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Motivos
Imitación, inculcación
Así
explica Méndez Muslera uno de los motivos de emigración:
"Según aumentaba el movimiento emigrador, parece que
se fue rebajando la edad a la que se embarcaba, son dos los motivos
principales, por un lado está la imitación del vecino
del pueblo que se marcha y triunfa en América, volviendo
con fortuna, por otro lado se les inculca a los niños la
idea de que al llegar a los quince años tienen que partir
para América, al lado de algún pariente o amigo. Este
'echarles de casa', que caracterizó la educación aldeana
de Asturias, es el signo que encontramos con mayor imperativo entre
la colonia asturiana del Uruguay. Se les decía: 'tienes que
ir a la escuela y aprender mucho para que luego te vayas a América'
" (1).
"Venían
a sobrevivir -escribe Jorge Riestra-, a intentar vivir una vida
mejor, a hacer fortuna, por qué no, algo les habían
contado de la generosidad de estas tierras, de la abundancia que
desbordaba en las manos de quienes la trabajaban. Cuando se les
hablaba del Nuevo Mundo, ellos pensaban en un mundo nuevo. Lo que
les esperaba era el Hotel de Inmigrantes y luego la ciudad, las
ciudades, y en las ciudades la dispersión, el enigma de las
calles y de la gente, qué comerían y dónde
dormirían" (2).
En
La patria desconocida, Baldomero Fernández Moreno muestra
a su padre como el emigrante a quien se desearía imitar.
Afirma que en el español se operó una transformación
completa: "de muchacho aldeano a rico y conspicuo miembro de
una colectividad, fundador de clubes y protector de hospitales".
Cuando el próspero emigrante regresa a España junto
con su familia, el escritor tenía seis años: "Un
día del año 1892 era recibido a su entrada con alegre
estrépito de cohetes, mientras que un coro de ceñidos
danzantes tejía alrededor del nuevo indiano y los suyos,
levantando el polvo, los típicos bailes del país.
(...) Mi padre estaba de levita, muy atusado de bigote y mosca.
No comprendía yo cómo, salido de la aldea tan pobre
como cualquiera de aquellos rapaces que jugaban conmigo, por el
hecho de haber pasado al nuevo mundo, se había transformado
en un gran señor" (3).
En
Su único hijo, Leopoldo Alas retrata al americano Sariegos,
"el más rico de la provincia, que podría aturdir
a todos los Valcárcel del mundo envolviéndolos en
papel del Estado y en acciones del Banco y otras mil grandezas"
(4). El mensaje era que la riqueza estaba al alcance de cualquiera,
salvo que fuera como "Elizabide el vagabundo", protagonista
de un cuento de Pío Baroja, que en América "estuvo
muchas veces a punto de hacer fortuna, lo que no consiguió
por indiferencia". Cuando volvió, lo recibieron con
desdén, y "todo el mundo recordó que antes de
salir de la aldea, ya tenía fama de fatuo, de insustancial
y de vagabundo". No obstante, al hablar de sus viajes, "tuvo
suspensos de sus labios a todos" (5).
En
La comida de las fieras, un personaje de Jaicnto Benavente expresa:
"¿Por qué vivimos en Europa? En América
el hombre significa algo; es una fuerza, una garantía...;
se lucha, sí, con primitiva fiereza; cae uno y puede volver
a levantarse pero en esta sociedad vieja, la posición es
todo, el hombre nada..., vencido una vez, es inútil volver
a luchar. Aquí la riqueza es un fin, no un medio para realizar
empresas. La riqueza es el ocio; allí es la actividad. Por
eso allí el dinero da triunfos... y aquí desastres...
Pueblos de historia, de tradición; tierras viejas donde sólo
cabe, como en las ciudades sepultadas de la antigüedad, la
excavación, no las plantaciones de nueva vegetación
y savia vigorosa" (6).
José
Ortega y Gasset, en cambio, consideraba que "América,
lejos de ser el porvenir era, en realidad, un remoto pasado, porque
era primitivismo. Y también, contra lo que se cree, lo era
y lo es mucho más América del Norte que la América
del Sur, la hispánica" (7).
En
Italia también fascinaban los relatos de quienes regresaban
de América. Lo narra Edmondo D'Amicis, en La maestrita de
los obreros. Al ir a dar su clase, la protagonista encuentra que
"Faltaba esa noche más de una docena de alumnos. La
maestra investigó las razones de la ausencia, y supo que
habían ido, con muchos otros, a pasar la velada en un establo,
donde un viejo aldeano, de vuelta de América, un espíritu
jovial y extraño, había invitado a medio arrabal para
relatarle la historia de sus aventuras" (8).
Nora Ayala relata: "El tío de Luigi había estado
en América, donde había muchos italianos, todos ricos,
por lo menos para el parámetro del paese y cuando volvía
a Bagnasco entre un viaje y otro, encantaba a amigos y parientes
con los relatos de esos mundos lejanos y maravillosos. La vida de
los contadini era penosa y se trabajaba desde que salía el
sol hasta que se ponía, de lunes a lunes, sin ninguna esperanza
de cambio, solamente para comer" (9).
