INMIGRACION Y LITERATURA

Por María González Rouco

COSTUMBRES

Hijos, nietos


La preocupación por los hijos está ligada a la inmigración. Es lógico, si pensamos que muchos de los inmigrantes no veían a sus hijos en años, como los padres de Jesús Amorín Varela: "Mis padres eran gallegos y fueron a Cuba. Ahí nací yo. A los dos años me llevaron a Galicia y me dejaron al cuidado de mis abuelos maternos. Estuve con ellos hasta los diecisiete y en 1929 me vine para la Argentina" (1). En Italia deja la madre a Syria Poletti y a su hermana mayor, quienes llegarán al país mucho después (2); lo mismo sucede a la inolvidable madre de "De los Apeninos a los Andes", de Edmondo D'Amicis (3). Otros, no llegan a ver nunca a sus hijos, como la italiana de Santo Oficio de la Memoria, que tanto los echó de menos (4).

Pensemos en las penurias que pasaron esas familias en sus países de origen, durante la travesía y hasta que lograron una mínima situación económica. Entre los armenios, "Había una negación de sí mismo casi devota en la consagración a los hijos -escribe Bedrossian- porque en ellos estaba su esperanza. Habían alcanzado el milagro de sobrevivir. Con los hijos quedaba legitimada la supervivencia. Por eso la familia era la tierra santa donde se concentraban los apremiantes sueños de los padres y el escenario de la vida cotidiana" (5).

A la Argentina -escribe Graciela Montes-, "fueron llegando los inmigrantes. Solteros y muy jòvenes, algunos casi niños, venìan a 'hacer la Amèrica'. Provenìan de España, de Italia, de Turquìa, de Rusia, de Francia, de Polonia, de Yugoslavia, en general eran muy pobres y estaban dispuestos a trabajar duro... Algunos regresaron a sus pagos, pero la mayorìa, màs de un millòn, se quedò. Para esos inmigrantes, los hijos eran valiosos. El triunfo de esos hijos en la vida era la certificaciòn de su propio èxito" (6).
Marcelo A. Moreno considera que "En nuestro país el amor hacia los chicos constituye una especie de culto nacional. Casi nada está tan bendecido en nuestra sociedad como hacer cosas -sacrificios incluidos- por nuestros hijos. Desde las historias de inmigración el amor a los chicos se erige en sentimiento supremo y hasta sirve no pocas veces de coartada" (7).

Recordemos al respecto un concepto de Guillermo Jaim Etcheverry, quien afirma que, en esa clase de familia, "los niños y los jóvenes adquieren un papel dominante. Lo hacen al convertirse en el lazo de unión que vincula a los mayores con el nuevo entorno que, a menudo, les resulta hostil". La función de los menores es la intermediación: "Los jóvenes, que se adaptan a gran velocidad, son los encargados de traducir la nueva cultura a sus padres". La familia así conformada, cambia su estructura original: "Cuando esa tarea de condescendiente intermediación se convierte en imprescindible, esos jóvenes terminan ejerciendo un poder real sobre sus mayores" (8).

El amor por los niños se evidencia en el interés por hacerles pequeños regalos, por cocinar para ellos, por brindarles expresiones de cariño en una comunidad que no recurre al dinero para los placeres. En "Mi búho", Elena Guimil recuerda la oportunidad en que su padre, "un gallego fornido" le trajo un pichón. Cuando el padre volvía de cazar -dice la hija- "yo me sentaba en un banquito impaciente, mirando fijamente la bolsa cerrada que descansaba olvidada junto a la puerta. Adentro había algo que se movía, algo que era para mí. Mi padre sólo la abriría después de tomar su café caliente. Unicamente él podía hacerlo. Pero no parecía tener ningún apuro. Me miraba de hito en hito y sonreía detrás de su taza. Creo que disfrutaba con mi impaciencia. El contenido de la bolsa de arpillera era un misterio para mí, aquel que esperaba ansiosa todas las semanas. ¿Qué sería esta vez? ¿Un tero, un lechuzón o un zorrito? La criatura asomó sus gigantescos ojos amarillos y se posó en la mano de mi padre. Emitió una especie de silbido cuando me acerqué" (9).

Los padres inmigrantes son homenajeados por sus hijos. Alfredo Conte evoca a su padre, que llegó desde Cosenza en 1887: "Mi viejo, vos hiciste el mundo nuevo/ abriste surcos, criaste hijos/ y fuiste solamente un inmigrante/ No sé cómo decirlo en dos palabras" (10).

Antonio Dal Masetto, en el libro El padre y otras historias, "apela a dos herramientas con las que, en obras anteriores, buscó arrancarle al mundo algunas certezas en forma de literatura: la memoria que desanda imágenes de un pasado ligado a la tierra, y la observación de un presente urbano, plasmada en acuarelas de pinceladas certeras que trazan el perfil de personajes noctámbulos y marginales, habitantes de un territorio bien delimitado y reconocible: la zona del Bajo" (11).

