 años en plena época inmigratoria. Trabaja intensamente hasta labrarse un próspero porvenir, sostenido por un espíritu recto y enérgico y una tenacidad imbatible. Regresa a Siria, donde conoce a Mohibe Akil, su futura esposa. Vuelven casados a La Rioja y permanecen juntos, hasta el final de sus días" (59).

A Tucumán viajó, muy a su pesar, José Wanza, el inmigrante que escribe la carta en 1891. Después de buscar en vano trabajo durante diez días, "con unos setenta compañeros de miseria y desgracia me embarqué en el tren que salía a las 5 p.m. El viaje duró 42 horas. Dos noches y un día y medio. Sentados y apretados como las sardinas en una caja estábamos. A cada uno nos habían dado en el Hotel de Inmigrantes un kilo de pan y una libra de carne para el viaje. Hacía mucho frío y soplaba un aire heladísimo por el carruaje. Las noches eran insufribles y los pobres niños que iban sobre la falda de sus madres sufrían mucho. Los carneros que iban en el vagón jaula iban mucho mejor que nosotros, podían y tenían pasto de los que querían comer" (60). Seguidamente narra sus desventuras en tierra tucumana, donde padece explotación, hambre y discriminación, sin que se vea una salida ante tanta adversidad.

A Mendoza se dirigían muchos inmigrantes. Recuerda Alcides J. Bianchi: "La nueva familia que se agregaba al barrio era de apellido Sartorato. La formaba el matrimonio y sus dos pequeñas hijas. Aquella mañana de la templada primavera de 1930, tal acontecimiento despertó entre los vecinos curiosidad, a pesar de ser en esa época cosa común la llegada de extranjeros, sobre todo de italianos y de españoles. Mamá, que era íntima amiga de la señora Antonieta (esposa de Chinellato), cruzó la calle para saludar a sus parientes recién llegados. Yo, curioso, fui con ella para conocer la nueva gente, que se radicaba en el barrio. En mis escasos diez años de vida, observaba silencioso el encuentro de ambas familias, que con efusivos abrazos se saludaban emocionados. Antonieta invitó a mi madre a aproximarse al grupo, para presentarle a su hermano y cuñada, quienes provenían justamente de la zona de su ciudad natal: Baldoviadene" (61).

Hacia el sur se dirigieron los galeses: "a los que eran menos ricos -escribe Andrés Rivera en Guido-, a los que sabían trabajar y callar, y ser ordenados, y recordar cómo era Gales, y cómo su idioma, se les deparó la Patagonia. Otro país, la Patagonia, en el Sur, en el confín del mundo, al que bautizaron, un manchón aquí y otro allá entre la uniformidad silenciosa de lagos, bosques y piedra, con nombres recios y venerables" (62).

"Las primeras colonias de galeses se instalaron en Puerto Madryn en 1865" (63). "A partir de la década de 1880 -señalan Marcelo Alvarez y Luisa Pinotti- comienza la instalación progresiva de fortines, brigadas, pueblos y estancias. Llegan militares, pioneros, gringos, comerciantes y burócratas, y los indios de nuestro historia son 'reubicados' en tierras inhóspitas y aisladas. Sin embargo, desde 1865 existía en la costa un enclave galés que se salvó de morir de hambre gracias a sus vecinos tehuelches.

