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Motivos
Guerras, persecuciones
Leopoldo
Díaz, en el poema "Tierra prometida", expresa:
"¡América! te anuncia el nuevo día/ en
que el arte y la ciencia te den gloria./ Serás del pensamiento
la victoria,/ no la victoria de la guerra impía.// La voz
del porvenir es la voz mía;/ mi palabra augural no es ilusoria;/
hecha de luz y lágrimas tu historia/ habla en mí con
fervor de profecía.// El viejo mundo se desploma y cruje...
El odio, entre la sombra acecha y ruge.../ Una angustia mortal tiene
la vida...// Y como leve arena que alza el viento,/ a ti vendrán
el paria y el hambriento/ soñando con la Tierra Prometida"
(1).
La política aparece reiteradamente como motivo de emigración.
Del fascismo y sus reiteradas golpizas huye el protagonista de El
laúd y la guerra, libro de Martina Gusberti. Decidió
emigrar "porque él, como vehemente socialista, fue apaleado
varias veces por los camisas negras". El anciano narra qué
había sucedido: "Sabían que era músico,
director de una banda, y me buscaron para colaborar, pero yo me
negué a tocar la marcha fascista y por eso me ligué
unos buenos bastonazos, ¡brutte bestie! Me protegí
la cabeza como pude, pero ésa es otra historia. Después,
emigré a América" (2).
Syria Poletti evoca la guerra, por ejemplo, a través de los
ojos de un personaje, en "Agua en la boca". La protagonista
se encuentra con un hombre que sufre las secuelas de la contienda.
Así lo describe: "Comenzaba ya a bajar cuando vi que
por el sendero empinado trepaba oscilante Chero, el loco, borracho
como siempre. Para él, la guerra era un permanente estado
de alerta, porque en ella había perdido un brazo y encontrado
todas las alucinaciones que todavía lo trastornaban. Y sólo
en el vino encontraba un ruidoso olvido" (3).
En "Desarraigo", cuento de Ana María de Benedictis,
el narrador, que piensa en emigrar de la agobiada Argentina del
siglo XXI, se arrepiente, evocando una historia familiar vinculada
con la guerra: "Recordó que una mañana muy temprano
llegó una carta bordeada de una franja verde, blanca y roja;
que la abrió su abuela materna y comenzó a secarse
las lágrimas con el delantal; (...) esperaron en la vereda
a su padre. (...) Su madre, Mariana, había muerto hacía
ya quince días. El correo tardaba mucho y él hacía
quince años que no la veía. Recordó el duelo
a distancia y el dolor de tanta ausencia amontonada, de tantos besos
perdidos y de tanta soledad impuesta por un país destruido
por la guerra" (4).
Los recuerdos bélicos tienen que ver para el autor de La
tierra incomparable, con la figura paterna. En un reportaje, Antonio
Dal Masetto recuerda al italiano Narciso, un hombre valiente. De
él dice: "era tremendamente trabajador, tremendamente
amante de su familia y tremendamente testarudo. Durante la Segunda
Guerra Mundial, él trabajaba en una fábrica. Su turno
terminaba a medianoche. Había toque de queda desde las siete
de la tarde, y muchos se quedaban a dormir en la fábrica,
por temor. Mi padre volvía a casa. Su argumento era grande
como una montaña. Decía: Yo quiero dormir en casa.
Tengo una casa, y nadie me lo puede prohibir. Ni Hitler, ni Mussolini..."
(5).
También escapa del fascismo el padre de Roberto Raschella.
El escritor narra: "Mi padre vino varias veces desde la primera
preguerra, hasta que, perseguido por el fascismo, se quedó
aquí para siempre en 1925. Mi madre, después de muchas
dificultades para poder salir de Italia, llegó en 1929"
(6).
Debieron emigrar Julián Centeya (Amleto Vergiati) y su familia:
"El 15 de septiembre de 1910 nació en Borgotaro, un
pueblo de la provincia de Parma, Italia, Amleto Enrique Vergiati,
hijo de un periodista del diario Avanti, cuyo jefe de Redacción
era Benito Mussolini, el futuro 'Duce'. Diez años después,
realizada ya la histórica marcha sobre Roma (1920), la represión
sobre la izquierda se tornó violenta y obligó a muchos
opositores al régimen a decidir su exilio. La familia Vergiati,
integrada por Carlos, el padre, Amalia, la madre, y los tres hijos,
dos mujeres y Amleto, no fue una excepción y viajó
hacia la Argentina como casi la mayoría de los refugiados
políticos de ese momento" (7).
Juan Fazzini recuerda que su madre los impulsó a emigrar:
"Fue Rina quien alentó a la familia a dejar Italia y
venirse a la Argentina para escapar de la miseria que había
dejado la Segunda Guerra Mundial. 'Es una tierra donde no hay hambre
y no hay guerra', le decía a su esposo Pedro, que era mecánico
de vuelo" (8).
Hubo quien vino por un tiempo, y no pudo regresar. Finalmente, se
estableció aquí: "Mi abuelo, un anárquico
antifascista, había partido en 1926 por motivos políticos
-comenta Laura Pariani, escritora italiana autora de Quando Dio
ballava il tango. Estaba convencido de que el fascismo caería
de un momento a otro y de que su estadía en la Argentina,
fruto de la necesidad, habría de durar poco. Mi madre tenía
menos de un año cuando él partió. La idea de
mi abuelo era regresar, pero el fascismo no cayó. Fue así
como, postergando cada año el regreso, mi abuelo construyó
su nueva vida en la Argentina, donde vivió sus últimos
cuarenta años" (9).