El periodista Santo Biasatti expresó: "mi viejo fue un inmigrante que llegó y estuvo un día en el hotel de inmigrantes de Retiro. Llegó un viernes, el sábado salió, el domingo fue a comer a casa de unas personas del pueblo y el lunes fue a laburar. Y nunca habló bien castellano. Pero como él no había podido quería que su hijo fuese al colegio y se rompió el traste para que su hijo pudiese estudiar" (12).

La cantante Estela Raval recuerda a su padre: "Mi viejo era un inmigrante italiano que llegó con una bebita en brazos. Su mujer, en Italia, falleció cuando dio a luz a esa criatura. A los pocos meses de llegar conoció a mi mamá, que tenía catorce años, la pidió en matrimonio a mi abuela que no sé cómo se la dio y a los quince la hizo madre. Mi mamá crió al hijo que nacía, Manuel, y a esa nenita que trajo mi papá de Italia" (13).

El padre de Gladys Onega era paciente con su hija enferma: "Después de haberme ofrecido el néctar, la leche y la miel, mi padre me alzaba y tomaba la posta en la continuación del rito nutricio; con él las acciones eran lentas y alentadoras, él no estaba agotado de cocinas y de chicos, venía de estar horas con hombres resolviendo problemas de hombres y con su hija menor le cundía la paciencia, que con el correr de las horas a mi madre se le había ido al diablo. Inflexible era sin embargo en darme de comer una cucharadita de sopa por los abuelos de España, otra por los abuelos de Melincué, otra por los huérfanos de la Guerra Civil, otra por el ángel de la guarda dulce compañía y por todos los personajes queridos y sagrados que se le ocurrían" (14).

Al ver a su padre muerto, dice un personaje de Vázquez-Rial: "Mi padre. Aquel gigante que me tomaba de la mano y me llevaba hasta el fin del mundo. Cogido de su mano crucé el océano. Cogido de su mano vi el cortejo de un rey negro. Cogido de su mano encontré a Germán. Cogido de su mano. Cogido. ¡Dios santo! Lo pienso en su lengua" (15).

"Lo único que recuerda Roberto Arlt de su padre, según sus biógrafos y su propio testimonio, no es muy halagüeño: 'Mañana te fajo', decía el prusiano. Arlt no dormía en toda la noche y, a la mañana, sufría la paliza" (16).

"Mi padre, Moisés o Mauricio Ribak, según uso y costumbre, fue el hijo tardío de un varón santo -escribe Andrés Rivera-. Debe haberlo tenido a los 60 años, con una mujer a quien doblaba en edad. Y lo destinó a que fuera rabino. En medio de sonrisas cómplices, una tarde mi padre me contó como rompió con la religión judía comiendo cerdo en las gradas de la sinagoga de su ciudad natal, en Polonia. Después, la perrsecución a los judíos hizo que se viniera a los 18 años a la Argentina" (17).

Acerca de su padre, escribe Juan Gelman: "Sabía de todo: economía, historia, ciencias políticas. Lo que ahora se llamaría un tipo culto. Recuerdo que, cuando cumplí 12 años, me regaló la obra completa de Scholem Aleijem. Entonces no lo supe, pero ahora me parece que ahí empezó todo. Nunca pude escribirle nada, y creo que ése fue mi mejor regalo hacia él" (18).

También le inculcó el amor por la lectura el padre de Juan José Saer: "En mi casa había dos o tres libros en árabe dando vueltas -manifiesta el escritor-. Pero mi padre era un gran lector. Creía en la cultura, y se había suscripto a las Selecciones del Reader's Digest. Un día nos hizo una bibliotequita para mi hermano y para mí, y allí guardábamos las revistas y las Selecciones que devorábamos" (19).

Un padre japonés protagoniza una novela: "Gaijin ('extranjero'), primera novela de Maximiliano Matayoshi, es la historia de un adolescente que en la segunda posguerra deja su Okinawa natal para emprender un viaje geográfico y sentimental a la otra punta del globo. La vida en el barco, los puertos, la amistad iniciática, la comunidad japonesa en Argentina son escalas de una historia familiar, la de su padre, que Matayoshi recrea en cuarenta y nueve breves capítulos de ritmo ágil y prosa sobria y contenida. Por este libro, el autor -veintitrés años, estudiante del traductorado y del taller literario de Diego Paszkowski- ganó el Premio 2002 a la mejor ópera prima de la Universidad Autónoma de México y la editorial Alfaguara, cuyo jurado presidió Mario Bellatin" (20).

En "Ochenta" Orlando Mario Punzi evoca a su madre: "A Dios, conmigo se le fue la mano.// Me dio todo: la mamma de primera,/ los amigos en tanda y un hermano,/ y ya de pibe le saqué temprano/ cien sonetos, o más de la galera" (21).

