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COSTUMBRES
Hijos,
nietos
La preocupación por los hijos está ligada a la inmigración.
Es lógico, si pensamos que muchos de los inmigrantes no veían
a sus hijos en años, como los padres de Jesús Amorín
Varela: "Mis padres eran gallegos y fueron a Cuba. Ahí
nací yo. A los dos años me llevaron a Galicia y me
dejaron al cuidado de mis abuelos maternos. Estuve con ellos hasta
los diecisiete y en 1929 me vine para la Argentina" (1). En
Italia deja la madre a Syria Poletti y a su hermana mayor, quienes
llegarán al país mucho después (2); lo mismo
sucede a la inolvidable madre de "De los Apeninos a los Andes",
de Edmondo D'Amicis (3). Otros, no llegan a ver nunca a sus hijos,
como la italiana de Santo Oficio de la Memoria, que tanto los echó
de menos (4).
Pensemos
en las penurias que pasaron esas familias en sus países de
origen, durante la travesía y hasta que lograron una mínima
situación económica. Entre los armenios, "Había
una negación de sí mismo casi devota en la consagración
a los hijos -escribe Bedrossian- porque en ellos estaba su esperanza.
Habían alcanzado el milagro de sobrevivir. Con los hijos
quedaba legitimada la supervivencia. Por eso la familia era la tierra
santa donde se concentraban los apremiantes sueños de los
padres y el escenario de la vida cotidiana" (5).
A
la Argentina -escribe Graciela Montes-, "fueron llegando los
inmigrantes. Solteros y muy jòvenes, algunos casi niños,
venìan a 'hacer la Amèrica'. Provenìan de España,
de Italia, de Turquìa, de Rusia, de Francia, de Polonia,
de Yugoslavia, en general eran muy pobres y estaban dispuestos a
trabajar duro... Algunos regresaron a sus pagos, pero la mayorìa,
màs de un millòn, se quedò. Para esos inmigrantes,
los hijos eran valiosos. El triunfo de esos hijos en la vida era
la certificaciòn de su propio èxito" (6).
Marcelo A. Moreno considera que "En nuestro país el
amor hacia los chicos constituye una especie de culto nacional.
Casi nada está tan bendecido en nuestra sociedad como hacer
cosas -sacrificios incluidos- por nuestros hijos. Desde las historias
de inmigración el amor a los chicos se erige en sentimiento
supremo y hasta sirve no pocas veces de coartada" (7).
Recordemos
al respecto un concepto de Guillermo Jaim Etcheverry, quien afirma
que, en esa clase de familia, "los niños y los jóvenes
adquieren un papel dominante. Lo hacen al convertirse en el lazo
de unión que vincula a los mayores con el nuevo entorno que,
a menudo, les resulta hostil". La función de los menores
es la intermediación: "Los jóvenes, que se adaptan
a gran velocidad, son los encargados de traducir la nueva cultura
a sus padres". La familia así conformada, cambia su
estructura original: "Cuando esa tarea de condescendiente intermediación
se convierte en imprescindible, esos jóvenes terminan ejerciendo
un poder real sobre sus mayores" (8).
El
amor por los niños se evidencia en el interés por
hacerles pequeños regalos, por cocinar para ellos, por brindarles
expresiones de cariño en una comunidad que no recurre al
dinero para los placeres. En "Mi búho", Elena Guimil
recuerda la oportunidad en que su padre, "un gallego fornido"
le trajo un pichón. Cuando el padre volvía de cazar
-dice la hija- "yo me sentaba en un banquito impaciente, mirando
fijamente la bolsa cerrada que descansaba olvidada junto a la puerta.
Adentro había algo que se movía, algo que era para
mí. Mi padre sólo la abriría después
de tomar su café caliente. Unicamente él podía
hacerlo. Pero no parecía tener ningún apuro. Me miraba
de hito en hito y sonreía detrás de su taza. Creo
que disfrutaba con mi impaciencia. El contenido de la bolsa de arpillera
era un misterio para mí, aquel que esperaba ansiosa todas
las semanas. ¿Qué sería esta vez? ¿Un
tero, un lechuzón o un zorrito? La criatura asomó
sus gigantescos ojos amarillos y se posó en la mano de mi
padre. Emitió una especie de silbido cuando me acerqué"
(9).
Los
padres inmigrantes son homenajeados por sus hijos. Alfredo Conte
evoca a su padre, que llegó desde Cosenza en 1887: "Mi
viejo, vos hiciste el mundo nuevo/ abriste surcos, criaste hijos/
y fuiste solamente un inmigrante/ No sé cómo decirlo
en dos palabras" (10).
Antonio
Dal Masetto, en el libro El padre y otras historias, "apela
a dos herramientas con las que, en obras anteriores, buscó
arrancarle al mundo algunas certezas en forma de literatura: la
memoria que desanda imágenes de un pasado ligado a la tierra,
y la observación de un presente urbano, plasmada en acuarelas
de pinceladas certeras que trazan el perfil de personajes noctámbulos
y marginales, habitantes de un territorio bien delimitado y reconocible:
la zona del Bajo" (11).
