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LOS
OFICIOS
En
Buenos Aires
En
muchos de los textos que leímos aparece el inmigrante como
una persona laboriosa, que logra un bienestar económico valiéndose
de su habilidad en distintos oficios o en el comercio. En la Argentina,
ellos trabajarán duro para lograr un bienestar y para brindarles
a sus hijos un futuro mejor, aunque algunos de estos hijos -como
los que presentan Cambaceres en su novela En la sangre (1) y Félix
Lima en Pedrín (2)- no sepan agradecerlo. Muchos inmigrantes
se ocuparán en la misma tarea que en sus países de
origen; otros, deberán aprender nuevas formas de ganarse
la vida.
Marío
Bunge destaca la laboriosidad de los inmigrantes, cuando dice: "Me
hubiera gustado vivir mi vida adulta entre 1880 y 1930. Esa fue
la Edad de Oro del País. Fueron los tiempos en que vinieron
montones de gallegos y gringos a trabajar duro y a enseñar
a trabajar con su ejemplo. Entonces fue cuando nacieron la agricultura
a gran escala, la industria nacional y el Estado moderno. En esa
época se pasó de la barbarie a la civilización.
(...) Es verdad que también se cometieron crímenes
tales como la guerra genocida y rapaz contra los indios. Pero en
definitiva lo bueno pesó más que lo malo" (3).
"En
esa época -afirma Carlos Ibarguren en La historia que he
vivido- aparecían millonarios que pocos años antes
habían llegado al país sin un centavo en el bolsillo
o con muy poco capital. Era el caso de Carlos Casado del Alisal,
español; de Pedro Luro, vasco francés; de Ramón
Santamarina, vasco español; de Eduardo Casey, irlandés,
propietarios todos ellos de enormes extensiones de campo; o de Nicolás
Mihanovich, dálmata, que empezó como botero y ya era
dueño de varias empresas de transporte fluvial, algunas con
sede en Londres; o de Antonio De Voto, italiano, fundador de un
barrio en Buenos Aires, al igual que Rafael Calzada, español,
o de Francisco Soldati, italiano y muchísimos más
cuyos apellidos hoy figuran en los rangos de la más alta
sociedad" (4).
Evoca
el sentimiento que impulsaba a todos por igual: "Un optimismo
irresistible, un frenético entusiasmo contagiaba a todos.
A los argentinos, que veíamos la súbita transformación
de nuestra modesta República en una nación rica y
opulenta. Y también a los extranjeros que estaban embarcados
en la aventura fascinante del progreso, la riqueza y la mágica
transformación de sus vidas".
"Los argentinos conocemos bien las virtudes de los inmigrantes:
Quien se sobrepone a grandes dificultades será, posiblemente,
una persona valiosa para el país que lo recibe", escribe
Clara Obligado (5).
En Juvenilia, Miguel Cané -cuyo nombre se recuerda vinculado
con la Ley de Residencia-, describe a los quinteros vascos y los
medios con los que defendían los frutos que cultivaban: "Robustos
los tres, ágiles, vigorosos y de una musculatura capaz de
ablandar el coraje más probado, eternamente armados con sus
horquillas de lucientes puntas, levantando una tonelada de pasto
en cada movimiento de sus brazos ciclópeos, aquellos hombres,
como todos los mortales, tenían una debilidad suprema: ¡amaban
sus sandías, adoraban sus melones!".
Describe,
asimismo, al enfermero italiano que trabajaba en el Colegio: "Era
italiano y su aspecto hacìa imposible un càlculo aproximativo
de su edad. Podìa tener treinta años, pero nada impedìa
elevar la cifra a veinte unidades màs. Fue siempre para nosotros
una grave cuestiòn decir si era gordo o flaco. (...) Empezaba
su individuo por una mata de pelo formidable que nos traìa
a la idea la confusa y entremezclada vegetaciòn de los bosques
primitivos del Paraguay, de que habla Azara; veìamos su frente,
estrecha y deprimida, en raras ocasiones y a largos intervalos,
como suele entreverse el vago fondo del mar, cuando una ola violenta
absorbe en un instante un enorme caudal de agua para levantarlo
en espacio. Las cejas formaban un cuerpo unido y compacto con las
pestañas ralas y gruesas como si hubieran sido afeitadas
desde la infancia. La palabra mejilla era un ser de razòn
para el infeliz, que estoy seguro jamàs conociò aquella
secciòn de su cara, oculta bajo una barba, cuyo tupido, florescencia
y frutos nos traìa a la memoria un ombù frondoso".
Evoca
a Monsieur Jacques, prototipo del educador, al que recuerda con
admiración. Destaca su loable acciòn académica:
"El estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta
que tomó su dirección el hombre más sabio gue
hasta el dia haya pisado tierra argentina. Sin documentos a la vista
para rehacer su biografia de una manera exacta, me veo forzado a
acudir simplemente a mis recuerdos, que, por otra parte, bastan
a mi objeto. Amedèe Jacques pertenecìa a la generaciòn
que al llegar a la juventud encontrò a la Francia en plena
reacciòn filosòfica, cientìfica y literaria.
La filosofía se había renovado bajo el espíritu
liberal del siglo, que, dando acogida imparcial a todos los sistemas,
al lado del cartesianismo estudiaba a Bacon, a Espinosa; a Hobbes,
Gassendi y Condillac, como a Leibnitz y a Hegel, a Kant y a Fichte,
como a Reid y Dugal-Stewart" (6).
