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En
busca de las raíces
A
veces, son los descendientes los que regresan, en busca del paisaje
añorado por sus mayores. Acerca de esta clase de travesía,
dice Juan Bedoian: "Quizás ese viaje es como mirarse
al espejo por primera vez, recuperar una parte nuestra que nunca
puede desaparecer: las semillas de lo previo. Y es también
el viaje más importante que uno puede hacer porque es un
viaje que nos nombra, un viaje que no cesa en el tiempo ya que siempre
estuvo en nuestros sueños y quedará allí para
siempre, sin adioses, intocado como el relato de un viejo que cuenta
cómo era su casa en su aldea de Italia, qué hacía
en el campo, cuándo y con quién llegó a la
Argentina. Ese viaje es una vuelta al seno materno, a un espacio
casi sagrado, lleno de afectos, risas o pesares que nuestro bisabuelo
le contó a nuestro abuelo y nuestro abuelo a nuestros padres
y nosotros a nuestros hijos. En un país de inmigrantes que
desciende de los barcos como éste, ese viaje cierra el círculo
de nuestro destino: anuda los lazos familiares, sociales, geográficos,
culturales y especialmente emocionales que ligan nuestra historia
con la historia original. Como si fuese un hilo invisible en el
que están unidos todos los mundos, los viejos relatos, los
gestos ya cumplidos y todos los tiempos" (1).
El
viaje se relaciona en algunas oportunidades con la creación
literaria, a la que precede o de la cual es consecuencia. En un
reportaje, afirma Roberto Raschella, autor de Si hubiéramos
vivido aquí: "Viajé a Italia, el pueblo de mis
antepasados, y al volver empecé a escribir la que fue mi
segunda novela. La época anterior y posterior al viaje va
a ser la base de mi tercera novela" (2).
En
la tierra incomparable, el italiano Dal Masetto narra la visita
de una emigrante a su pueblo, cuarenta años después.
En una entrevista, aclara quién viajó: "En realidad,
fui yo el que regresó. Allí se dio algo interesante
desde el punto de vista del oficio: me propuse contarlo desde la
visión de Agata y mi esfuerzo fue tratar de ver todo con
los ojos de ella. Ese cambio de personalidad me obligaba a cierto
tipo de asombro. Mi mamá -por ejemplo- nunca subió
a un avión" (3).
Griselda
Gambaro también escribió remitiéndose a sus
vivencias. Para El mar que nos trajo, "En lo que respecta a
Italia, acudí a mis propios recuerdos de los lugares que
se mencionan: (...) Recordaba particularmente la isla de Elba, donde
sucede el relato cuando se traslada a Italia. La había visitado
hacía muchos años, conocido a los descendientes de
Agostino, quienes me acompañaron al pueblo bajo cercano a
la playa y al alto, sobre la cumbre de una colina, a 'la playa de
arena y piedras romas' " (4).
A
Italia viaja Atilio Betti en 1967. También lo hace el protagonista
de La noche lombarda, su novela, premiado por el Gobierno de la
península. El personaje vive su premio como una revancha:
"Mi padre me había negado la educación. Me había
condenado, por no querer trabajar bajo su mando, en su fabrica,
a una juventud de lucha. A defenderme a puñetazos por las
calles y las oficinas, con tal de salir con la mía.
Y
ahora me hallaba allí, en viaje hacia Italia, en calidad
de invitado y futuro huésped de su patria. Libre y solo.
Solo, sí, pero libre y triunfante" (5).
Paulina
Vinderman habla a su padre en un poema: "-Anoche soñé
que sacaba un pasaje para Bulgaria-/ quiero decirle./ Llego a una
ciudad amplia y resuelta, apoyada en un/ mar interior (un mar de
manual, con muchos barcos enhiestos.)/ Inexplicablemente la ciudad
está callada/ y resuenan mis pasos sobre las calles./ Universidad,
dice un cartel,/ y otro me envía a las ruinas de un templo
griego/ que instala la armonía en mi ceguera" (6).
Canta
a su padre, asimismo, Alberto Perrone, cuando llega a la casa europea
del inmigrante: "Padre hoy conocí tu tierra de vides
y olivos./ Conocí a tu hermana y encontré tu joven
retrato/ que aún preside allá, la casa" (7).