El
periodista Santo Biasatti expresó: "mi viejo fue un
inmigrante que llegó y estuvo un día en el hotel de
inmigrantes de Retiro. Llegó un viernes, el sábado
salió, el domingo fue a comer a casa de unas personas del
pueblo y el lunes fue a laburar. Y nunca habló bien castellano.
Pero como él no había podido quería que su
hijo fuese al colegio y se rompió el traste para que su hijo
pudiese estudiar" (12).
La
cantante Estela Raval recuerda a su padre: "Mi viejo era un
inmigrante italiano que llegó con una bebita en brazos. Su
mujer, en Italia, falleció cuando dio a luz a esa criatura.
A los pocos meses de llegar conoció a mi mamá, que
tenía catorce años, la pidió en matrimonio
a mi abuela que no sé cómo se la dio y a los quince
la hizo madre. Mi mamá crió al hijo que nacía,
Manuel, y a esa nenita que trajo mi papá de Italia"
(13).
El
padre de Gladys Onega era paciente con su hija enferma: "Después
de haberme ofrecido el néctar, la leche y la miel, mi padre
me alzaba y tomaba la posta en la continuación del rito nutricio;
con él las acciones eran lentas y alentadoras, él
no estaba agotado de cocinas y de chicos, venía de estar
horas con hombres resolviendo problemas de hombres y con su hija
menor le cundía la paciencia, que con el correr de las horas
a mi madre se le había ido al diablo. Inflexible era sin
embargo en darme de comer una cucharadita de sopa por los abuelos
de España, otra por los abuelos de Melincué, otra
por los huérfanos de la Guerra Civil, otra por el ángel
de la guarda dulce compañía y por todos los personajes
queridos y sagrados que se le ocurrían" (14).
Al
ver a su padre muerto, dice un personaje de Vázquez-Rial:
"Mi padre. Aquel gigante que me tomaba de la mano y me llevaba
hasta el fin del mundo. Cogido de su mano crucé el océano.
Cogido de su mano vi el cortejo de un rey negro. Cogido de su mano
encontré a Germán. Cogido de su mano. Cogido. ¡Dios
santo! Lo pienso en su lengua" (15).
"Lo
único que recuerda Roberto Arlt de su padre, según
sus biógrafos y su propio testimonio, no es muy halagüeño:
'Mañana te fajo', decía el prusiano. Arlt no dormía
en toda la noche y, a la mañana, sufría la paliza"
(16).
"Mi
padre, Moisés o Mauricio Ribak, según uso y costumbre,
fue el hijo tardío de un varón santo -escribe Andrés
Rivera-. Debe haberlo tenido a los 60 años, con una mujer
a quien doblaba en edad. Y lo destinó a que fuera rabino.
En medio de sonrisas cómplices, una tarde mi padre me contó
como rompió con la religión judía comiendo
cerdo en las gradas de la sinagoga de su ciudad natal, en Polonia.
Después, la perrsecución a los judíos hizo
que se viniera a los 18 años a la Argentina" (17).
Acerca
de su padre, escribe Juan Gelman: "Sabía de todo: economía,
historia, ciencias políticas. Lo que ahora se llamaría
un tipo culto. Recuerdo que, cuando cumplí 12 años,
me regaló la obra completa de Scholem Aleijem. Entonces no
lo supe, pero ahora me parece que ahí empezó todo.
Nunca pude escribirle nada, y creo que ése fue mi mejor regalo
hacia él" (18).
También
le inculcó el amor por la lectura el padre de Juan José
Saer: "En mi casa había dos o tres libros en árabe
dando vueltas -manifiesta el escritor-. Pero mi padre era un gran
lector. Creía en la cultura, y se había suscripto
a las Selecciones del Reader's Digest. Un día nos hizo una
bibliotequita para mi hermano y para mí, y allí guardábamos
las revistas y las Selecciones que devorábamos" (19).
Un
padre japonés protagoniza una novela: "Gaijin ('extranjero'),
primera novela de Maximiliano Matayoshi, es la historia de un adolescente
que en la segunda posguerra deja su Okinawa natal para emprender
un viaje geográfico y sentimental a la otra punta del globo.
La vida en el barco, los puertos, la amistad iniciática,
la comunidad japonesa en Argentina son escalas de una historia familiar,
la de su padre, que Matayoshi recrea en cuarenta y nueve breves
capítulos de ritmo ágil y prosa sobria y contenida.
Por este libro, el autor -veintitrés años, estudiante
del traductorado y del taller literario de Diego Paszkowski- ganó
el Premio 2002 a la mejor ópera prima de la Universidad Autónoma
de México y la editorial Alfaguara, cuyo jurado presidió
Mario Bellatin" (20).
En
"Ochenta" Orlando Mario Punzi evoca a su madre: "A
Dios, conmigo se le fue la mano.// Me dio todo: la mamma de primera,/
los amigos en tanda y un hermano,/ y ya de pibe le saqué
temprano/ cien sonetos, o más de la galera" (21).
