INMIGRACION Y LITERATURA

Por María González Rouco

EL IDIOMA

La escuela


Laura Pariani, escritora italiana que visita a su abuelo establecido en la Argentina, cuenta: "Mi abuelo vivía a varios kilómetros de Zapala. El hablaba cocoliche; su mujer, mapuche; sus hijos, castellano; yo, italiano" (1). Aunque no tan diversificada, así sería la comunicación hogareña de los inmigrantes.

Roberto Raschella, autor de Si hubiéramos vivido aquí, se refiere en un reportaje a la diferencia entre el idioma que se hablaba en su casa y el que hablaba en la escuela. A visitar a sus padres "Iban siempre paisanos emigrados, y ante la mesa de trabajo se hablaba, en dialecto calabrés, de las fiestas del santo del pueblo, de las comidas, de tantas familias con sus apodos, a veces ofensivos. Quizás en esas tardes larguísimas del verano empecé a descubrir la belleza de un idioma que no era el que aprendía en la escuela. Esa fue mi verdadera lengua materna. No recuerdo que mis padres hablaran nada parecido al cocoliche, y hasta diría que habían adquirido una perfecta noción del castellano, que hablaban con fluidez, pero mechando términos del dialecto y del italiano" (2).

Rosa Marafioti da algunos ejemplos del habla de ciertos inmigrantes italianos: "Pantaleón había llegado a Buenos Aires en el año 1949, después de la guerra infame que diezmó Italia y los obligó a emigrar. Pantaleón no podía decir huevos, ni hasta luego, pero no quiero extenderme sobre él, porque habría mucho que contar. Se empeñaba y porfiaba que los huevos se llamaban huovos, y se decía, hasta luogo. Mi tío Pepe quería vender cascotes, y puso un cartel en su casa: Se vendino cascotie. Mi suegro decía que en Italia se decía monga y cirola, por ciruela y monja, incantato por candado. Una paisana que quería comprar manteca, pedía burro, y el feriante le decía que no vendía burros, ella le mandaba una puteada, al uso nostro, y se iba enojada" (3).

En su trabajo "Del italiano al cocoliche" (4), Fernando Sorrentino escribe: "Juan Carlos Rizzo (5), entonces niño de nueve o diez años, testimonia el uso, hacia 1940, del cocoliche (no literario sino espontáneo) por parte de los italianos (los tanos) que jugaban a los naipes en el comercio de su padre: ' [Los criollos] jugaban al truco, al mus y al tres siete mezclándose con los tanos. Era gracioso escucharlos cuando imitaban los dichos de los gringos tratando de traducirlos… O cuando, a la inversa, eran ellos los que, acriollándose en una imitación muy graciosa del decir de nuestros paisanos, improvisaban sus versos. Muchas veces mi padre me llamó para que los escuchara… Io sono un criocho italiano/ que parla mal la castilla./ ¡Non se caiga de la silla,/ que tengue flor nella mano…!'. En seguida seguía el divertido contrapunto, que terminaba por transformarlos en auténticos payadores: ' Y yo soy criollo, no gringo,/ y atajate, que te bocho:/ ¿cómo se dice en tu lengua/ contraflor con treinta y ocho?'. Terminada esa partida, o la siguiente (porque el orden no viene al caso), uno de los truqueadores gringos respondía en tono de milonga pampeana: 'Aquí me pongo a cantare/ co la guetarra a la mano/ e le canto ¡contraflore!/ Angárresela, paisano'.