En
la casa de Quilito, protagonista que da título a la novela
de Ocantos, trabajaba una italiana: "Un apetitoso olor de guisado
salía de la cocina abierta, donde una genovesa cerril movía
espátulas y zarandeaba cacerolas, envuelto en el humo espeso
del asado, que chirriaba sobre las parrillas"" Más
adelante dirá de esta mujer que cantaba "un aire de
su país, con acompañamiento de platos y cacerolas".
Habla también Ocantos de un "italianito vendedor de
diarios" y de Rocchio, un corredor de Bolsa, "un hombrazo
con muchas barbas, italiano con sus ribetes de criollo". Al
igual que la genovesa, este hombre es descripto por Ocantos con
rasgos animales: "un italiano atlético, cuadrado, con
las crines erizadas, cuya voz era un rugido; (...) Trabajador, eso
sí, como una mula de carga, y ahorrativo como una hormiga;
Rocchio no perdía un minuto de su día comercial, ni
gastaba un centavo más de su cuenta del mes".
Otro
personaje de Ocantos es el usurero Raimundo de Melo Portas e Azevedo,
"el ángel protector de empleados impagos y pensionistas
atrasados, el agente de funeraria de toda quiebra, el cuervo voraz
de toda desgracia, el pastor de los hijos de familia descarriados".
Vemos que utiliza también en esta oportunidad la comparación
con animales, pero el sentido es bien distinto. En cambio, para
describir al inglés Mister Robert, no se vale del recurso
mencionado, demostrando las preferencias de la época hacia
la inmigración anglosajona: "Allí estaba desde
la mañana casi hasta la noche, la espalda encorvada, los
dedos agarrotados sobre el lapicero, sentado en el banco de patas
largas, sin descanso, sin distracción, esclavo del trabajo,
prisionero del deber" (7).
Eduardo
L. Holmberg evoca en "La pipa de Hoffmann" a un judío
alemán que "Conocía profundamente la historia
y la literatura antiguas, las pocas reliquias de la edad media,
y era capaz de apreciar los grandes hechos y los grandes hombres
de los tiempos modernos y contemporáneos". En "Nelly"
se refiere a un inglés, "un caballero perfecto, vinculado
a la Legación británica". En "La casa endiablada"
aparecen italianos de humilde condición, carreros y verduleros,
holgazanes y supersticiosos y un colono suizo, asesinado cuando
intenta comprar gallinas de raza (8).
Despectiva
es la imagen del tachero italiano que Cambaceres nos presenta en
En la sangre, un hombre vulgar cuya herencia genética será
nefasta, a criterio del escritor. Idéntico desprecio manifiesta
hacia el gallego portero de la universidad, hacia un bearnés,
y hacia los paisanos del tachero, a los que considera seres indignos
de integrar la sociedad argentina (9). Otros italianos eran barrenderos;
la Avenida de Mayo "de continuo era recorrida por las 'victorias
de plaza' cuya caballería impuso la necesidad del barrendero
municipal, aquel a quien los chicos le gritaban ¡Musolino!,
sin saber el por qué del apelativo itálico" (10).
Por
esa avenida, transitaban el vendedor de "escobas y plumeros,
por lo general italiano con bigotes de carabinero" (11) y el
de cigarrillos, un andaluz que pregonaba: "¡Qué
distraídos, andéis! ¡Qué distraiídos!/
¡Miraise bien los bolsillos!/ ¡Habéis orvidao
los cigarriyos!" (12). Fray Mocho describe, entre sus muchos
personajes a un italiano vendedor de longanizas. (13).
De
España era un trabajador evocado por Félix Luna en
Soy Roca. Nos referimos a Gumersindo García, mayordomo del
presidente, hombre que, de a poco, fue ascendiendo desde su primitiva
ocupación de mucamo, gracias a su bonhomía y fidelidad
(14).
En
¡Al campo!, de Nicolás Granada, aparece Santiago, un
criado gallego. El autor lo hace hablar en esta forma: "Este
señor prejunta por las señoras. (...) -Usted dispense;
nu lu sabía. Que no estaban en casa, esu sí; pero
que estuvieran en el monte... Si usted quiere que se lu dija..."
(15).
En
Locuras de Isidoro, historieta de Dante Quinterno, aparece un mayordomo
gallego. "Quién no disfrutó alguna vez -pregunta
Marcelo Benini- de los enredos protagonizados por Isidoro, ese porteño
de vida disipada que rehuía a cualquier esfuerzo físico,
incluido el trabajo, y pasaba sus horas en casinos, hipódromos
y boites? Imposible olvidarlo: casi siempre vestía saco cruzado,
polera, mocasines y tomaba whisky importado. Vivía disgustando
a su pobre tío, el coronel Urbano Cañones, quien sólo
confiaba en él cuando estaba acompañado por Cachorra
Bazuka, una hermosa rubia de aparente compostura que en realidad
era su compañera de juergas. Su otro aliado era Manuel, el
mayordomo gallego, que lo apañaba ante el severo militar
cuando Isidoro metía la pata. Autos deportivos, ruletas,
cartas de póker, cigarrillos y noche componían la
iconografía de Locuras de Isidoro, la popular revista que
el inolvidable
Dante
Quinterno (1919-2003) publicó entre 1968 y 1976, año
en que empezó a reeditarse" (16).
