INMIGRACION Y LITERATURA

Por María González Rouco

RELIGION

Funerales judíos


El 21 de abril de 1896, en Europa, murió el Barón Hirsch. En la Argentina, "Durante largos meses fue llorado aquel inesperado desenlace y reinó luto en las colonias. Uno de los funerales más impresionantes se llevó a cabo en una escuela próxima al pueblo de La Capilla. Crespones negros ponían una muda manifestación de dolor en sus ventanas y en sus puertas; las grandes velas que ardían en su interior arrojaban su luz mortecina sobre el retrato del Barón, cubierto de velos negros -describe también José Liebermann-. Jinetes en briosos caballos, judíos y criollos, avanzaban en medio de un silencio rara vez interrumpido por alguna exclamación de protesta o de pena. (...) El cortejo fúnebre se fue renovando día y noche durante una semana. Eran colonos judíos que llegaban de las más lejanas aldeas para rendir el último homenaje a su redentor y cuyas voces temblaban al decir el kadisch mientras otros musitaban los salmos de David" (1).

El funeral judío es evocado por Horacio Vázquez-Rial. El viudo, gallego, "maravillado al ver que el cuerpo de Raquel, que él recordaría siempre en otra forma, era entregado a la tierra sin caja, juzgó que su retorno a lo elemental sería rápido y perfecto. Allí, en el cementerio, oyó a un anciano judío decir una frase que le acompañaría en lo que le quedase de vida; 'Que el espíritu que el Señor le concedió regrese junto a él' ".

En esa misma novela se afirma que los judíos tratantes de blancas no podían ser enterrados junto a sus hermanos de fe. La comunidad judía creó una organización para protegerse de la Zwi Migdal, que atraía la censura de la sociedad hacia quienes profesaban esa religión, aunque la mayoría fueran inocentes. Cuenta un tratante arrepentido: "Los judíos siempre se preocuparon mucho por la moral. Y por las apariencias. Había un comité de protección de las mujeres y los niños judíos. Hablaron con el rabino. (...) Y el rabino nos prohibió entrar al templo. Y después prohibió que nos enterraran como Dios manda" (2).

María Inés Krimer es la autora de La hija de Singer, obra en la que -escribe Damián Tabarovsky- "cuenta una historia sencilla pero potente: la muerte del padre y el duelo de treinta días que según la tradición judía deben transcurrir hasta la despedida" (3).
"Mi duelo, lo que estoy viendo/ es el Gran Buenos Aires desde un cementerio judío./ -escribe Tamara Kamenszain- Con cara de cansado pasa arrugando un rabino/ la página de kaddish en el bolsillo./ En mangas de camisa lejos de esta pira de piedras/ asará los restos del domingo sobre otro mausoleo" (4).

Matilde Bensignor se refiere al duelo por su padre, judío sefaradí: "Cuando volvieron del cementerio, nos hicieron la Keriá. Desgarraron nuestra ropa y nos sentamos en Shivá, en el suelo, por siete días. Y comimos huevos jaminados, pasas de uva, queso. Y dijimos Kadish: (...) Sirvieron el café, sin adulzar. Y atendieron a los pobres. El que da sedacá, abalda la guizdrá. El Dio no ajarva con dos manos. Bendicho sea. Las mujeres sufús daban consuelo. Los hombres meldaban. Alababan a Dios. El duelo judío, sefaradí. Dar de comer al deudo. Acompañarlo en la Shivá. Siete días no trabajará y once meses, dirá Kadish. Al año, colocará la Matzevá. Y cantaron Salmos de Teilim... Los cánticos de David" (5).

En "Villa Crespo de mi infancia", José Mantel recuerda un midrash, "encuentro para homenajear a un difunto" que se organiza al cumplirse un aniversario de la muerte de un judío. En esa oportunidad "el 'arrecibido que le sea' era la infaltable frase para que le llegasen al difunto las oraciones, al terminar. Y 'cafés alegres', el deseo de despedida" (6).


Notas
1 S/F: "Shalom Argentina", en www.lavaca.org.
2 Vázquez-Rial, Horacio: op. cit.
3 Tabarovsky, Damián: "La hija de Singer, por María Inés Krimer", en Clarín, Buenos Aires, 29 de junio de 2002.
4 Kamenszain, Tamara: "El ghetto de La Tablada", en Clarín, Buenos Aires, 5 de abril de 2003.
5 Bensignor, Matilde: De miel y milagros (Evocaciones sefardíes). Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
6 Mantel, José: "Villa Crespo de mi infancia", en SEFARaires, N° 3, julio de 2002.


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En la alegría, en la tristeza, siempre está presente la religión ancestral, la misma que enlaza el pasado con el presente, y se proyecta hacia el futuro.



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