En "Una estafa en cocoliche", escribe Fernando Sorrentino: "En la literatura abundan ejemplos del cocoliche. Para ceñirme a los autores de mayor renombre, recordaré la obra Moneda Falsa (1907), del uruguayo Florencio Sánchez (1875-1910). En complicidad con el Lungo y Batifondo, y con Carmen (la patrona), el pícaro argentino Pedrín se finge italiano y estúpido para estafar al gringo Gamberoni mediante el famoso cuento del billete de lotería. La acción transcurre en un despacho de bebidas del suburbio de Buenos Aires. Urden que Pedrín, el imbécil, ha ganado quinientos pesos a la lotería, pero, como debe indispensablemente tomar el tren para Gálvez (Santa Fe) dentro de un rato, no tiene tiempo de ir a la agencia para cobrar el premio. Entonces el Lungo y Batifondo sugieren una solución (que, con la apariencia de favorecer al tonto de Pedrín, en realidad, beneficiará a Gamberoni): que éste se quede con el billete a cambio de sólo ciento cincuenta pesos más su orologio en garantía de que, más tarde, le enviará a Pedrín el resto del dinero a la ciudad de Gálvez. Para llegar a ese momento, los tres pícaros (que se fingen comedidos y, al mismo tiempo, exacerban la codicia del estafado) construyen una hábil e ingeniosa farsa que se va deslizando "naturalmente" hacia el engaño. (...) Alguien, en apariencia muy sensatamente, podrá objetar: "¿Cómo es posible que Gamberoni, siendo italiano, no se dé cuenta de que Pedrín no lo es?". Ocurre que los inmigrantes solían ser analfabetos, desconocer el italiano y expresarse sólo en el dialecto de su región; de tal manera que, por ejemplo, un genovés y un siciliano no conversaban entre ellos en italiano ni en sus incomprensibles dialectos excluyentes, sino en la lingua franca que les brindaba la nueva tierra, y que no era otra que el español argentino, en mayor o menor medida degradado a cocoliche. Teniendo en cuenta la fluidez de su habla, podemos imaginar lícitamente que Pedrín, aunque argentino, es hijo de italianos" (6).
Renata Rocco-Cuzzi se refiere a cocoliche como la lengua que se hablaba en los conventillos: "En los mismos años 30, el hermano de 'Discepolín', Armando, escribe sus grotescos denunciando el primer fracaso en la Argentina del ascenso social. El fundador del grotesco ríoplatense describe cómo los inmigrantes que vinieron a 'hacerse la América' en realidad quedaron encerrados en los conventillos hablando en cocoliche" (7).

En 1956, Laura Devetach "tenía un segundo grado con cincuenta y seis alumnos que oscilaban entre los siete y los diecisiete años", en un pueblo del norte de Santa Fe. Un día -recuerda- "les pedí a los chicos que contaran los cuentos que sabían. Y ese contar fue glorioso porque salieron el lobizón, el zorro, el Pombero, ánimas, asesinatos varios, adulterios en la familia, canciones de Italia, refranes, oraciones" (8).

Gladys Onega también habla sobre la influencia de la instrucción pública en los hijos de los inmigrantes: "A mí lo que más me atrajo, y me metí en un trabajo muy arduo y gratificante, fue el de la escritura adulta que tiene que crear un narrador niño pero con una escritura adulta. Esta fue una gran tensión que se produjo en mí con el lenguaje; y además tratar de encontrar las voces que me rodeaban en aquel momento, ya que tenía la de mi padre que hablaba en gallego con sus parientes, pero no en mi casa porque mi madre era criolla, y también la de todos los italianos que en ese tiempo hablaban realmente el italiano. Para mí era maravilloso tener todos estos sonidos. Eran todas palabras misteriosas. Los chicos que iban al colegio en el 35 y provenían del campo hablaban en italiano, y en la escuela era donde verdaderamente se nacionalizaban. Ese fue el gran factor unificador de la escuela pública" (9).
Francis Korn coincide en esta afirmación: "Los chicos (los mayores, de la misma nacionalidad que sus padres y los menores, argentinos) concurrían a las escuelas públicas o a las religiosas de alrededor y, eso sí, entre ellos, el único idioma utilizado era el porteño" (10).

Aprendían o mejoraban su castellano, y -afirma Luis Alberto Romero- "Gracias a la prosperidad y a la educación pública, era común que los hijos ocuparan posiciones mejores que los padres" (11).
Eso era lo que anhelaba "Giusseppe el zapatero", protagonista del tango de Guillermo del Ciancio: ""E tique, tuque, taque,/ se pasa todo el día/ Guiseppe el zapatero,/ alegre remendón;/ masticando el toscano/ y haciendo economía,/ pues quiere que su hijo/ estudie de doctor" (12).

