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QUE COMIAN
En
el barco
En
1855, el colonizador Roberto Zehnder deja Suiza, a bordo del buque
ingles Kyle Bristol. El describe su alimentación durante
la travesía marítima: "De mañana con el
café sirvieron galletas duras como piedra, eran de harina
de centeno, biscochuelos untado con manteca y azúcar amarilla,
a mediodía sopa con arroz y carne salada con papas, de noche
sopa con arroz. Algunos días hubo carne de vacunos, después
carne de cerdos salada que ya el día antes había que
poner al remojo, antes de cocinar sino no se podía comer"
(1).
Johann
Bodemann y su familia emigran desde Valais en 1857. El relata: "Si
no fuera por el capitán, no hubiéramos tenido nada
para comer. Un buen hombre ese capitán, igual que los marineros.
Los alimentos que habíamos comprado, no llegaron, de tal
forma que tuvimos que conformarnos para el desayuno, de tomar café
de malta sin azúcar. En cuanto al almuerzo, nunca fue bueno:
carne salada o jamón también muy salado, con arroz,
habichuelas, papas o arvejas. Para la cena teníamos que conformarnos
con un plato de sopa con arroz. Para el día entero no teníamos
más que una galleta, que no era otra cosa que un pedazo de
pan negro. Este era el modelo de comida que tuvimos a bordo, desde
el principio hasta el fin. En breve, no hemos comido como comíamos
en casa. No había vino. Si queríamos tomarlo, hubiéramos
tenido que pagarlo tres veces su precio. La botella de vino costaba
cuatro francos, y la manteca dos francos la libra. Pueden entender
que nos abstuvimos de comprar con semejantes precios" (2).
Un
contingente de judíos viaja en 1891 en el vapor Pampa, el
cual "llevaba unas 5 o 6 vacas en cubierta para ser faenadas
por el Shoijet y tener carne kosher cada tanto, pero muchos no la
comían pues las ollas eran treif (impuras)" (3).
Pedro
Fernández, asturiano embarcado ilegalmente hacia la Argentina
en 1899, recuerda la comida a bordo: "dieron a cada viajero
un plato de loza y un tarrito también de la misma materia,
juntamente con un tenedor y una cuchara. Cada uno iba a buscar su
comida en el plato, la cual era bastante buena consistiendo en carne
de buey y de cerdo, patatas, garbanzos, arroz, habas, bacalao y
algunas otras sustancias alimenticias bien condimentadas por un
viejo y divertido cocinero español."
La
ansiedad por conseguir alimento provoca pequeños accidentes:
"¡y que apretones llevábamos cuando íbamos
a buscarla! con dos horas de anticipación ya la mayor parte
de nosotros provistos del servicio de mesa que nos habían
dado rodeábamos la cocina cuando apenas había principiado
a hervir la comida y antes de principiar a repartirla cada uno empujaba
a los demás para llegar primero al caldero que contenía
el rancho; ¡cuántos con el apuro se quemaban las manos
viéndose por este motivo a tirar con plato y comida! Los
que como a mí no les gustaba el pan comíamos el primer
plato a toda prisa no haciendo caso aunque la comida de tan caliente
como estaba llevase consigo pedazos de piel del paladar o de la
garganta pues nada se sentía con tal que llegásemos
al reenganche, como allí se decía cuando se volvía
por otro plato de comida".
La
necesidad crea nuevas normas entre los inmigrantes: "Por la
mañana nos apresurábamos a buscar el café armados
cada uno con su tacita, en la cual nos daban también el té
al anochecer. Cuando a alguno se le rompía alguno de los
servicios de mesa robaba a otro lo que necesitaba, este hacía
lo propio con los demás, y así sucesivamente todos
de modo que todo se volvía robos de platos y tazas, viéndose
uno obligado a guardarlos con más cuidado que si fuesen oro
si no quería exponerse a tener que esperar a que alguno de
sus amigos comiese para luego servirse él de sus utensilios
y para que le prestasen era menester que la amistad fuese íntima.
Yo también fui víctima de un robo de esta clase pues
aunque tuve buen cuidado de guardar el plato bajo el colchón
de mi cama, esto no impidió que me lo robaran viéndome
por esto obligado a servir la comida y bebida en la tacita que a
lo sumo tendría capacidad para medio cuartillo; en esta situación
estuve dos días pero luego comprendí la necesidad
de hacer como los demás y en efecto, fingiendo irme a dormir
a mi camarote desde él robe un plato de unas alforjas que
cerca de mí tenían colgadas unos leoneses y con esto
salvé la situación (4).
Pura,
la protagonista de Diario de ilusiones y naufragios, de María
Angélica Scotti, narra: "Había en ese barco,
a la vez, mucho hacinamiento y revoltijo. Yo no me acuerdo nada
de eso, pero mamita contaba que era imposible encontrar un lugar
limpio para sentarse porque el piso estaba lleno de mondaduras de
frutas y restos de galletas o de comidas. Contaba que muchos se
mareaban por el mal de mar, y que en los dormitorios flotaban olores
nauseabundos, por los vómitos y porque las criaturas orinaban
en cualquier rincón (5).
En
el barco, a Carmen Díaz, "como al resto, le daban de
comer guisos decentes y bifes duros, pero Carmen vomitaba hasta
el café y las tostadas. Parecía como si (...) hubiera
olvidado el estómago en Asturias. Entre todos los manjares
eligió unas manzanas deliciosas de Río Negro, que
la mantuvieron viva, aunque perdió cerca de diez kilos en
dos semanas" (6).
Gedalia
Rimetka, el personaje de Shua, viaja en barco desde Polonia. Durante
la travesía "se comía mucha pasta. Macarrones
y ñoquis pero no ravioles. Fusili, cintitas, fetuccini. A
la bolognesa, con tuco, con pesto. Por eso cuando el abuelo llegó
a América, ya no era flaco. En veinte días había
engordado veinte kilos. El abuelo comía mucha pasta y no
vomitaba. También, desde que llegaron a Brasil, comía
bananas" (7).
Previendo
la necesidad, una mujer judía prepara la vianda para su marido
emigrante: "Mamá acomodó en los atados quesillo
dorado y dulce, que había preparado con leche de oveja. Y
carne de ganso congelada en la intemperie. ¿Cuántos
sacrificios hiciste mamá para conseguir esos manjares?"
(8).
La
alimentación de los pasajeros ha sido registrada en una imagen.
En "Buenos Aires 1910. Memoria del porvenir" pude ver
la fotografía de inmigrantes españoles comiendo en
la cubierta con platos de latón, antes de desembarcar. La
tomó León Lacroix, en 1910 (9).
Notas
1 Zehnder, Roberto: "Anotaciones durante mi inmigración
de Suiza a la República Argentina", en www.zingerling.com.
Septiembre de 2004.
2 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna,
1992.
3 Chajchir, Mauricio: ""Viaje al país de la esperanza:
Relato de un viajero del Pampa", en La Opinión, 8 de
agosto de 1976, reproducido en Asociación de Genealogía
Judía de Argentina, Toldot N° 8, Noviembre de 1998.
4 Méndez Muslera, Luciano: "Asturias en la emigración",
en www.telepolis.com
5 Scotti, María Angélica: Diario de ilusiones y naufragios.
Buenos Aires, Emecé, 1996.
6 Fernández Díaz, Jorge: op. cit.
7 Shua, Ana María: op. cit.
8 Goldemberg, Mauricio: Donde sopla la nostalgia. Buenos Aires,
Grupo Editor Latinoamericano, 1985.
9 "Buenos Aires 1910. Memoria del porvenir", en Shopping
Abasto, 1999.
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