También
Oscar González, en "La anunciación", evoca
a la madre italiana: "Y fue la mamma gringa,/ Querendona y
bravía, que entregó sus/ cachorros./ A otra tierra
y otra lengua" (22).
En
"Regreso", Rubén Benítez canta a su madre
española: "Nuestra madre,/ la pobre exclamaría/
Has vuelto muy cambiado/ como si fueras otro./ Jamás serás
el mismo/ que se ha ido./ Naciste con silencio/ de abismo/ en tu
costado/ y cuando te mecía/ velaba ya en tu piel la indiferencia./
Tu cuna ya era un barco/ de mares demorados/ y de ausencias.// Pobre
madre,/ portaba en su mirada/ distante y abatida/ la luz del desencanto/
triste flor de su tierra prometida" (23).
Francisco
Luis Bernárdez llora a su madre gallega: "Nuestras pequeñas
bicicletas iban por aquella carretera de España./ Detrás
quedaba Carballino, con sus casas envueltas por la madrugada./ Dejando
mi corazón mucho más a obscuras, el amanecer despuntaba./
¿Era posible que pudiera venir, como todos los días,
la mañana?/ El silencio de mis hermanos era el eco de la
soledad de sus almas./ Yo sentía sobre mis hombros algo parecido
al peso de una montaña./ El paisaje abría los ojos
como si no se hubiera enterado de nada./ Nunca olvidaré que
en el monte de Corzos había un ruiseñor que cantaba./
Al llegar a Dacón oímos el nombre querido en la voz
de la campana./ Mamá y el mundo habían muerto para
siempre y sólo aquella voz los lloraba" (24).
María
Nieves, bailarina de tango, "proviene de una familia humilde
-ella reafirma 'más que pobre'-. Fue criada en el barrio
de Saavedra. Sus padres eran de Lugo, España y aquí
tuvieron cinco hijos.(...) De chica la humildad familiar no la marcó.
Asegura que eran muy felices y que eso es imborrable. (...) A veces
me dicen, 'sos demasiado humilde, sos una tonta'. Así me
hizo mi mamá, eso me legó. Me enseñó
a andar derecha por la vida y no hacerle daño a nadie'. Esa
misma mamá -'la gallega'- cuando era niña le cantaba
tangos y valsecitos en vez de una canción de cuna" (25).
También
son españoles los padres de Fernando de Querejazu, quien
manifiesta haber escrito en su honor El pequeño obispo, evocación
de la infancia en el pueblo cordobés de Canals, fundado por
un naviero valenciano (26). Y los de Raúl G. Fernández
Otero, quien los evoca en el marco de un barrio porteño,
allá por el 30 (27). Y los de Jorge y Aída Luz, acerca
de quienes dice el hijo: "Mamá fue muy cobijadora con
nosotros. Papá nos quería pero no era de hacernos
caricias, nada. Entonces vos te vas adonde el sol más caliente"
(28).
A
su padre, Jorge Fernández Díaz le dedica un libro
con estas palabras: "Para Marcial, mi héroe. Y para
todos los 'argeñoles', esa extraña raza de mártires".
Sobre su madre escribe: "Había, en esos tiempos, mujeres
que al ser madres borraban el gusto, la coquetería, la ambición,
la razón, los deseos, el cuerpo, los resentimientos y hasta
los viejos temores para fundirlos en una única y magnífica
materia: el amor excluyente hacia sus hijos. Mamá fue una
de esas mujeres, y lo pagó caro" (29).
En
"Bíblica", Susana Szwarc evoca: "Madre es
anciana./ Madre es anciana y se ha/ embarazado./ Habrá una
hermana nueva. // Madre embarazada/ vomita y sus dedos aprietan./alambres/
del gallinero.// Por su boca sale la nieve/ de Siberia y aquí
-lejísimo-/el pueblo entero se llena de blanco/ barro.//
Madre ríe y las hijas reímos/ mientras mascamos/ un
poco de brea/ como si el mundo la nieve la brea/ fueran/ nuestra
pertenencia.// Y madre/ sabia en los vagones/ nos avisa:/ si uno
tiene que vivir vive/ si uno tiene que morir se/ muere.// ¿Porqué?
le decimos las nacidas/ pero ella se distrae por el buey/ quieto
entre las vías./ Y anuncia:/ este tren habrá de detenerse/
Podremos parir" (30).
En
América, por lo general, la familia estaba integrada solamente
por los padres y los hijos, ya que los demás habían
quedado en la tierra de origen. Esto se evidencia en Frontera sur,
novela en la que un gallego inmigrante dice a su padre que no se
acostumbra a los líos de parentesco; el padre le responde:
"Si vives toda tu vida en Buenos Aires, donde no hay más
que hijos y padres, cuando los hay, no te acostumbrarás.
Pero si un día vas a Galicia, sí" (31). Con el
correr del tiempo, esa realidad irá cambiando.