Décadas después, la situación cambia. En una viñeta de Fontanarrosa, referida a las perspectivas de los universitarios en la Argentina, un abuelo dice al nieto: "Vos, Cachito, tenés que aprovechar las oportunidades que ahora, te brinda el país... Yo, como vine de Italia sin nada, tuve que ir a una escuela pública... Vos, en cambio, hoy por hoy, tenés la posibilidad de ir a levantar la cosecha..." (13).

Muchos de estos hijos se dedicaron a la docencia. "Qué origen social tuvieron las primeras normalistas?", pregunta Alberto González Toro. "Clase media. Hijos de inmigrantes, como la mayoría de los docentes de fines del siglo XIX y principios del XX -explica la licenciada Roxana Perazza, flamante secretaria de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires-. Ellos valoraban la educación como una herramienta de movilidad social y como una forma de acceder a determinados bienes culturales que solamente a través de la escuela se podían conseguir" (14).

Estudió magisterio Manuel Sadosky: "Uno de los siete hijos de una pareja de inmigrantes rusos (sus padres llegaron en 1905 huyendo del creciente antisemitismo), Manuel es en cierto modo la encarnación de un país pujante y ambicioso: aunque su padre era zapatero, él y sus hermanos varones estudiaron el magisterio y se graduaron en la Universidad de Buenos Aires" (15).

González Lanuza recuerda los esfuerzos de su maestra por borrarle la pronunciación española: "En su bondadosa preocupación por su alumno me creó, sin sospecharlo, un serio problema, a sus oídos habituados a las dulzuras del decir criollo debieron molestarle las crudezas de mis acentos hispánicos, acaso el entusiasmo patriótico de aquellos años fervorosos del centenario, le inspiraron la urgencia de adaptarme de inmediato a lo argentino".

Así sucedió: "Ello fue que un cierto día decidió dedicarse durante los recreos a luchar con aquella, su suavidad, tan eficaz en mí, contra una erizada prosodia santanderina, tajante de jotas, capaces de degollar a quien las pronunciara, restallante bajo el doble látigo de las elles, resbaladiza de zetas y ce, para reemplazarla por la tierna indecisión de la ce argentina, vacilante entre la ce y la ese, limar el filo despiadado de las jotas y hacerme deslizar por las blanduras del yeísmo".

El alumno aprendió rápidamente: "Dócil a su reclamo, que además facilitaría mi trato con los compañeros al eludir las pullas que mi primitiva pronunciación provocaba, adelanté raudamente en el proceso de desintegración de la prosodia ibérica". Mas a los padres no les satisfizo este avance del niño: ""¡Pero ay de mí! En mi casa, mis padres opinaban de otra manera y las desacostumbradas inflexiones recién adquiridas por mi voz, eran consideradas pecado mortal, clarísimo índice de que a convertirme en un descastado. De ahí mi temprana condición de bilingüe que me hizo acomodar a modismos distintos, según que tuviera que hablar en casa o en la escuela" (16).

Algo similar cuenta María Rosa Lojo: "Más allá de la historia y de la fábula, de Rosalía de Castro y de Alfonso el Sabio, lo cierto es que en la vida cotidiana, antes de ir al colegio, yo hablaba con 'ces' y con 'zetas', de 'tú' y de 'vosotros', como si acabase de pasar por la Aduana. Extranjera en mí propia tierra, fui un objeto de fascinada curiosidad los primeros días de clase. Por supuesto, pronto me aclimaté y me convertí -linguísticamente- en una argentina más. Pero sólo de puertas afuera. En la intimidad de la casa perduraron, hasta la muerte de mis padres, el 'tú' y el 'vosotros', el léxico de la Península: 'cerillas' y no 'fósforos', 'falda', en vez de 'pollera', 'acera', por 'vereda' , 'dentro' y 'fuera', no 'adentro' y 'afuera'. No fui el único caso de 'doble identidad' idiomática: ésa era una de las marcas habituales del 'exiliado hijo' " (17).
Otros descendientes de inmigrantes hablaban siempre igual, ya fuera con su familia o en la escuela. Cuando Jorge Luz fue a conocer a su abuela asturiana, la anciana le dijo: "Nin... -que quiere decir nene-. Nin, nenu, nenín, que guapín eres al hablar... me dices de vos, como a los reyes" (18).