Los inmigrantes habían sido atraídos por las promesas del ministro Rawson y el cónsul argentino en Liverpool para colonizar la 'tierra maldita' de Darwin. Venían con la utopía de recrear un Gales lo sobradamente apartado del control inglés como para hablar su dialecto, mantener sus hábitos y su culto. La tradición minera de los nuevos pobladores aunada a las características de un territorio semidesértico, sin autoridades administrativas estables y mucho menos de asistencia sanitaria y/o escolar, harían que los tehuelches se convirtieran en sus obligados vecinos y benefactores, enseñándoles a cazar y pescar, cuando las primeras cosechas no resultaron lo suficientemente abundantes para sostener a la totalidad de la población. En trueque de pan y aguardiente, los indios los proveyeron de caballos y los adiestraron en la práctica ecuestre, capacitación sin la cual las enormes distancias patagónicas se hubiesen vuelto un obstáculo insalvable. La tenacidad de estos pioneros habría de domar la naturaleza árida del suelo mediante la construcción de obras de regadío en los valles inferior y superior del río Chubut. (...) Es por esto que en el momento de la campaña de Roca, los galeses trataron infructuosamente de defender a sus aliados, enviando emisarios a Buenos Aires. En 1910, serán también los galeses el principal apoyo en la lucha jurídica emprendida por los descendientes del cacique Juan Chiquichano para la recuperación de sus tierras" (64).

En Tama, otra novela de Andruetto, vuelve a aparecer una galesa. Timoteo, "cuando era todavía un muchachito se enganchó en el ejército de Roca y se fue a servir al Sur a cambio de unas leguas, aunque se pareciera más a las víctimas que a sus compañeros de milicias. En una de esas andanzas robó, a los dueños de un molino de trigo, una galesa de las primeras que vinieron a este país y por temor al padre de la joven o por que ya estaba cansado de ir de un sitio a otro, dejó las leguas ganadas con sangre ajena y regresó con ella al Norte. La galesa se llamaba Clydwin Jones y era extraña como su nombre. (... La extranjera se resistió los primeros tiempos, hasta que la desidia terminó por ganarla y se dejó acariciar como una cosa, mientras el deseo del hombre que no había elegido le resbalaba más y mas. Jamás lograron vencerla ni la ternura, ni el dolor, ni la bronca que él puso empeño en demostrar y ni siquiera reaccionó cuando Linares se hizo asiduo visitante del prostíbulo donde una hembra desmesurada hacía estragos" (65).

Incorporado al elenco de un circo, Stéfano, protagonista que da nombre a otra novela de María Teresa Andruetto, "trabaja en la orquesta, tocando los solos en los números de acrobacia, un momento antes que los trapecistas se larguen de las hamacas y queden suspendidos en el aire". Una trapecista es galesa: "En el trapecio trabaja la mujer de pelo colorado. Se llama Tersa, Tersa Williams, y, ahora lo sabe, toca la armónica. Se encarama por las noches al trapecio, se cuelga cabeza abajo y hace sonar la armónica. (...) Había venido con su madre desde Gales, desde un pueblo que se llama Cardigan. (...) Piensa en ella todo el tiempo: le molesta la risa que tiene, y no le gustan las pecas, ni los dientes demasiado grandes, pero a pesar de eso, se acostaría con ella. (...) Tersa tiene veintiocho años. Su madre y ella vinieron desde Gales hasta Gaiman, a trabajar en la granja de unos parientes lejanos. Y se quedaron ahí, hasta que pasó el circo de Juárez" (66).

María Brunswig de Bamberg es la autora de Allá en la Patagonia (67), obra en la que evoca la inmigración alemana a través de las cartas que su madre enviaba a su abuela, que había quedado en la tierra natal. "El 3 de febrero de 1923, después de una travesía de treinta días desde Hamburgo, Ella Hoffman llega con sus tres hijas a Buenos Aires, rumbo a la Patagonia, donde Hermann Brunswig, su marido y padre de las niñas, trabaja como administrador de una estancia y espera ansioso el reencuentro con su familia después de tres años y medio de separación. Esta es una selección de las cartas intercambiadas hasta 1930 entre Ella y Mutti, su madre, y que fueron recuperadas setenta años después por María Brunswig, la hija mayor. Pero no se trata de una simple recopilación, sino de un juego de tiempos y voces, pleno de agilidad y riqueza, en el que intervienen tres generaciones de mujeres: Mutti, Ella y la propia María. Algunas cartas de Hermann incorporan, por su parte, una visión masculina y un toque de humor. El diálogo epistolar le otorga a la obra una intensidad inusual, además de una visión europea del sur argentino en los años veinte. Ella habla a su madre del mundo nuevo que está descubriendo y se revela como una gran luchadora. Educada para ir a la Ópera, aprender francés y tocar el piano, ahora lava ropa en el arroyo, friega, zurce, remienda, come huevos de avestruz e incluso carnea zapones. En síntesis, una sensible crónica familiar que abre distintos horizontes sobre una región inhóspita y al mismo tiempo generosa" (68).

