Ensayos sobre la INMIGRACION

INMIGRACION Y LITERATURA

 

Por María González Rouco

PRIMEROS DIAS

El Hotel de Inmigrantes


Quienes llegaban al Puerto podían alojarse en el Hotel (1), sólo si observaban el reglamento de la institución. El mismo figuraba en el Manual del emigrante italiano, y establecía, por ejemplo que "Después de cada comida, a la hora indicada por el reglamento, se deberán limpiar los utensilios que se le hayan entregado antes, sin lo cual no podrá ausentarse del Hotel. Por turnos, como se indicará, tendrán que limpiar las instalaciones y ocuparse del transporte de víveres. La parte destinada a los hombres, está separada de la de las mujeres; al igual que en el barco, está prohibida la promiscuidad.

Con todo, se respetará el sagrado derecho de ayudar a su mujer y a sus niños. Una vez escuchado el timbre del silencio nocturno, está prohibido cualquier tipo de alboroto. Quien se sienta mal debe avisar a la dirección del establecimiento. Está permitido salir a determinadas horas, pero quien no haya regresado en el horario previamente fijado no podrá pasar la noche en el Hotel" (2).

Un pionero holandés se alojó allí: "En mayo de 1889, el vapor Leerdam trajo a los primeros inmigrantes holandeses a la Argentina. En este barco llegó, a los 10 años, Diego Zijlstra, quien en su libro, Cual ovejas sin pastor, recuerda su llegada: 'Desde el vapor hasta la costa tuvimos que navegar en lancha y carro unos diez kilómetros soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula de los huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí... Engarrotados de frío y medio hambrientos pisamos por fin tierra argentina. Desde Buenos Aires, y previo paso por el Hotel de Inmigrantes, un grupo llegó en tren hasta Tres Arroyos, mientras que otros se instalaron en Cascallares, en la llamada Colonia del Castillo' " (3).

El friulano Juan Faccioli fue uno de los "integrantes de aquella primera migración que dejaron testimonios escritos": "Según Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco, donde les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes: algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista y, desde allí, a una colonia que se formaría del otro lado del arroyo El Rey" (4).

Por ese entonces, "La aglomeración de gente presentaba un cuadro poco edificante. En 'La Nación' (N° 2355), denunciaba el mal estado del hospedaje a los extranjeros. A un pedido de aclaración del ministro Laspiur, el Comisario de Inmigración informó que: 'el Asilo de Inmigrantes está muy distante de ser lo corresponde al objeto que se destina. V:E: lo ha reconocido así y mandó levantar planos y presupuestos de la obra que debe construirse en el terreno que al efecto fue cedido por la Municipalidad en el bajo del Retiro...' y agrega que nunca habían tenido enfermedades infecto-contagiosas, y que en un nuevo edificio, del fondo, se destinaba a los enfermos que eran visitados dos veces por día por el médico. Luego informa el señor Dillon: 'Los inmigrantes permanecen poco tiempo en el Asilo y cuando llegan se envían al Río que está inmediato, lavan la ropa y se asean. Cuando no están en esa operación, la pasan en la Plaza, de manera que sólo en los días de lluvia se siente algún inconveniente, cuando existe mucha aglomeración, pero basta uno o dos días buenos para que todo esté seco, pues el aire y la luz penetran por todas partes" (5)
Marcos Alpersohn, pionero en la Colonia Mauricio, provincia de Buenos Aires, llegó a la Argentina en 1891. El se refiere al Hotel en sus memorias: "Las chalupas nos condujeron hasta el Hotel de Inmigrantes, enorme edificio de madera, vetusto, mugriento, cubierto de moho y musgo y dividido en infinidad de habitaciones. Allí encontramos a otros doscientos inmigrantes judíos llegados un par de días antes en el vapor Lisboa" (6).