Lolita Torres, descendiente de inmigrantes, no sabe el motivo de su acento: "No puedo explicar -dijo la actriz- el por qué del acento español. No sé, me viene de adentro, y eso que mis padres eran argentinos. Mis abuelos paternos eran navarros y los de mamá eran gallegos. Por un tiempo, todos creyeron que yo era española y eso provocó el estallido en la comunidad hispana. Cuando se enteraron de que era argentina no tuvieron el menor prejuicio y me siguieron apoyando" (19).

La discriminación era frecuente en las escuelas. Recuerda José Cameán Parcero: "Yo también fui gallego de m... y también colorado', porque así es mi color de cabello. Y más de una vez tuve que escuchar a mis compañeros decir que me habían cambiado por un cuero. Pero no me molestaba, quizás porque yo al venir a los cuatro años me sentía uno más. No sabía mi conciencia la diferencia de ser gallego o argentino" (20). Gladys Onega escribe que "los que habían venido de allá" "hablaban esa fala melosa, que a nosotros no nos enseñaron por vergüenza de aldeanos" (21).
Mis abuelos paternos, gallegos de Lugo, nunca enseñaron a sus hijos ese idioma, que ellos aprendieron de tanto escucharlo. Mi abuelo materno, de La Coruña, y mi abuela materna, argentina hija de lombardos, tampoco transmitieron sus idiomas a su descendencia.

Asistiendo a clase sufre una asturiana. Lo cuenta el hijo, Jorge Fernández Díaz: "En esas aulas mamá sintió por primera vez los dardos de la discriminación. Todos preguntaban en la escuela, con morbosa curiosidad, quién era esa 'galleguita', y sus compañeras, grandulonas y maliciosas, se divertían burlándose de su ignorancia y haciéndole la vida imposible". Entonces intervenía la maestra: "La señorita Valenzuela, una maestra cabal y de buen corazón, las retaba con el puntero en la mano y trataba por todos los medios que la campesina se integrara. Pero no era tarea fácil". El esfuerzo de la protagonista tuvo su premio: "Sé que muchas de ustedes no están de acuerdo. Pero quiero gratificar a esta alumna que no es argentina y que tanto perseveró en aprender lo nuestro. Ninguna se atrevió a contradecir a la señorita Valenzuela, y mi madre llevó la bandera de ceremonias en un acto cualquiera que sus tíos observaron uniformados, firmes y solemnes, henchidos de orgullo y de argentinidad" (22).

El padre del poeta Rodolfo Alonso, gallego, cursó estudios primarios siendo ya adulto (23). Otros gallegos -como Darío Lamazares, representante legal del Instituto Santiago Apóstol, que llegó a la Argentina a los catorce años-, no tuvieron acceso a la escolaridad: "Fui un autodidacta, me formé en la calle, y como la mayoría de mis compatriotas sufrí la falta de instrucción. Este país nos dio todo, los mismos derechos que sus hijos, y la escuela es una forma de pagar esa deuda" (24).

Uno de los personajes de Ana María Shua no podía pronunciar la erre: "Cuando el mayor de los hijos de abuelo Gedalia y la babuela, el que llegaría a ser con tiempo el tío Silvestre, empezó a ir a la escuela, todavía (como suele suceder con los hijos mayores en las familias de inmigrantes pobres) no dominaba el idioma del país. Esa desventaja con respecto a sus compañeros le produjo grandes sufrimientos morales. (...) Decí regalo, le decían los otros chicos. Decí erre con erre guitarra, le decían. Decí qué rápido ruedan las ruedas, las ruedas del ferrocarril. Y cuando escribía, Silvestre confundía territorio con teritorrio y la maestra se sorprendía de esa dificultad en un alumno tan bueno, tan brillante, tan reiteradamente abanderado".