Huyendo del Mariscal Tito venían los Ranni, de Trieste. Cuenta
Rodolfo: "viví muchos años con el recuerdo del
rincón donde había dejado mis juguetes, cuando nos
escapamos. Fue una fuga como en el cine: mi hermano y yo escondidos
en el altillo de la casa de mi padrino, que era el cura del pueblo;
mi mamá, en un carro tirado por caballos de un padrino de
mi papá. Y como estaba por dar a luz a mi hermano, en la
frontera inglesa la dejaron pasar..." (10).
La emigración aparece como una alternativa que otros italianos
no aceptan, porque no pueden abandonar a sus muertos. En su novela
La piel, Curzio Malaparte dice que los difuntos "no pueden
pagarse un billete para América, son demasiado pobres. No
sabrán jamás lo que es la riqueza, la felicidad, la
libertad. Han vivido siempre en la esclavitud; han sufrido siempre
el hambre y el miedo. Incluso muertos serán siempre esclavos,
sufrirán hambre y miedo. Es su destino, Jimmy. Si supieses
que Cristo yace entre ellos, entre estos pobres muertos, ¿Lo
abandonarías?" (11).
Vino de Italia -donde había emigrado anteriormente- el abuelo
de José Eduardo Abadi. El nieto relata: "El abuelo paterno
era juez, en Siria, pero como tuvo que abandonar el país
por razones políticas, se mudó a Milán con
toda la familia. Al poco tiempo, llegó el fascismo y tuvieron
que volver a emigrar... Así llegaron a la Argentina"
(12). Los sirio-libaneses llegaron "dejando atrás los
conflictos producidos por la invasión del Imperio Otomano,
para radicarse en zonas inhóspitas del Noroeste, San Juan
y la Patagonia fronteriza" (13).
El croata Miro Kovacic padeció la guerra en su país
de origen. Así recuerda el efecto de la contienda en los
espíritus: "Se descubren tantas cosas en este otro mundo.
El de los muertos vivientes. Descubrí que el ser humano tiene
una capacidad de sufrimiento sorprendente y se adapta a las situaciones
más difíciles. Es más. En esos momentos en
los cuales la vida no vale una moneda (mucho menos que un cigarrillo),
se dan situaciones en las que se puede notar una clara certeza de
la existencia del otro a nuestro lado y un 'darse' a él que
asombra a quien se ha acostumbrado a ver el lobo del hombre comiendo
al contrario, o al mundo, y aún comiéndose a sí
mismo. Es notable ver cómo alguien puede pasar de un acto
de crueldad extrema a otro de la más sublime bondad en el
mismo día. Cada uno lleva dentro de sí ángeles
y monstruos. Esa es la lucha constante con la que debemos cargar"
(14).
Pedro Opeka, sacerdote en Madagascar, "tiene cincuenta y cinco
años y dos padres eslovenos que se establecieron en Argentina
tras huir de la Yugoslavia comunista de posguerra. Junto a ellos
y sus siete hermanos se crió en Ramos Mejía, donde
aún viven doña María y don Luis" (15).
También emigraron los eslovenos, entre ellos, los padres
de un periodista: "Alfonso Pipan y Tatiana Svajgar, prófugos
de su país natal terminada la Segunda Guerra Mundial, llegaron
como inmigrantes en 1948 a la Argentina" (16).
A la vienesa Hedy Crilla, "el creciente antisemitismo de los
nazis en el poder las empujó, como a tantos, al exilio: primero
en París -donde vivió entre 1936 y 1940 y trabajó
en teatro, radio y cine- y luego en la Argentina" (17).
"En 1939, como tantos otros judíos perseguidos por las
hordas de Hitler, los Hurwitz se despidieron de su casa", en
Alemania (18).
Fueron perseguidos los Flichman en su tierra, cuenta una inmigrante
afincada en Mendoza. En Rojos y blancos, Ucrania, Rosalía
de Flichman evoca el entorno en el que se desarrolló su infancia.
Las persecuciones, la revolución, la guerra civil, las violaciones
y los asesinatos -a los que se suman las inundaciones y el tifus-
son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy corta
edad: "Los blancos están en la ciudad, persiguen sin
cesar a los judíos. Matan a los hombres, se apoderan de las
mujeres jóvenes y hasta de las niñas. Estoy cansada
de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy los blancos,
mañana los rojos. Como somos despreciables burgueses, estos
invaden la casa y nos reducen a dos habitaciones. El hambre se hace
sentir, duele".
Más adelante manifestará una preferencia, en su desgracia:
"Quiero que vuelvan los rojos; cantan la 'internacional' y
nos asustan, pero que vengan pronto. Los blancos son peores, ignorantes,
desalmados, asesinos". Afirma que ella y su familia eran perseguidos
en su país de origen por dos motivos: su condición
de judíos y de burgueses. Si estas dos causas motivaron la
amenaza constante a la que estaban sometidos, también significaron
la posibilidad de radicarse en nuestra tierra, ya que la madre se
apoyó "en instituciones judías que ayudan a los
emigrantes fugitivos que salen de Rusia", y el hecho de ser
pudientes les permitió una salvación que a otros estuvo
negada (19).
María Arcuschín recuerda, en De Ucrania a Basavilbaso,
los relatos familiares sobre la razón que los llevó
a emigrar. Los antepasados "Fueron casa por casa, puerta por
puerta alertando sobre el peligro del próximo pogrom y la
urgencia de partir hacia América en busca de libertad y de
paz" (20).