Estar
en la tierra de los mayores es un aliciente para la labor intelectual.
En una conferencia dictada en 1994, afirma Aurora Alonso de Rocha
que un recuerdo de 1978 le da "a la tarea de investigar, una
cuota mayor de entusiasmo". Se refiere a su viaje a Galicia:
"de pronto, estuvimos en la mítica tierra. A terra,
la de los cuentos mil veces recreados. (...) ¿Cómo
pudieron irse? -preguntó mi hija de quince años. ¿Cómo,
de un lugar mágico? Era el lugar del encantamiento, recibido
en los relatos y los silencios dolidos, el lugar donde el mar era
la mar y había puertos de tierra" (8).
Volver
puede ser el tema de un texto premiado. Sobre su viaje a Prepezzano,
"un pueblito de la provincia de Salerno que no figura en ningún
mapa", escribe Mónica López Ocón su "Interior
italiano", uno de los textos ganadores del certamen "El
mito del viaje", organizado por la Asociación Premio
Grinzane Cavour y los diarios Clarín y La Repubblica: En
esas páginas expresa: "Mi viaje era en realidad un regreso.
El pueblo que me mostraron era una réplica del que yo llevaba
dentro. Paradójicamente, era el pueblo el que me habitaba
desde mucho antes de que pudiera habitarlo yo. Por eso, reconocí
de inmediato el olor, el sabor y la textura de las uvas negras que
Alfredo cortó del huerto. Bajo su piel enlutada guardaban
un sol escandaloso. Parecían arrancadas de la sombra por
el luminoso pincel de Caravaggio y tenían el sabor indescriptible
que sólo pueden tener las uvas que se añoran"
(9).
En
el pueblo del que partieron los ancestros, se encuentran latentes
las raíces. Dijo Julia Zenko: "Un instante puede mostrarte
lo que pesan tus antepasados. Eso lo vi en esta última gira:
conocí Letonia y Lituania, y también Estambul, donde
vivió varios años una de mis abuelas, y reconocí
olores de las comidas de mi casa, músicas, acentos. Es que
soy una argentina tanguera sin una gota de sangre criolla"
(10).
"Sesenta
años después del clímax del Holocausto -el
asesinato de seis millones de judíos pergeñado por
los nazis-, ochenta chicos de la comunidad Hashomer Hatzair llevan
sus por qué a Polonia. Vienen de todo el mundo. Viajan en
busca de sí mismos, de rastros de sus abuelos, de alguna
respuesta" (11).
A Ottobiano, "un pueblito de Lombardía que ni siquiera
puede dar pruebas de su existencia: no hay trenes que pasen por
ahí y fue olvidado hasta por los cartógrafos",
viajó Miguel Frías. De allí partió su
abuelo en 1913, a los doce años. El nieto se aproxima al
pueblo: ""Verlo acercarse por fin en una mañana
de bruma, entre árboles sin hojas y campos labrados por fantasmas,
no lo hace más real: la cúpula de la iglesia está
a salvo de la niebla, pero el resto tiene el contorno de un sueño.
Acabamos de recorrer el breve paraíso de mis cuentos infantiles"
(12).
En
1991, Gabriel Corrado viajó a Italia para grabar en Roma
y Sicilia. Años más tarde, expresa lo que sintió
cuando una pareja lo reconoció en la Vía Condotti:
"Se me vino encima el abuelo, que había hecho el camino
inverso, los doce mil kilómetros, Zamudio 4230..." (13).
Por una circunstancia fortuita, se reencontró espiritualmente
con su antepasado.
Una
tía de Enrique Eusebi "pudo volver a la tierra de sus
padres, con tanta mala suerte que estalló la guerra. 'Y nosotros
le mandábamos café y azúcar a mi tía.
Mire ahora'. Cuando por fin volvió, la tía no paraba
de comer" (14).
Los
alumnos del colegio porteño Marie Manooguian eligieron la
tierra de sus mayores como destino de su viaje de egresados. Organizan
cenas para recaudar los fondos que les permitirán viajar;
"el objetivo es que todo lo aprendido por los jóvenes
en los años de formación académica (historia,
geografía, idioma y cultura) concluya con la rica experiencia
de visitar Armenia. Y también tienen la posibilidad de visitar
otros países pertenecientes a la comunidad europea"
(15).