La solución que se encontró fue terrible: "Silvestre llegó ese día de la escuela y sin sacarse el delantal declaró que la señorita había dado orden de que en su casa tenían que hablar solamente castellano". Y así se hizo, porque el padre del niño vio la propia conveniencia de ese cambio, y porque la madre "le tenía un poco de miedo a la maestra, que para ella era casi un funcionario de control fronterizo, alguien destacado por las autoridades de inmigración para vigilar desde adentro a las familias inmigrantes y asegurarse de que se fundieran, se disgregaran, se derritieran correctamente hasta desaparecer en el crisol de razas" (25).

También en "La noche de la cruz de plata", uno de los cuentos por los que Jorge Torres Zavaleta mereció el Premio Fortabat en 1987, se alude a la discriminación que los inmigrantes o sus hijos sufrían en la escuela. Esta se evidencia al narrar que la madre debía consolar al niño "cuando los demás alumnos se reían de su mal castellano". Años después, será el idioma el medio elegido por el joven para mortificar a su madre: "prefería tomarla en broma, imitar su tonada inglesa (hacía una parodia, que deleitaba a sus amigos, de Miss Lucy tomando el té en la embajada), abrazarla al ver que la entristecía" (26). "Los británicos -afirma Andrew Graham Yooll- se negaron tenazmente a ser categorizados como inmigrantes, lo que significaba un descenso en la clase social" (27).

No sufre discriminación Edith Aron, la mujer que inspirara el personaje de La Maga, en Rayuela, de Julio Cortázar. Aron "nació en el Sarre, una región en el límite entre Francia y Alemania, (...) De familia judía, poco antes de la Segunda Guerra Mundial emigró con sus padres a la Argentina, donde ya tenían parientes. 'Fui al Colegio Pestalozzi, a cuyos profesores les voy a estar por siempre agradecida. Me permitieron mantener una identidad alemana como la de ellos, profundamente distanciada de la política e ideología nazi" (28).

Para algunos, hablar más de un idioma, era testimonio de su condición de inmigrantes. Para otro, en cambio, era un sello de clase. En La noche que me quieras, Torres Zavaleta muestra el conocimiento de otras lenguas vinculado a un estamento social: "Arturo era un muchacho educado, se vestía bien, por supuesto, se la arreglaba con los idiomas. Algo te ha quedado de tantas profesoras franchutas e inglesas de cuando eras borrego" (29).

No sólo a hablar castellano se aprendía en la escuela. "La Argentina en 1870 tenía 80 por ciento de analfabetos -afirma Roberto Cortés Conde- y hacia 1919 ese índice se había reducido al 30 por ciento" (30). El analfabetismo era común entre los inmigrantes. Lo menciona Lucio V. Mansilla, cuando dice de un personaje: "Este San Pío era italiano, casado, muy bonachón y cariñoso. Sus quesos de Goya, y particularmente sus chorizos, allí a la vista, tenían fama (...) No sabía leer ni escribir, ni hablaba italiano, ni español, ni genovés, ni dialecto itálico alguno, sino una media lengua suya propia" (31). Analfabetos eran los inmigrantes que llegaban desde Filetto, en Santo Oficio de la Memoria, de Mempo Giardinelli.: "Venían porque allá había mucha hambre. Eran... Todos muy pobres, analfabetos. Rústicos" (32).

Luis León transcribe el testimonio de Anouj de Bembasat, hija de un sefaradí llegado de Esmirna: "Cerca de casa estaba el Colegio José Manuel Estrada, cuyo director el Dr. Armando, iba todos los días al negocio de mi padre para aconsejarle que aprendiera a escribir, aunque él y mi madre rehusaban a hacer el esfuerzo diciéndole ¿...para que sirve?, ¡no kero!...pero con esfuerzo, logró que aprendieran a escribir su nombre y firmar" (33).

Félix Luna afirma que los analfabetos eran utilizados con fines políticos. En Soy Roca, relata lo sucedido en 1909 en una mesa electoral, cuando se presenta como austríaco un hombre al que su aspecto y su modo de hablar "lo delataban como un bachicha recién desembarcado". Roca le pregunta si es italiano; el inmigrante le responde que sí, y que no sabe lo que dice la libreta: "-Io non só niente.... ¡A mí me la datto don Gaetano ! 'Don Gaetano', Cayetano Ganghi era el árbitro de la elección, con sus roperos llenos de libretas falsificadas y sus huestes de inmigrantes analfabetos y de atorrantes dispuestos a votar cinco o seis veces en diferentes mesas" (34).

