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EL
IDIOMA
Otros caminos
No
sólo en el conventillo o en la escuela se aprendían
otras lenguas. Gaetano, uno de los personajes de Santo Oficio de
la Memoria, lo hace en su lugar de trabajo, el "tranguay",
donde "La gente hablaba en todos los idiomas. Yo aprendí
algo de inglés, de francés, de alemán. De polaco
también y de yídish. La mayoría de los pasajeros
eran inmigrantes. Uno tenía que saludarlos en sus lenguas.
Había veinte maneras de decir buen día. Y muchas veces
uno tenía que ayudarlos con el cambio, con las monedas"
(1).
También
completa en su trabajo el aprendizaje del castellano uno de los
personajes de Vázquez-Rial, una institutriz irlandesa, que
se emplea en casa de un gallego. Dice la joven: "Llego de Irlanda
hace tres días y vengo aquí". Su empleador la
corrige: "-Llegué -corrigió Roque, mostrando
el pasado con el índice, en un lugar situado detrás
de su hombro derecho-. Y vine". En esa misma obra, un porteño
dice a un alemán: "Y le adelanto un consejo, gratis,
si se piensa quedar a vivir: agárrese al vos, con fuerza,
como hizo antes. Si habla de tú, va a ser siempre un extranjero.
Eso, si no lo toman por algo peor". Y otro porteño dice
a un gallego: "no se dice le acerco, sino lo acerco. Ya sé
que es gallego, pero va a cambiar". El gallego le responde:
"No sé si quiero cambiar. Menos lengua se les pide a
los turcos o a los polacos. ¿Por qué se ocupan tanto
los argentinos de los españoles?" "Es distinto
-dice el porteño. Esos siempre van a ser ridículos.
No tienen remedio. Ustedes sí" (2).
Décadas
después, escribe Diego Paszkowski: "Pienso con infinita
tristeza en la gente que desprecia al distinto, al extranjero, al
inmigrante, que hoy se refiere a, por ejemplo, coreanos, japoneses
y chinos con las mismas expresiones miserables que hace cincuenta
años habrán utilizado para con mi abuelo, judío
polaco. 'Hablan en su idioma', escuché decir de unos y de
otros a modo de excusa para segregarlos, pero sé por experiencia
que, sólo dos generaciones después, quien esto escribe,
nieto de aquel abuelo, enseña a escribir a jóvenes
futuros artistas en la mismísima Universidad de Buenos Aires"
(3).
Antonio Dal Masetto aprendió nuestro idioma mediante la lectura.
A los doce años llegó a Salto, donde -afirma en una
entrevista- "Empezó el duro aprendizaje, la transculturación.
Cansado de que lo cargasen por su forma de hablar, decidió
esforzarse para aprender el castellano. Para eso recurrió
al arte. Su padre se asoció con su tío en una carnicería.
Dal Masetto empezó a seleccionar las revistas que llegaban
para envolver y, entre los globitos y el dibujo de las historietas,
empezó a adentrarse en el idioma".
De
los comics, pasará a los libros. Así recuerda esa
etapa: "Mi camino fue absolutamente argentino. En casa hubo
un esfuerzo inmediato por adaptarse. Cuando empecé a aprender
el idioma en el pueblo, frecuentaba una biblioteca. Buscaba libros.
Elegía al azar. Me los devoraba, junto con la revista Leoplán,
que traía novelas cortas enteras. Me alimenté mucho
de esa revista, y con ella descubrí que había una
literatura inmensa" (4).
Esteban
Peicovich, hijo de inmigrantes dálmatas nacido en Berisso,
leía: "esa infancia venía a contrapelo. Primera
entrega local de inmigrantes con lengua cambiada. Párvulos
doblemente perplejos pues debían traducir el exótico
idioma familiar al exótico lenguaje de afuera. No había
tío, abuelo o vecino que no pareciese extraído de
un relato de London o Turgueniev. La gruesa variedad cultural y
el incordio del idioma empujaban a huir del mundo por la ventana
del libro o la historieta" (5).
Un
personaje de Hermana y Sombra, de Bernardo Verbitsky, tiene dificultades
con el castellano; el protagonista, un niño hijo de inmigrantes
rusos, le presta un libro: "Por la calle Campana entraba regularmente
un hombre gordo, Jacobo para todos, o Jacoibos para quienes le imitaban
el habla, y él a su vez llamaba Doña María
a todas sus clientas, que le adquirían ropa, platos, y hasta
muebles, siempre en cuotas semanales, nunca muy elevadas. Salí,
al notar que la conversación se prolongaba, y también
intervine, pues eliminada ya la posibilidad de una venta, apreciamos
la simpatía del joven. El explicó que era un judío
de Rumania donde había sido estudiante, pero obligado aquí
a ganarse la vida, encontró su actual ocupación de
cuentenik. Deseaba perfeccionar su mal castellano, y a mí
se me ocurrió una excelente idea, la de prestarle mi ejemplar
del Quijote, regalo de mi padre unos meses antes. Como yo lo había
leído, no tenía inconveniente en facilitárselo
por un tiempo. ¿Qué mejor libro para practicar el
español?" (6).