Relata el narrador, en "El convite de Barrientos", texto
de Santiago Estrada de 1889: "Pero todo lo que llevo referido
habría sido tortas y pan pintado, si el portero de mi alojamiento,
desconociéndome la voz y tomándola entre sueños
por la de un pariente que acababa de morir en El Ferrol, no se hubiera
negado a abrirme la puerta, conjurándome a que, ánima
en pena, volviera al sitio de donde había salido, en la seguridad
de que en cuanto amaneciera daría de limosna a un pobre los
cuartos que me adeudaba al embarcarse para América"
(17).
Enrique
Méndez Calzada incluye, entre los personajes de su "Cuento
de Navidad", a un ordenanza, "el leal Lavandeira",
quien "extrajo de su vieja maleta de inmigrante un haz de folletines
amarillecidos ya por el tiempo y corcusidos con hilo negro en su
margen izquierdo, a guisa de doméstica encuadernación.
Se trataba, según pude observar, de El judío errante,
pacientemente coleccionado, y recortado de las hojas de El Heraldo
de Madrid, periódico que publicó en folletín
esa lata inmortal hace cosa de doce o catorce años"
(18).
En
"Verde y negro", cuento incluido en Unidad de lugar, Juan
José Saer escribe: "Eran como la una y media de la mañana,
en pleno enero, y como el Gallego cierra el café a la una
en punto, sea invierno o verano, yo me iba para mi casa, con las
manos metidas en los bolsillos del pantalón, caminando despacio
y silbando bajito bajo los árboles. Era sábado y al
otro día no laburaba" (19).
Manuel
Gálvez presenta, en Nacha Regules, a un aragonés encargado
de un conventillo: "El encargado era un aragonés testarudo,
insolente y entrometido. Su pequeña cabeza desgonzábase
sobre un cogote interminable. El tronco, angosto en los hombros,
ensanchábase hasta las caderas, cuya anchura contrastaba
ridículamente con la longitud de las flacas piernas, movedizas
y simiescas. La expresión adusta del semblante y la nariz
de perro, caricaturizábanle aún más. Reía
explosivamente, empalmando la agonía de una carcajada con
el brusco estallido de otra, lleno de gesticulaciones, agitándose
íntegro, dando al cuerpo la línea oblícua y
caídos los brazos que temblequeaban chocando contra los flancos
y subían y bajaban sin ritmo, como émbolos descompuestos.
Gustaba hacerse el gracioso, hablando a lo andaluz" (20).
"El
Orensano", un afilador gallego, protagoniza "Se abrió
el cielo", de Jorge Alberto Reale. El inmigrante "es de
Orense el pueblo de la chispa y los dulces arpegios. Enjuto, desdentado,
recóndito. El pobre está un poco arqueado, su cara
afilada, parece disecarse. Nadie sabe si tiene familia. Cuando se
lo indaga, dice con orgullo: -Soy descendiente de Rosalía
de Castro-, más aún, afirma, ser de cuna noble, dijéramos
de escudos y blasones, no solamente porque se lo crea buena persona.
Dice de paso y por lo bajo: -Ser bueno no quiere decir ser inofensivo,
la bondad sin talento no vale nada. Y así va, así
viene y así pasa con su anticuada armadura, entre esmeriles
y calderones. Es todo uno con algo de músico y filósofo
trashumante" (21).
Hubo
maestros inmigrantes, como un personaje de La gran aldea, de Lucio
V. López: "Don Josef era oriundo de Cataluña
y se vanagloriaba de haber nacido en el castillo Monjuich, de haber
salvado la vida a varias personas, de haber presenciado un naufragio
y de haber sido casi víctima del hambre de una tigra mansa;
preciábase de haber conocido a la reina de España,
doña Cristina, de haberla visto comer una olla podrida en
un día de toros. Hacía sacrificio de confesarse descendiente
de don Gonzalo de Córdoba, pero no se prestaba a pregonar
mucho el parentesco, y lo repudiaba con majestad, porque no quería
que nadie sospechase que él aprobaba las rendiciones de cuentas
de su poco escrupuloso antepasado. Vivía crónicamente
colérico, sin que esto importe decir que no supiera interrumpir
sus accesos para hablar con fruición, de los tesoros de Potosí
y de fortunas colosales como las de los cuentos de hadas, porque
el buen viejo tenía altamente desarrollada la nota de la
codicia" (22).
Narra
el protagonista de Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira,
de Roberto J. Payró: "Acabé por acostumbrarme
un tanto a la escuela. Iba a ella por divertirme, y mi diversión
mayor consistía en hacer rabiar al pobre maestro, don Lucas
Arba, un infeliz español, cojo y ridículo, que, gracias
a mí, se sentó centenares de veces sobre una punta
de pluma o en medio de un lago de pega-pega, y otras tantas recibió
en el ojo o la nariz bolitas de pan o de papel cuidadosamente masticadas.
¡Era de verle dar el salto o lanzar el chillido provocados
por la pluma, o levantarse con la silla pegada a los fondillos,
o llevar la mano al órgano acariciado por el húmedo
proyectil, mientras la cara se le ponía como un tomate! ¡Qué
alboroto, y cómo se desternillaba de risa la escuela entera!
Mis tímidos condiscípulos, sin imaginación,
ni iniciativa, ni arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesinos,
veían en mí un ente extraordinario, casi sobrenatural,
comprendiendo intuitivamente que para atreverse a tanto era preciso
haber nacido con privilegios excepcionales de carácter y
de posición" (23).
En
Los políticos, "sainete cómico-lírico
en un acto y tres cuadros, en prosa y verso", escrito por Nemesio
Trejo, con música de Antonio Reynoso, aparece un barbero
andaluz que canta: "Con el vito vito vito/ con el vito vito
va/ no me haga usted cosquillas/ que me pongo colorá".