En la escuela se transmitían asimismo los valores que la clase dirigente quería inculcar. Miguel de Marco, Presidente de la Academia Nacional de la Historia afirma: "en el pasado, la generación de Sarmiento y Mitre quería que el país se poblara con inmigrantes que integraran un crisol de razas. Para formar y unificar a esa sociedad nueva y aluvional se difundían las vidas de determinados personajes, de bronce, que fueran verdaderos ejemplos. No se dieron cuenta de que un San Martín que no duerme no es creíble, lo mismo que un Sarmiento que nunca faltó a la escuela. En las escuelas se mostró esta especie de historia oficial con personajes sin humanidad, quienes por tenerla no pierden grandeza" (35).

"El grave problema de preservar nuestra identidad en medio de las influencias foráneas, preocupó también a la generación del 80 y a la del Centenario -escribe Lucía Gálvez-, ¿cómo hacer para que los deseados inmigrantes se sintieran argentinos? En aquellos tiempos los medios de comunicación -diarios y libros- no influían tanto a las masas. Fueron las escuelas las encargadas de dar una educación que recalcara aquellos valores que se quería enseñar y preservar" (36).
Un personaje de Frontera sur dice que a Sarmiento le parecía mal que se abrieran escuelas italianas, o alemanas, o inglesas". Otro interviene: ""Era lógico que le pareciera mal. (...) No estaba loco. (...) Un Estado. Quería un Estado, con mayúscula. Y eso se hace con la escuela pública. Esto no puede ser eternamente un centón mal cosido. La gente que llegue tiene que adaptarse, recomponerse, mezclarse para formar una raza argentina" (37).

En la colectividad armenia, "En el imaginario colectivo, la lengua fue percibida como un factor fundamental para el resguardo de la herencia cultural armenia o, al menos, para la dilación de la asimilación. (...) Esta creencia en que la difusión de la lengua reaseguraría la continuidad de los valores nacionales, indujo a los primeros inmigrantes a fundar sus escuelas" (38).

En "Canción a Berisso", Matilde Alba Swann recuerda las escuelas de esa localidad: "Yo le canto a tus niñas saliendo de la escuela:/ alemanas, rusitas, italianas, armenias,/ distintas lenguas todas e idéntico candor;/ y canto a las pequeñas hijas de mi tierra/ "made in argentina" levadura extrajera,/ raíces que se prenden a un destino mejor.// Le canto al influjo de tus academias/ alimentando el sueño de tu adolescencia/ por salir del hollín;/ y canto a tus escuelas nocturnas para adultos/ donde padres y abuelos aprenden a escribir" (39).

Santó Efendi, un judío que cursó paralelamente la escuela pública y la hebrea, dice: "Habiendo tenido la suerte de nacer en la Argentina de finales de la década del 20, y habiendo pasado por la primaria luego de la crisis económica de los años 30, solamente tengo recuerdos gratos de mis maestros y de la calidad de la enseñanza pública, regalo del gran Sarmiento, quien organizó en el siglo anterior las bases de las escuelas públicas del país" (40).

En La logia del umbral, de Ricardo Feierstein, narra uno de los personajes, que vivía en Villa Pueyrredón, a mediados del siglo pasado: "Por las mañanas, en la escuela pública donde todos concurríamos, conviví con el inglés Stanley y el italiano Badaracco, protagonistas de una pelea memorable donde vi correr sangre por primera vez; con el galleguito Pérez y un francés medio raro que se hacía dibujos en las manos con hojitas de afeitar. Los cinco judíos del colegio íbamos a clase de Moral, pero una vez que faltó el profesor decidimos entrar a la clase de Religión. La maestra de tercero, que dramatizaba el martirio de Cristo, fue tan elocuente en su descripción que yo me quedé llorando un buen rato por la impresión. Eso sí, los alumnos más destacados -con independencia del apellido- fuimos seleccionados para concurrir al velorio de Eva Perón, en representación de la escuela. Ahí lloré otra vez" (41).