Con la autora y su familia viajó una mucama. Pedro Dobrée relata: "Mucho tiempo después, en la década de 1980, en Berlín, María Brunswig de Bamberg -una de aquellas pequeñas con las cuales Berta llegó a la Argentina austral y que luego fue autora de ese muy simpático libro llamado Allá en la Patagonia, editado por Vergara - asistía a una conferencia de Osvaldo Bayer. Al finalizar le preguntó si en sus trabajos de investigación sobre la vida patagónica había tomado conocimiento de Berta Freytag. 'Cómo no -le contestó Bayer- Berta Freytag fue amante del comisario del pueblo durante muchos años, hasta que un día éste la ultimó de dos tiros, por celos' " (69).

"En La Patagonia rebelde (1974), Héctor Olivera dramatiza las huelgas de los trabajadores anarquistas, en el sur de la Argentina, durante 1920 y 1921, según la investigación realizada por Osvaldo Bayer en Los vengadores de la Patagonia trágica. Rodada en momentos de gran tensión política, intenta una lectura aleccionadora de la historia. Para eso, el film se constituye en un vasto flash back, que protagonizan los cabecillas Soto, Facón Grande y el alemán Schultze, seguido de la secuencia que marca el presente de la narración, con la muerte del teniente coronel Zabala (Varela, en la realidad). Completando este juego de tiempos, sobre el final, un plano detalle de la mirada desconcertada del militar, mientras le hacen oír una canción en inglés, envía al espectador a una reflexión sobre el futuro" (70).

A la Patagonia viajó en barco el asturiano Nicanor Fernández Montes, luego de un tiempo en el Hotel de Inmigrantes: "en una travesía marcada por olas de veinte metros... (...) Su primer destino fue Río Gallegos, donde no había ni veinte casas, y de ahí lo mandaron de puestero a una estancia. (...) En la Patagonia no había nada de lo que él sabía hacer, de modo que tuvo que improvisar, como todos los integrantes de una sociedad pionera. (...) Una vez, llegó a estar catorce meses solo en un puesto... catorce meses.... Desayunaba, comía, merendaba y cenaba cordero... no había otra cosa; lo notable es que le gustaba" (71).

En la Patagonia vivió un curioso personaje. Escribe César Baena: "a mediados del siglo XIX, un abogado francés de nombre Orélie-Antoine de Tourens, decidió emprender un viaje a esas tierras para fundar, con todas las vicisitudes imaginables, el efímero reino de Araucania y Patagonia, que aún existe en la imaginación y nostalgia de sus seguidores. De hecho, hay en la actualidad una asociación, con rey y reina incluidos, que preserva la memoria de la empresa de Orélie-Antoine" (72).