El pequeño protagonista de "Historia con tango y misterio",
de Oche Califa, pregunta por qué sus abuelos emigraron de
Rusia. El padre le contesta: "Por el ejército del zar.
Cada vez que aparecían por la aldea donde vivía era
para llevarse a los jóvenes a pelear en alguna guerra en
la otra punta del país" (21).
Emigraron, asimismo, los padres de Alejandra Pizarnik: "Flora
Pizarnik -nacida en Buenos Aires en 1936, apodada Buma, convertida
en Alejandra con la edición de su segundo libro- hizo su
elección definitiva por la poesía. Flora (Buma en
idish) era la segunda hija del matrimonio formado por los rusos
Elías Pizarnik y Rosa Bromiker, que en 1934 dejaron su Rovne
natal (donde algunos años despúes los nazis masacraron
a sus familias), para instalarse en los suburbios soleados de Avellaneda"
(22).
Max Gurovitz, su esposa Fany y su hijo David emigran de Polonia,
donde "Otra vez los gritos de 'yid' atronaban la calle. El
viaje había sido inútil. Se culpó por haberla
dejado sola mientras él iba al mercado. Aún tenía
el uniforme ruso de inválido, si no ya estaría hecho
pedazos. Para ellos la guerra había terminado pero no su
odio por los judíos. (...) el celo polaco podía dejar
atrás a los alemanes si de matar judíos se trataba.
(...) También de Polonia debían irse" (23).
Alejandro Kokocinski, "hijo de un polaco y una rusa, nació
en Italia pero creció en la Argentina. (...) Recién
a los 21 años Alejandro Kokocinski consiguió una nacionalidad,
la argentina. Hasta entonces era un apátrida. 'Yo tengo una
gran pasión por la Argentina, me considero muy argentino
-aclara-. Recién me dieron la doble ciudadanía italiana
de grande, porque como aquí rige la ley de sangre yo no tenía
una patria. Mis padres eran dos refugiados corridos por la guerra,
un polaco y una judía rusa'. (...) Los dos tuvieron la gran
fortuna de que descarrilara el tren que los llevaba al campo de
exterminio nazi de Treblinka 'porque si no yo no estaría
aquí'. Huyeron entre mil peripecias, estuvieron un año
escondidos y llegaron a un campo de refugiados en Italia. (...)
'En ese contexto dramático yo vine al mundo en 1948'. (...)
Papá Kokocinski organizó con otros soldados la liberación
de su pareja. Escaparon todos. Llegaron a Génova y se escondieron.
Querían ir a la Argentina. 'El cónsul se apiadó
y los dio un salvoconducto'. Una carreta del mar los trajo a Buenos
Aires" (24).
Para proteger a su hija de lo que vendría es que una madre
judía quiere que la niña deje Europa. Cumpliendo la
última voluntad de su esposa, el belga Divas se traslada
con su hija a Ensenada "a finales de los treinta". La
moribunda había dicho: "ma fille doit arriver en Amérique
avant que mon cadavre refroidisse" (25). Esta es la historia
que relata Gabriel Báñez en Virgen, novela finalista
en el Premio Planeta 1997.
Entrevistado por Mario Diament, dice Máximo Yagupsky: "¿Cómo
han venido aquí nuestros judíos? Escapando, prácticamente,
de pogroms. Los que han venido a la Argentina, sobre todo. No los
movía, como a los italianos, el buscar una vida más
confortable o huir de la miseria. Allá los judíos
eran pobres, pero estaban acostumbrados a la pobreza. Amaban la
vida en el ghetto porque significaba la vida en común, en
la gran familia, a tal extremo que mi abuela murió a los
noventa y tantos años y hablando de su país de origen
decía siempre 'allí, en mi casa'. A pesar de que vivían
en la miseria, era su hogar" (26).
"El país de Gales, viendo comprometido su antiquísimo
patrimonio cultural ante la presión ejercida por Inglaterra,
decidió responder a la política inmigratoria propuesta
por la República Argentina. Así fue como algunos eligieron
a la Patagonia cuya condición deshabitada alentó sus
ideales" (27).
La Guerra Civil fue el motivo para que muchos españoles emigraran,
entre ellos, el gallego Arturo Cuadrado Moures, pasajero del Massilia,
quien recuerda ese trance: "En el año 1936 sube Franco,
aquella tremenda traición en donde los hombres tuvieron que
matar a los hombres. Surge la famosa guerra civil que duró
tres años y donde han muerto casi dos millones de españoles.
Nosotros, el ejército republicano, que dominábamos
Madrid, Valencia y Barcelona, no teníamos fuerzas, teníamos
la canción y teníamos a América" (28).
Durante la contienda, "los dirigentes del PNV (Partido Nacionalista
Vasco) se refugiaron en las colonias vascas de América latina
y buscaron el respaldo logístico y económico de Estados
Unidos y Gran Bretaña. En nuestro país se produjo
una movilización de la comunidad para favorecer la radicación
de los fugitivos vascos, tanto de los que procuraban salir de España
como de los que se habían establecido momentáneamente
en Francia antes de que fuera ocupada por el ejército nazi.
El presidente Roberto Ortiz, un descendiente de vascos, reconoció
ya en 1940 a un comité de personalidades argentinas y españolas
como intermediario para la rápida entrada de los que emigraban
de Europa, con la garantía de que no tuvieran antecedentes
comunistas" (29).