Décadas después, Marcelo Birmajer evoca su experiencia en la primaria. A propósito de un hecho que está relatando, dice: "La historia transcurre en el colegio Doctor Hertzl, una institución judío-laica donde cursé hasta el cuarto grado de la escuela primaria. No pasé de cuarto grado porque el estudio simultáneo del inglés, el hebreo y el castellano, sumado a una confusa situación familiar, me dejó varado en una dislexia consistente en escribir el castellano de derecha a izquierda, como el hebreo; y el hebreo de izquierda a derecha, como el castellano. Sin duda podría haberme presentado como atracción en un circo grafológico, pero no era la habilidad más indicada para cursar regularmente el cuarto grado" (42).

David Rotstein, ucranio establecido en La Pampa, contó con la solidaridad de un amigo para poder estudiar: "En 1913 se voló el techo de la escuela primaria y ésta quedó inutilizada. Los Novick pudieron mandar a sus hijos a estudiar a otro lado pero David tuvo que abandonar. Para aportar a la familia, se conchabó para cuidar ovejas en una chacra cercana. (...) David tenia gran preocupación por no poder seguir estudiando, un sentimiento que lo persiguió hasta su vejez. Pedro Novick, que sí pudo continuar, trataba de enseñarle cada vez que era posible. Su amistad entrañable continuó el resto de sus vidas" (43).

El entrerriano Mario Yagupsky cuenta -en diálogo con Mario Diament- una anécdota extraída de sus recuerdos escolares: "Mi maestro, que se había graduado en la 'Alberdi', sabía que al llegar el 25 de mayo había que cantar el Himno Nacional, porque ésas eran las instrucciones que se le habían impartido. Pero el problema era que habían aprendido la letra, pero no la melodía. De manera que cantábamos el Himno Nacional con la melodía del Hatikva, que era el himno judío. Porque, en cierto modo (Hatikva significa "esperanza") esto condecía con lo que eran sus esperanzas: veían en la Argentina una Sion, la Sion de sus sueños" (44).

Olga Weyne escribe, con respecto a los inmigrantes afincados en Entre Ríos: "Era visible que se iban conformando 'islas lingüísticas' en el ámbito rural, pero este fenómeno no fue privativo de los grupos alemanes del Volga; también se verificó entre los colonos judíos y, aunque en menor medida, en las restantes colectividades de habla no hispana. (...) Algunos funcionarios llegaron a sostener que esta resistencia de los extranjeros al aprendizaje del castellano constituía un atentado contra la nacionalidad y contra los principios de la Ley de Educación Común. (...) El inspector Manuel Antequeda afirmaba en 1909 que no debía interpretarse tan ligeramente estas reacciones de los colonos, pretendiendo encontrar sentimientos antiargentinos en toda resistencia al aprendizaje del castellano. Sugirió buscar las verdaderas causas de la misma y hacerse cargo de lo dificultoso de su estudio para los inmigrantes de habla no latina" (45).