María Sonia Cristoff señala que el dinamarqués Andreas Madsen "llegó a la Argentina como marinero buscavidas y a la Patagonia como parte de la Comisión de Límites que lideraba Francisco Moreno. Fue después el primero en asentarse en la zona del Lago Viedma y uno de los pocos pequeños propietarios que resistieron a las ofertas tentadoras -seguidas de estrategias amenazantes- de las grandes compañías que empezaron a adquirir enormes extensiones estratégicas de la Patagonia a partir de la primera mitad del siglo XX. Fue también uno de los propietarios de tierras que, durante los levantamientos obreros de 1921, logró acuerdos de no agresión mutua con los huelguistas, basados fundamentalmente en el conocimiento y en el respeto previo que se tenían. Volvió a Dinamarca únicamente para buscar a la novia de la infancia y defendió su decisión de radicarse en la Patagonia a pesar de las oportunidades que le ofrecían en otros lugares, con una epifanía de tinte darwiniano: 'los desiertos campos patagónicos me llamaban con voz irresistible. La Patagonia, con sus tormentas de arena sobre las pampa desiertas en verano, y con el frío y la nieve en invierno, donde pasé tres inviernos con el mínimo de alimentación... y seis meses sin ver persona alguna, completamente solo entre los Andes. La mayoría dirá que no es gran cosa para extrañar; pero así es la naturaleza humana. A mí esa soledad me llamaba' " (73).

En "Historia de Bariloche" (74), relatan Helena Aizen y Claudio Tam Muro: "Nasario Lefipán y su esposa Carmelita Quidulef fueron los primeros pobladores de lo que es hoy San Carlos de Bariloche. Desde Estados Unidos llegó Jarred Jones para instalarse en las cercanías del Fortín Chacabuco y desde el sur de Chile los alemanes José Tauschek, Jorge Huber y Carlos Whiederholdt. Enrique Neil, Jorge y Ralph Newbery, los españoles Fermín Salaberry, Manuel Domínguez son algunos más de los nombres que podríamos mencionar, otros no quedaron registrados por la historia, pero entre todos fueron dando vida a un pueblito que con el tiempo se transformó en lo que vemos hoy".

"Jarred Jones, llegado desde Texas, se instaló en 1889 en las cercanías del Fortín Chacabuco. Después de dedicarse un tiempo al tráfico de ganado en pie a Chile, decidió establecer una explotación ganadera en tierras que antes habían pertenecido a Modesto Inacayal (hasta que el cacique fuera tomado prisionero en 1884 y su gente desalojada). Junto con Enrique Neil, un compatriota, puso un almacén de Ramos Generales en el nacimiento del Limay. El Perito F. Moreno, que gozó de la hospitalidad y colaboración del norteamericano en sus campañas, intercedió en retribución para que el gobierno concediera a Jones las 10.000 hectáreas que este había solicitado en compra. En 1908, con el titulo en mano, Jones tendió el primer alambrado. George Newbery y su esposa Fanny Taylor se establecieron hacia 1894 al este del lago Traful donde fundaron la estancia La Primavera dedicándose a la ganadería y a la explotación maderera".

"En 1895 Carlos Wiedherhold, un comerciante alemán llegado desde el sur de Chile, fundó una casa de comercio "La Alemana" en lo que es hoy el Centro Cívico de Bariloche. Aprovechando las vías lacustres, en un lugar en aquel entonces muy aislado, inició un importante intercambio comercial con el país vecino a través del paso cordillerano Pérez Rosales. Paso que a pesar de sus dificultades resultaba mucho más rápido y menos costoso que cualquier otra ruta de acceso a los centros cercanos (...) A fines del siglo XIX los hermanos Goye, Camilo, Felix, y Maria viuda de Felley con sus hijos, llegan a la zona del Nahuel Huapi para radicarse en Colonia Suiza. Procedentes del cantón de Valais, en la Suiza Francesa habían vendo primeramente a Chile donde estuvieron casi 10 años. Enterados de la oferta de tierras (ley del hogar) a inmigrantes, las solicitan atravesando la cordillera cerca de Las Lajas. Hacia 1902 llega un sobrino, Eduardo Goye, pero por el Atlántico el que se suma al grupo familiar. Otros apellidos Suizos se agregan , Mermoud, Cretton, Jackard así como Fotthoff y Neu , trabajadores incansables del agro. Molían los granos a mano y se cultivaba lo necesario: trigo, avena, frutales y hortalizas. El tambo proveía de leche, manteca, y queso, productos todos estos que se consumían o se llevaban a Chile en embarcaciones construidas por ellos mismos. También los pobladores de Bariloche encontraban aquí muchos productos de granja".