También Oscar González, en "La anunciación", evoca a la madre italiana: "Y fue la mamma gringa,/ Querendona y bravía, que entregó sus/ cachorros./ A otra tierra y otra lengua" (22).

En "Regreso", Rubén Benítez canta a su madre española: "Nuestra madre,/ la pobre exclamaría/ Has vuelto muy cambiado/ como si fueras otro./ Jamás serás el mismo/ que se ha ido./ Naciste con silencio/ de abismo/ en tu costado/ y cuando te mecía/ velaba ya en tu piel la indiferencia./ Tu cuna ya era un barco/ de mares demorados/ y de ausencias.// Pobre madre,/ portaba en su mirada/ distante y abatida/ la luz del desencanto/ triste flor de su tierra prometida" (23).

Francisco Luis Bernárdez llora a su madre gallega: "Nuestras pequeñas bicicletas iban por aquella carretera de España./ Detrás quedaba Carballino, con sus casas envueltas por la madrugada./ Dejando mi corazón mucho más a obscuras, el amanecer despuntaba./ ¿Era posible que pudiera venir, como todos los días, la mañana?/ El silencio de mis hermanos era el eco de la soledad de sus almas./ Yo sentía sobre mis hombros algo parecido al peso de una montaña./ El paisaje abría los ojos como si no se hubiera enterado de nada./ Nunca olvidaré que en el monte de Corzos había un ruiseñor que cantaba./ Al llegar a Dacón oímos el nombre querido en la voz de la campana./ Mamá y el mundo habían muerto para siempre y sólo aquella voz los lloraba" (24).

María Nieves, bailarina de tango, "proviene de una familia humilde -ella reafirma 'más que pobre'-. Fue criada en el barrio de Saavedra. Sus padres eran de Lugo, España y aquí tuvieron cinco hijos.(...) De chica la humildad familiar no la marcó. Asegura que eran muy felices y que eso es imborrable. (...) A veces me dicen, 'sos demasiado humilde, sos una tonta'. Así me hizo mi mamá, eso me legó. Me enseñó a andar derecha por la vida y no hacerle daño a nadie'. Esa misma mamá -'la gallega'- cuando era niña le cantaba tangos y valsecitos en vez de una canción de cuna" (25).

También son españoles los padres de Fernando de Querejazu, quien manifiesta haber escrito en su honor El pequeño obispo, evocación de la infancia en el pueblo cordobés de Canals, fundado por un naviero valenciano (26). Y los de Raúl G. Fernández Otero, quien los evoca en el marco de un barrio porteño, allá por el 30 (27). Y los de Jorge y Aída Luz, acerca de quienes dice el hijo: "Mamá fue muy cobijadora con nosotros. Papá nos quería pero no era de hacernos caricias, nada. Entonces vos te vas adonde el sol más caliente" (28).

A su padre, Jorge Fernández Díaz le dedica un libro con estas palabras: "Para Marcial, mi héroe. Y para todos los 'argeñoles', esa extraña raza de mártires". Sobre su madre escribe: "Había, en esos tiempos, mujeres que al ser madres borraban el gusto, la coquetería, la ambición, la razón, los deseos, el cuerpo, los resentimientos y hasta los viejos temores para fundirlos en una única y magnífica materia: el amor excluyente hacia sus hijos. Mamá fue una de esas mujeres, y lo pagó caro" (29).

En "Bíblica", Susana Szwarc evoca: "Madre es anciana./ Madre es anciana y se ha/ embarazado./ Habrá una hermana nueva. // Madre embarazada/ vomita y sus dedos aprietan./alambres/ del gallinero.// Por su boca sale la nieve/ de Siberia y aquí -lejísimo-/el pueblo entero se llena de blanco/ barro.// Madre ríe y las hijas reímos/ mientras mascamos/ un poco de brea/ como si el mundo la nieve la brea/ fueran/ nuestra pertenencia.// Y madre/ sabia en los vagones/ nos avisa:/ si uno tiene que vivir vive/ si uno tiene que morir se/ muere.// ¿Porqué? le decimos las nacidas/ pero ella se distrae por el buey/ quieto entre las vías./ Y anuncia:/ este tren habrá de detenerse/ Podremos parir" (30).

En América, por lo general, la familia estaba integrada solamente por los padres y los hijos, ya que los demás habían quedado en la tierra de origen. Esto se evidencia en Frontera sur, novela en la que un gallego inmigrante dice a su padre que no se acostumbra a los líos de parentesco; el padre le responde: "Si vives toda tu vida en Buenos Aires, donde no hay más que hijos y padres, cuando los hay, no te acostumbrarás. Pero si un día vas a Galicia, sí" (31). Con el correr del tiempo, esa realidad irá cambiando.