La
abuela es una figura muy fuerte en la familia inmigrante. Del Piamonte
vino la abuela de María Teresa Andruetto, quien contaba a
sus nietas los relatos que ella reunió en el libro Benjamino.
La escritora dedica este libro, en el que reescribe dos cuentos
tradicionales, "a la nonna Felicitas". Sobre ella expresa:
"Mi abuela Felicitas, la mamà de mi mamà, fue
colchonera, en el tiempo en que los colchones eran de lana, se apelmazaban
y debìan desarmarse y rehacerse cada tanto. De ella recuerdo
casi todo, porque la tuve hasta que fui grande: su casa de Arroyo
Cabral, donde nacì, el piso fresco de ladrillos de esa casa,
las màquinas de tisar lana, sus amigas hablando en una lengua
desconocida para mì, sus comidas deliciosas (¡el dulce
de leche azucarado!), su cara gordita, las mejillas coloradas, el
pelo blanco que prendìa con horquillas en un rodete... Horquillas,
rodetes, colchones apelmazados, màquinas de tizar lana...
nombres de cosas que ya no existen" (32).
Era
italiana la abuela de la poeta Griselda García, cuyas costumbres
la nieta evoca: "mi abuela preparando conservas/ de casi cualquier
cosa que crezca/ en la tierra del fondo;/ cuidando de no tirar/
bolsas, corchos, plásticos,/ tapas, bandejas, frascos,/ cartones,
papeles, piolines/ porque todavía pueden servir;". Así
vivía la mujer a quien "trajeron al país engañada/
diciéndole que iba a vivir en un castillo". De su abuelo
italiano, afirma la poeta: "mi abuelo, que cuando mataba algún
conejo nos decía:/ vayan con tu hermana a dar una vuelta/
y en cambio nos dejaba mirar la muerte/ en los ojos de las ratas
atrapadas en tramperas,/ escuchar sus chillidos de bebés
diminutos/ cuando el agua hirviendo les caía encima".
La poeta los corona con un emocionado elogio: "más que
mis padres,/ abuelos,/ ancianos sabios,/ abuelos,/ ángeles
en el camino" (33).
De
su nona Francesca, dice la actriz Virginia Innocenti: "era
perfecta. Estaba casada con el abuelo Francesco. Era la típica
abuela italiana, de pelo blanco, que jamás se puso una gota
de maquillaje; zurcía la ropa, preparaba dulce de uvas y
cappelletti. Esa era la mamá de mi papá" (34).
A sus abuelas españolas, inhumadas en tierra americana, canta
Ricardo Adúriz: "Dulces abuelas trashumadas/ desde estos
cielos/ a aquellos cementerios./ Que vuestros nombres, en medio
del océano/ de sombra, sajados vivos de la noche larga,/
os devuelvan la luz de un tiempo suave/ en Freas de Eiras -tierra
de Galicia-y en el Madrid de fin de siglo.// Vuestras son estas
últimas luciérnagas,/ fragmentos puros de un espejo
roto,/ donde brillan los rostros del olvido" (35).
A
su abuela española canta Baldomero Fernández Moreno,
en "Inicial de oro": "Nací, hermanos, en esta
dulce tierra argentina,/ pero el primer recuerdo nítido de
mi infancia/ es éste: una mañana de oro y de neblina,/
un camino muy blanco y una calesa rancia.// Luego un portal oscuro
de caduca arrogancia/ y una abuelita toda temblona y pueblerina,/
que me deja en la cara una agreste fragancia/ y me dice: -¡El
mi nieto, que caruca más fina!-// Y me llenó las manos
de castañas y nueces,/ el alma de leyendas, el corazón
de preces,/ y los labios recientes de un divino parlar.// Un parlar
montañés de viejecita bruja/ que narra una conseja
mientras mueve la aguja./ El mismo que ennoblece, hermanos, mi cantar"
(36).
Cuando
Borges recibiò el Premio Jerusalèn, recordò
en una entrevista a su "abuela inglesa, protestante, que sabìa
de memoria la Biblia" (37). A ella se refirió también
en un reportaje realizado por Noemì Ulla, recordàndola
como una persona estrechamente ligada a los libros con los que se
iniciò literariamente.
Dijo
a la escritora que su verdadera educaciòn fue la biblioteca
de su padre, "en gran parte de libros ingleses. (...) Yo recuerdo
sobre todo la Enciclopedia Britànica, que sigo releyendo
y que no he agotado aùn. Mi padre era profesor de Psicologìa
en Lenguas Vivas, èl tenìa que dar las lecciones en
inglès -mi abuela era inglesa- y era secretario en un Juzgado
Civil de los Tribunales, pero èl era ademàs profesor
de Literatura Inglesa" (38).
Evoca
el ambiente literario de su casa, relacionado con la extranjera:
"Habìa un excelente ambiente en casa, un ambiente literario.