La Guerra Civil hizo que emigrara la española María
Luisa Robledo, casada con el argentino Aleandro, hijo de italianos.
Recuerda la actriz Norma Aleandro: "Estaban en la compañía
de De Rosas en España, se conocieron, se enamoraron. Tuvieron
a mi hermana y con la guerra se vinieron para acá. Con mi
abuela, la madre de mi madre, de manera que yo nací en Buenos
Aires" (30).
El humorista Quino es "nieto de una comunista militante e hijo
de republicanos exiliados". Acerca de sus mayores, expresó:
"Mi abuela era una militante que vendía los bonos del
partido. Mi padre no quería que lo hiciera. Y se armaban
unas trifulcas terribles en mi casa. Cuando era niño, escuchaba
radios de Moscú y de Pekín. Pero también admiraba
a Bing Crosby y estaba enamorado de Mirtha Legrand. Yo tenía
diez años" (31).
Manuel García Ferré nació en Almería
en 1929. "Llegó a nuestro país a los 17 años,
dejando atrás los sinsabores de la Guerra Civil en su España
natal" (32).
El guitarrista murciano Manolo Iglesias, en una entrevista, contó:
"Primero vino mi padre solo a buscar trabajo en 1948, como
inmigrante, escapado de la guerra civil en España. Al año
siguiente vinimos mi madre y yo. Yo contaba sólo con dos
años de edad cuando llegamos. (...) yo me crié aquí,
llegué desde muy chico, tengo mi casa, mi familia, mi padre
murió aquí, vivo con mi madre" (33).
Llegaban sefaradíes. En su libro La cita en Buenos Aires,
Saga de una gran familia sefaradí, Vittorio Alhadeff, "oriundo
de la ciudad de Rodas, hace desfilar ante el lector diversos episodios
del dominio turco y de la ocupación italiana del Dodecaneso.
Pero la tremenda verdad de las guerras da paso a la crueldad del
fascismo y del nazismo para cerrarse con la llegada en los años
40 a Buenos Aires, donde se refugian los últimos miembros
de una familia que creyó en el trabajo y en el progreso"
(34).
De Esmirna viene otros sefaradíes, aterrorizados por las
matanzas de griegos y armenios: "Masaltó sabía
que la situación en Izmir no les ofrecería paz por
mucho tiempo, que su dolor por la pérdida de Antoinette y
toda esa familia armenia, le dolía por las familias armenias
deportadas de Izmir, esa herida no cerraría con facilidad"
(35).
"Acerca de las causas de la emigración, los armenios
de la Argentina consideran que la misma fue forzada, a partir de
las persecuciones políticas en el Imperio Otomano, antes
de la Primera Guerra (matanzas de Adana, 1909) y durante ella (Genocidio
de 1915)" (36).
En "A los que se encuentran en un pozo" (37), Gustavo
Bedrossian homenajea a su abuelo: "esta es una historia real,
crudamente real, maravillosamente real. La situación es la
siguiente: el protagonista es un adolescente que ha perdido a su
familia. Hace minutos vio cómo delante de sus narices mataron
a parte de su familia a palazos. A él mismo luego de golpearlo
lo arrojan a un pozo donde tiran los cadáveres de los que
golpean y matan pensando que está muerto. Pero él
no está muerto... Siguen matando gente y tirándola
encima de este muchacho. Sangre, gritos, el propio dolor, el pánico.
Un pozo... un pozo donde sólo se respira muerte. ¿Qué
expectativas podemos tener de este muchacho? Quizá el más
optimista puede suponer que sobreviva y termine con algún
tipo de enfermedad mental. ¿Sabés cómo siguió
la historia? Este chico, de nacionalidad armenia, que simuló
estar muerto, por la noche, cuando se fueron los turcos, pudiendo
sacarse algunos cuerpos de encima, logró escapar con otros
muchachos más. Un detalle para agregar: un hermano suyo que
sobrevivió prefirió quedarse en el pozo para estar
con una mujer que suponía era su madre. Ese muchacho se llamó
Agop Bedrossian. Fue mi abuelo".
Décadas después llegarían más japoneses
(38), a sumarse a la colectividad que ya estaba instalada aquí
en tiempos del Centenario (39).
En Flores de un solo día, Anna Kazumi Stahl relata la historia
de "Aimée y su madre, Hanako. Las dos llegaron procedentes
de Nueva Orleáns (o la nada) cuando Aimée era apenas
una niña. La japonesa Hanako parece la más desprotegida
de las dos: muda, tal vez loca, decidida a permanecer siempre adentro.
El paso de los años las adapta: Aimée va a la escuela,
aprende el idioma, crece y termina por hacerse cargo de una florería.
La siempre muda Hanako se dedica a fabricar con paciencia, muy buen
ánimo y éxito, creaciones florales e 'ikebanas' diarios
para la propia casa" (40).
"Gaijin ('extranjero'), primera novela de Maximiliano Matayoshi,
es la historia de un adolescente que en la segunda posguerra deja
su Okinawa natal para emprender un viaje geográfico y sentimental
a la otra punta del globo. La vida en el barco, los puertos, la
amistad iniciática, la comunidad japonesa en Argentina son
escalas de una historia familiar, la de su padre, que Matayoshi
recrea en cuarenta y nueve breves capítulos de ritmo ágil
y prosa sobria y contenida. Por este libro, el autor -veintitrés
años, estudiante del traductorado y del taller literario
de Diego Paszkowski- ganó el Premio 2002 a la mejor ópera
prima de la Universidad Autónoma de México y la editorial
Alfaguara, cuyo jurado presidió Mario Bellatin" (41).