El se identifica como "Benito Pérez y Ciudad Real, barbero,
soltero, extranjero, con tres años de residencia en el país"
(24).
En
Canillita, de Florencio Sánchez, aparece un mercero catalán,
que pregona su mercadería: "¡Toallas, peinetas,
jabones, cinta de hilera, agujas, camisetas, botones de hueso, carreteles
de hilo, madapolán, pañueletas! (...) Pañueletas,
calzoncillos, alfileres, festones, sombreros de paja, servilletas,
libros de misa. (...) Libros de misa, esponjas, corbatas, cortes
de vestido, tarjetas postales, jabón..." (25).
En La fuga (26), distinguida con el Premio Emecé 1998/99,
Eduardo Mignogna presenta a Adela y Angel Villalba, una pareja de
carboneros españoles que tiene un sobrino en Mendoza, y a
Camilo Vallejo, un anarquista español, a quien, cuando escapa
de la cárcel, esperan dos hombres con boinas y lo ocultan
en un carro lechero.
En
"El encuentro", de Jonatan Gastón Nakache, encontramos
un mozo español. (27).
En "Torito", cuento de Julio Cortázar incluido
en Final del juego, relata el narrador, refiriéndose al boxeo:
"En ese entonces no era macana, pibe. Te venía cada
tano de Italia, cada gallego que te daba miedo, y no te digo nada
de los rubios" (28).
En
el Centenario, "ya existía una comunidad importante
de japoneses. Eran alrededor de mil. Pero no ejercían el
oficio de tintoreros, sino el de mucamos. La aristocracia los prefería
por su fama de discretos y de limpios" (29). "El primer
invernadero de esta colectividad fue instalado en 1925, y en 1940
se fundó la primera cooperativa de fruticultores. Las plantas
ornamentales se cultivaron y cultivan mayormente al norte de la
ciudad de Buenos Aires, mientras que las flores de corte prevalecen
en el sur" (30).
En
sus Memorias, Lucio V. Mansilla expresa que no cualquier ocupación
está destinada a los inmigrantes: "Y el vasto campo
de la política, de las aspiraciones que enaltecen, de los
anhelos de justicia, ¿quién lo fecundará? ¿El
inmigrante? Su misión es otra. Ambos deben ser útiles,
en su esfera de acción. Está bien. Pero, como dice
Ruskin, ¿qué significa 'útil' y cuál
es la naturaleza de la utilidad?" (31).
En
"Buenos Aires Siglo XX/ Los conventillos: Un sistema que reproducía
a la sociedad en miniatura", escribe Francis Korn: "todos
los habitantes de este edificio con tres patios tenían ocupaciones
variadas, los hombres y las mujeres. Había sastres, modistas,
hojalateros, vendedores ambulantes de diversas mercancías,
albañiles, lavanderas, verduleros, almaceneros, empleados
de zapatería" (32).
Carolina de Grinbaum recuerda, entre los habitantes del conventillo,
a un italiano que había alcanzado bienestar: "Llegada
la hora en la cual los vecinos que compartían nuestro patio
se sentaban a la mesa, nosotros también lo hacíamos.
Al tiempo, los ajenos aromas deliciosos me invadían por entero,
en especial los desprendidos de las viandas bien surtidas de la
familia de don José, en bonachón italiano, de abultado
vientre, propietario de un floreciente puesto de frutas y verduras
en el Mercado de Abasto (simbolo de prosperidad en esa época)"
(33).
Hizo
la América el italiano evocado por Rubén Héctor
Rodríguez, en "Extraño chamuyo", al punto
de poder ser propietario de un inquilinato: "En el conventiyo
del tano Giacumín/ se armó la de San Quintín/
a causa de extraño y sórdido chamuyo. (...) Me buchonearon
con el patrón/ y, cabrero, desalojó el jaulón"
(34).
María Susana Azzi destaca que "Nueva York y Buenos Aires
fueron célebres por sus lustrabotas, hubo niños que
se ganaron sus primeras monedas haciendo ese trabajo; así
empezaron Anselmo Aieta y Francisco Canaro, conocidos músicos
de tango" (35).
Pero
no todos veían cumplidas sus expectativas. Esto es lo que
destaca Renata Rocco-Cuzzi: "En los mismos años 30,
el hermano de 'Discepolín', Armando, escribe sus grotescos
denunciando el primer fracaso en la Argentina del ascenso social.
El fundador del grotesco ríoplatense describe cómo
los inmigrantes que vinieron a 'hacerse la América' en realidad
quedaron encerrados en los conventillos hablando en cocoliche"
(36).
Esa
lengua hablarían los personajes que evoca Gustavo Riccio,
en su "Elogio de los albañiles italianos" (37).
Precisamente a uno de estos trabajadores peninsulares, establecido
en Mar del Plata, canta Eduardo Martín La Rosa: "Probaste
todos los trabajos./ Al fin, la cal y el rojo ladrillo/ se metieron
en tu sangre./ Volabas por los andamios./ Tu silbido triste, enamoraba
a las nubes" (38). Italianos eran, asimismo, quienes fabricaban
ladrillos. Relata Luis Alposta que los primeros pobladores de Villa
Urquiza, en la ciudad de Buenos Aires, fueron "Los 120 obreros
traídos por Seeber para extraer la tierra, en su mayoría
de nacionalidad italiana. Ellos terminaron arraigándose y
construyendo sus hogares con los ladrillos fabricados por ellos
mismos" (39).