En
"Temas de la patria anterior", González Carbalho
escribe: "Quienes fueron antes que yo en mi sangre, partieron
por donde yo entré en España. Recuerdo que en algún
coloquio de lembranzas, hablóme mi padre de cuando se echaba
a nadar en la radiante bahía de Vigo. Eran intentos para
irse. Estaba haciendo la práctica para la gran travesía.
El alma navegante se estaba familiarizando con la onda, el yodo,
la brisa que blanquea de sal la cara. Así partió siendo
niño. Y yo volví por donde él partió,
siendo ya varias veces hombre. Es decir: hombre y experiencia, hombre
y afán de indagar en la raíz, de sentirme en la fuente
de la savia. Hombre que necesita respirar los aires de su patria
anterior" (16).
Adolfo Pérez Esquivel "parte para Galicia en breve a
dejar él también su huella escultórica. 'Voy
a hacer un monumento a la memoria en Combarro, el pueblo donde nació
mi padre, en un parque al que le van a poner mi nombre", comentó"
(17).
Javier
Villafañe "En los '80 cumplió el sueño
del descendiente: 'regresar' a tierra de los padres. Y allí
en España llevó su arte también de pueblo en
pueblo" (18).
A
Eibar llegaron los hermanos Sarasqueta, a conocer a sus parientes
vascos, de los que no tenían noticias desde 1902. El encuentro
fue posible gracias a la Asociación para la Cooperación
Mundial entre Vascos, que ayudó a localizarlos. "Regresaron
la semana última, con las valijas llenas de fotografías,
comidas típicas y libros sobre el lugar. 'El primer encuentro
con Pedro, primo segundo, de 65 años, fue impactante por
el parecido con mi padre. Nos recibieron como una verdadera familia.
Valió la pena el esfuerzo', contó Marcelo" (19).
El
viaje permite, en algunas oportunidades, vivir de cerca la dura
vida que se llevaba antes de emigrar. En un reportaje, afirma Guillermo
Saccomano, autor de El buen dolor: "Yo recuerdo cuando fui
a España por primera vez, en el setenta y pico. En la casa
de los parientes, en Santiago de Compostela, un familiar me mostraba
emocionado el baño: había llegado a tener sanitarios
y después de trabajar en el campo, podía pegarse una
ducha. Si esto era así en los años setenta, pensá
lo que sería en 1910, 1920" (20).
"Cuando
finalmente llegué a Galicia -escribe Gladys Onega- sólo
reconocí y sólo recuerdo el olor ácido a estiércol
y la moscas ennegreciendo los cuencos, de lo que nunca me había
hablado. Los trabajos eran más aliviados, las penurias menos
pesadas, y las nieblas tan vagorosas y pobladas de brujas temibles
como las inventadas por los hermanos Grimm, que allí se llamaban
as meigas" (21).
Sirve
para comprender más a quienes emigraron. Esther Goris conoció
Pontevedra a los veinte años. En diciembre de 1999, cuando
evoca ese viaje, escribe: "Recién al disfrutar de cerca
de esa belleza incomparable entendí por qué a mi padre
lo ponía triste la inmensa llanura de la Argentina"
(22). Otro tanto sucede a Beatriz Pérez Leiro, marplatense
que en 1999 viajó a España. Ella dijo: "Desde
pequeña escuchaba a mi madre hablar de un extraño
camino, que siempre se llamó 'francés', senda única
y concreta hacia un sepulcro milagroso. Su voz se apagó y
puse su sueño en mi mente y en mi corazón" (23).
Arroja
luz sobre la propia existencia, a la que completa y da sentido.
"Yo viajé a España -cuenta Pepe Fernández
Balado- porque sentía que tenía que recuperar algo
que se me escapaba, que se me había escapado en la infancia.
(...) yo nací en el '46 y en el '50 y tantos, había
un horario en el que la radio no se podía tocar: la hora
de la audición española... y yo reconozco todas las
canciones de esa época, como si fuera un español más.
Es más, cuando viví en España, con un español,
hacíamos competencias, él empezaba un pasodoble, yo
lo seguía y así... y él no podía creer
que yo me hubiera criado en Argentina..." (24).