Alberto Gerchunoff relata que "Del Hotel de Inmigrantes, de Buenos Aires, nos llevaron a Moisés Ville en la provincia de Santa Fe. Es la primera de las colonias fundadas por el Barón Hirsch". Habían llegado al Hotel provenientes de Tulchin, Rusia, "Una ciudad sórdida y triste, sin alumbrado ni aceras, cuyo lujo arquitectónico se reducía al palacio semiderruído de los condes de Bazá y a un edificio llamado La Buena, sitio de paseos dominicales" (7).

Al Hotel llegaron, en 1906, judíos provenientes de Ucrania. Relata Maria Arcuschin: "Si nuestros viajeros hubiesen tenido la posibilidad de alejarse de los muros grises del Hotel de Inmigrantes, habrían podido apreciar varios notables progresos que señalaban el fin de la aldea colonial con el crecimiento de una futura ciudad" (8).

En la carta que envía al periódico El Obrero, en 1891, José Wanza, un inmigrante establecido a su pesar en Tucumán, expresa: "En B. Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos sido esclavos. Nos amenazaron de echarnos a la calle si no aceptábamos su oferta de ir como jornaleros para el trabajo en plantaciones a Tucumán. Prometían que se nos daría habitación, manutención y $20 al mes de salario. Ellos se empeñaron en hacernos creer que $20 equivalen a 100 francos, y cuando yo les dije que eso no era cierto, que $20 no valían más hoy en día que apenas 25 francos, me insultaron, me decían Gringo de m... y otras abominaciones por el estilo, y que si no me callara me iban hacer llevar preso por la policía". En el Hotel de Inmigrantes tucumano no le va mucho mejor: "Al fin llegamos al hotel y pudimos tirarnos sobre el suelo. Nos dieron pan por toda comida. A nadie permitían salir de la puerta de calle. Estábamos presos y bien presos" (9).

José Arias expresó sus vivencias en el hotel de Puerto Madero, al que llegó en el 30: "Quiero dejar aquí constancia del trato y de la atención que las autoridades tenían con los inmigrantes. Nos daban comidas sanas y abundantes; para dormir, camas limpias y cómodas; en mi caso han pasado sesenta y ocho años, yo entonces tenía trece, pero nunca podré olvidar mi paso por el Hotel de Inmigrantes. Y como si esto fuera poco las autoridades de inmigración le sacaban el pasaje a destino y se lo pagaban, y hasta lo acompañaban hasta las estaciones, por lo menos en mi caso" (10).

Marta B. de Pellegrini escribe: "Llegar a un lugar donde todo era desconocido, la tierra, el idioma, la gente, predisponía en nosotros a aumentar la incertidumbre, hasta que fuimos llevados al Hotel de Inmigrantes. Era una especie de oasis, donde nos agruparon según la nacionalidad y, ya con el ánimo calmado, empezamos a mirar la realidad de esta suerte de tierra prometida. Nos mantuvimos durante dos semanas en las que el hoy llamado 'viejo hotel' sirvió de nexo entre lo trágico y conocido, que había quedado atrás, y lo nuevo y desconocido que teníamos por delante. No creo que haya en el mundo otro refugio semejante para recibir y albergar a los inmigrantes" (11).

En el Hotel estuvo Jacobo Rendler, judío polaco, quien recuerda que el dormitorio "era un salón enorme con cuchetas de a tres camas. Cuando vimos las camas perdimos las ganas de acostarnos. Con Melcer convinimos dormir afuera sobre unos bancos de cemento que había. (...) Al día siguiente nos levantamos muy temprano. El barco de piedra era muy duro y estábamos a la intemperie pero las camas estaban tan sucias y tenían tantos bichos que teníamos miedo de amanecer de nuevo en Polonia".

Va a visitar a unos paisanos: "Al salir del Hotel de Inmigrantes, el bulto con mis cosas estaba en el depósito. Las personas de la Asociación de ayuda a los inmigrantes me habían anotado en un papel en castellano la dirección y el apellido de la familia que buscaba. Era una especie de volante donde estaba impreso que era un inmigrante recién llegado y se pedía a la gente que lo leyera me ayudara a llegar a esa dirección, que era en la calle Jean Jaurés de la ciudad de Buenos Aires. Me indicaron tomar el tranvía número 2 y que le mostrase el papel que llevaba al motorman para que me indicara dónde bajar".