La abuela es una figura muy fuerte en la familia inmigrante. Del Piamonte vino la abuela de María Teresa Andruetto, quien contaba a sus nietas los relatos que ella reunió en el libro Benjamino. La escritora dedica este libro, en el que reescribe dos cuentos tradicionales, "a la nonna Felicitas". Sobre ella expresa: "Mi abuela Felicitas, la mamà de mi mamà, fue colchonera, en el tiempo en que los colchones eran de lana, se apelmazaban y debìan desarmarse y rehacerse cada tanto. De ella recuerdo casi todo, porque la tuve hasta que fui grande: su casa de Arroyo Cabral, donde nacì, el piso fresco de ladrillos de esa casa, las màquinas de tisar lana, sus amigas hablando en una lengua desconocida para mì, sus comidas deliciosas (¡el dulce de leche azucarado!), su cara gordita, las mejillas coloradas, el pelo blanco que prendìa con horquillas en un rodete... Horquillas, rodetes, colchones apelmazados, màquinas de tizar lana... nombres de cosas que ya no existen" (32).

Era italiana la abuela de la poeta Griselda García, cuyas costumbres la nieta evoca: "mi abuela preparando conservas/ de casi cualquier cosa que crezca/ en la tierra del fondo;/ cuidando de no tirar/ bolsas, corchos, plásticos,/ tapas, bandejas, frascos,/ cartones, papeles, piolines/ porque todavía pueden servir;". Así vivía la mujer a quien "trajeron al país engañada/ diciéndole que iba a vivir en un castillo". De su abuelo italiano, afirma la poeta: "mi abuelo, que cuando mataba algún conejo nos decía:/ vayan con tu hermana a dar una vuelta/ y en cambio nos dejaba mirar la muerte/ en los ojos de las ratas atrapadas en tramperas,/ escuchar sus chillidos de bebés diminutos/ cuando el agua hirviendo les caía encima". La poeta los corona con un emocionado elogio: "más que mis padres,/ abuelos,/ ancianos sabios,/ abuelos,/ ángeles en el camino" (33).

De su nona Francesca, dice la actriz Virginia Innocenti: "era perfecta. Estaba casada con el abuelo Francesco. Era la típica abuela italiana, de pelo blanco, que jamás se puso una gota de maquillaje; zurcía la ropa, preparaba dulce de uvas y cappelletti. Esa era la mamá de mi papá" (34).
A sus abuelas españolas, inhumadas en tierra americana, canta Ricardo Adúriz: "Dulces abuelas trashumadas/ desde estos cielos/ a aquellos cementerios./ Que vuestros nombres, en medio del océano/ de sombra, sajados vivos de la noche larga,/ os devuelvan la luz de un tiempo suave/ en Freas de Eiras -tierra de Galicia-y en el Madrid de fin de siglo.// Vuestras son estas últimas luciérnagas,/ fragmentos puros de un espejo roto,/ donde brillan los rostros del olvido" (35).

A su abuela española canta Baldomero Fernández Moreno, en "Inicial de oro": "Nací, hermanos, en esta dulce tierra argentina,/ pero el primer recuerdo nítido de mi infancia/ es éste: una mañana de oro y de neblina,/ un camino muy blanco y una calesa rancia.// Luego un portal oscuro de caduca arrogancia/ y una abuelita toda temblona y pueblerina,/ que me deja en la cara una agreste fragancia/ y me dice: -¡El mi nieto, que caruca más fina!-// Y me llenó las manos de castañas y nueces,/ el alma de leyendas, el corazón de preces,/ y los labios recientes de un divino parlar.// Un parlar montañés de viejecita bruja/ que narra una conseja mientras mueve la aguja./ El mismo que ennoblece, hermanos, mi cantar" (36).

Cuando Borges recibiò el Premio Jerusalèn, recordò en una entrevista a su "abuela inglesa, protestante, que sabìa de memoria la Biblia" (37). A ella se refirió también en un reportaje realizado por Noemì Ulla, recordàndola como una persona estrechamente ligada a los libros con los que se iniciò literariamente.

Dijo a la escritora que su verdadera educaciòn fue la biblioteca de su padre, "en gran parte de libros ingleses. (...) Yo recuerdo sobre todo la Enciclopedia Britànica, que sigo releyendo y que no he agotado aùn. Mi padre era profesor de Psicologìa en Lenguas Vivas, èl tenìa que dar las lecciones en inglès -mi abuela era inglesa- y era secretario en un Juzgado Civil de los Tribunales, pero èl era ademàs profesor de Literatura Inglesa" (38).