Algo
así sentía la protagonista de mi cuento "Volver
a Galicia", basado en una anécdota familiar. Acerca
de esta mujer, digo: "Hasta que no lograra pisar esa tierra,
nada tendría valor para ella, porque le faltaba su punto
de partida, el origen que la había llevado a ser quien era"
(25).
Para
Vicente Muleiro, viajar al pueblo de su abuela fue muy importante:
""Lo que se veían eran unas chozas de piedra, una
isla del pasado enclavada en la Galicia europeizada. Sin embargo,
ese pueblo tosco por donde trajinaron los pastores que me anteceden
significaba mucho para mí" (26).
Al
protagonista de la canción de Alberto Cortez lo llevó
la promesa que hiciera a su abuelo: "Y el abuelo un día
cuando era muy viejo/ allende Galicia/ me tomó la mano y
yo me di cuenta/ que ya se moría/ Y entonces me dijo, con
muy pocas fuerzas/ y con menos prisa: 'Prométeme hijo que
a la vieja aldea/ irás algún día/ Y al viento
del Norte dirás que su amigo/ a una nueva tierra, le entregó
la vida" (27).
El
padre de la escritora María Rosa Lojo había plantado
un castaño: "Mi padre no solamente intentó compensar
con imágenes míticas la llamada 'pérdida de
los objetos tangibles'. El, que no creía en Dios, creía
en los árboles. Como lo hiciera Rafael Alberti, fuimos a
vivir a Castelar, donde había muchos, y las casas tenían
(y tienen aún hoy) amplios jardines. En el parque trasero
de la nuestra ya había un ciruelo, y varios árboles
frutales. Pero mi padre plantó, también, un joven
castaño. Era su árbol fundador, después de
todo, un verdadero 'árbol madre', árbol de la vida,
árbol del mundo, eje cósmico capaz de abastecer las
necesidades de toda una familia, y por extensión, de la especie
humana. En sus hojas rejuvenecía, cada primavera, la esperanza
del reencuentro. Pero los castaños no se avienen con el clima
de Buenos Aires: los frutos eran muy malos, casi raquíticos,
ni siquiera valía la pena extraerlos de su coraza puntiaguda.
Sin embargo el castaño dio otro fruto mejor y más
esperado".
Cuenta
la hija lo que sucedió con ese árbol, símbolo
de un anhelo "Cuando ya mi padre había muerto pude,
por fin, 'volver' a la tierra que yo aún no conocía
y donde él no llegó a retornar nunca. A mi regreso,
el castaño comenzó a morir, irremediable y violento.
En un mes se había secado de la copa a las raíces.
Comprendí que simplemente daba por cumplida su misión
terrena, que siempre había estado allí sólo
para encarnar la fuerza del deseo, la poderosa pulsión de
la nostalgia, el primer mandamiento que se le impone al exiliado
hijo" (28).
Ruben
Servia recuerda el viaje a la tierra de sus mayores: "en 10
minutos llegamos a A Coruña... Noia... Lousame... bajé
del auto... y lo que caminé desde ese auto hasta los brazos
de mi tía... no puedo explicarte, no podré expresarte
qué me pasaba, era como caminar volando... liviano... sin
nada adentro... ahogado... alegría... La abracé, lloré
como hacía mucho no lo había hecho, recordé
a mi papá, a mis abuelos, estaban ahí, en medio de
nosotros dos..." (29).
Leonor
Manso destaca la importancia que tuvo para ella el viajar a Segovia,
tierra de su padre, "que se había ido de allí
a los once años y sólo había vuelto de visita
a fines de los 60". En Carbonero El Mayor, a unos cien kilómetros
de Madrid, encuentra a sus tíos y recorre todo el pueblo
"lleno de Mansos". Sobre esta experiencia afirma en 2000:
"Me fui viendo y reconociendo en cada uno de ellos. También
empecé a sentir cada vez más fiebre: era un golpe
fuerte verme puesta frente a mis orígenes de una manera brutal"
(30).