Duro
era también el trabajo del abuelo de Orlando Barone, quien
se había empleado en el puerto (40). Carlos Pellegrini -protagonista
de la obra de Gastón Pérez Izquierdo- escribe, refiriéndose
a la huelga de 1902: "Se los obligaba, bajo el pretexto de
las necesidades del comercio o de la producción, a cargar
pesos que no podía soportar la máquina humana. ¿Puede
haber algo más equitativo de parte de un obrero que negarse
a cargar bolsas de cien kilos?" (41).
"El
2 de junio de 1884 la colectividad italiana fundó el Cuartel
de Bomberos Voluntarios de La Boca, el primero del país.
(...) El segundo cuartel de bomberos voluntarios en el barrio surgió
el 9 de enero de 1935, cuando Francisco Carbonari, capitán
de los Bomberos Voluntarios de La Boca, se alejó por diferencias
que hoy nadie sabe precisar y fundó el cuartel de Vuelta
de Rocha en lo que era su sodería. Cuenta la leyenda que
el hombre empezó yendo a apagar los incendios con su camión
de reparto y que su primer socio y fundador fue el pintor Quinquela
Martín" (42).
El
padre de Roberto Raschella, establecido definitivamente en la Argentina
en 1925, se dedicó a la sastrería. Cuenta el hijo
en un reportaje: "En un viaje anterior, mi padre se había
iniciado en el oficio de sastre, con un maestro legendario, Cirillo,
un italiano que murió de la 'mala enfermedad'. Yo nací
en el mes de la revolución del 30. Después llegaron
años duros para la familia, nos mudábamos constantemente,
siempre a casas con buena luz natural. Era común entonces
ver a un sastre trabajando detrás de una ventana" (43).
Sastres e italianos eran, asimismo, el padre de Antonio Berni (44)
y los abuelos de José Marchi (45) y Griselda García
(46), mientras que era "obrero del vestido", el padre
de Andrés Rivera (47).
En
"Historia de José Montilla", Fernando Sorrentino
da vida a un tendero inmigrante : "don José Montilla
era, pues, un próspero comerciante español. No era
panadero, no era almacenero, no atendía una casa de comidas:
queden esos menesteres para los compatriotas de Galicia. En donde
mostró escasa originalidad fue en el nombre que eligió
para su tienda: Al Caballero Elegante. Aunque en realidad no sé
si lo eligió don José o el comercio ya se llamaba
así antes de que él lo comprara. Era un local profundo
y ancho: brillaban las largas maderas de los pisos y brillaban las
olorosas maderas de los cajones y de las estanterías, y brillaban
los metales de manijas y llaves y esquineros, y brillaban los cristales
y los espejos. 'Todo para el caballero elegante': medias, ropa interior,
camisas, corbatas, trajes, sobretodos, sombreros, cinturones, tiradores,
billeteras" (48).
En
"Las señoritas de la noche", Marta Lynch presenta
un almacenero catalán: "El almacenero arreció
en su reyerta milagrosa, recrudeció en los gritos y en los
golpes con su férrea y antigua furia de anarquista; los vecinos
oían ahora incomprensibles vocablos catalanes y su recia
decisión de no dejar al cura aquel que hiciera un marica
de su hijo" (49).
Las
mujeres de escasa instrucción se dedicaban al lavado y al
planchado. Lola es una abuela homenajeada por su nieto Fernando
de la Orden en la muestra fotográfica "Pan y manteca".
Ella vino de Logroño con su marido y tres hijas. Aquí
nacería la cuarta. Era necesario trabajar para mantener tantas
bocas en la nueva tierra: "llegó a la Argentina con
espanto por todo ropaje y esperanza por toda bandera, y salió
a planchar las ropas ajenas para parar la olla" (50).
Tampoco
le temía al trabajo la abuela gallega de Guillermo Saccomano,
quien relató en un reportaje: "Mi abuela era una presencia
muy fuerte. Trabajó de sirvienta y de lavandera de familias
bien de la época. Con todo, acá la pasaba mucho mejor
que en su aldea, donde estaban muy sometidos" (51). La "gallega"
-afirman Elguera y Boaglio- era "una institución de
la época que aspiraba a tener cada familia de la clase media.
La 'gallega' era una moza robusta, trabajadora, honesta, leal, sensata,
frecuentemente analfabeta, que permanecía con la misma familia
hasta casarse con su Manuel (que así se llamaba su prometido)
o volverse a su pueblo galaico, acosada por la morriña, la
morrinha da minha terra" (52).
Cuando
Fray Mocho presenta a una doméstica gallega, desliza una
crítica social, ya que a esta mujer un personaje le dice
que la patrona "se aprovecha de que sos d'España para
sacarte el jugo por unos cuantos centavos" (53).
Una
inmigrante -que en realidad era leonesa, nacida en Mataluenga del
Bierzo- inspira a Niní Marshall: "El humor es siempre
una salida honorable. Lo supo desde siempre, acaso lo intuyó
aquella Marina Esther Traverso, nacida en Caballito hace justo un
siglo, sexta hija de un matrimonio asturiano de primera inmigración.
Por fatalismo y por elección, fue una chica de barrio. Tertulias
de canto y baile son coro y escenario de sus primeros enmascaramientos:
deforma las voces, acuchilla al diccionario, le da valor barriero
a cada expresión. Con castañuelas y panderetas se
sube al palco del Centro Asturiano. Tiene 12 años y su primer
público es la gallega Francisca, la empleada doméstica,
a la que ella inmortalizaría como 'Cándida' "
(54).