Evoca el ambiente literario de su casa, relacionado con la extranjera: "Habìa un excelente ambiente en casa, un ambiente literario. Mi abuela era muy lectora, mi abuela inglesa sabìa de memoria la Biblia. Ellos habìan sido predicadores metodistas, gente de clase media en Inglaterra, de modo que Ud. citaba un versìculo bìblico y ella decìa: Libro de los Reyes, capìtulo tal, versìculo tal. O Libro de Job, capìtulo tal, versìculo tal, o El Evangelio segùn Marcos, capìtulo tal, versìculo tal, y seguìa adelante. En alemàn se dice Bibelfest, es una persona que està firme en la Biblia. Creo que Hafiz sabìa de memoria el Coràn, que Hafiz quiere decir 'el recordador'. Hay mucha gente que sabe de memoria el Coràn y sè que muchos protestantes, como mi abuela, saben de memoria la Biblia. Se sigue la ùnica lectura, puede ser aprendida".

Acerca del arribo de la inglesa a nuestro paìs, dice Alifano: "La abuela paterna de Borges, Frances Haslam Arnett, llegò a la Argentina por una serie de curiosas circunstancias. Su ùnica hermana, mayor que ella, se habìa casado con un ingeniero ìtalojudìo, llamado Jorge Suàrez. Al fallecer su madre, los Suarez la hicieron viajar a Amèrica del Sur. Llegò a Paranà, la capital de Entre Rìos, despuès de un accidentado viaje (el barco estuvo a punto de naufragar en las costas del Brasil), a mediados de 1867. En Paranà fue donde Frances Haslam conociò al coronel Francisco Borges".

La ascendencia de Jorge Luis y su hermana, Norah, determinò en què idioma se expresarìan: "En casa de los Borges se usaba corrientemente tanto el inglès como el castellano -afirma el biògrafo. Los niños sabìan que con la abuela materna, Leonor Acevedo, tenìan que hablar español; pero con Fanny Haslam lo debìan hacer en inglès. 'Con el tiempo descubrì que esas dos maneras de hablar de un nieto se llamaban la lengua castellana y la lengua inglesa', completò Borges".

La abuela Fanny no sòlo le legò el idioma y la aficiòn a la lectura; le dejò tambièn material del que surgirìa algùn texto: "Siendo niño -evoca Borges- escuchè a Fanny Haslam muchas historias de la vida de fronteras de aquellos tiempos. Ella habìa vivido experiencias terribles y maravillosas al mismo tiempo, ya que, en los primeros años de la dècada del setenta, mi abuelo fue comandante en jefe de las fronteras norte y oeste de la provincia de Buenos Aires. Una de esas historias sirviò de base para mi relato Historia del guerrero y la cautiva. Mi abuela habìa conocido a varios caciques indios: Namuncurà, Simòn Coliqueo, Pincèn y Catriel" (39).

María Elena Walsh conserva las cartas que su abuela inglesa mandó a Inglaterra. "La abuela de María Elena Walsh, llamada Agnes, llegó a la Argentina con veinte años recién cumplidos, a trabajar como gobernanta. Se casó, y la vuelta a Inglaterra se fue retrasando. Estas cartas que le envió a su padre -bisabuelo de María Elena- llegaron nuevamente a la Argentina a manos de su papá, por intermedio de un pariente, y éste se las regaló a María Elena cuando niña para que recortara las estampillas. Pasaron más de 50 años en sus manos antes de que sintiera curiosidad por las mismas y decidiera hacerlas traducir, para luego incorporarlas en su libro Novios de Antaño" (40).

La decisión de María (41) es el libro que escribieron María Carmen Merbilhaa del Frate y Amalia María Calandra Merbilhaa. "Las autoras, al encontrar las cartas de su abuela, hija de inmigrantes bearneses que se establecieron en el campo a mediados del siglo XIX, descubren interesantes testimonios de vida en el pueblo de General Belgrano y en la ciudad de La Plata a principios del siglo XX. Ellas agregan comentarios y anécdotas propias o transferidas por sus familiares. Pretenden homenajear a su querida abuela y contar a sus descendientes, con un toque de humor, vivencias de la infancia que compartieron" (42).

Una abuela rumana cocinaba para sus nietos. Lo cuenta Miriam Becker, la hija: "La cocina fue su pasión y un modo de dar amor. A mis nietos no les puedo comprar juguetes como otras abuelas, porque no me alcanza la jubilación, pero les hago bizcochitos con jugo de naranja (quilalej) para que conviden a sus amigos" (43).
Otra abuela, la de Fernando de la Orden, nacida en Logroño, es homenajeada por medio de la muestra fotográfica "Pan y manteca" (44).

En un reportaje, Martín Seefeld evoca a su abuela inmigrante: "Aprendí todo de mi abuela Lala. Era gallega y me enseñó a disfrutar de todo, desde un plato de lentejas hasta bailar" (45).

