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ENTRETENIMIENTOS
Cine
Una
abuela gallega va al cine con su nieto. Escribe Saccomanno: "En
el Cine California daban El Conquistador de Mongolia, con John Wayne,
una de las primeras películas en cinemascope. Al empezar
la proyección, espantada, la abuela se tapó los ojos.
Las hordas de mongoles galopaban sobre comarcas incendiadas. Vamos,
rapaz, te urgió la abuela. Las cimitarras se alzaban en la
pantalla. La abuela se agachaba en la butaca, aterrorizada, protegiéndose.
Al terminar la función, todavía temblando, la abuela
te dijo que no había venido al cine para sufrir. Porque la
película le había resucitado aquel horror de la guerra"
(1).
En
Buenos Aires, "Ibamos mucho al cinematógrafo, que era
la moda más impactante -recuerda uno de los personajes de
Mempo Giardinelli, en Santo Oficio de la Memoria, novela distinguida
con el Premio Rómulo Gallegos en 1993. Veíamos las
cintas de Clár Gáble, que a mí me volvía
loca. Yo soñaba con Clár. Blanquita, pobre, se enamoró
de Rodolfo Valentino la única vez que fue al cine, pobre.
Me acuerdo y me pongo toda. Y el amor de Micaela era Yón
Bárrimor. También veíamos las películas
argentinas con Alippi, Arata, Rosita Quintana, las de Gardel las
vimos todas..." (2).
En
Acebal se asistía asimismo a esta clase de funciones. Escribe
en su autobiografía Gladys Onega: "Por aquellos años
en que la gran diversión era el cine, lo que se veía
en la pantalla era lo real sin ninguna discusión; sin embargo,
tal vez por la desmesura con que se desplegaba ante los ojos, yo
llegaba a comprender que el lujo de las películas de teléfono
blanco sólo era un mecanismo que me permitía entrar
y vivir en la fantasía. Pero, qué pasaba cuando veía
cintas con familias, siempre norteamericanas, de padres e hijos
que trabajaban e iban a la escuela como nosotros; entonces empezaba
a dudar y a preguntarme si eso también no sería fantasía,
porque no podía creer que esa gente con hábitos semejantes
a los nuestros, viviera en casas de cine; y en cambio, si eso era
real, por qué nosotros no teníamos algún sofá,
alguna mesita con lámpara, alguna colcha bonita, alguna fotografía
o cuadro en las paredes. Nada. Según mi madre, no había
necesidad, según papá, no estábamos en condiciones
de comprarlos. Lo cierto es que nunca hubo nada hermoso en la casa
sino la casa misma" (3).
Los
húngaros judíos establecidos en Rosario hacían
del espectáculo cinematográfico una oportunidad para
degustar cuanto llevaban. Luis Fehér, inmigrante de ese origen,
asiste incómodo al refrigerio de su familia política:
"Era muy común que los Temesvari se juntasen los domingos
para ir al cine, y que a Luis se lo incluyera en el programa como
uno más de ellos. Protegidos por la oscuridad de la sala,
la madre de Betty sacaba a relucir sandwiches del más oloroso
bursh judío, cargados de pimientos y tomates, los que acompañaba
con una limonada casera llevada en sendos termos, y que repartía
equitativamente entre todos. Luis, con costumbres más refinadas
y menos expansivas, se sentía un poco avergonzado y trataba
de evitar estos eventos" (4).
En
el Chaco, el cine era un entretenimiento para los descendientes
de italianos. Escribe Giardinelli: "Papi y mami hacían
además una vida social muy intensa, esteee, muy linda. Salían
casi todas las noches, especialmente en verano. El más amigo
de papi era Américo Ferrachia, el oculista. Siempre iban
al cine juntos. Al Terraza Chaco iban, esteee, que se llamaba así
porque era un cine al aire libre que ocupaba media manzana en pleno
centro. Iban con Margarita y con mami y llevaban espirales contra
los mosquitos que se ponían entre las piernas, esteee, y
también abanicos para apantallarse y a veces hasta sangüichitos.
Y Américo que era bastante extravagante solía incluso
llevar su termo con agua caliente y el mate preparado. De manera
que ir al cine para ellos era como hacer un picnic nocturno".
El
cine es un recuerdo asociado al entierro del padre de uno de los
personajes de Santo Oficio de la Memoria. El hombre evoca, muchos
años más tarde: "Yo no podía dejar de
pensar que justo esa tarde en la matinée del Marconi pasaban
los nuevos capítulos de 'El Llanero Solitario' -o era 'El
Zorro', o era 'Flash Gordon'?- y que los iba a perder, y tendría
que esperar una semana para ver dos capítulos juntos, y por
eso sentía una culpa que no me dejaba en paz, y el calor
ahí adentro, y mi hermano cómo jodía"
(5).
Los
hijos de los turcos Víctor y Luna iban al cine en Posadas.
Recuerda la inmigrante: "Los domingos los llevaba al cine.
Los venía a buscar el coche a caballo, los metía a
todos adentro y todos al cine" (6).
En
La Pampa, "Juancito Vairoleto iba a menudo al pueblo, donde
había funciones de circo o de teatro, proyectaban películas
mudas o venían a actuar diversos conjuntos musicales. Entre
las anécdotas de ese tiempo, nunca olvidaría la vez
que llegó Carlos Gardel en gira artística, interpretando
aquellos primeros tangos que lo fascinaron, a él y a otros
amigos con quienes después aprendió a bailar sus compases
con cortes y quebradas. El artista se presentó en el teatro-cine
Colón, y aunque todavía no era tan famoso, el recuerdo
de su visita se iría agigantando con los años"
(7).
Notas
1 Saccomanno, Guillermo: El buen dolor. Buenos Aires, Planeta, 1999.
2 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires,
Seix Barral, 1991.
3 Onega, Gladys: op. cit.
4 Weisz, José Martín: ...mientras los violines tocaban
csárdás. Un viaje a Hungría. Buenos Aires,
Milá, 2002.
5 Giardinelli, Mempo: op. cit
6 S/F: "Una mamá que hoy celebra sus cien años",
en La Nación, Buenos Aires, 20 de octubre de 2002.
7 Chumbita, Hugo: Ultima frontera. Vairoleto: Vida y leyenda de
un bandolero. Buenos Aires, Planeta, 1999.
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