En América, las opiniones estaban divididas. Relata Ema Wolf
: "En 1896 se creó la Asociación Patriótica
Española. Organizó una bolsa de trabajo, se ocupó
de repatriar a los que carecían de medios para hacerlo y
colocó comisarios en los barcos para que controlaran las
condiciones en que se hacían las travesías. Pero el
motivo de su fundación fue la guerra entre España
y Cuba".
"A mediados de la década del '90 la nutrida colonia
hispana se conmovió al saber que cobraba fuerza en Cuba la
lucha por la independencia, debido a la acción de José
Martí y los grupos de patriotas. La Asociación promovió
colectas para ayudar a la nación en guerra y a los soldados
que se batían lejos de la patria. Las opiniones, sin embargo,
no eran unánimes. Dentro de la colectividad había
quienes apoyaban la causa cubana. A los gritos de '¡Viva España!'
y '¡Viva Martí!' se trenzaban los dos bandos en las
veredas de la Avenida de Mayo, y en una oportunidad volaron como
proyectiles las sillas y mesas del café Tortoni. Cuarenta
años más tarde, cuando la Guerra Civil partió
a España en dos, se enfrentaron en el mismo escenario franquistas
y republicanos. Nada de lo que sucedía allá resultaba
indiferente a esta especie de sucursal de la península".
"Al ser bombardeado en la bahía de La Habana el acorazado
Maine, de la marina de los Estados Unidos, esta potencia encontró
un pretexto para intervenir en Cuba e iniciar acciones contra España
que, debilitada, ya no pudo defenderse. Los españoles en
la Argentina manifestaron su indignación en mítines
callejeros agitando banderas amarillas y rojas. Con festivales y
suscripciones, la Asociación Patriótica logró
reunir fondos para adquirir un buque de guerra, el crucero Río
de la Plata, que donó a la armada de su país. Pero
el enemigo ya era otro y muy dispares las fuerzas. España
resignó su colonia, que no hizo sino cambiar de mano"
(42).
Los avatares de las contiendas se vivían con gran tristeza
Lo recuerda María Trepicchio de Danna, a los 101 años:
"Ah, la Primera Guerra se sufrió mucho porque todos
los inmigrantes tenían a sus familiares en Europa".
La ayuda a los damnificados no se hizo esperar: "Con el Círculo
de Damas Francesas tejí para los soldados partidarios de
De Gaulle". Cuando la guerra llega a su fin, también
en la Argentina festejan: "la paz se celebró con locura,
en casa entonamos La Marsellesa aquel día, con la bandera
desplegada en el living" (43).
En un poema de Marcos Silber se evoca la amargura de los que, en
la nueva tierra, sabían que los suyos eran víctimas
de la persecución. Desde la Argentina, quienes emigraron
observan impotentes el genocidio. La angustia y la desolación
son presentadas por medio de imágenes de los adultos, a los
que un niño comprende desde su infinita sabiduría:
"Mamá llorándole toda la cabeza al pequeño.
Regándole/ el sueño, todo el juego. Mamá que
regresa con papeles./ Cartas, papeles de adiós y tormento.
Avisos de nuevos/ silencios. 1940" (44).
A un suceso de la infancia de Marcos Aguinis, se refiere Jorge Fernández
Díaz: "El pibe tenía siete años y estaba
parado junto a la puerta del dormitorio de sus padres escuchando
exclamaciones y ruidos sordos. Había llegado por correo una
carta desde Europa, y aquellos dos inmigrantes taciturnos se habían
encerrado bajo llave a leerla en secreto. El hijo no entendía,
en ese momento, por qué lo habían dejado afuera, donde
permanecía con el aliento contenido. En esa vigilia y en
ese desconcierto estaba cuando el padre salió despacio, doblado
por el dolor, y entonces el hijo lo vio llorar por primera vez en
toda su vida. La carta narraba sin eufemismos la suerte que habían
corrido su abuelo y las dos tías que Marcos jamás
llegaría a conocer, en la lejana República de Moldavia,
donde los nazis arreaban judíos para hacinarlos en los campos
de concentración o asesinarlos en los hornos de exterminio"
(45).
Norma Manzur afirma: "Aunque en ese entonces lo ignoré,
fueron años de mucho dolor y tristeza en nuestra familia.
Las cosas importantes, serias y sobre todo la tristes se hablaban
en idisch, idioma que nunca aprendí. La guerra en Europa
mataba a los judíos y los padres, hermanos y otros parientes
de mamá y papá no escaparon a ese destino. Sólo
después que Gerardo viajó a Polonia al 50 aniversario
del Levantamiento del Ghetto de Varsovia, supe que mis abuelos maternos
murieron en el campo de concentración de Treblinka. Qué
pasó con el resto de la familia, mi abuela paterna y mis
dos tías y otros parientes cuyo registro nunca tuve, no lo
sé" (46).
Escribe Mauricio Goldberg que en una familia de inmigrantes judíos,
"para el sábado era reservada esa única posibilidad
en la semana de encontrarse todos alrededor de la mesa compartiendo
la comida. Cualquier intento por modificar esa costumbre hallaba
la cerrada oposición del padre y sus recuerdos que flotaban
durante los almuerzos en la casa del abuelo. Ese abuelo que Mario
no había conocido a resultas de la guerra, la misma que de
una u otra forma se las arreglaba para hacerse presente entre ellos"
(47).
