INMIGRACION Y LITERATURA

Por María González Rouco

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En los recuerdos de los inmigrantes se reitera la alusión al gusto que sus mayores sentían por la narración. De estos padres que narran sus historias de la tierra natal, nacen hijos que las relatan en el seno del hogar o profesionalmente, o que las escriben en libros. La vocación se transmite; sólo cambian los medios de expresión.

La tradición oral es cara a los italianos. Lo relata Laura Pariani, lombarda nieta de un emigrante: "Mis estudios me alejaron de la cultura campesina; sin embargo, esa cultura quedó ligada al mundo de mi infancia, de los recuerdos, de los afectos, o más bien, de los cuentos. Cuando yo era chica, la única diversión era escuchar historias. Yo me crié rodeada de mujeres que contaban cuentos. Ellas eran las herederas de la tradición oral, las que transmitían el pasado. Como en todas las zonas pobres, los hombres jóvenes se iban solos para encontrar un trabajo mejor y luego nunca regresar. Nosotras permanecíamos apegadas a los hechos que nos llegaban de boca en boca. Mi pueblo estaba diezmado por la partida de los hombres, al menos hasta la Segunda Guerra Mundial. Las mujeres casadas eran las viudas blancas, abandonadas para siempre, como mi abuela, cuyo marido vino de joven a este país" (1). Ese gusto por la narración llegó a América.

Para Ana Padovani, narradora, "el momento de mayor auge de la narración oral tuvo lugar en el siglo pasado y a principios del presente". Recuerda algo que escuchó: "Mi abuelo me contaba que cuando vino en barco a la Argentina, los pasajeros de la primera clase bajaban a la bodega para oír los relatos de los inmigrantes de tercera clase" (2).

Cuando se le otorgó a Ernesto Sábato la ciudadanía italiana y la Medalla de Oro a la Cultura Italiana en la Argentina, expresó el escritor con respecto a sus padres: "Al igual que tantos hijos de inmigrantes, crecimos oyendo sus mitos, sus leyendas y sus cantos tradicionales, viendo casi sus montañas y sus ríos de los cuales mi padre me hablaba por las tardes, cuando yo era apenas un niño sentado en sus rodillas" (3).

Para Dal Masetto, ser hijo de inmigrantes fue un conflicto que tardó en resolver. Cuando lo logró, se abocó a escuchar historias: "La inmigración es un tema. Yo nunca había escrito nada sobre eso. Supongo que durante cuarenta años estuve tratando de pelear para que no me confundieran con un extranjero. Quizás un psicoanalista me hubiera resuelto este problema más rápidamente. Decidí entonces rendir un homenaje a toda esa gente que vino desde tan lejos, y también a mi madre. Un día llegué a Salto y le dije que me contara todo lo que sabía. Al sacar el grabador, la campesina se asustó. Lentamente fue desgranando recuerdos" (4).

Griselda Gambaro se basó en el pasado de sus mayores para escribir su novela de inmigración: "Desde hacía unos años experimentaba el impulso de escribir la historia de mi familia a partir de su origen, no porque en ella se hubieran producido hechos resonantes, sino porque esa familia guardaba para mí el secreto de sus sentimientos. (...) Develar el secreto, intentar comprender fue mi propósito". Lo logró, ya que al finalizar la escritura, se sentía más cercana a ellos: "Cuando concluí El mar que nos trajo percibí el peso y significado de esas raíces que todos tenemos y a las que no prestamos especial atención. En mi caso, los seres borrosos que estaban en mi origen se tornaron presentes y vivos, y pude comprenderlos en sus alegrías, desazones y sueños. Experimenté una especie de gratitud porque de algún modo sentí que me habían preparado el camino, alisado las piedras para que yo pudiera recorrerlo más fácilmente. Agradecí incluso la dura pobreza que marcó sus vidas porque esa pobreza, al cabo de años, me permitió identificarme, no sólo desde el razonamiento sino desde la sangre y su deseo de justicia, con los que en esta época sufren parecidos pesares" (5).