En "Mi abuela Vida", Victoria Mizrahi de Misistrano recuerda a su abuela, llegada desde lejos: "Doña Vida, ¡Abuela Victoria!, que personaje!. La conocí por primera vez cuando llegó desde Estambul, cola, con su pelo estirado y un pequeño rodete. Su traje gris de pollera y redingote le daba cierto aire de persona seria. No se por qué a su llegada me escondí detrás de una puerta de la que me sacó para darme caramelos que traía dentro de sus bolsillos. Esta escena nunca la olvidé. Mi hermana menor nació a poco de su arribo a Buenos Aires. Con su llegada nos acostumbramos a escuchar sus cantos. Los entonaba desde que comenzaba con sus tareas en la cocina, hasta la tarde que se dedicaba a pelar chauchas, arvejas, arroz o porotos. Desde su llegada, la cocina fue su ámbito habitual, ya que mamá la reservaba para ocupar los domingos. Tratando de calcular el tiempo, cuando mi abuela llegó, tenía casi sesenta años y yo sólo cinco. Compartimos 34 años de vida en común, ya que en 1963 cuando contaba con 94 años, dejó de existir después de un accidente. Yo ya tenía 39 años y dos hijos varones que la adoraban, fue su bisabuela, y aún hoy la siguen recordando con inmenso cariño" (46).
Carlos Alonso nació en Tunuyán, Mendoza, en 1929. Tuvo "como abuelo materno a Salvatore Lisandrello, un siciliano de Siracusa, y su abuelo paterno era Sandalio Alonso quien vino de León. España. Ambos llegaron a nuestro país en 1914" (47).

José Alberto Marchi es nieto de inmigrantes italianos y españoles. Gutiérrez Zaldívar se refiere detalladamente al origen del artista: "Alberto Marchi, su padre, es el tercer hijo de Carmen Ferreyra, andaluza nacida en Granada, España; y de Sillo Catullo Marchi, lombardo nacido en Mántova, Italia". El oficio del abuelo es recordado por Gutiérrez Zaldívar: "Como su padre y sus hermanos, Sillo trabajaba en la sastrería de la familia, ubicada en la Av. Las Heras, entre Ayacucho y Junín, que con orgullo contaba entre sus clientes al Dr. Marcelo Torcuato de Alvear. 'Benigno Marchi e hijos', decía el letrero de la puerta del local, lugar simbólico donde José encontró los hilos, ese motivo tan personal que hace inconfundibles a sus obras. Hilos reales que su familia enhebraba en el quehacer diario, y al mismo tiempo, hilos simbólicos que unen a José con su obra".

"Sus abuelos maternos Nazareno y Angela, eran italianos, nacidos en Ancona y en Chietti respectivamente. Nazareno fue 'pastero' -juntaba fardos para dar de comer al ganado-, y luego por largos años trabajó como encargado en una fábrica de dulces, una rudimentaria industria de principios de siglo, que bien podría ser el escenario donde los personajes de José clasifican incansablemente extraños vegetales" (48).

De Italia vino el abuelo de Enrique Pinti, y trajo libros. Esos libros, entre los que se contaba La Divina Comedia, tuvieron decisiva importancia en la formación del nieto (49).
Márgara Averbach evoca a un abuelo inmigrante, que hizo a su nieta un regalo muy deseado: "Yo siempre había querido un cardenal -dice la protagonista de uno de sus cuentos. En ese entonces, había muchos en los árboles de la casa de las tías, como flores rojas más rápidas que las otras. Y el abuelo -que había nacido en una ciudad de Europa y después se había visto obligado a convertirse en gaucho judío, una conjunción inimaginable para él, supongo- me había prometido cazar uno para mí ese verano" (50).

Vinculado a la religión recuerda a su abuelo Máximo Yagupsky, judío de Entre Ríos: "Muchos aldeanos plantaban junto a sus casas parrales o higueras. Y cierta vez, siendo yo muy niño aún, pregunté a mi abuelo por qué había plantado una higuera y por qué en el huerto de los Kaplan había una parra. Mi abuelo se sonrió y acariciándome, me dijo: 'Cuando seas grande y estudies la Biblia, lo comprenderás.

En el Libro de Reyes, está dicho que durante el reinado del más sabio de los hombres, el rey Salomón, los judíos gozaban de paz y seguridad y cada cual se solazaba a la sombra de una higuera o de su viña'. No lo entendí cabalmente. Mi abuelo era parco en el hablar. Pero más luego, toda vez que pasaba junto a la chacra del rabí don Israel Halperín, lo encontraba sentado al pie de su higuera, envuelto en su taled, el manto ritual, estudiando Talmud o leyendo los Salmos. Comprendí que don Israel gozaba en la campiña entrerriana del solaz esperado en Sion" (51).

A sus mayores evoca Alicia Steimberg: "Recuerdo un viejo comedor donde había fotos ovales de los que vinieron en el barco: la bisabuela con el pañuelo en la cabeza que le cubre la frente, el bisabuelo con la gran barba y el sombrero" (52).