Mónica Sifrim escribe: "No señor. En mis antepasados
no hay diabéticos, hipertensos,/ cardíacos ¿Cómo
explicarle? De cada diez antepasados míos,/ uno moría
en las revoluciones, otro en las cámaras de gas/ y cuatro
o cinco de melancolía" (48).
Los inmigrantes padecen las secuelas de la guerra. En un cuento
de Sebastián Jorgi, un hombre dice a su mujer: "A la
semana de vivir juntos, mamá Freda se largaba a llorar todas
las noches en la habitación contigua. Vos me explicaste que
estuvo en el Ghetto de Varsovia y no quiere dormir sola porque tiene
mucho miedo de sólo pensar que los nazis la llevarán
a la casona del fondo del campo" (49).
Los padres de Daniel Goldman, "ambos polacos, fueron sobrevivientes
del Holocausto. Su padre fue un partisano (guerrilla que luchaba
contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial) y su madre vivió
tres años en un sótano después de escapar de
un gueto. Se conocieron en Polonia y en 1948 emigraron juntos a
un país que parecía sinónimo de una nueva vida.
Pero en las valijas se trajeron todo el miedo, el espanto ante cualquier
autoritarismo y un sentido profundo de que la vida es un tesoro
a resguardar. Así es que en el hogar de los Goldman casi
no se dormía: por las noches su madre visitaba los cuartos
para asegurarse de que él y su hermana estuvieran bien, y
a las 4 de la mañana todos estaban desayunando. De día,
las pesadillas se contrarrestaban con una educación amiga
del idealismo" (50).
Escribe Luis León: "El holocausto que impactó
de lleno en todas las comunidades ashkenazíes de Europa,
golpeó también a los sefaradíes de Grecia y
los Balcanes. Por eso las noticias de los antecedentes que concluyeron
con la declaración de la independencia del Estado de Israel,
movilizó a los djidiós en igual magnitud que a las
otras comunidades judías de Buenos Aires. Un gran acto en
el cine Villa Crespo de Corrientes al 5500, reunió a centenares
d personas, aunque el acto central fue organizado en el estadio
Luna Park.. En esa ocasión, un número importante de
djidiós de Villa Crespo concurrieron al acto en bañaderas,
desde las que exteriorizaba su entusiasmo. Desde temprano, se formó
una columna en que se destacaban los jóvenes, reunidos alrededor
del mástil que en esa época se alzaba en el encuentro
de las avenidas Corrientes y Canning, recuerda 'L'. 'Desde el balcón
del quinto piso de uno de los escasos edificios de altura de esa
época, mi abuela, gritaba alentando a la muchedumbre sin
reflexionar si era o no escuchada por ellos. Yo que tenía
seis años, iba y venía sobre mi triciclo haciendo
sonar el timbre del manubrio, por simple entusiasmo de ver a mi
abuela en esa actitud. Cuando la columna fue numerosa y comenzó
a marchar hacia el centro, ella corrió hacia el ropero, extrajo
una gran bolsa de confites de almendra y los arrojó hacia
abajo a la gente, fina y cara costumbre que reservaba exclusivamente
para los grandes acontecimientos, especialmente los nacimientos'
" (51).
Afirma Carlos Szwarcer: "Pasaron los años y el Café
lzmir se consolidó como referente de la colectividad. La
Segunda Guerra Mundial agitaba los ánimos de sus habitués
y sus paredes pintadas con arabescos -dibujos de palmeras y siluetas
orientales que simulaban las Mil y una Noches-, eran parcialmente
cubiertas por banderas de los países vencedores de la contienda"
(52)
Durante la primera guerra mundial, en Mendoza, "En San Rafael,
que contaba con una colectividad italiana bastante representativa,
se produjeron escenas de verdadero patriotismo. Especialmente los
italianos de la alta Italia, oriundos de zonas fronterizas, salieron
a la calle portando banderas de su país y realizaron desfiles
en los que iban cantando viejas canciones guerreras. (...) El gobierno
de Italia lanzó una proclama solicitando la inmediata incorporación
de todos aquellos compatriotas que quisieran presentarse como voluntarios,
quienes deberían regresar a su país cuanto antes.
Muchos fueron los que lo hicieron, sobre todo aquellos que ostentaban
un grado importante como reservas del ejército italiano"
(53).
Las privaciones pasadas en el país de origen durante la guerra
marcan a quienes emigraron. Una calabresa, llegada a la Argentina
en 1933, acostumbra a sus nietos a aprovechar el alimento del que
se puede disponer en la nueva tierra. Lo cuenta una nieta, Griselda
García, en un poema: "mi abuela obligándonos
a terminar el plato,/ haciendo bocaditos fritos con las sobras porque/
'ustedes por suerte no conocen lo que es la guerra, el hambre...'
" (54).
Los españoles inmigrantes se organizaron para ayudar a sus
compatriotas en guerra. Lo cuenta Manuel Castro: "Durante los
años de la guerra civil, Dopazo y sus músicos, entre
los que se encontraban sus hijos, eran llamados para recaudar fondos
para la Madre Patria. Los del bando nacional lo hacían por
medio de Lola Membrives en el Teatro Avenida y los republicanos
en el Luna Park" (55).
Helvio Botana escribe en sus memorias: "mi padre convirtió
la guerra española en problema argentino, pues así
se lo tomó... Por influjo de Crítica nuestra población
tomó partido a favor o en contra de Franco. Así fue,
en toda la República una beligerancia polémica nos
invadió. Y como en toda guerra, hubo hechos notables y ridículos,
abnegados y aprovechados. El 'no te metás' desapareció.