Parte
de Italia el matrimonio Vairoleto con su primogénito, porque
"en aquella región las posibilidades de prosperar eran
muy escasas para los aldeanos pobres, y Vittorio concibió
el proyecto de ir a América. Algunos emigrantes, incluso
un cura que había estado en la parroquia de la villa, escribían
enviando noticias favorables desde la Argentina, un país
donde hacía falta mano de obra y eran bienvenidos los labriegos
italianos para poblar las colonias agrícolas. Ilusionados
por esas perspectivas, Vittorio y Teresa se dispusieron a marchar
al nuevo continente con su bebé recién nacido"
(10).
De la nueva tierra, en la que tanto ha prosperado, vuelve a Italia
uno de los emigrantes, en Guido, novela de Andrés Rivera.
El hombre afirma: ""Acá, nada más que mujeres...
Soy un indiano que está de visita, y al que le gustan las
mujeres intrépidas" (11).
Otras
veces, los emigrantes prósperos no regresan, pero envían
cuantiosas sumas para colaborar con el desarrollo de la región
que los vio nacer. En las Aguafuertes gallegas, Roberto Arlt se
refiere a don Gumersindo Busto, y los hermanos Juan y Jesús
García Naveira, filántropos que hicieron obras con
parte de la riqueza acumulada en América (12).
Las
ilusiones tras las que se marcharon los inmigrantes también
son tema literario. Aunque muchos consideraron que habían
logrado "hacer la América", otros se sintieron
defraudados. Esta frustración es la que evoca Rubén
Benítez en La pradera de los asfódelos, novela en
la que un español recuerda las promesas y la realidad que
le tocó vivir: "Aquí hay trabajo y riqueza para
todos. Venid cuanto antes, nos decía. Y a pesar de los ruegos
de las madres, nos fuimos. Durante un año trabajé
muy duro en la salina, ahorrando céntimo tras céntimo,
hasta que pude pagarme el regreso. Volví como había
ido. Nada debo a aquella tierra. Sólo el desengaño.
Aquí está nuestro pueblo, el terruño de nuestros
abuelos, la finca de mi padre. Dos veces, hija, lloré en
mi vida. Cuando me di cuenta de lo lejos que había quedado
mi pueblo y cuando regresé a él" (13).
En
su poema "Inmigrante", Cristina Pizarro evoca la misma
desolación: "Yo era el que no tenía título,/
ni un doble apellido,/ el que deseaba vivir en un chalet de dos
pisos/ con jardín/ y revestimientos de piedra Mar del Plata./
Era uno de esos/ originarios de tierras/ devastadas./ Ahora/ soy/
este aire ambiguo/ este daño/ que regresa/ y este adiós/
menoscabado" (14).
Se
sienten engañados los inmigrantes que evoca José Pedroni
en "La invasión gringa", incluido en Monsieur Jaquin:
"¿Dónde se hallaba el oro,/ de todos alabado?/
El oro estaba en un pequeño árbol;/ el oro era un
engaño:/sólo pequeñas flores/ de oro perfumado./
Aromitos floridos,/ orillas del Salado". En el mismo poema,
una mujer escribe: "-Nos casamos./ La tierra es nuestra, ¡nuestra!/
Todo lo que tocamos/ va siendo nuestro:/ el buey, el horno, el rancho.../
Nuestros todos los árboles;/ nuestro un único árbol,/
tan grande, tan coposo,/ que da gusto mirarlo./ Es una nube verde/
asentada en el campo" (15).
En
"La conquista de Buenos Aires", de Enrique Loncán,
Cicerón vuelve a la vida en el siglo XX y emprende un viaje
del que se arrepentirá amargamente. Estas palabras lo impulsaron
a realizar la travesía: "más allá del
Atlante existe una ciudad nueva, maravillosa, pletórica de
esperanzas. Es la tierra prometida de los inmigrantes, la meta de
los destinos fantásticos y las riquezas fabulosas. Se cuentan
por millares los hijos del Lacio que en Buenos Aires hicieron fortuna...
¿Por qué no la harías tú también,
Marco Tulio Cicerón, que llevas en tu sangre lo más
puro de la raza latina y en tu mente todo el genio de la estirpe
inmortal?" (16).
Notas
1 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.
2 Riestra, Jorge: "Las voces de la ciudad".
3 Fernández Moreno, Baldomero: La patria desconocida. Buenos
Aires.
4 Alas, Leopoldo: Su único hijo. Barcelona, Bruguera.
5 Baroja, Pío: Cuentos. Alianza Editorial
6 Benavente, Jacinto: La comida de la fieras.
7 Ortega y Gasset, José: La rebelión de las masas.
8 D'Amicis, Edmondo: . La maestrita de los obreros. Buenos Aires,
Anaconda.
9 Ayala, Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias. Buenos
Aires, Vinciguerra, 1997.
10 Chumbita, Hugo: Ultima frontera. Vairoleto: Vida y leyenda de
un bandolero. Buenos Aires, Planeta, 1999.
11 Rivera, Andrés: Guido, en Para ellos, el Paraíso.
Buenos Aires, Alfaguara, 2002.
12 Arlt, Roberto: Aguafuertes gallegas. Buenos Aires, Ameghino,
1997.
13 Benítez, Rubén: op. cit.
14 Pizarro, Cristina: La voz viene de lejos. Buenos Aires, Ayala
Palacio, 1996.
15 Pedroni, José: Hacecillo de Elena. Santa Fe, Colmegna,
1987.
16 Loncán, Enrique: "La conquista de Buenos Aires",
en Cuentos y esquicios.
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