Mi abuela era muy lectora, mi abuela inglesa sabìa de memoria
la Biblia. Ellos habìan sido predicadores metodistas, gente
de clase media en Inglaterra, de modo que Ud. citaba un versìculo
bìblico y ella decìa: Libro de los Reyes, capìtulo
tal, versìculo tal. O Libro de Job, capìtulo tal,
versìculo tal, o El Evangelio segùn Marcos, capìtulo
tal, versìculo tal, y seguìa adelante. En alemàn
se dice Bibelfest, es una persona que està firme en la Biblia.
Creo que Hafiz sabìa de memoria el Coràn, que Hafiz
quiere decir 'el recordador'. Hay mucha gente que sabe de memoria
el Coràn y sè que muchos protestantes, como mi abuela,
saben de memoria la Biblia. Se sigue la ùnica lectura, puede
ser aprendida".
Acerca
del arribo de la inglesa a nuestro paìs, dice Alifano: "La
abuela paterna de Borges, Frances Haslam Arnett, llegò a
la Argentina por una serie de curiosas circunstancias. Su ùnica
hermana, mayor que ella, se habìa casado con un ingeniero
ìtalojudìo, llamado Jorge Suàrez. Al fallecer
su madre, los Suarez la hicieron viajar a Amèrica del Sur.
Llegò a Paranà, la capital de Entre Rìos, despuès
de un accidentado viaje (el barco estuvo a punto de naufragar en
las costas del Brasil), a mediados de 1867. En Paranà fue
donde Frances Haslam conociò al coronel Francisco Borges".
La
ascendencia de Jorge Luis y su hermana, Norah, determinò
en què idioma se expresarìan: "En casa de los
Borges se usaba corrientemente tanto el inglès como el castellano
-afirma el biògrafo. Los niños sabìan que con
la abuela materna, Leonor Acevedo, tenìan que hablar español;
pero con Fanny Haslam lo debìan hacer en inglès. 'Con
el tiempo descubrì que esas dos maneras de hablar de un nieto
se llamaban la lengua castellana y la lengua inglesa', completò
Borges".
La
abuela Fanny no sòlo le legò el idioma y la aficiòn
a la lectura; le dejò tambièn material del que surgirìa
algùn texto: "Siendo niño -evoca Borges- escuchè
a Fanny Haslam muchas historias de la vida de fronteras de aquellos
tiempos. Ella habìa vivido experiencias terribles y maravillosas
al mismo tiempo, ya que, en los primeros años de la dècada
del setenta, mi abuelo fue comandante en jefe de las fronteras norte
y oeste de la provincia de Buenos Aires. Una de esas historias sirviò
de base para mi relato Historia del guerrero y la cautiva. Mi abuela
habìa conocido a varios caciques indios: Namuncurà,
Simòn Coliqueo, Pincèn y Catriel" (39).
María
Elena Walsh conserva las cartas que su abuela inglesa mandó
a Inglaterra. "La abuela de María Elena Walsh, llamada
Agnes, llegó a la Argentina con veinte años recién
cumplidos, a trabajar como gobernanta. Se casó, y la vuelta
a Inglaterra se fue retrasando. Estas cartas que le envió
a su padre -bisabuelo de María Elena- llegaron nuevamente
a la Argentina a manos de su papá, por intermedio de un pariente,
y éste se las regaló a María Elena cuando niña
para que recortara las estampillas. Pasaron más de 50 años
en sus manos antes de que sintiera curiosidad por las mismas y decidiera
hacerlas traducir, para luego incorporarlas en su libro Novios de
Antaño" (40).
La
decisión de María (41) es el libro que escribieron
María Carmen Merbilhaa del Frate y Amalia María Calandra
Merbilhaa. "Las autoras, al encontrar las cartas de su abuela,
hija de inmigrantes bearneses que se establecieron en el campo a
mediados del siglo XIX, descubren interesantes testimonios de vida
en el pueblo de General Belgrano y en la ciudad de La Plata a principios
del siglo XX. Ellas agregan comentarios y anécdotas propias
o transferidas por sus familiares. Pretenden homenajear a su querida
abuela y contar a sus descendientes, con un toque de humor, vivencias
de la infancia que compartieron" (42).
Una
abuela rumana cocinaba para sus nietos. Lo cuenta Miriam Becker,
la hija: "La cocina fue su pasión y un modo de dar amor.
A mis nietos no les puedo comprar juguetes como otras abuelas, porque
no me alcanza la jubilación, pero les hago bizcochitos con
jugo de naranja (quilalej) para que conviden a sus amigos"
(43).
Otra abuela, la de Fernando de la Orden, nacida en Logroño,
es homenajeada por medio de la muestra fotográfica "Pan
y manteca" (44).
En
un reportaje, Martín Seefeld evoca a su abuela inmigrante:
"Aprendí todo de mi abuela Lala. Era gallega y me enseñó
a disfrutar de todo, desde un plato de lentejas hasta bailar"
(45).