En "El cura y el cowboy" se recuerda a monseñor Fagnano: "La Patagonia tuvo en aquellos lejanos tiempos muchos aventureros. ¡Hasta los misioneros que recorrían leguas a caballo, como el padre Mascardi, el padre Quiroga, el padre Falkner y otros tantos aventureros de la Cruz! ¿Por qué no recordar también a Monseñor Fagnano, cuando cruzaba Tierra del Fuego en 1886 a lomo de mula? ... o al padre Angel Savio, remontando en 1885 el río Santa Cruz, rumbo al lago Argentino pasando por las chozas de los tehuelches. Y no olvidemos al padre Bonacina quien en 1892, en pleno invierno cruzó con un baqueano y una tropilla de Viedma a Rawson para fundar allí una iglesia salesiana" (75).

En El Calafate, alrededor del 1900, los inmigrantes llevaban una dura vida: "Las madres, por aquel entonces, no tenían otra posibilidad que dar a luz a sus hijos sobre un cuero de oveja, quizás totalmente solas, sin ningún tipo de asistencia médica. La educación de los chicos corría por cuenta de la familia, muchas veces en aislación total del resto del mundo. Cada cosa debía ser hecha con las manos con muchísimo esfuerzo y con pocas herramientas que a su vez eran caras y difíciles de obtener. (...) esta gente, no estaba en la zona sólo cuando brillaba el sol, también estaban en medio de la nieve, quizás aislados por varios meses. Por ejemplo, frutas y verduras frescas eran objeto de lujo ya que las mismas debían ser cultivadas en los meses de verano haciendo alambrados para evitar el robo de comida por los zorros u otros animales libres. Luchar contra pumas también era algo normal ya que la pérdida de un caballo por el ataque de un felino significaba un problema grandísimo! (76). "Los inmigrantes fueron, y siguen siendo, héroes ignorados -afirma Julián Ripa-, artífices oscuros de este sur lejano" (77).

En 1892, Jimmy -"nacido James Radburne"- llegó a la Patagonia, "huyendo de la pobreza y los prejuicios ingleses, y pasó toda una vida improvisando oficios para sobrevivir y métodos para huir de las policías argentina y chilena". Se dirigió a esa región pensándola "como garantía de anonimato para pasados difíciles" (78)

Algunos europeos se establecían en Tierra del Fuego. Eleonora Britten de Lewis "fue la primera mujer que vivió en la Argentina austral. En 1870 llegó con su esposo, James Lewis, y su hijo Guillermo a Río Gallegos. Desde allí se dirigieron a Ushuaia en una goleta a vela, pasando por las Islas Malvinas, donde los esperaba Tomás Bridges, con quien iban a establecer una misión evangélica. Instalados en la primitiva población de la Tierra del Fuego, el primer hijo del matrimonio Lewis, nacido allí, recibió el nombre de Ushuaia. La señora Lewis colaboró con su marido en la atención del establecimiento misional, y contribuyó al progreso de la colonia indígena" (79).

Otros inmigrantes eran los empleados en la Penitenciaría. Lo afirma el alcaide mayor retirado Horacio Benegas: "A principios de siglo, los primeros guardias eran gallegos o yugoslavos, traídos a la Argentina para trabajar en las cárceles. Muchos llegaban al puerto de Buenos Aires y seguían viaje al penal de Ushuaia; otros paraban en el Hotel de los Inmigrantes y eran destinados a unidades de acá" (80).
El bisabuelo de Emi Pechar fue "un yugoslavo que llegó a la Argentina a buscar un futuro, que fue carpintero de la cárcel de Ushuaia y que luego trabajó una porción de estas tierras hasta ganársela" (81).
Rosa Damiana Fique, nieta del primer argentino que en 1887 se estableció en Ushuaia, recuerda a los italianos que llegaron a la ciudad alrededor de 1950: '-Daba gusto verlos, venían de una guerra y de pasar hambre, pero no dejaban de sonreír y de cantar... Sí, los italianos dieron vuelta al pueblo con su alegría" (82).

