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COSTUMBRES
Carnaval
"Según
una difundida leyenda -comenta Alejandro Dolina-, el Carnaval fue
alguna vez una fiesta popular, con personas disfrazadas, música,
baile, bromas y murgas. En verdad, cuesta creer semejante cosa.
Como quiera que sea, la legendaria gesta ha muerto ya. Sin embargo,
como silenciosas habitaciones vacías, han quedado ciertas
fechas del almanaque a las que la terquedad general insiste en adjudicar
la condición de carnavalesca. Esos días son utilizados
no ya para festejar sino más bien para reflexionar y añorar
la ausencia de la fiesta. Se trata, según se ve, de un curioso
destino: pasar del entusiasmo a la nostalgia, de la pasión
a la meditación, de la alegría a la tristeza"
(1).
Mauricio
Kartun, en "El siglo disfrazado", analiza la relación
del Carnaval con la inmigración: "Fue con el vendaval
inmigratorio de principio de siglo que la farra desbordó
todo orden institucional, la mascarita se independizó, y
el disfraz pasó a ser un atributo de fenomenal creatividad
individual, un orgullo familiar en el que las mujeres de la casa
lucían su solvencia con el molde y la aguja".
Una
vez disfrazado el niño, debía fotografiárselo,
para enviar esa imagen al país de origen: "Colas de
una cuadra en Foto Bixio, o en Pascale, bajo el sol calcinante de
febrero, ese que aseguraba con el resplandor de la primera tarde
los mejores contrastes en la vidriada galería de pose del
estudio. ¿Cómo testimoniar sino allá en el
terruño el prodigio de costura, las costumbres, el crecimiento
y la belleza de los chicos, engalanados y maquillados?"
El
afianzamiento de la inmigración hizo que cambiaran los disfraces
elegidos por las madres para sus hijos: "Viejas fotos. Sólo
eso queda de aquella magnífica pasión por el disfraz.
De pierrot, sobre todo, hasta los años 20 en que las colectividades
tomaron peso propio. De allí en más predominaron los
baturros, toreros y gaiteros asturianos, las majas, las gitanas,
y los vascos pelotaris con sus paletas en miniatura, o su versión
lechera con los tarros también a escala. Napolitanas, damas
venecianas, y polichinelas certificaban el amor a Italia."
Fotos
que se enviarían a los parientes que tanto se extraña:
"Atrás unas líneas ya casi ilegibles: 'Cara mamma:
le invio una fotografia del mio Cesarino. Veda come cresce bello
e grasso. Chi manca tanto. Sua cara figlia, Renza'. En la foto,
un pequeño soldadito garibaldino. Un sombrero emplumado,
y una descolorida mirada melancólica" (2).
Se
enviaban, para ocasiones especiales, postales con retratos familiares,
editadas por los estudios de fotografía. "Hoy, los coleccionistas
aún las encuentran circulando en mercados de Italia y España
con sellos argentinos: habrían sido enviadas por familiares
que emigraron al país" (3). Sobre los retratos que le
tomaron en su infancia, escribe Fernández Díaz: "Todas
estas fotos viajaban a España dentro de las cartas que mamá
le escribía con orgullo a María del Escalón",
abuela del narrador (4).
"Los
improvisados -comenta Andrés Carretero- preferían
cubrirse con una sábana, lucir algún antifaz o pintarse
la cara con corcho quemado. El disfraz más frecuente en todos
los corsos fue el de Oso Carolina. También eran comunes los
disfraces de Martín Fierro o Juan Moreira, los más
valientes aparecían incluso montados a caballo, ganándose
el aplauso del público". Pero no todos los disfraces
estaban permitidos: "Las disposiciones municipales prohibían
el uso de disfraces de monja o sacerdote y aquellos trajes que parodiaran
uniformes militares en vigencia o que representaran costumbres obscenas"
(5).
En
1871, ataca la peste. Escribe Félix Luna: "En enero
ocurrieron los primeros casos, pero el carnaval se aproximaba y
hasta el propio presidente se divertía jugando con agua:
¿cómo se iba a ensombrecer la alegría popular
advirtiendo el peligro que se cernía sobre Buenos Aires?"
(6).
Carlos Mauricio Pacheco evoca en su sainete Los disfrazados un suceso
acaecido durante un Carnaval (7).
Manuel
Gálvez describe un baile en un inquilinato: "de la guitarra
y el bandoneón surgían las frases compadronas de un
tango. Era una música sensual, canallesca, arrabalera, mezcla
de insolencia y bajeza, de tiesura y voluptuosidad, de tristeza
secular y alegría burda de prostíbulo, música
que hablaba en lengua de germanía y de prisiones, y que hacía
pensar en escenas de mala vida, en ambientes de bajo fondo poblados
por siluetas de crimen. (...)Linda sonreía mirando a algunas
parejas -a Saturnina que era abrazada por un conde lleno de plumas,
y a la encargada del inquilinato, una genovesa redonda como una
bola, que se zangoloteaba en los brazos de un Moreira feroz-"
(8).