Encuentra a la familia que buscaba, uno de cuyos miembros le asegura el empleo y promete pasar a buscarlo al día siguiente. "Al volver al Hotel, Meltzer me estaba esperando. Me contó que había vuelto una de las personas de la Asociación de ayuda, que a él le habían conseguido en la casa de un relojero, a otros los habían ubicado con carpinteros o sastres, cada uno según su profesión y que a todos los iban a ir a buscar al día siguiente" (12).

En su poemario Las huecos de tu cuerpo, Manuela Fingueret evoca a su madre, que se hospedó en el Hotel. La hija le dice: "Suspendida del verano/ como las/ glicinas de la calle Leiva/ 'flor quieta y desnuda'*/ tus pies se arrastran/ en la noche/ como una alucinación/ que se desliza/ por las paredes/ del hotel de inmigrantes y/ tu cuerpo se estremece/ hija entre tantas/ en una aldea/ de Lituania" (13).

Allí nació, en 1947, Américo Fiorentini. Su hermana Aurora, afincada en Bariloche, escribe: "Ni bien llegué a la Argentina, junto a mis padres, en 1947, tuvimos que quedarnos más de un mes en el hotel de inmigrantes, cerca del puerto de Buenos Aires. Mi padre, profesor italiano en el exterior, enviado por el Gobierno italiano, tenía que presentarse en la Dante Alighieri de Santa Fe para asumir su dirección y mi madre también, como maestra. Mi madre estaba embarazada de 8 meses y a nuestra llegada resultó claro que el bebé no tenía intenciones de esperar demasiado para nacer. Trámites, mudanzas, trabajo no formaban parte de sus planes y por lo tanto ellos tuvieron que esperar a que naciera antes de retomar sus obligaciones. Mi hermano, de nombre Américo, nació 15 días después de nuestra llegada y mi madre salió en los diarios porque, como siempre, la prensa está a la caza de noticias algo extrañas. Puesto que en la Argentina está en vigor la ley de la sangre para lo que se refiere a la ciudadanía, los periodistas anunciaron que una inmigrante italiana, apenas llegada, había donado un hijo a su patria de adopción. Es de notar que el sensacionalismo no es un invento actual" (14).

En el Hotel de Puerto Madero, un panel reproducía las palabras del polaco Pablo Nowak (15). Este hombre, llegado a la Argentina en 1949 recuerda los magníficos asados que se hacían al mediodía y agradece las que califica como sus primeras buenas comidas en toda la vida.

En otro panel se destaca aquello que escribió Teresa Joan en el libro de visitas: "Llegué a esta costa con 11 años, en el buque Madre Cabrini y fui hospedada aquí con mis paisanos. Recuerdo el olor a pan de trigo" (16).