"Alberto María De Agostini nació en Pollone, pequeño pueblo de Piamonte, en las cercanías de Biella, el 2 de noviembre de 1883. "Punta Arenas fue la base de partida para las primeras exploraciones de Alberto De Agostini, quien no por casualidad mostró muy pronto su interés por la cordillera fueguina conocida como Cordillera Darwin" (83).

A Polidoro Segers, "Con los conocimientos científicos que poseía no le pareció imposible ser "cirujano de segunda" en la expedición... Y en noviembre de 1886 lo tenemos sobre el Villarino rumbo a Tierra del Fuego" (84).

"Thomas Bridges fue uno de los fundadores de la Misión evangélica anglicana en Ushuaia y su Director por muchos años, (...) ocupa lugar destacable entre lo pioneros fueguinos, establecidos en estas tierras en 1871. La estancia Harbenton fue la primera estancia de la Isla Grande de Tierra del Fuego, fundada en 1886 por Thomas Bridges, dándole dicho nombre como recuerdo del pueblo natal de su esposa, situado en Inglaterra" (85).

En Tierra del Fuego vivieron el reverendo Dobson y su esposa, personajes de Fuegia, novela de Eduardo Belgrano Rawson.
Vivieron asimismo los escoceses que se dedicaron a la cría de ganado. Leemos en un pasaje de la misma novela: "Cuando les resultó evidente que habían echado mano a los mejores campos del mundo, los criadores de toda la isla resolvieron cruzar sus mediocres ovejas con padrillos europeos. Para entonces ya nadie soñaba con transformar a los lugareños en sus pastores perfectos. En realidad, a los parrikens les sobraban condiciones para el puesto: corrían treinta kilómetros de un tirón, podían dormir al sereno en invierno y resistían sin probar bocado como el más bruto de los galeses. Pero nada aborrecían más en el mundo que el trabajo de ovejeros, de modo que los criadores olvidaron por fin el asunto y junto con los padrillos importaron pastores de Escocia, quienes trajeron hasta los perros" (86).
En Tierra del Fuego vivió Julius Popper. El fotógrafo y explorador nació en Bucarest en 1857 y falleció en Buenos Aires en 1893. "Estudió Ingeniería en Minas en París y realizó múltiples viajes por el resto de Europa, Oriente Medio, América del Norte, México y Cuba. Establecido en la Argentina, en 1866 viajó a Punta Arenas, Chile y descubrió oro en la bahía de San Sebastián, sobre el océano Atlántico. En 1887 realizó una muestra con sus fotografías tomadas en Tierra del Fuego, junto a mapas, armas, utensilios indígenas y muestras de arenas auríferas. Fundó la Compañía 'Lavaderos de Oro del Sud' " (87).

También a las Islas Malvinas llegaron pioneros escoceses: "En 1842 llegaron dieciocho pobladores, en 1849 treinta y en 1859 otros treinta y cinco, con sus respectivas familias. El último contingente llegó en 1867. Poco a poco colonizaron todas las islas. Estos escoceses trasladaron a las Malvinas sus costumbres, entre otras la de criar ovejas, no vacunos. Sus descendientes forman la gran mayoría de la población malvinense nativa, de la población estable actual, porque las Malvinas tienen también una población inestable, de origen no escocés sino inglés: son los funcionarios y los militares" (88).