En
Hacer la América, Pedro Orgambide evoca un carnaval de la
década del 20: "Sonaban las gaitas de los gallegos.
Los vascos (pantalón y camisa blanca, pañuelo al cuello,
boinas, alpargatas) bailaban golpeando sus palos, combatiendo en
una esgrima de pies que se lanzaban al aire y volvían en
un paso de danza. Los cosacos desenvainaban sus sables, degollaban
a Israel Mitzer en la puerta de la sinagoga y gritaban, sudados
y coléricos, fidelidad al zar y a la zarina. Bailaban los
capoeiras del Brasil y los gitanos y los muchachos de Barracas.
Bailaban los hombres disfrazados de osos, de monos, de tigres, de
gigantescos perros y caballos. Bailaban los hombres disfrazados
de mujeres y las mujeres disfrazadas de hombre; bailaba el disfraz
hermafrodita: mitad hombre, mitad mujer, mitad novio, mitad novia;
danzaba el lanzador de dardos, el salvaje que besaba al explorador
en la boca; bailaban los enanitos, los viejos, los enclenques. En
el palco, las orquestitas de Retiro, de las viejas romerías,
tocaban los tanguitos de otro tiempo, puro flautín, pura
guitarra, pero ahora subía una orquesta típica nacional
que dirigía el maestro Arrieta" (9).
El
protagonista de Barrio Gris, de Joaquín Gómez Bas,
manifiesta: "En lo que a mí respecta, el carnaval existe
para recuadrar en rojo tres días del almanaque. Ahora. Antes
existía también para que el pobre Cigüeña
se disfrazara de oso carolina. Ni de niño compartí
el disloque general. Jamás me exhibí pintarrajeado.
Me mantuve siempre ajeno al entusiasta afán de convertirse
en bufo gratuito para regodeo del prójimo. Repudio el vocingleo
desatado, inútil y bárbaro. Me enferma. La primera
vez que pretendí formar parte de la baraúnda en un
bailongo de la fecha, originé descomunal batahola cuando
un cocoliche de facón y talero casi me deja sordo con su
carraca. Por milagro no me ojalaron el pellejo. Lo salvé
entero, junto con el propósito de esquivarle el bulto en
lo futuro a la jauría de carnestolendas. Definitivamente"
(10).
Uno
de los personajes de Mempo Giardinelli relata, en Santo Oficio de
la Memoria: "Era una joda este país, y los carnavales
no te cuento: se jugaba con agua todas las tardes y a la noche meta
milonga" (11).
No obstante su apellido, Victor Hugo Ghitta evoca el carnaval de
la colectividad gallega. Recuerda "las largas mesas familiares
del Centro Lucense, en una Buenos Aires cuyos esplendores y apego
por las fiestas populares irían menguando con los años,
en bulliciosas noches de carnaval en las que nos peleábamos
por una falda con fervor e inocencia mientras nuestros padres batían
palmas y meneaban caderas al ritmo del pasodoble o la muñeira,
después de haberse atragantado con las sardinas españolas
y las morcillas vascas y las batatas asadas al carbón y los
jamones tan perfumados como las señoras que atiborraban la
pista, atraídas por una estridencia de trompetas y por las
toreras de luces y las fabulosas charreteras y los zapatos y los
pantalones blancos de los Gavilanes de España, que era el
conjunto musical que animaba las tertulias y las verbenas"
(12).
Nersés,
un joven hijo de armenios que se crió en Barracas, "se
acordó de aquellos años de su infancia, cuando se
ponía un disfraz y se agregaba a la murga que iba cantando
por el barrio y recogiendo algunas monedas en una vasija de lata
o en un platito, luego de algunas canciones de ablande" (13).
Santó Efendi recuerda los carnavales en Villa Crespo: "En
verano, el carnaval diurno servía para refrescarse un poco...
a globazos, baldazos y mangueras" (14).
Manuel
Enrique Pereda, los carnavales en Villa Pueyrredón: "Había
una vez... allá por los años 1922, una familia formada
por Don Clemente Enrique Pereda, argentino, nacido en el Bajo Belgrano,
y Doña Estrella Mon, española, de Galicia, con su
hijo Manuel Enrique (...), que se radicaron en una pieza alquilada
en la calle Argerich 4685 a un matrimonio de italianos de apellido
Pettorosi que tenían tres hijos llamados Pascua, Armando
y Pepa, siendo estas chicas mis primeras compañeras de juegos
(...)
Tengo
presente a la tana Doña Emilia, de carácter fuerte
y cerrado dialecto, cuando al poco tiempo de convivir en su casa,
siendo carnaval, mi viejo le tiró un baldazo de agua. ¿Qué
'rosca' se armó! Se lo quería comer crudo" (15).
Se
disfrazaba Alberto Tarrío, hijo de inmigrantes gallegos.