Martín,
hijo de húngaros judíos, "ha viajado con frecuencia
a Europa debido a su trabajo, y en esos viajes siempre ha pensado
en acercarse a Hungría, pero lo ha detenido el temor a enfrentarse
por sí solo con el pasado de su familia. Lo ha asediado una
irracional fantasía de que los nazis lo apresarían
y lo harían jabón. (...) Quería ir a Hungría
a visitar la tierra de sus ancestros, pero había llegado
a la conclusión de que no podía hacer ese viaje solo,
necesitaría de la compañía de su padre para
realizarlo. No tanto la de su madre, que también era húngara,
sino sólo la de su padre. Quería que fuese un viaje
de hombres, de amigos, de compañeros, en esta excursión
a ese pasado. (...) El paso siguiente era cómo convencer
a este hombre de ochenta y cuatro años, que siempre había
expresado su desprecio por ese país que no había dudado
en apoyar al invasor nazi y que había colaborado para mandar
tantos judíos a la muerte. No iba a ser fácil"
(31).
Matilde
Bensignor visita la tierra de sus mayores. Al regresar, escribe:
"Turquía. Mis padres y mis abuelos vinieron a recibirme
y me trajeron las imágenes de una vida que se fue. Y ellos
aparecían y se borraban en mi memoria, haciéndome
reír y llorar. (...) Era Iom Kipur, entré en la sinagoga
de Estambul. Me sentí en casa. Abajo, los hombres, en la
azará, las mujeres. Parecía el templo de Camargo.
El Jazán cantaba en hebreo y en judesmo. Y llegó la
hora de la Neilá y toda la congregación se levantó
en un grito, un clamor a Dios, de alabanzas, de Aleluyas, de perdón.
Lloré con mis parientes de Turquía, aquellos que,
sin conocer, ya los quería. ¡Dije, adiós a Estambul.
Me esperaba Izmir! Allí, descubrí una nueva alegría.
Vibré de emoción, al ver el balcunico de Buduralí
y, junto al bodre del mar, azul, respiré, profundo, tratando
de inspirar hasta el último de los recuerdos y llevarlos
conmigo. Como joyas preciosas, los guardé en mi corazón"
(32).
A
Siria viajó Alberto Mustafá, quien relata: "En
un viaje que hice a Europa llevé conmigo la carta de un primo
que me había escrito desde Siria, la tierra de mi padre y
de mis abuelos. No me pregunten porqué tenía esa carta
encima porque mi intención no era llegar hasta Siria. Pero
estando en Madrid vi en TV un documental sobre los árabes
y al otro día, casi sin pensarlo, compré un pasaje
a Damasco. Desde ahí llegué a Wada Il Ellun, el pueblo
de mi padre, donde un vecino me llevó hasta la casa de un
señor bajito y muy parecido a mí a quien le mostró
la carta. 'Esa carta la escribí yo', me dijo el señor
y nos estrechamos en un fuerte abrazo. De todas las emociones que
viví en aquellos días ninguna me pegó tan fuerte
como haber conocido la casa donde vivió mi viejo" (33).
Y,
en los tiempos que corren, significa la posibilidad de empezar de
nuevo, como sucedió a Horacio Fernández, quien viaja,
desengañado de la Argentina, a la tierra de la que vinieron
sus padres: "Horacio vive ahora en el lugar que siempre conoció
a través de relatos. Todo está igual a como le fue
contado.
Pero
todo, también, es diferente. Por empezar, la barba ya fijó
su color de nube y el pasaje no tiene fecha de regreso. Igual que
hace setenta y dos años, cuando Felipa y Antonio desembarcaban
en Puerto Nuevo con un par de bolsos y un papel con la dirección
de unos paisanos -porque en España amenazaba el hambre-,
el hijo, ahora, llegaba a Barajas -porque en la Argentina se come
tierra- con un bolso y una anotación: 'Carretera Pandorado
7, Sopeña de Carneros, Astorga' " (34).
Porque,
como escribe el nicaragüense Sergio Ramírez, "Ahora
que tantos argentinos descuajados de la normalidad de sus vidas
se quieren subir a los viejos barcos en que sus antepasados llegaron
desde Calabria, o desde Marsella, o desde Vigo, a buscar un refugio
quizás imposible frente a la catástrofe que la repetida
corrupción ha traido sobre la Argentina, el rollo de la película
es echado a andar, pero hacia atrás" (35). "La
tierra generosa se ha vuelto marchita -escribe Héctor Gambini.