Notas
1 Ingenieros, José: "Ensayo de identidad", en Clarín, Buenos Aires, 27 de febrero de 2000.
2 S/F: "Historia...".
3 Geraghty, Michael John: op. cit.
4 Ingberg, Pablo: "Cantera de ficciones", en La Nación, Buenos Aires, 28 de enero de 2001.
5 Weyne, Olga: op. cit.
6 Chiérico, Ariel Edgardo: op. cit.
7 Ketzelman, Zahira Juana: en el grillo, Suplemento: Gabinete de Letras y Arte. N° 9, 2000.
8 S/F: "Azul: nuestra esencia, nuestra identidad", en El Tiempo, Azul, 15 de diciembre de 2002.
9 Lynch, John: Masacre en las pampas. La matanza de inmigrantes en Tandil, 1872. Buenos Aires, Emecé, 2001.
10 Frigerio, José Oscar: Italianos en la Argentina LOS LOMBARDOS. Buenos Aires, Asociación Dante Alighieri de Buenos Aires, 1999.
11 Miguel, María Esther de: "Amy Stirling", en el grillo, Buenos Aires, Marzo-Abril de 2003, Año 12, N° 34.
12 S/F: "Centro Cultural Pipach", en el folleto de la institución. Villa Gesell, 2004. www.villagesell.gov.ar.
13 González, Oscar: "Pleamar", en El Tiempo, Azul, 1° de diciembre de 1996.
14 Alpersohn, Marcos: Memorias de un colono argentino, en Judaica N° 50. Tomado de Senkman, Leonardo: La colonización judía. Buenos Aires, CEAL, 1984.
15 Mayo, Nissin: "De Turquía a Gral. Villegas", en SEFARaires N° 15, Julio de 2003.
16 García, Arturo M.: "El cóctel", en el grillo, Buenos Aires, N° 22, 1999.
17 García, Arturo M.: "Ella eligió así", en el grillo, Suplemento: Gabinete de Letras y Arte El tema es la libertad, N° 18, 2004.
18 Alonso de Rocha, Aurora: La casa de Myra. Buenos Aires, Fundación El Libro, 2001.
19 Piotto, Alba (texto) y Digilio, Rubén (fotos): "Campo de batalla", en Clarín Viva, Buenos Aires, 21 de marzo de 2004.
20 Lojo, María Rosa: Las libres del Sur. Una novela sobre Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
21 Skliarevsky, Fernando: "Misiones, Cien años de inmigrantes", en La Nación Revista, Buenos Aires, 14 de octubre de 1997.
22 S/F: Folleto del Museo Histórico Juan Szychowski. Apóstoles, Misiones.
23 Quiroga, Horacio: "Van Houten", en Los desterrados- El regreso de Anaconda. Buenos Aires, Losada, 1997.
24 www.clavis.com.ar/coloniasjudías/imágenes.htm
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30 S/F: Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.
31 Weyne; Olga: El último puerto. Del Rhin al Volga y del Volga al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis/Instituto Torcuato Di Tella, 1986.
32 Medina, Pablo: "Historias de ida y vuelta", en Villafañe, Javier: Antología. Obra y recopilaciones. Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
33 S/F: Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.
34 Fernández, Roxana: "Protegen lugares históricos vinculados a los inmigrantes", en Clarín, Buenos Aires, 19 de abril de 1999.
35 Gerchunoff, Alberto: op. cit
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79 Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas, Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
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86 Belgrano Rawson, Eduardo: Fuegia. Buenos Aires, Sudamericana, 1990
87 Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
88 Gallez, Pablo: "Malvineros, ingleses, escoceses y argentinos", en La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 18 de febrero de 1999.


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* Este tìtulo ha sido utilizado anteriormente por Celia Vernaz.


El Hotel de Inmigrantes
Hacia el interior
Nuevos porteños

 

Con esfuerzo, con nostalgia, vivieron los inmigrantes sus primeros días en nuestra tierra. Algunos volvieron a sus patrias, pero muchos se quedaron en esta nación de la que hoy emigran sus nietos.



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