En
"Mi abuela Vida", Victoria Mizrahi de Misistrano recuerda
a su abuela, llegada desde lejos: "Doña Vida, ¡Abuela
Victoria!, que personaje!. La conocí por primera vez cuando
llegó desde Estambul, cola, con su pelo estirado y un pequeño
rodete. Su traje gris de pollera y redingote le daba cierto aire
de persona seria. No se por qué a su llegada me escondí
detrás de una puerta de la que me sacó para darme
caramelos que traía dentro de sus bolsillos. Esta escena
nunca la olvidé. Mi hermana menor nació a poco de
su arribo a Buenos Aires. Con su llegada nos acostumbramos a escuchar
sus cantos. Los entonaba desde que comenzaba con sus tareas en la
cocina, hasta la tarde que se dedicaba a pelar chauchas, arvejas,
arroz o porotos. Desde su llegada, la cocina fue su ámbito
habitual, ya que mamá la reservaba para ocupar los domingos.
Tratando de calcular el tiempo, cuando mi abuela llegó, tenía
casi sesenta años y yo sólo cinco. Compartimos 34
años de vida en común, ya que en 1963 cuando contaba
con 94 años, dejó de existir después de un
accidente. Yo ya tenía 39 años y dos hijos varones
que la adoraban, fue su bisabuela, y aún hoy la siguen recordando
con inmenso cariño" (46).
Carlos Alonso nació en Tunuyán, Mendoza, en 1929.
Tuvo "como abuelo materno a Salvatore Lisandrello, un siciliano
de Siracusa, y su abuelo paterno era Sandalio Alonso quien vino
de León. España. Ambos llegaron a nuestro país
en 1914" (47).
José
Alberto Marchi es nieto de inmigrantes italianos y españoles.
Gutiérrez Zaldívar se refiere detalladamente al origen
del artista: "Alberto Marchi, su padre, es el tercer hijo de
Carmen Ferreyra, andaluza nacida en Granada, España; y de
Sillo Catullo Marchi, lombardo nacido en Mántova, Italia".
El oficio del abuelo es recordado por Gutiérrez Zaldívar:
"Como su padre y sus hermanos, Sillo trabajaba en la sastrería
de la familia, ubicada en la Av. Las Heras, entre Ayacucho y Junín,
que con orgullo contaba entre sus clientes al Dr. Marcelo Torcuato
de Alvear. 'Benigno Marchi e hijos', decía el letrero de
la puerta del local, lugar simbólico donde José encontró
los hilos, ese motivo tan personal que hace inconfundibles a sus
obras. Hilos reales que su familia enhebraba en el quehacer diario,
y al mismo tiempo, hilos simbólicos que unen a José
con su obra".
"Sus
abuelos maternos Nazareno y Angela, eran italianos, nacidos en Ancona
y en Chietti respectivamente. Nazareno fue 'pastero' -juntaba fardos
para dar de comer al ganado-, y luego por largos años trabajó
como encargado en una fábrica de dulces, una rudimentaria
industria de principios de siglo, que bien podría ser el
escenario donde los personajes de José clasifican incansablemente
extraños vegetales" (48).
De
Italia vino el abuelo de Enrique Pinti, y trajo libros. Esos libros,
entre los que se contaba La Divina Comedia, tuvieron decisiva importancia
en la formación del nieto (49).
Márgara Averbach evoca a un abuelo inmigrante, que hizo a
su nieta un regalo muy deseado: "Yo siempre había querido
un cardenal -dice la protagonista de uno de sus cuentos. En ese
entonces, había muchos en los árboles de la casa de
las tías, como flores rojas más rápidas que
las otras. Y el abuelo -que había nacido en una ciudad de
Europa y después se había visto obligado a convertirse
en gaucho judío, una conjunción inimaginable para
él, supongo- me había prometido cazar uno para mí
ese verano" (50).
Vinculado
a la religión recuerda a su abuelo Máximo Yagupsky,
judío de Entre Ríos: "Muchos aldeanos plantaban
junto a sus casas parrales o higueras. Y cierta vez, siendo yo muy
niño aún, pregunté a mi abuelo por qué
había plantado una higuera y por qué en el huerto
de los Kaplan había una parra. Mi abuelo se sonrió
y acariciándome, me dijo: 'Cuando seas grande y estudies
la Biblia, lo comprenderás.
En
el Libro de Reyes, está dicho que durante el reinado del
más sabio de los hombres, el rey Salomón, los judíos
gozaban de paz y seguridad y cada cual se solazaba a la sombra de
una higuera o de su viña'. No lo entendí cabalmente.
Mi abuelo era parco en el hablar. Pero más luego, toda vez
que pasaba junto a la chacra del rabí don Israel Halperín,
lo encontraba sentado al pie de su higuera, envuelto en su taled,
el manto ritual, estudiando Talmud o leyendo los Salmos. Comprendí
que don Israel gozaba en la campiña entrerriana del solaz
esperado en Sion" (51).
A
sus mayores evoca Alicia Steimberg: "Recuerdo un viejo comedor
donde había fotos ovales de los que vinieron en el barco:
la bisabuela con el pañuelo en la cabeza que le cubre la
frente, el bisabuelo con la gran barba y el sombrero" (52).