Notas
1 Patat, Alejandro: "El país de los sueños perdidos", en La Nación, Buenos Aires, 28 de abril de 2002.
2 Ingberg, Pablo: "El amor a los vencidos", en La Nación, Buenos Aires, 14 de febrero de 1999.
3 Marafioti, Rosa: "Cómo hablaban nuestros inmigrantes", en El Barrio Villa Pueyrredón, Buenos Aires, Año V, N° 55, Noviembre de 2003.
4 Sorrentino, Fernando: "Del italiano al cocoliche", Centro Virtual Cervantes Lunes, 31 de marzo de 2003.
5 Rizzo, Juan Carlos: Las Catorce Provincias (relatos del boliche). Buenos Aires, 2002, págs. 205-206. Citado por Sorrentino.
6 Sorrentino, Fernando: "Una estafa en cocoliche", en "El trujamán", Centro Virtual Cervantes, 27 de noviembre de 2003.
7 Rocco Cuzzi, Renata: "Mitos del granero del mundo", en Clarín, Buenos Aires, 26 de marzo de 2000.
8 Devetach, Laura: "Autobiografía", en El Tiempo, Azul, 25 de agosto de 2002.
9 Duche, Walter: "Todos tenemos derecho a escribir nuestra historia", en La Prensa Buenos Aires, 18 de julio de 1999.
10 Korn, Francis: op. cit.
11 Cosentino, Olga: "La Argentina de los deseos", en Clarín, Buenos Aires, 30 de julio de 2000.
12 Azzi, María Susana: "La contribución de la inmigración italiana al tango", en Archivo Histórico Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría, Secretaría de Gobierno, Año 2000, Revista N° 4.
13 Fontanarrosa, Roberto: en "Qué hacer con la Universidad", en Clarín, Buenos Aires, 16 de mayo de 1999.
14 González Toro, Alberto: "Fulgor y nostalgia de la maestra normal", en Clarín, Buenos Aires, 8 de junio de 2003.
15 Bär, Nora: "Manuel Sadosky El maestro", Fotos: Martín Lucesole. Buenos Aires La Nación Revista, 16 de mayo de 2004.
16 González Lanuza, Eduardo: citado en "Bajaron de los barcos. Historia de la inmigración en Argentina", por Colegio Schönthal. www.monografias.com.
17 Lojo, María Rosa: "Mínima autobiografía de una 'exiliada hija' ", en Sitio al margen. Noviembre de 2002.
18 Guerriero, Leila: en La Nación Revista
19 Freire, Susana: "Lolita Torres. Una voz que le cantó a los corazones", en La Nación, Buenos Aires, 15 de septiembre de 2002.
20 S/F: "José Cameán Parcero. Un vecino de Bembibre, Parroquia de Buxán", en El mensajero gallego, N° 2, Abril de 1998.
21 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 1999.
22 Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
23 Alonso, Rodolfo: Entrevista en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
24 Beltrán, Mónica: "La primera escuela gallega que enseña a chicos argentinos", en Clarín, Buenos Aires, 25 de abril de 1999.
25 Shua, Ana María: El libro de los recuerdos. Buenos Aires, Sudamericana, 1994.
26 Torres Zavaleta, Jorge: "La noche de la cruz de plata", en El palacio de verano. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1987.
27 S/F: "Los ingleses en la Argentina", en Clarín, Buenos Aires, 18 de diciembre de 2000.
28 Libedinsky, Juana (texto), Atkinson, Helen (fotos): "La Maga de Julio Cortázar", en La Nación Revista, Buenos Aires, 7 de marzo de 2004.
29 Torres Zavaleta, Jorge: La noche que me quieras. Buenos Aires, Planeta, 2000.
30 Cosentino, Olga: "La Argentina de los deseos", en Clarín, Buenos Aires, 30 de julio de 2000.
31 Mansilla, Lucio V.: citado por Colegio Schönthal.
32 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral, 1991.
33 León, Luis: "Inmigrantes sefaradíes. Allá por la calle 25 de Mayo", en SEFARaires N°24, Abril de 2004.
34 Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 2000.
35 Urien, Paula: "Revisar el futuro", en La Nación Revista, Buenos Aires, 7 de julio de 2002.
36 Gálvez, Lucía: Panel en la muestra Aquel siglo XX. Biblioteca Manuel Gálvez.
37 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones B, 1998.
38 Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: "Los armenios en Buenos Aires". La reconstrucción de la identidad (1900-1950).. Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
39 Swann, Matilde Alba: "Canción a Berisso", en Canción y grito, 1955. Incluido en www.matildealbaswann.com.ar.
40 Efendi, Santó: "Una infancia en Villa Crespo", en SEFARaires, N° 3, julio de 2002.
41 Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos Aires, Galerna, 2001.
42 Birmajer, Marcelo: No es la mariposa negra. Buenos Aires, Sudamericana, 2000.
43 Rotstein, Enrique y Fabio: op. cit.
44 Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires, Fraterna, 1986.
45 Weyne, Olga: El último puerto. Del Rhin al Volga y del Volga al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis/Instituto Torcuato Di Tella, 1986.


El conventillo
La escuela
Otros caminos
Opciones

 

En el conventillo, en la escuela, en el tranvía, leyendo o rezando, los inmigrantes aprendieron la lengua de la nueva tierra. La lengua que otros rechazaron, quizás por el inmenso dolor de haber dejado su tierra.



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