Y la nueva inmigración se está volviendo. Y muchos
de los hijos de la vieja inmigración también se quieren
ir. A la aventura de cruzar el océano al revés que
los abuelos" (36).
Notas
1 Bedoian, Juan: "El viaje sentimental", en Clarín,
17 de octubre de 1999.
2 Ingberg, Pablo: "El amor a los vencidos", en La Nación,
Buenos Aires, 14 de febrero de 1999.
3 Roca, Agustina: "Historia de vida", en La Nación,
Buenos Aires, 12 de julio de 1998.
4 Gambaro, Griselda: "Crónica de una familia",
en Clarín, Buenos Aires, 25 de febrero de 2001
5 Betti, Atilio: La noche lombarda. Buenos Aires, Plus Ultra, 1974.
6 Vinderman, Paulina: Bulgaria. Biblioteca Virtual Beat 57.
7 Perrone, Alberto: "Amores por la vuelta. El que una vez partió",
en Hotel de Inmigrantes, 2002.
8 Alonso de Rocha, Aurora: "Los gallegos en Olavarría",
en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994.
9 López Ocón, Mónica: "Interior italiano",
en Clarín, 8 de diciembre de 2001.
10 : Reportaje a Julia Zenko en La Nación Revista, 11 de
agosto de 2002.
11 Heller, Diego: "Un país hermoso, un gran cementerio",
en Clarín Revista, Buenos Aires, 4 de mayo de 2003.
12 Frías, Miguel: "Noticias del mundo", en Clarín,
3 de septiembre de 2000.
13 Baduel, Graciela: "Por la vuelta", en Clarín,
24 de octubre de 2000.
14 Piotto, Alba: "La Isla Maciel por dentro". Fotos: Rubén
Digilio, en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de junio de 2004.
15 A. A.: "Viaje de egresados con sabor a solidaridad",
en La Nación, Buenos Aires, 22 de agosto de 2002.
16 Gonzalez Carbalho, José: op. cit.
17 Zacharias, María Paula (texto); Roll, Mauro (fotos): "La
vidriera cultural", en La Nación Revista, 22 de agosto
de 2004.
18 Microsemanario
19 Linares Calvo, Ximena: "Los hermanos que encontraron sus
raíces", en La Nación, Buenos Aires, 29 de septiembre
de 2002.
20 Chiaravalli, Verónica: "Un corazón tomado
por la memoria", en La Nación, Buenos Aires, 15 de agosto
de 1999.
21 Onega, Gladys: op. cit.
22 Goris, Esther: op.cit.
23 S/F: "Gozo y sacrificio en el camino de Santiago",
en La Capital, Mar del Plata, 30 de julio de 2000.
24 Ceratto, Laura: op. cit.
25 González Rouco, María: "Volver a Galicia",
en El Tiempo, Azul, 27 de diciembre de 1998.
26 Muleiro, Vicente: "El Mirador", en Clarín, Buenos
Aires, 27 de septiembre de 1998.
27 Cortez, Alberto: "El abuelo", citado por Colegio Schönthal.
28 Lojo, María Rosa: "Mínima autobiografía
de una 'exiliada hija' ", en Revista Digital Sitio Al Margen.
Noviembre de 2002.
29 Servia, Rubén: e-mails enviados a MGR en 2004.
30 Ini, Luis: "Mi mejor cumpleaños", en La Nación,
16 de abril de 2000.
31 Weisz, José Martín: ...mientras los violines tocaban
csárdás. Un viaje a Hungría. Buenos Aires,
Milá, 2002.
32 Bensignor, Matilde: De Miel y Milagros (Evocaciones Sefardíes).
Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
33 Moreno, Liliana: op. cit.
34 Palomar, Jorge: "Diario del exilio", en La Nación
Revista, 15 de septiembre de 2002.
35 Ramírez, Sergio: "Yo quería ser argentino",
en El Tiempo, Azul, 15 de septiembre de 2002.
36 Gambini, Héctor: "Cuando la historia se muerde la
cola", en Clarín, Buenos Aires, 16 de mayo de 2002.
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