Cuenta su hijo Fabián: "Mi viejo sabía vivir
y hacer de cada momento con los demás, un tiempo grato. Lo
que me viene a la cabeza es el espíritu que tenía
de buena vida. Divertido, atrevido; era de disfrazarse para los
carnavales o para fin de año, y viajar disfrazado en un colectivo
a los corsos de la Boca. A nosotros nos daba un poco de vergüenza,
pero hoy reconozco que lo hacía porque tenía un espíritu
muy lindo" (16).
A
veces, se suscitaban peleas. Escribe Horacio Vázquez-Rial:
"En los primeros años del siglo, Buenos Aires vivía
sin sobresaltos. Era noticia comentada el enfrentamiento, en 1903,
en los carnavales de Avellaneda, de la comparsa de 'Los Leales'
con la de 'Los Pampeanos', en la que formaban José Razzano,
quien con el tiempo haría dúo con Gardel, y el que
muy pronto sería intendente municipal de su ciudad, don Alberto
Barceló, en compañía de sus sobrinos y de su
futuro secretario, Nicanor Salas Chaves" (17).
La
inglesa Agnes, abuela de María Elena Walsh, escribe a su
padre en 1878: "El próximo domingo empieza el Carnaval
y parece que será grandioso" (18).
La
clase alta aborrecía esa clase de festejo. Cuenta María
Rosa Oliver: "En Europa el carnaval nos había pasado
inadvertido, quizá porque cae aún en invierno, pero
aquí, como broche del verano, era una fiesta. Una fiesta
larga e importante que tercamente mis padres y parientes trataban
de pasar por alto como, al leer los diarios, salteaban las páginas
en que, con semanas de anticipación, se informaba sobre los
preparativos para que llegaran a su máximo esplendor las
carnestolendas o el reinado del dios Momo, nombres sugestivos que
en casa nadie pronunciaba pero que en las revistas iban enmarcados
entre guardas que evocaban las futuras serpentinas".
A
la pequeña María Rosa le gustaban las máscaras:
"Me gustaban las que iban a los bailes infantiles de disfraz
organizados en el Hotel Bristol de Mar del Plata. Pero la única
vez que a duras penas, y después de insistentes súplicas,
nos permitieron ir a la fiesta nos la aguaron bastante porque '...eso
de ponerse disfraz ¡qué esperanza...! Lo único
que faltaría... Eso, jamás..." (19).
Máximo
Yagupsky evoca un carnaval bonaerense: "siendo muchacho -estaba
en segundo año del secundario nacional- iba a acompañar
a un tío mío que organizó un remate en la provincia
de Buenos Aires, en Maza, cerca de La Pampa. Era Carnaval. Y en
Maza vivían a la sazón muchos italianos. En esa oportunidad
nos han hecho gozar de las canciones líricas italianas como
nadie. Aquella noche de carnaval la pasaron viviendo en Italia"
(20).
Notas
1 Dolina, Alejandro: "El corso triste de la calle Caracas",
en El Tiempo, Azul, 23 de febrero de 2003.
2 Kartun, Mauricio: "El siglo disfrazado", en Clarín
Viva, 20 de febrero de 2000.
3 Muzi, Carolina: "Fina estampa", en Clarín Viva,
Buenos Aires, 21 de julio de 2002.
4 Fernández Díaz, Jorge: op. cit.
5 Carretero, Andrés: Vida cotidiana en Buenos Aires. Planeta.
6 Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 1991,
p. 92.
7 Pacheco, Carlos Mauricio: Los disfrazados. CEAL, 1980.
8 Orgambide, Pedro: Hacer la América. Buenos Aires, Bruguera,
1984, pág. 237.
9 Gálvez, Manuel: Historia de arrabal. Buenos Aires, CEAL,
1980.
10 Gómez Bas, Joaquín: op. cit.
11 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires,
Seix Barral, 1991.
12 Ghitta, Víctor Hugo: "Elegía a Paco Rabal
dormido en Aguilas", en La Nación, Buenos Aires, 2 de
septiembre de 2001.
13 Bedrossian, Eduardo: op. cit.
14 Efendi, Santó: "Una infancia en Villa Crespo",
en SEFARaires N° 3, julio 2002.
15 Pereda, Manuel Enrique: Nuestra querida Villa Pueyrredón.
Buenos Aires, Del Carril Impresora, 1986. Citado por Eduardo Criscuolo
en "Páginas para el recuerdo de Villa Pueyrredón",
El Barrio Periódico de Noticias, Año 6, N° 62,
Buenos Aires, Mayo de 2004.
16 Piotto, Alba (Texto y producción); Rosito, Enrique y Digilio,
Rubén (fotos): "Mi papá", en Clarín
Viva, Buenos Aires, 20 de junio de 2004.
17 Vázquez-Rial, Horacio:op. cit.
18 Walsh, María Elena: "Novios de antaño".
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1990. En María_Elena_Walsh
La abuela Agnes.htm, página preparada con la colaboración
de Mirta Toledo y Luis Mandel
19 Oliver, María Rosa: La vida cotidiana. Buenos Aires, Sudamericana,
1969.
20 Diament, Mario: op. cit
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