A su abuelo homenajea Gustavo Bedrossian: "Este chico, de nacionalidad armenia, que simuló estar muerto, por la noche, cuando se fueron los turcos, pudiendo sacarse algunos cuerpos de encima, logró escapar con otros muchachos más. (...) Ese muchacho se llamó Agop Bedrossian. Fue mi abuelo. Vivió más de cien años. Falleció hace poquito. Mi padre lo homenajeó a él y a su generación con dos libros: Hayrig I y Hayrig II. Pasó por mil problemas más. Pudo llegar a la Argentina. Se casó. Tuvo cinco hijos (falleciendo una de sus hijas siendo muy pequeña de un modo trágico), nueve nietos, En vida conoció a trece bisnietos (hace unos días nacieron la catorce y la quince). Siempre, siempre, siempre siguió luchando. Siempre, siempre, siempre, lo vi orando de rodillas en su idioma a Dios por él y por los demás" (53).

Con la superstición, en cambio, se asocia el recuerdo de los antepasados del actor Gabriel Corrado: "Los padres transmiten la enseñanzas básicas; entre ellas, algunas difíciles de explicar, como no abrir un paraguas bajo techo o caminar para atrás si te cruzás con un gato negro, que yo recibí de mis ancestros sicilianos" (54).

A su abuelo, enfurecido por una travesura, se refiere Gloria Pampillo: mi padre "me contó muchas veces cómo hizo estallar con un rifle de aire comprimido los sapos de cerámica que mi abuelo había hecho traer de Valencia y que tiraban agua por la boca en la fuente. Después se trepó a un pino y Severiano desde abajo le decía 'Pancho, baja' pero él permaneció allí, esperando que al gallego se le calmara la furia" (55).

El poeta y ensayista César Fernández Moreno es el autor del poema "Argentino hasta la muerte", en el que se refiere a su condición de descendiente de españoles: "a buenos aires la fundaron dos veces/ a mí me fundaron dieciséis/ ustedes han visto cuántos tatarabuelos tiene uno/ yo acuso siete españoles seis criollos y tres franceses/ el partido termina así/ combinado hispanoargentino 13 franceses 3/ suerte que los franceses en principe son franceses/ si no que haría yo tan español" (56).

No todos los niños tenían familiares que los cuidaran tan amorosamente. El Patronato de la Infancia surgió vinculado con la inmigración, para proteger a los pequeños de los que las familias no podían hacerse cargo. Con motivo de conmemorarse los 110 años de la fundación de esta institución, dice el diario Clarín: "El Patronato se fundó el 23 de mayo de 1892, en medio de la gran crisis económica y política que asolaba la Argentina, mientras miles de inmigrantes llegaban al puerto de Buenos Aires con poco más que sus esperanzas en la valija. Un grupo de personas quiso proteger a los niños desamparados que desbordaban los inquilinatos y deambulaban por las calles, y nació el Patronato para cumplir esa misión: desde su creación atendió a más de 1.750.000 niños en situación de riesgo" (57).

También fue importante para los inmigrantes la obra de Santa Francisca Javier Cabrini, quien "recorrió Europa y las tres Américas, fundando colegios, orfanatos, hospitales, asistiendo a los presos, mineros, y en particular a los inmigrantes más indigentes, por eso el Papa Pío XII la proclama 'Patrona de los Emigrantes' el 8 de septiembre de 1950" (58).