En
"Departamento para familias", cuento incluido en el volumen
Pasos del gran bailarín, el sevillano Guillermo Guerrero
Estrella presenta a Inés, una criada gallega (55).
En
"La pesquisa" (56), de Paul Groussac, aparece una sirvienta
vasca. La mujer es descripta por el empleado de correo: "joven
aún, vestida como sirvienta y de aspecto extranjero, había
retirado una carta, exhibiendo un pasaporte español a su
mismo nombre".
Enrique
Larreta canta, en "Las criadas y el niño", a las
domésticas españolas: "Que otros digan de escuelas
y de universidades./ Yo canto el cuarto aquel de plancha y de costura/
y sus buenas mujeres. ¡Galicia! ¡Extremadura!/ y las
que me enseñaban a palmear soledades.// España de
las tierras y no de las ciudades./ También las castellanas
de grave catadura./ La blanca, la trigueña; la moza, la madura./
De
todas las pellejas, de todas las edades.// ¡Ay, qué
cuentos aquellos! Fablas de romería./ Consejas de la lumbre.
¡Y qué linda manera/ de nombrar cada cosa! ¡Cuánta
sabiduría!// entre aquellos refajos! Erase que se era/ un
juglar que les debe toda su nombradía./ Gaita sentimental
y sonaja parlera" (57).
Florencio
Sánchez es el autor de En familia. Uno de los personajes
de esa pieza confiesa: "Todavía no me doy cuenta de
cómo he podido amoldarme a semejante vida. Con decirte que
yo, tu madre, que fue siempre una mujer de orden y delicada, ha
llegado hasta robarle a una pobre gallega sirvienta... (...) Hasta
robarle, sí señor; hasta robarle a una pobre mujer
los ahorros que me había confiado" (58).
En
Los primeros fríos, de Alberto Novión, uno de los
actores expresa: "-Ahora me voy a conversar con una mucamita
que trabaja en la Legación de España, es galleguita
y sin primo, ¿se da cuenta?" (59).
En
Babilonia, de Armando Discépolo, aparecen varios criados
españoles. La mucama madrileña "es limpia, espumosa
en su tualé de mucama, bella. Se sienta ante su puerta en
silla baja y mirándose a un espejo de mano canturrea algo
de su tierra, su cintura y sus muslos inquietos" (60).
Una
andaluza se presenta en casa de Horacio Quiroga. Escriben Ezequiel
Adamovsky y Gustavo Bombini: "Bastó con ver su aspecto,
para que la andaluza que se había acercado a la casa de Vicente
López, en busca de empleo, huyera despavorida. Al abrirse
la puerta, había visto a un hombre descalzo, vestido con
un overol manchado de grasa, con abundante barba y cabellera negras,
ojos celestes e inquietantes, muy flaco y de baja estatura. Contra
lo que la andaluza y nosotros mismos pudiéramos pensar, contra
la imagen habitual del 'escritor prestigioso', quien apareció
allí era Horacio Quiroga" (61).
Lava
la italiana que evoca Amalia Olga Lavira en "Estampita":
"Friega lienzos, camisas y vestidos,/ en el fondo, la donna,
en la pileta/ y en fuentones y tachos florecidos/ hormiguitas de
sol hacen gambeta" (62).
Mas
no desempeñaron sólo esas tareas. Otras son las ocupaciones
de las peninsulares que evoca Oscar González en "La
anunciación": "Pronto supo que América/
No regalaba nada/. Y tranqueó el empedrado camino del taller./
O sentada a la Singer enfrentó los aprietes./ O resistió
en las chacras heladas y granizos" (63). Y la ocupación
de la madre de Miriam Becker, rumana que conoció en su ancianidad
el empleo fuera del hogar. Lo recuerda la hija: "doña
Catalina terminó su escuela primaria a los sesenta y cinco
años: (...) A los setenta años salió a trabajar.
Vendía armazones para anteojos. Todos le compraban conmovidos
por su dulce sonrisa y su fortaleza" (64).
Francesas
e inglesas, probablemente inmigrantes, se empleaban como institutrices.
En La noche que me quieras: "Arturo era un muchacho educado;
se vestía bien, por supuesto, se las arreglaba con los idiomas.
Algo le había quedado de tantas profesoras franchutas e inglesas
de cuando era borrego" (65).
Una irlandesa se presenta, en Frontera Sur, para un puesto de maestra
en casa de un gallego: "Era una muchacha rubia, con pecas,
casi una niña. Se sentó ante el tribunal familiar
en el borde de una silla, con las manos juntas y las rodillas juntas,
paseó sus ojos claros por el fondo de los ojos que la observaban
y sonrió". Se llama Mildred Llewellyn y habla castellano
con dificultad. Dice la joven: "Llego de Irlanda hace tres
días y vengo aquí". Su empleador le enseña:
"-Llegué -corrigió Roque, mostrando el pasado
con el índice, en un lugar situado detrás de su hombro
derecho-. Y vine" (66).
Se
recuerda asimismo a "las 'niñeras' que bajo la promesa
de venir a trabajar a la casa de un rico pariente lejano y enseñarlo
modales europeos a sus hijos, terminaban pasando sus días
y noches en los prostíbulos" (67).
Lamentable
es el medio de vida de las mujeres que llegaron engañadas
a América. Yvette Trochon sostiene que "Las organizaciones
de traficantes más importantes en el Río de la Plata
-las de franceses y judíos- operan en una región que
traspone las fronteras nacionales, entre Brasil, la Argentina y
Uruguay" (68).