María Teresa Andruetto reunió en un libro dos historias que le relató su abuela, acerca de quien escribe: "Ella habìa nacido en un pequeño pueblo del Piamonte, al norte de Italia, y de esa regiòn vinieron hasta mì las aventuras de Gioaninn ca boija (Juancito, el que se las ingenia) y Ciavtin cit (el zapatero pequeñito) que nos contaba, tal vez para mostrarnos que, por màs pequeño que uno sea, puede, con algo de astucia y un poco de suerte, engañar a los lobos y a los ogros" (6).

En casa de los Villafañe trabajó "una señora española", de la que dice Javier, el titiritero: "tenía una memoria extraordinaria y decía romances antiguos españoles -aprendí de ella el Romance del cebollero-. Pablo Medina destaca: "La insistencia con que Javier Villafañe vuelve de tanto en tanto en sus conversaciones sobre la figura de aquella gallega Rosa, la cuentacuentos, poemas, romances y otros decires, es significativa no sólo por su evocación sino también porque la califica como imagen formadora" (7).

Rodolfo Alonso dice que nunca olvidará el "legítimo entusiasmo" con que su padre gallego les relataba "anécdotas para él imborrables de su infancia. Anécdotas que no eran sólo de hombres y de hechos, como las inefables ocurrencias de Novás, el cantero de su pueblo, cachaciento y mordaz, sino también el reiterado recuerdo de ese ruiseñor cantando en lo alto de un pino o la nutria cazada a escondidas, de noche, sobre el lomo del río" (8).

Cuanto escuchó en su hogar sirvió a Gladys Onega para escribir Cuando el tiempo era otro, acerca de cuya génesis afirma: "Todo parte de un hecho real, pero hay ficción en cuanto hay una creación lingüística muy grande. Nunca junté papeles ni documentos, pero en mi casa todo el tiempo se estaban contando cosas. No había otra manera de conectarse con la gente de España; no los conocíamos. (...) los gallegos siempre contaban historias diferentes y muy amenas, y completamente extrañas sobre el viento, el frío, la nieve, y las contaban en todo el pueblo" (9). Responderían al chamado antergo al que aluden Manuel Castro Cambeiro y Eliseo Mauas Pinto, en el poema "Soy el llamado ancestral", en el que expresan: "Son a voz que pradica, incansabele/ antre os do meu pobo/ lonxe da terra,/ a qu'os exhorta/ a non anuzar de si mesmos" (10).

Guillermo Saccomanno, nieto de una gallega, también recuerda esa afición de la anciana, a la que se sumaba la de su parienta: "A mi abuela le gustaba mucho escuchar y contar historias, y me hablaba de una parienta de ella, que entonces vivía enfrente de mi casa. En su aldea en España, esa mujer había tenido un hijo con el cura, y el chico se le había ahorcado a los treinta y tres años. Cuando yo tenía siete u ocho años, a la tardecita me cruzaba a la casa de esta otra gallega, que me contaba la historia de San Jorge y el dragón mientras me daba pan mojado en vino con azúcar" (11). Narrador él mismo, Saccomano fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura correspondiente al año 2000 por su novela El buen dolor.

Mi abuela gallega contaba el amargo relato de un hijo que abandonaba a su padre bajo el mismo árbol bajo el cual, décadas antes, el anciano había abandonado al suyo. También el del zapatero que tenía una herramienta tan afilada, que se cortó el delantal de cuero, el pecho y a una vieja que estaba del otro lado de la pared.

Ana María Bovo menciona a su familia de allende el mar como una influencia decisiva en su carrera. Recuerda a su abuelo Francisco, andaluz de Almería, como "un extraordinario conversador, que me enseñó a decir con gracia y humor; pero al mismo tiempo a saber escuchar; comprender que las cosas tienen un tiempo y que en un diálogo hay que saber respetar el tiempo del otro". Se refiere asimismo a una tía: "En Andalucía, conocí a una prima de mi madre, mi tía Ana María (igual que yo), otra narradora fabulosa, casi iletrada; había ido a la escuela sólo durante tres semanas. Muy querida, la gente del pueblo decía de ella que era graciosita como ninguna, fina como los corales, que los mayores llegaban hasta su reja en busca de consuelo y oraciones, y los chicos, de coplas y chascarrillos". Esta experiencia fue también muy importante para ella: "Me maravilló poder unir el mundo de la literatura de la memoria de aquellos que dicen bonito, aunque no sepan leer, con el mundo que yo había aprendido con estudio y lecturas" (12).