Notas
1 S/F: "Pérez Millán", en Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994.
2 Poletti, Syria: "El tren de medianoche", en Mi mejor cuento. Buenos Aires, Orión, 1974.
3 D'Amicis, Edmundo: "De los Apeninos a los Andes", en Corazón.
4 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral, 1991.
5 Bedrossian, Eduardo: op. cit.
6 Montes, Graciela: "La infancia y los responsables", en Machado, Ana María y Montes, Graciela: Literatura infantil. Creación, censura y resistencia. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
7 Moreno, Marcelo A.: "El país de los chicos felices", en Clarín, Buenos Aires, 2 de abril de 1997.
8 Jaim Etcheverry, Guillermo: "Los nuevos emigrantes", en La Nación, Buenos Aires, 7 de abril de 2002.
9 Guimil, Elena: "Mi búho", en El desafío. Buenos Aires, Sudamericana, 2000.
10 Conte, Alfredo: Pascualino. Edición homenaje. Buenos Aires, 2001.
11 Dal Masetto, Antonio: El padre y otras historias. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
12 Masci, Florencia: "Santo Biasatti. Un reflejo de nosotros mismos", en Noticias de Luján, Año I, N° 53. 27 de junio de 2002.www.lujanargentina.com/www.lujanargentina.com.ar.
13 Saidon, Gabriela: "Si no te enamoraste, no podés cantarle a la vida", en Clarín, Buenos Aires, 26 de septiembre de 2003.
14 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999.
15 Vázquez- Rial, Horacio: op. cit.
16 Varios autores: "Mi viejo", en Veintitres. Buenos Aires, 17 de junio de 2004.
17 ibídem
18 ibídem
19 ibídem
20 Costa, Flavia: "De nombre extranjero", en Clarín, Buenos Aires, 21 de junio de 2003.
21 Punzi, Orlando Mario: "Ochenta", en La Nación Revista, Buenos Aires, 26 de octubre de 1997.
22 González, Oscar: "La anunciación", en El Tiempo, Azul, 16 de abril de 2000.
23 Benítez, Rubén: "Regreso", en La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 3 de septiembre de 1998.
24 Bernárdez, Francisco Luis: "Poema de as cuatro fechas", en Cielo de tierra. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1948. Ilustraciones de Horacio Butler.
25 Pacheco, Carlos: "María Nieves: la princesa del Plata baila hoy", en La Nación, Buenos Aires, 7 de marzo de 2004.
26 Querejazu, Fernando de: El pequeño obispo. Buenos Aires, Editorial Lumen, 1986.
27 Fernández Otero, Raúl G.: Ausencias, presencias y sueños. Buenos Aires, Ediciones Tu Llave, 2000.
28 Guerriero, Leila: en La Nación Revista
29 Fernández Díaz, Jorge: op. cit.
30 Szwarc, Susana: Bailen las estepas. Ediciones de la Flor.
31 Vázquez-Rial, Horacio: op. cit.
32 Andruetto, María Teresa: Benjamino. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
33 García, Griselda: poema inédito.
34 Guerriero, Leila: " Virginia Innocenti. Melodía para actriz y piano", en La Nación Revista, 4 de noviembre de 2001.
35 Adúriz, Ricardo: Torre del homenaje. Madrid, Ediciones Cultura Hispánica del Centro Iberoamericano de Cooperación, 1979.
36 Fernández Moreno, Baldomero: "Inicial de oro", en Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.
37 S/F: en Borges e Israel. El asiduo manuscrito". Buenos Aires, Embajada de Israel en Buenos Aires, 1987.
38 Ulla, Noemí:
39 Alifano, Roberto: Borges, biografía verbal. Plaza & Janés.
40 Walsh, María Elena: Novios de antaño. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1991.
41 Marbilhaa Del Frate, María Carmen y Calandra Merbilhaa, Amalia María: La decisión de María. Buenos Aires, Dunken, 2003.
42 S/F: Información de prensa acerca de Marbilhaa Del Frate, María Carmen y Calandra Merbilhaa, Amalia María: La decisión de María. Buenos Aires, Dunken, 2003.
43 Becker, Miriam: "La última idische mame", en La Nación Revista, 23 de marzo de 1997.
44 Guerriero, Leila: "Pan & Manteca", en La Nación Revista, 5 de mayo de 2002.
45 Madrazo, Cecilia: "Martín Seefeld: 10 cosas que sé", en La Nación Revista, Buenos Aires, 29 de diciembre de 2002.
46 Mizrahi de Misistrano, Victoria: "Mi abuela Vida", en SEFARaires, N° 14.
47 Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: "Los inmigrantes", Catálogo de la muestra de Alonso y Marchi en Casa FOA 2000, Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires, Octubre-Noviembre de 2000.
48 Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: Marchi. Buenos Aires, Zurbarán Editores, 1995.
49 Pinti, Enrique: Mensaje de apoyo a las Bibliotecas Públicas. TN/FM Aspen, Octubre de 2004.
50 Averbach, Márgara: "El cardenal", en Aquí donde estoy parada. Alción, 2002.
51 Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires, Editorial Fraterna, 1986.
52 Steimberg, Alicia: "Teatro con debate: 'Tras el paso de los grandes' ", en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
53 Bedrossian, Gustavo: "A los que se encuentran en un pozo", en www.psicorecursos.com.ar.
54 Baduel, : "Por la vuelta", en Clarín.
55 Pampillo, Gloria: op. cit
56 Fernández Moreno, César: "Argentino hasta la muerte", en La poesía argentina. L. Lugones, B. Fernández Moreno, R. Molinari y otros. Antología, prólogo y notas por Alberto M. Perrone. Capítulo Buenos Aires, CEAL, 1979.
57 S/F: "Más de un siglo por los chicos", en Clarín Viva, 23 de mayo de 2002.
58 Folleto entregado en 2002 en el Hotel de Inmigrantes.


La ética
La solidaridad
Hijos, nietos
Contar
Cantar
Festejos familiares
Año Nuevo
Carnaval

 

La ética, la solidaridad, el amor por los más pequeños, el respeto por los mayores, el recuerdo de quienes quedaron en la tierra natal, el contar y el cantar, son las constantes en las costumbres inmigrantes, que aún perviven en los descendientes americanos.



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