La Argentina vibró y se vivió pasionalmente un suceso
que fue nuestro" (56).
Rodolfo Alonso recuerda que en el medio en el que él vivía
"se hablaba de lo que ocurría en el mundo -y en el mundo
ocurrían nada menos que la guerra civil española y
el nazismo- o en nuestro propio país, este último
vivido más bien a nivel de realidad cotidiana, y no sin reflejos
del anterior" (57).
Gladys Onega evoca en Cuando el tiempo era otro, un conflicto bélico
relacionado con la vida cotidiana de los inmigrantes y sus hijos:
"nunca he dudado de que la Guerra Civil también se libró
en mi casa. El día del cumpleaños de mi hermana Chichita,
el 17 de julio de 1936, Franco declaró el estado de guerra
en las Canarias y ésa fue la señal para que el 18
se extendiera a toda España. El 1° de abril de 1939,
a los veinte días de mudarnos a Rosario, terminó.
En esos tres años, mientras yo estaba viva en Acebal, la
mitad de España moría, muerta por la otra mitad. No
sabíamos que había comenzado la matanza y ese día,
como siempre, mis hermanos, mis primos y los chicos tomamos chocolate.
Cuando hubo pasado tres años, Bebo, Chichita y yo supimos
el día final porque entró Justo Vega y llorando lo
dijo, ya no en mi casa natal sino en el departamento alquilado de
Rosario donde vivíamos y yo, la niña que era entonces
y hoy evoco, sé que sentí dolor por las lágrimas
de Justo, por el silencio de mi padre y porque no pude aliviarlo
con juegos en las calles del pueblo, que ya no estaban, y todavía
yo no tenía con quién jugar" (58).
Llorarían asimismo los padres de María Rosa Lojo,
autora de Canción perdida en Buenos Aires al Oeste, quien
se define como "la primera generación argentina nacida
de una pareja de exiliados durante la Guerra Civil" (59).
En 1982, la guerra, que parecía tan lejana, tan europea,
llegó a la Argentina. En "La noche de la cruz de plata",
Jorge Torres Zavaleta evoca otra contienda. En este cuento se narra
la historia de una familia inglesa que vive en nuestro país.
Tan argentino se siente el hijo que, cuando se declara la guerra
de las Malvinas, se alista para combatir a los ingleses. Muere en
el combate, luchando contra los soldados de la nación de
sus padres. Miss Lucy, al enterarse de la muerte del joven, "pensó
que de lejos, sin advertirlo, sus compatriotas la habían
mutilado" (60).
El festejo del inicio de la Guerra de las Malvinas irrita a un italiano.
En "16 de Junio de 1982", escribe Marili Flores: "Esas
idas a la Pza. Ramírez con la gurisada del barrio en mi Citroen
en manifestaciones multitudinarias con vinchas y banderitas celestes
y blancas se convertían ese atardecer en la violada utilería
de una puesta de teatro del absurdo y nosotros, actores que grotescamente
festejábamos un conflicto bélico. Esos bocinazos me
aturdían, ahora. Esos con los que, estertóreamente
expresábamos en patrioterismo de mundial de fútbol
la dramaturgia horrorosa de una guerra. Lo que me impidió
entenderlo al Nonno Juan, cuando en el asado de aquel domingo me
preguntaba en su cocoliche, "ma caraco que festeca?! Una guera?"
y pensé, cincuenta años en este país, pero
no es argentino, no entiende . Esa tarde sentí al Nonno,
creciendo otra vez desde su sabiduría, desde mi dolor"
(61).
Notas
1 Díaz, Leopoldo: "Tierra prometida", en Cantan
los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales;
ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.
2 Gusberti, Martina: El laúd y la guerra. Buenos Aires, Vinciguerra,
1996.
3 Poletti, Syria: "Agua en la boca", en Taller de imaginería.
Buenos Aires, Losada, 1977.
4 De Benedictis, Ana María: "El desarraigo", en
El Tiempo, Azul, 24 de marzo de 2002.
5 Roca, Agustina: "Historia de vida", en La Nación
Revista, 12 de julio de 1978.
6 Ingberg, Pablo: "El amor a los vencidos", en La Nación,
Buenos Aires, 14 de febrero de 1999.
7 Criscuolo, Eduardo: "Un habitante 'gris' de Coghlan: Julián
Centeya", en El Barrio Periódico de Noticias, Buenos
Aires, diciembre de 2003.
8 Barbiero, Daniel: "Confieso que he vivido", en El Barrio
Periódico de Noticias, Año 5, N° 50, Mayo de 2003.
9 Patat, Alejandro: "El país de los sueños perdidos",
en La Nación, Buenos Aires, 28 de abril de 2002.
10 Gaffoglio, Loreley: "El teatro me contuvo", en La Nación,
Buenos Aires, 20 de diciembre de 1998.
11 Malaparte, Curzio: La piel. 1949.
12 Aubele, Luis: "A boca de jarro", en La Nación,
23 de junio de 2002.
13 S/F: "Viaje a la tierra de uno", en Clarín,
Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.
14 Anzorreguy, Chuny: El ángel del Capitán. Biografía
del Capitán Croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor,
1996.
15 Savoia, Claudio: "Un milagro argentino en Africa",
en Clarín Viva, Buenos Aires, 3 de agosto de 2003.