Juan
Jorge Nudel presenta la historia de una de estas mujeres. La inmigrante
"llegó de Polonia y viajó a Rosario. Contratadas
como artistas, pronto descubrieron de qué arte se trataba
y siguieron el camino como les fue trazado". Ella le dice a
su hija, que se avergüenza del trabajo de la madre: "-No
me mires con esa cara, escucháme, vinimos con contrato de
trabajo para salir de Polonia; era probable que debimos asegurarnos
mejor, pero no lo hicimos. Una vez aquí, hubo que defenderse".
La hija, a su vez, evoca: "Se escucharon rumores de la guerra
en Europa, de la persecución a los judíos y mi mamá
pensaba en su familia. Nunca supe nada de ellos. Mi mamá
sólo sabía lo que recordaba hasta el día anterior
a subir al barco. Subió sola y bajó acompañada
por otras contratadas. Nadie fue a despedirla y nadie fue a recibirla"
(69).
En
Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, tres personajes discuten
acerca de la nacionalidad de unos rufianes. Un personaje afirma:
"¡Esos caften son marselleses! (...) y juró que
los había visto a montones en las casas del ramo, con sus
galeritas melón, sus bigotes mediterráneos y sus pesadas
cadenas de oro". Otro personaje sostiene que son polacos, y
un tercero, que son rumanos. Doña Venus emite un "fallo
inapelable", cuando dice "De todo hay, como en botica"
(70).
En
Aller simple: Tres Historias del Río de la Plata, coproducción
francoargentina de 1994 codirigida por los franceses Noel Burch
y Nadine Fischer y el uruguayo Nelson Scartaccini -a quien pertenece
la idea original-, "la cámara se detiene y quedan tres
rostros, elegidos al azar, que nos enfrentan. Dos hombres y una
mujer. A partir de esas caras, la película se adentra en
las ficticias historias familiares de cada una. Presuponen, los
realizadores, que uno es francés, el otro italiano y la tercera
española. (...) Aller simple presenta, una por una, las historias
familiares. La del francés, que se convirtió en un
rico integrante de la Sociedad Rural; el italiano, que se fue al
Uruguay y le costó levantar cabeza pese a la solidez económica
comparativa de ese país respecto del nuestro; y, por último,
la española, que se integró a la clase media cuentapropista
poniendo una carnicería" (71).
El
italiano que llega a la Argentina, en Santo Oficio de la Memoria,
abre una funeraria con su socio, sospechado después de asesinarlo.
Ya viuda, su mujer lava ropa para los vecinos, y el hijo de ambos
trabajará después en la compañía de
trainways y en los Ferrocarriles del Oeste. En esta misma novela
se habla de un oficio que desempeñaban los españoles.
En 1886, "Había muchos policías, allí.
Casi todos asturianos, gallegos. No sé por qué. También
usaban bigote de manubrio y llevaban pistolas al cinto, capote invernal,
quepís duro y alzado y linterna en mano. Cuando se hizo la
noche, los policías se movían como luciérnagas
nerviosas" (72).
Escribe
Virginia Messi: "'El Gallego Penitenciario' ocupó un
rol tan destacado en la historia de los primeros penales que fue
honrado días atrás con una estatua recordatoria, ubicada
en un lugar central del Museo del S.P.F." (73).
Había
también sombrereros, como el belga Divas, que terminó
trabajando en un frigorífico (74); kuenteniks, como un personaje
de Ana María Shua (75); corredores de joyerías, como
el padre de Alejandra Pizarnik (76), panaderos, como el inmigrante
que inspiró a Quino el personaje de Manolito (77), y nenos
da tenda, como el que evoca Federico García Lorca en uno
de sus Seis poemas galegos (78). Y amas de llaves, como Jovita Iglesias,
que trabajó en casa de los Bioy durante casi cincuenta años
(79). Además de las amas de casa, de todas las nacionalidades,
que tanto trabajaban en el hogar y se ocupaban de la crianza de
los hijos nacidos allá o acá.
Cuando
visitó nuestro país en 1998, José Luis Baltar
Pumar, presidente de la diputación de Orense, expresó:
"hemos mandado a los mejores hombres y mujeres a este país,
y Galicia lo ha sentido profundamente. Ellos han tomado la decisión
de venir y trabajar de sol a sol para salir adelante" (80).
Coincide con él José Bendoiro Diéguez, que
creó la escuela gallega Coyam, quien afirma: "El trabajo
es el principio gallego por definición" (81).
Estaba
presente en estos inmigrantes la necesidad de enviar dinero a quienes
habían quedado en la tierra natal, muchos de ellos soportando
la guerra. Esa realidad es la que refleja Navarrine en su tango
"Galleguita", de 1924, cuando dice: "Juntar mucha
platita para tu pobre viejita que allá en la aldea quedó"
(82). Pero que no ocurra a quienes tanto se esfuerzan como a esos
inmigrantes que evoca Elsa Gervasi de Pérez en su "Carta
a Galicia", en la que narra cómo un argentino de ascendencia
española embauca a una familia de gallegos. El Paco escribe
a sus padres: "La Paquita sapuesto a noviar con un mochacho
arjintino hijo de jallejos como nosotros. Es muy bueno y nos va
a cuidar la platita. (...) La Paquita se fue por ahí a caminar
para ver si lo halla al novio ya que hace unos días se mudó
y el pobreciño solvidó de darnos la diricción"
(83).