Relatado por el profesor Ochoa, conocemos el testimonio de una húngara: "Es curioso algún recuerdo de una muchacha, hoy día una señora ya de edad que vino a los trece años con sus padres y contaba que en el desayuno se le servían unos enormes tazones de café con leche o mate cocido con leche -cosa que ellos no conocían, el sabor a la yerba mate- y se servían en regaderas -ése era el concepto de ella. Se refería a esas enormes cafeteras que tienen mango de costado con un pico largo, por supuesto sin la regadera, pero el pico estaba y para la mentalidad de la chica se servía con regaderas. (...) Ella estaba muy enojada cuando llegó porque no había visto las palmeras y cocoteros que imaginaba en el Puerto de Buenos Aires -era la visión europea de América- y después, como había estado en muy buena posición y habían quebrado en Hungría tuvieron que venirse acá sin nada, pero les quedaba el recuerdo de la vida de buen pasar y pensó que ella venía a un hotel de tres o cuatro estrellas actuales y se encontró con que venía a este hotel de cantidad de personas, grandes dormitorios para todos -los hombres de un lado, las mujeres y los niños de otro- y sintió desagrado, desagrado que dice que se le fue cuando empezaron a comer. Dice que nunca habían comido -ni aún en su posición buena primaria en Hungría- como habían comido en el Hotel de Inmigrantes" (17). En septiembre de 2000, se inauguró Casa FOA en el Hotel de Inmigrantes. El estudio de Laura Ocampo y Fabián Tanferna, que tuvo a su cargo la ambientación de uno de los dormitorios, "antes que una reconstrucción histórica, prefirió hacer un homenaje a todos aquellos que vinieron con el coraje de iniciar una nueva vida" (18). Para ello, contaron con la colaboración de algunos de los inmigrantes que se hospedaron en el Hotel, quienes narran sus historias en sendas grabaciones. Son estos hombres y mujeres los húngaros Antonieta Rubido Zichy de Eicket, Américo de Gosztonyi, Esteban Bergner y Eugenio Weisz; Ana Wasinger de Schaab, nieta de ruso alemanes, y el español José Pereira Barros.
Dora Schwarsztein presenta el testimonio de una española que llegó al Hotel. Dice la mujer: "Nos metieron en el Hotel de Inmigrantes. Salas muy limpias, pero, claro, una tristeza enorme. Nos agolpamos todas las mujeres españolas por un lado. Yo recuerdo las señoras más mayores que había, todas estaban tristes. Allí por primera vez vi un mate" (19).

El doctor Nicolás Rapoport narra sus recuerdos de la época en la que, siendo estudiante de medicina, colaboraba en la atención de los recién llegados en el hospital del Hotel. El relata: "Los que cursábamos medicina, a diario comprobábamos la angustia de los infelices, ignorantes del idioma, no entendiendo las preguntas que les dirigían los médicos en sus habituales interrogatorios. Los ojos tristes de los cuitados, las miradas despavoridas de los enfermos, nos sumían en íntima congoja y conmiseración.

Todos los días los cuatro o cinco estudiantes judíos que asistíamos a los hospitales servíamos de intérpretes para llenar las historias clínicas. Era conmovedor ver cómo se iluminaban los ojos de los míseros al oír una palabra en idish o ruso. Revivían, lloraban dando escape a su dolor moral" (20).
Los alemanes del Admilral Graf Spee se alojaron en el Hotel de Inmigrantes. Uno de los militares de esa nacionalidad hospedados allí escribe en su diario: "Hace calor. En el patio de la inmigración florecen las hortensias y las acacias y no podemos creer que estemos cerca de la Navidad. Esto es bueno, porque la idea de esta fiesta, la más grande para nosotros los alemanes, nos llena de tristeza sin esperanzas. Para esta fecha deberíamos estar navegando rumbo a nuestra tierra y cada uno de nosotros habíamos soñado y hecho proyectos para el año nuevo, cuando estuviéramos en casa. Y ahora estamos aquí, en la Argentina, a 8000 millas de la patria, y con miras a ser internados hasta el fin de la contienda, que recién está en sus principios. ¿Qué será de nosotros? Esta es la pregunta que llena nuestros pensamientos" (21).

Juan Carlos Marina tenía diecinueve años cuando presenció, el 17 de diciembre de 1939, el hundimiento del Graf Spee, acorazado alemán "destinado a hundir buques que llevaban alimentos de acá para Europa", que se encontraba en el Río de la Plata. Marina relató sus recuerdos de aquella jornada memorable; en su relato se refirió al Hotel de Inmigrantes de Puerto Madero: "a las ocho de la noche de ese día lo hundió el mismo comandante, la misma tripulación. Un capitán, que después vivió en La Falda, Córdoba, fue el encargado de ponerle tres cargas de dinamita. Sacaron la pólvora de los cartuchos de las balas, formaron tres paquetes explosivos y los pusieron uno en la popa, otro en las máquinas y otro en la proa. Después el comandante hizo bajar a toda la tripulación a los remolcadores y desde una lancha fue el que accionó la percusión de los explosivos. Todos se salvaron y fueron al Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires". (22).