16 S/F: "Una vida dedicada a los ferrocarriles", en El
Barrio Periódico de Noticias, Buenos Aires, Noviembre de
2003.
17 Saavedra, Guillermo: "Vida en escena", en La Nación,
Buenos Aires, 28 de enero de 2001.
18 Savoia, Claudio: "El equipaje de los sueños",
en Clarín Viva, 14 de enero de 2000.
19 Flichman, Rosalía de: Rojos y blancos, Ucrania. Buenos
Aires, Per Abbat, 1987.
20 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos
Aires, Marymar. 1986.
21 Califa, Oche: "Historia con tango y misterio", en Un
bandoneón vivo, Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
22 Amuchástegui, Irene: "Poeta del insomnio", en
Clarín Viva, Buenos Aires, 14 de diciembre de 2003.
23 Goldberg, Mauricio: Donde sopla la nostalgia. Buenos Aires, Grupo
Editor Latinoamericano, 1985.
24 Algañaraz, Julio: "Pintor y aventurero", en
Clarín Revista, Buenos Aires, 8 de junio de 2003.
25 Báñez, Gabriel: Virgen. Barcelona, Sudamericana,
1998.
26 Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires,
Fraterna, 1986.
27 S/F: Hotel Gwesty Tywi, Gaiman, Patagonia - Hostería Galesa
- Welsh Colonial B&B.htm
28 S/F: "Esa magnífica legión de viejos",
en Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994.
29 García Lupo, Rogelio: "Los espías vascos que
operaron en la Argentina", en Clarín, Buenos Aires,
19 de enero de 2003.
30 Mactas, Mario: "Norma Aleandro. Estados del corazón",
en La Nación Revista, Buenos Aires, 8 de diciembre de 2002.
31 Reinoso, Susana: "Quino: ' Los adultos están arruinando
a los chicos' ", en La Nación, Buenos Aires, 7 de diciembre
de 2003.
32 Varios autores: Enciclopedia visual de la Argentina. Buenos Aires,
Clarín, 2002.
33 S/F: "Manolo Yglesias", en Contratiempo 1° Magazine
del Flamenco y la Danza Española. Año 1 N° 6.
Buenos Aires, Mayo de 1998.
34 Malinow, Inés: "Testimonio familiar", en La
Nación, Buenos Aires, 4 de enero de 1998.
35 León, Luis: "Historias de Izmir. Los finiricos",
en SEFARaires, N° 3, Julio de 2002.
36 Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos
Aires La reconstrucción de la identidad (1900-1950). Buenos
Aires, Centro Armenio, 1997.
37 Bedrossian, Gustavo: "A los que se encuentran en un pozo",
en www.psicorecursos.com.ar.
38 Castrillón, Ernesto G. y Casabal, Luis: "Japoneses
en la Argentina. Recuerdos de la guerra", en La Nación
Revista, 27 de septiembre de 1998.
39 Fainsod, Jéssica: "La infancia de la ciudad",
en Clarín Viva, Buenos Aires, 4 de abril de 1999.
40 Gandolfo, Elvio E., Cedoc (foto):. "Las raíces del
presente" en Noticias, Buenos Aires, 6 de diciembre de 2002
(www.noticias.uolsinectis.com.ar).
41 Costa, Flavia: "De nombre extranjero", en Clarín.
42 Wolf, Ema y Patriarca, Cristina: La gran inmigración.
Buenos Aires, Sudamericana, 1991.
43 Muzi, Carolina: "El siglo que yo vi", en Clarín
Viva, 26 de septiembre de 1999.
44 Silber, Marcos: Doloratas. Buenos Aires, Milá, 2001. (en
colaboración con Carlos Levy).
45 Fernández Díaz, Jorge: "Marcos Aguinis. Un
hombre del Renacimiento", Fotos: Daniel Merle, en La Nación
Revista, Buenos Aires, 6 de junio de 2004.
46 Manzur, Norma: Lazos y Nudos. Cuentos, Buenos Aires, Editorial
Milá, 2003.
47 Goldberg, Mauricio: op. cit.
48 Sifrim, Mónica: Novela familiar. Buenos Aires, Ultimo
Reino, 1990.
49 Jorgi, Sebastián: "Tardes del Lorraine", en
Tardes del Lorraine. Buenos Aires, Ediciones del Valle, 1996.
50 Fondevila, Fabiana: "Los personajes del año",
en Clarín Viva, Buenos Aires, 8 de diciembre de 2002.
51 León, Luis: "Recuerdos de la partición",
en SEFARaires, N° 13, Mayo de 2003.
52 Szwarcer, Carlos: "El café Izmir", en Todo es
historia, N° 422, Septiembre de 2002.
53 Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante. Santiago
de Chile, Edición del autor, 1987.
54 García, Griselda. Poema inédito.
55 Castro, Manuel: "Manuel Dopazo", en Viajero Celta,
Buenos Aires, Año I N° 9, Julio de 1996.
56 Botana, Helvio: Memorias. Tras los dientes del perro. Buenos
Aires, 1977.
57 Alonso, Rodolfo: Entrevista en Historia de la literatura argentina.
Buenos Aires, CEAL, 1980.
58 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori,
1999.
59 Lojo, María Rosa: Canción perdida en Buenos Aires
al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero, 1987.
60 Torres Zavaleta, Jorge: El palacio de verano. Buenos Aires, Grupo
Editor Latinoamericano, 1997.
61 Flores, Marili: "16 de Junio de 1982", en www.elmuro.com
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