A
su abuelo homenajea Gustavo Bedrossian: "Este chico, de nacionalidad
armenia, que simuló estar muerto, por la noche, cuando se
fueron los turcos, pudiendo sacarse algunos cuerpos de encima, logró
escapar con otros muchachos más. (...) Ese muchacho se llamó
Agop Bedrossian. Fue mi abuelo. Vivió más de cien
años. Falleció hace poquito. Mi padre lo homenajeó
a él y a su generación con dos libros: Hayrig I y
Hayrig II. Pasó por mil problemas más. Pudo llegar
a la Argentina. Se casó. Tuvo cinco hijos (falleciendo una
de sus hijas siendo muy pequeña de un modo trágico),
nueve nietos, En vida conoció a trece bisnietos (hace unos
días nacieron la catorce y la quince). Siempre, siempre,
siempre siguió luchando. Siempre, siempre, siempre, lo vi
orando de rodillas en su idioma a Dios por él y por los demás"
(53).
Con
la superstición, en cambio, se asocia el recuerdo de los
antepasados del actor Gabriel Corrado: "Los padres transmiten
la enseñanzas básicas; entre ellas, algunas difíciles
de explicar, como no abrir un paraguas bajo techo o caminar para
atrás si te cruzás con un gato negro, que yo recibí
de mis ancestros sicilianos" (54).
A
su abuelo, enfurecido por una travesura, se refiere Gloria Pampillo:
mi padre "me contó muchas veces cómo hizo estallar
con un rifle de aire comprimido los sapos de cerámica que
mi abuelo había hecho traer de Valencia y que tiraban agua
por la boca en la fuente. Después se trepó a un pino
y Severiano desde abajo le decía 'Pancho, baja' pero él
permaneció allí, esperando que al gallego se le calmara
la furia" (55).
El
poeta y ensayista César Fernández Moreno es el autor
del poema "Argentino hasta la muerte", en el que se refiere
a su condición de descendiente de españoles: "a
buenos aires la fundaron dos veces/ a mí me fundaron dieciséis/
ustedes han visto cuántos tatarabuelos tiene uno/ yo acuso
siete españoles seis criollos y tres franceses/ el partido
termina así/ combinado hispanoargentino 13 franceses 3/ suerte
que los franceses en principe son franceses/ si no que haría
yo tan español" (56).
No
todos los niños tenían familiares que los cuidaran
tan amorosamente. El Patronato de la Infancia surgió vinculado
con la inmigración, para proteger a los pequeños de
los que las familias no podían hacerse cargo. Con motivo
de conmemorarse los 110 años de la fundación de esta
institución, dice el diario Clarín: "El Patronato
se fundó el 23 de mayo de 1892, en medio de la gran crisis
económica y política que asolaba la Argentina, mientras
miles de inmigrantes llegaban al puerto de Buenos Aires con poco
más que sus esperanzas en la valija. Un grupo de personas
quiso proteger a los niños desamparados que desbordaban los
inquilinatos y deambulaban por las calles, y nació el Patronato
para cumplir esa misión: desde su creación atendió
a más de 1.750.000 niños en situación de riesgo"
(57).
También
fue importante para los inmigrantes la obra de Santa Francisca Javier
Cabrini, quien "recorrió Europa y las tres Américas,
fundando colegios, orfanatos, hospitales, asistiendo a los presos,
mineros, y en particular a los inmigrantes más indigentes,
por eso el Papa Pío XII la proclama 'Patrona de los Emigrantes'
el 8 de septiembre de 1950" (58).
Notas
1 S/F: "Pérez Millán", en Revista Mayores,
Año II, N° 11, 1994.
2 Poletti, Syria: "El tren de medianoche", en Mi mejor
cuento. Buenos Aires, Orión, 1974.
3 D'Amicis, Edmundo: "De los Apeninos a los Andes", en
Corazón.
4 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires,
Seix Barral, 1991.
5 Bedrossian, Eduardo: op. cit.
6 Montes, Graciela: "La infancia y los responsables",
en Machado, Ana María y Montes, Graciela: Literatura infantil.
Creación, censura y resistencia. Buenos Aires, Sudamericana,
2003.
7 Moreno, Marcelo A.: "El país de los chicos felices",
en Clarín, Buenos Aires, 2 de abril de 1997.
8 Jaim Etcheverry, Guillermo: "Los nuevos emigrantes",
en La Nación, Buenos Aires, 7 de abril de 2002.
9 Guimil, Elena: "Mi búho", en El desafío.
Buenos Aires, Sudamericana, 2000.
10 Conte, Alfredo: Pascualino. Edición homenaje. Buenos Aires,
2001.
11 Dal Masetto, Antonio: El padre y otras historias. Buenos Aires,
Sudamericana, 2003.
12 Masci, Florencia: "Santo Biasatti. Un reflejo de nosotros
mismos", en Noticias de Luján, Año I, N°
53. 27 de junio de 2002.www.lujanargentina.com/www.lujanargentina.com.ar.