En la biografía que escribió Chuny Anzorreguy, relata el capitán croata Miro Kovacic: "Fuimos a vivir al Hotel de Inmigrantes. Dejamos allí nuestros petates. Unos bolsos, un baúl..., y salimos a caminar. Como en Trieste. Pero la sensación era diferente. Caminábamos con alas en los pies" (23).

Valentín Bianchi, llegó a la Argentina. "Al desembarcar lo estaba esperando un paisano y amigo de la infancia: Angel Sardella. Este lo recibió eufórico saludándole en el dialecto fasanés. Estas cordiales expresiones tonificaron el ánimo de Valentín, que se sentía deprimido por el largo viaje y por las condiciones en que le había tocado realizarlo. Los recuerdos de su familia, de los amigos y el pueblo lo habían abrumado durante toda la travesía. Ahora, junto a su amigo, en cuya compañía se dirigió al hotel de inmigrantes, veía las cosas de un color muy distinto. (...) Aquella noche pernoctó en el hotel de inmigrantes y a la mañana siguiente, de acuerdo con las indicaciones que le diera Daniel, se presentó en las oficinas del Ferrocarril. Allí le informaron que debía trasladarse a la ciudad de Mendoza, la capital de esa provincia, en cuyas oficinas se desempeñaría como empleado contable" (24).

La transmisión oral tiene gran importancia en esta clase de evocaciones. En mi familia, como en tantas otras, el Hotel es recordado con gratitud. Uno de mis abuelos se hospedó en 1905 en el Hotel de Inmigrantes de La Boca. Su muerte temprana me privó de este testimonio que hubiera sido para mí el más preciado. En novelas y cuentos encontramos testimonios acerca de la existencia de esta institución. Ellos, de diversa índole, nos hablan de la presencia del Hotel de Inmigrantes y de su importancia en la comunidad.

Aparece en páginas de Antonio Argerich, escritor acérrimo enemigo de la inmigración que vivió entre 1855 y 1940. En ¿Inocentes o culpables?, publicada por primera vez en 1884, alude al establecimiento que albergaba a los extranjeros que no tenían trabajo al desembarcar. Afirma Argerich: "Al salir del Hotel de los Inmigrantes se juntó con una manada de compañeros que seguían la vía pública por la mitad de la calle. Había hecho relación con estos sus paisanos y todos á la vez buscaban trabajo" (25). Se refiere agresivamente a quienes de allí salían, asemejándolos a animales, recurso que también utiliza Cambaceres (26) al describir a los inmigrantes.

Los personajes de La logia del umbral (27), novela de Ricardo Feierstein recuerdan que en el Hotel les dieron "pan y carne, en platos de lata. (...) Y algunos religiosos (...) no querían comer. Decían que la carne era treif, impura. Que no era para nosotros, judíos de fe". "Pero bien que extrañamos esos almuerzos cuando fuimos hacia el campo -agrega otro. Días y días casi sin masticar. Los niños enfermaban...".
En el cuento de Luis León "Chacarita, Vísperas de Pésaj", otro judío, esta vez un sefaradí proveniente de

Esmirna, recuerda con disgusto su paso por el hotel: "Cuarenta días en el vapor no fueron menos que cuarenta años en el desierto, y al llegar, ese hotel. Parecido a la timaraná de Chesmé, igual a ese manicomio donde murió Doudou, su madre que nunca lo abandonaba, y comenzó a dejarlo un día, de a poco, en su cerebro, poco a poco hasta olvidar quién era su único hijo, y otro día se fue entre esas paredes ajenas. Esas inmensas salas llenas de camas, donde cada uno hablaba de lo suyo y sin que nadie los entienda". El recuerdo de ese lugar es una pesadilla para el hombre: "Así llegó la oscuridad, invitándolos a dormir, y a soñar, cuando apenas había bajado el sol. Sueños pesados, adentro la timaraná, en las salas del Hotel de Inmigrantes, con peleas en idiomas desconocidos, con camas altas casi inalcanzables y trozos de matzá pisoteados, molidos por los gruesos zapatones de inmigrantes que iban y venían sin verlos" (28).