Casi
todos aprendían el idioma por las suyas, ayudándose
algunos con el diccionario. " 'Mucho antes de ser diccionarios
escolares, de ser llevados en la mochila, equiparados al resto de
los útiles, los diccionarios eran un objeto muy valioso para
las familias, un texto de consulta', cuenta el profesor de Historia
de la Educación, Rafael Gagliano. (...) También es
parte de la cultura inmigrante. El diccionario les solucionaba las
crisis que podían tener con su segunda lengua. Está
muy conectado con los autodidactas" (7).
De
uno de sus tíos dice Gladys Onega: "Claro es que Eliseo
poca escuela tenía, era un autodidacta de aldea y de pueblo
como todos los gallegos de mi familia, siempre tratando de pulirse
con la lectura del diccionario y de los buenos diarios que a sus
manos llegaban, sin desdeñar los más sensacionalistas,
por eso de su afición a la grandilocuencia. (...) El Quijote
y el diccionario educaron a ese autodidacta, quien los citaba con
exactitud pero con exceso pues no había adquirido los moldes
que impone la educación formal, por eso no calibraba el uso
y abuso de los epítetos ni percibía la risa que provocaban
en oyentes que no los habían leído o que ni siquiera
tenían referencia de su existencia" (8).
Así
como algunos aprendían castellano en el tranvía, o
leyendo, un personaje de Gabriel Báñez tiene la ocurrencia
de recurrir a la religión, aún siendo judío,
para dominar el nuevo idioma. Al ver mujeres católicas que
se confiesan, la pequeña Sara Divas, en Virgen, "imaginó
que la fe era un idioma en voz muy baja y que esas mujeres aprendían
las lecciones de rodillas, murmurando y repitiendo. (...) Era una
buena manera de aprender el idioma que tanto atormentaba a su padre
y, llegado el caso, de hablar por él". El sacerdote
le da una estampita de la Virgen de Luján, "a partir
de ese entonces Sarita empezó a comulgar con el castellano,
porque lo aprendió a los rezos y gracias a las oraciones
que venían en el reverso de las estampitas" (9).
En
el siglo XIX, Pablo Lantelme, piamontés afincado en Entre
Ríos, sostenía: "Para el bien general, creo y
afirmo que es necesario que la predicación de la Divina Palabra
se haga en lengua castellana, o por lo menos, que se predique dos
domingos seguidos en castellano y uno en francés, para no
cortar de un solo golpe el sistema abusivo. Los Capellanes (de San
José) siendo franceses y poco acostumbrados a hablar en lengua
castellana, no faltarán de alegar mil pretextos contrarios
a lo que acabo de probar" (10).
José Brendel, por su parte, relata los problemas que tenía
un sacerdote italiano. Olga Weyne transcribe ese testimonio: "(En
1913): 'El tiempo de la ausencia del padre Kotulla (uno de los más
recordados sacerdotes del Verbo Divino, en colonia San Miguel),
fue cubierto provisoriamente por un sacerdote italiano, recién
llegado, que no hablaba ni el alemán ni el castellano, pero
que con su bondad y sus expresivos ademanes italianos, se hizo querer,
ya que no entender, por la población. Se llamaba Juan Sciortino.
Sus sermones eran un acopio pintoresco de varias lenguas, pues también
hacía sus ensayos en alemán, que le enseñaban
los monaguillos y que él mismo repetía después
en el altar, con abundante transpiración aunque con vano
intento. Los niños eran sus predilectos y para ellos siempre
tenía golosinas; (...) San Miguel guarda un recuerdo cariñoso
del Padre Juan y quiere que estas líneas sean un homenaje
a su vocinglera bondad" (11).
El
padre de Máximo Yagupsky encuentra una original forma de
aprender castellano: "mi padre, que era un judío religioso,
tenía gusto por la mañana, antes de que nosotros fuéramos
a la escuela, de tomarnos las lecciones. Era una forma indirecta
de ir aprendiendo él mismo de los libros de texto un poco
de castellano y un poco de la cultura ambiente" (12).
También
quería aprender el padre de María Esther de Miguel:
"En mi casa se hablaba mucho de historia, porque mi padre que
era un inmigrante español, era muy curioso e inteligente.
Siempre quería saber la historia del lugar y se preguntaba
sobre Urquiza y yo escuchaba" (13).
Notas
1 Giardinelli, Mempo: op. cit.
2 Vázquez-Rial, Horacio: op. cit
3 Paszkowski, Diego: "En qué pienso", en Clarín,
Buenos Aires, 12 de enero de 2003.
4 Roca, Agustina: "Historia de Vida", en La Nación
Revista, Buenos Aires, 12 de julio de 1998.
5 Peicovich, Esteban: "Mi escritor favorito", en La Nación
Revista, Buenos Aires, 2 de noviembre de 2003.
6 Verbitsky, Bernardo: Hermana y Sombra. Buenos Aires, Editorial
Planeta Argentina, 1977.
7 S/F: "De generación en generación", en
Clarín, Buenos Aires, 19 de marzo de 2000.
8 Onega, Gladys: op. cit.
9 Báñez, Gabriel: Virgen. Barcelona, Sudamericana,
1998.
10 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna,
1992.
11 Weyne, Olga: op. cit.
12 Diament, Mario: op.cit.
13 Correa, Alejandra: "María Esther de Miguel. La novela
histórica", en Magazine actual, Año 2, N°
8. Diciembre de 1997.
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