Narró sus desventuras una española a su hijo. Así nació el libro Mamá, escrito por Jorge Fernández Díaz: "Esta historia se convierte en libro el día que su hijo, editor y periodista, advierte un hecho estremecedor: las experiencias de su madre hacen llorar a la psicóloga que la atiende. Decide entonces entrevistar a "mamá", la escucha durante más de cincuenta horas y luego reconstruye este relato emocionante y lúcido, que plantea el gran dilema actual, y de todos los tiempos: irse o quedarse" (13).
Una inmigrante turca narra a sus descendientes: ""Recuerda cuando en su casita de Posadas llenaba un bracero con carbón por las noches, lo dejaba en medio del cuarto y reunía a sus chicos en torno de él. 'Les contaba historias de cómo vivíamos en Turquía, el viaje en barco a la Argentina o simplemente cuentos' " (14).

Deborah, la protagonista de Letargo, de Perla Suez, recuerda "las historias que le contaba su bobe, recolecciones que llevan al lector una gran distancia en el espacio y el tiempo, a la ciudad de Odessa a fines del siglo diecinueve. En aquel entonces, la familia de su abuela huyó de los pogroms del Zar Nicolás II, buscando refugio en Lyon, Francia antes de emigrar a la Argentina, donde se establecieron en una de las colonias agrícolas de Entre Ríos, como miles de otros judíos refugiados, incluso los antepasados de la autora" (15).

Los relatos de un húngaro judío perviven en la memoria de sus hijos: "Luis siempre había sido un padre muy pródigo en el relato de historias de su vida pasada, las que sus hijos habían escuchado con pasión, considerándolo a él una suerte de super-héroe, quien había logrado vencer a todos sus enemigos y problemas a lo largo de su vida" (16).


Notas
1 Patat, Alejandro: "El país de los sueños perdidos", en La Nación, 28 de abril de 2002.
2 Itzcovich, Mabel: "De profesión, contadoras de cuentos", en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1997.
3 Sábato, Ernesto: "La memoria de la tierra", en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
4 Roca, Agustina: "Historia de vida", en La Nación Revista, Buenos Aires, 12 de julio de 1998.
5 Gambaro, Griselda: "Crónica de una familia", en Clarín, Buenos Aires, 25 de febrero de 2001.
6 Andruetto, María Teresa: Benjamino. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
7 Medina, Pablo: "Historias de ida y vuelta", en Villafañe, Javier: Antología. Obra y recopilaciones. Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
8 Alonso, Rodolfo: Entrevista en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
9 Duche, Walter: "Todos tenemos derecho a escribir nuestra historia", en La Prensa, Buenos Aires, 18 de julio de 1999.
10 Mauas Pinto, Eliseo y Castro Cambeiro, Manuel: "Soy el llamado antiguo", en Legado Celta. Buenos Aires, Editorial Tres + Uno, 1993.
11 Chiaravalli, Verónica: "Un corazón tomado por la memoria", en La Nación, Buenos Aires, 15 de agosto de 1999.
12 Aubele, Luis: "A boca de jarro. Ana María Bovo. 'El poder de los sin poder' ", en La Nación, Buenos Aires, 29 de diciembre de 2002.
13 Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002. (gacetilla de prensa).
14 S/F: "Una mamá que hoy celebra sus 100 años", en La Nación, Buenos Aires, 20 de octubre de 2002.
15 Buchanan, Rhonda Dahl: "La madriguera de la memoria en 'Letargo' de Perla Suez", en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
16 Weisz, José Martín: ...mientras los violines tocaban csárdás. Un viaje a Hungría. Buenos Aires, Milá, 2002.

 


La ética
La solidaridad
Hijos, nietos
Contar
Cantar
Festejos familiares
Año Nuevo
Carnaval

 

La ética, la solidaridad, el amor por los más pequeños, el respeto por los mayores, el recuerdo de quienes quedaron en la tierra natal, el contar y el cantar, son las constantes en las costumbres inmigrantes, que aún perviven en los descendientes americanos.



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