También se hospedó en el Hotel el abuelo Gedalia Rimetka, de El libro de los recuerdos, de Ana María Shua. El inmigrante y sus "hermanos de barco" "Llegaron después a Buenos Aires, mucho más aceptablemente América. Comparable a Varsovia, Buenos Aires. Una ciudad. Durmió en el hotel de inmigrantes. Amigos lo esperaban. Hacía frío, no como en Polonia pero mucho más que ahora. Otro frío era el frío de los inmigrantes. Adentro de la ropa se ponían papeles de diario para calentarse. Los papeles de diario calientan bien, así, así, debajo de la camiseta papeles, diarios enteros" (29).

Una joven irlandesa se presenta, en Frontera sur, para un puesto de maestra. Durante la entrevista se desmaya; es que -como explica en su trabajoso castellano- había comido por última vez en el barco, ya que no había parado en el Hotel de Inmigrantes (30).

La rutina diaria de la institución es evocada en Stéfano, de María Teresa Andruetto (31). En esa obra, la autora narra: "El hotel está a pocos pasos de la dársena; tiene largos comedores y un sinfín de habitaciones. Les ha tocado un dormitorio oscuro y húmedo. En la puerta, un cartel dice: Se trata de un sacrificio que dura poco. (...) Los dormitorios de las mujeres están a la izquierda, pasando los patios. Por la tarde, después de comer y limpiar, después de averiguar en la Oficina de Trabajo el modo de conseguir algo, los hombres se encuentran con sus mujeres. Un momento nomás, para contarles si han conseguido algo. Después se entretienen jugando a la mura, a los dados o a las bochas".

María del Carmen García es autora de los "cuentos de gringos" que se encuentran reunidos en el volumen titulado Cuentos de criollos y de gringos (32). En uno de los textos allí reunidos, la autora presenta a unos asturianos que "Se acomodaron en una pieza de pensión en La Boca, paso obligado para todo humilde recién llegado, después del Hotel de Inmigrantes y antes de alcanzar el soñado terrenito propio".

Patricio Pron seleccionó para integrar una antología (33) un cuento en el que menciona un hotel anterior al que conocemos. El protagonista de "La espera" "era porteño. Había nacido allá por 1908 en La Boca, en el Hotel de Inmigrantes, un día de lluvias frías. Sus padres, llegados hacia días de Cataluña, le habían transmitido casi sin saberlo esa sensación de ya no pertenecer a ninguna parte, ni a Cataluña ni a Buenos Aires".

En Memorias para no olvidar, de Eduardo Bedrossian, un armenio "En Buenos Aires, apenas pasó por el Hotel de los Inmigrantes, que era para europeos, no para asiáticos. Además los piojos, entonces brazos armados de la ley, lo echaron a empujones. Vivió en la calle durmiendo por la noche sobre los bancos de las plazas, hasta que logró albergue en uno de los galpones del Ejército de Salvación de La Boca; allí tenía asegurado el techo y algo de comida. Los salvacionistas distribuían democráticamente lo poco que tenían entre muchos desarraigados y vagabundos hacia los que nadie quería mirar" (34).