13 Saidon, Gabriela: "Si no te enamoraste, no podés
cantarle a la vida", en Clarín, Buenos Aires, 26 de
septiembre de 2003.
14 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori,
1999.
15 Vázquez- Rial, Horacio: op. cit.
16 Varios autores: "Mi viejo", en Veintitres. Buenos Aires,
17 de junio de 2004.
17 ibídem
18 ibídem
19 ibídem
20 Costa, Flavia: "De nombre extranjero", en Clarín,
Buenos Aires, 21 de junio de 2003.
21 Punzi, Orlando Mario: "Ochenta", en La Nación
Revista, Buenos Aires, 26 de octubre de 1997.
22 González, Oscar: "La anunciación", en
El Tiempo, Azul, 16 de abril de 2000.
23 Benítez, Rubén: "Regreso", en La Nueva
Provincia, Bahía Blanca, 3 de septiembre de 1998.
24 Bernárdez, Francisco Luis: "Poema de as cuatro fechas",
en Cielo de tierra. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1948.
Ilustraciones de Horacio Butler.
25 Pacheco, Carlos: "María Nieves: la princesa del Plata
baila hoy", en La Nación, Buenos Aires, 7 de marzo de
2004.
26 Querejazu, Fernando de: El pequeño obispo. Buenos Aires,
Editorial Lumen, 1986.
27 Fernández Otero, Raúl G.: Ausencias, presencias
y sueños. Buenos Aires, Ediciones Tu Llave, 2000.
28 Guerriero, Leila: en La Nación Revista
29 Fernández Díaz, Jorge: op. cit.
30 Szwarc, Susana: Bailen las estepas. Ediciones de la Flor.
31 Vázquez-Rial, Horacio: op. cit.
32 Andruetto, María Teresa: Benjamino. Buenos Aires, Sudamericana,
2002.
33 García, Griselda: poema inédito.
34 Guerriero, Leila: " Virginia Innocenti. Melodía para
actriz y piano", en La Nación Revista, 4 de noviembre
de 2001.
35 Adúriz, Ricardo: Torre del homenaje. Madrid, Ediciones
Cultura Hispánica del Centro Iberoamericano de Cooperación,
1979.
36 Fernández Moreno, Baldomero: "Inicial de oro",
en Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán
Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones
Peuser, 1957.
37 S/F: en Borges e Israel. El asiduo manuscrito". Buenos Aires,
Embajada de Israel en Buenos Aires, 1987.
38 Ulla, Noemí:
39 Alifano, Roberto: Borges, biografía verbal. Plaza &
Janés.
40 Walsh, María Elena: Novios de antaño. Buenos Aires,
Editorial Sudamericana, 1991.
41 Marbilhaa Del Frate, María Carmen y Calandra Merbilhaa,
Amalia María: La decisión de María. Buenos
Aires, Dunken, 2003.
42 S/F: Información de prensa acerca de Marbilhaa Del Frate,
María Carmen y Calandra Merbilhaa, Amalia María: La
decisión de María. Buenos Aires, Dunken, 2003.
43 Becker, Miriam: "La última idische mame", en
La Nación Revista, 23 de marzo de 1997.
44 Guerriero, Leila: "Pan & Manteca", en La Nación
Revista, 5 de mayo de 2002.
45 Madrazo, Cecilia: "Martín Seefeld: 10 cosas que sé",
en La Nación Revista, Buenos Aires, 29 de diciembre de 2002.
46 Mizrahi de Misistrano, Victoria: "Mi abuela Vida",
en SEFARaires, N° 14.
47 Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: "Los inmigrantes",
Catálogo de la muestra de Alonso y Marchi en Casa FOA 2000,
Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires, Octubre-Noviembre
de 2000.
48 Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: Marchi. Buenos Aires,
Zurbarán Editores, 1995.
49 Pinti, Enrique: Mensaje de apoyo a las Bibliotecas Públicas.
TN/FM Aspen, Octubre de 2004.
50 Averbach, Márgara: "El cardenal", en Aquí
donde estoy parada. Alción, 2002.
51 Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires,
Editorial Fraterna, 1986.
52 Steimberg, Alicia: "Teatro con debate: 'Tras el paso de
los grandes' ", en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A.
(comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes
plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
53 Bedrossian, Gustavo: "A los que se encuentran en un pozo",
en www.psicorecursos.com.ar.
54 Baduel, : "Por la vuelta", en Clarín.
55 Pampillo, Gloria: op. cit
56 Fernández Moreno, César: "Argentino hasta
la muerte", en La poesía argentina. L. Lugones, B. Fernández
Moreno, R. Molinari y otros. Antología, prólogo y
notas por Alberto M. Perrone. Capítulo Buenos Aires, CEAL,
1979.
57 S/F: "Más de un siglo por los chicos", en Clarín
Viva, 23 de mayo de 2002.
58 Folleto entregado en 2002 en el Hotel de Inmigrantes.
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