Susana Aguad, escritora, recordó al Hotel en su texto "Al bajar del barco". En esas líneas rememora los primeros instantes americanos de su abuelo, nacido en Italia, que emigró a los diecisiete años. Escribe Aguad: "El sol es tan fuerte como en Oleggio, donde se festeja este mismo día el comienzo del verano, mientras que aquí, en el confín del mundo, hace un frío polar. Cuando suben los agentes del Commissariato dell'Emigrazione ya están todos alineados frente al desembarcadero. A la derecha de la oficina de registro se levanta el edificio blanco del Hotel de Inmigrantes. Podrán alojarse gratuitamente durante cinco días y con sus tarjetas numeradas, entrar y salir libremente. Se disipa la angustia de una travesía de dos meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de lágrimas cuando miran por última vez al 'Génova' con sus dos banderas trenzando azules y verdes" (35).
Notas
1 González Rouco, María: "El Hotel de Inmigrantes", en www.monografias.com.
2 Armus, Diego: Manual del emigrante italiano. Colección Historia testimonial argentina. Documentos vivos de nuestro pasado. Buenos Aires, CEAL, 1983.
3 S/F: "Historia de pioneros", en Clarín, Buenos Aires, 2 de febrero de 2002.
4 S/F: "Friulanos sobre el Paraná", en La Nación Revista, 29 de julio de 2001.
5 Cracogna, Manuel I.: Primera fundación de Avellaneda.
6 Alpersohn, Marcos: "Memorias de un colono argentino", en Judaica N°50. Tomado de La colonización judía. Historia Testimonial Argentina. Documentos vivos de nuestro pasado, por Leonardo Senkman, CEAL, 1984.
7 Gerchunoff, Alberto: "Autobiografía", en Alberto Gerchunoff, judío y argentino. Selección y prólogo de Ricardo Feierstein. Buenos Aires, Milá, 2001.
8 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986.
9 Panettieri, José: Los trabajadores. CEAL, 1982.
10 Arias, José: "Disqueprensa" en La Prensa, Buenos Aires, 1998.
11 Pellegrini, Marta B. de: "Carta de Lectores", en La Prensa, 1998.
12 Rendler, Jacobo: "Mis primeros pasos en la Argentina", en www.enplenitud.com.
13 Fingueret, Manuela: Los huecos de tu cuerpo. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1992.
14 Fiorentini, Aurora: "Recuerdos de una emigrante italiana", en Fiorentini 3.
15 Nowak, Pablo, en un panel en Casa FOA 2000.
16 Joan, Teresa, en un panel en el Hotel de Inmigrantes, 2002.
17 Markic, Mario: "Hotel de sueños", en En el camino, en TN, 12 de septiembre de 2002.
18 Folleto escrito por Ocampo-Tanferna, para Casa FOA 2000.
19 Schwarsztein, Dora: Entre Franco y Perón. Crítica, 2001.
20 Jankelevich, Angel: "Historia de los Hospitales de Comunidad de la Ciudad de Buenos Aires", en www.aadhhorsogar.htm
21 S/F: "El episodio Graf Spee", en La Voz del Interior on line.htm, 24 de julio de 2002.
22 Urús; Mariana: "En el combate del Graf Spee el mar estaba calmo", en El Tiempo, Azul, 3 de marzo de 2002.
23 Anzorreguy, Chuny: El ángel del capitán. Biografía del Capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
24 Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante. Santiago de Chile, Edición del autor, 1987.
25 Argerich, Antonio: ¿Inocentes o culpables?. Madrid, Hyspamérica, 1984.
26 Cambaceres, Eugenio: En la sangre. Buenos Aires, Plus Ultra, 1968.
27 Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos Aires, Milá, 2001.
28 León, Luis: "Chacarita. Vísperas de Pésaj", en SEFARaires N° 2, junio 2002.
29 Shua, Ana María: El Libro de los Recuerdos. Buenos Aires, Sudamericana, 1994.
30 Vázquez Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones B, 1998.
31 Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires, Sudamericana, 2001.
32 García, María del Carmen: Cuentos de criollos y de gringos, en colaboración con Fanny Fasola Castaño. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
33 Pron, Patricio: "La espera", en De manos abiertas. Buenos Aires, Tu Llave, 1992.
34 Bedrossian, Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos Aires, 1998.
35 Aguad, Susana: "Al bajar del barco", en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1999.


El Hotel de Inmigrantes
Hacia el interior
Nuevos porteños

 

Con esfuerzo, con nostalgia, vivieron los inmigrantes sus primeros días en nuestra tierra. Algunos volvieron a sus patrias, pero muchos se quedaron en esta nación de la que hoy emigran sus nietos.



Ir a la página principal de Inmigración y Literatura

Ver otras notas de la misma autora