También
estaban al acecho "los pillos oportunistas que sorprendían
a los inmigrantes con el cuento 'del legado' " (84), y los
hispanos que los estafaban. En Lunas eléctricas para las
noches sin luna, escribe Belén Gache: "Bordeando el
convento, la calle Viamonte se extiende alternando fondas llenas
de marineros con casas de remates, regenteadas por catalanes, gallegos
o andaluces que venden objetos dorados por oro fino y piedras transparentes
por diamantes" (85).
Inmigrantes
eran, asimismo, los propietarios de las confiterías de los
Balnearios de la Costanera Sur, evocados por Mauricio Kartun. Al
finalizar la temporada, "Se hace ruido y se brinda en la despedida
con las jarras que convidan esta vez los patrones, invariablemente
gallegos y judíos" (86).
Fernández
Moreno (87), Leopoldo Lugones (88), Carlos Ibarguren (89) y Graciela
Cabal (90) evocan vascos lecheros. En el cuento "El residente",
de Teresa Freda, aparece una gallega, "pobre y santa enfermera,
medio bruta pero buenaza" (91).
El abuelo de Gloria Pampillo, gallego, era comerciante, y había
elegido el mismo nombre para todos sus negocios: "Celta, como
el nombre que mi abuelo le ponía a cada uno de los bienes
que acá se iba ganando, desde su barco hasta los toros. Un
toro negro, morrudo, que ahora le dibujo en su escudo de comerciante,
como tantos otros dibujaron una espiga en el almacén o en
la panadería: La flor de Galicia" (92).
"La
inmigración armenia -señala Nélida Bourgoudjian-
siguió la tendencia general del flujo migratorio en el siglo
XX, es decir, se orientó más hacia las ciudades que
hacia el campo. Las ocupaciones fueron evolucionando, y la nueva
patria de adopción constituyó un medio de superación
social y profesional. Durante las décadas de 1930 y 1940,
la gran mayoría, carente de capitales por las circunstancias
de su emigración, se dedicó al comercio minorista
-mercería, calzado, alimentos- o bien a los oficios por ellos
conocidos -joyero, zapatero, sastre, herrero, tejedor-, que les
permitieron establecerse por cuenta propia" (93).
En
la Argentina, los armenios "volvieron a prender el brasero,
(...) con un trozo de suela en la mano se hicieron zapateros; con
un trozo de tela, sastres y textiles, (...) y albañiles,
obreros y tantas ocupaciones que dan orgullo al honesto" (94).
En
Hermana y Sombra, de Bernardo Verbitsky, se alude a la ocupación
de un turco: "Nicola (...) cumplía cada mañana
con dignidad su oficio de quinielero, al servicio de un capitalista,
el turco Emilio que tenía varios de esos agentes, a comisión.
Era una actividad que la policía perseguía pero se
desarrollaba públicamente sin dificultades" (95).
En
"El sur", Borges nos dice de qué trabajaban un
inmigrante y uno de sus descendientes: "El hombre que desembarcó
en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor
de la iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan
Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle
Córdoba y se sentía hondamente argentino" (96).
Notas
1 Cambaceres, Eugenio: En la sangre. Buenos Aires, Plus Ultra, 1968.
2 Lima, Félix: "Pedrín". Buenos Aires, CEAL,
1980. (Capítulo).
3 Cosentino, Olga: "La Argentina de los deseos", en Clarín,
Buenos Aires, 30 de julio de 2000.
4 Ibarguren, Carlos: La historia que he vivido. Buenos Aires, Biblioteca
Dictio, 1977.
5 Obligado, Clara: "Ley de inmigración en España.
Tan global, tan legal, tan xenófoba", en Clarín,
Buenos Aires, 28 de enero de 2001.
6 Cané, Miguel: Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
7 Ocantos, Carlos María de: Quilito. Madrid, Hyspamérica,
1984.
8 Holmberg, Eduardo L.: Cuentos fantásticos. Buenos Aires,
Hachette, 1957.
9 Cambaceres: op cit
10 Llanés, Ricardo M. La Avenida de Mayo. Buenos Aires, Editorial
Guillermo Kraft Limitada, 1955.
11 Llanés, Ricardo M.: op. cit.
12 En Caras y Caretas, 1901.
13 Alvarez, Sixto (Fray Mocho): Cuentos. Buenos Aires, Huemul, 1966.
14 Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 2000.
15 Granada, Nicolás: ¡Al campo!, en El teatro argentino
3.Afirmación de la escena nativa. Selección, prólogo
y notas por Luis Ordaz. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
16 Benini, Marcelo: "Isidoro Cañones era de Villa Pueyrredón",
en El barrio. Periódico de noticias, Agosto de 2003.
17 Estrada, Santiago: "El convite de Barrientos", en 20
relatos argentinos. 1838-1887. Selección y prólogo
de Antonio Pagés Larraya. Ilustraciones en colores de Horacio
Butler. Buenos Aires, Eudeba, 1969.
18 Méndez Calzada, Enrique: "Cuento de Navidad",
en R. J. Payró, J. C. Dávalos, R. Mariani y otros
El cuento argentino 1900-1930 antología. Sel. y pról.
de Eduardo Romano, notas de Alberto Ascione. Buenos Aires, CEAL,
1980. (Capítulo).
19 Saer, Juan José: "Verde y negro", en El cuento
argentino 1959-1970** antología J. J. Hernández, H.
Tizón, Isidoro Blaisten y otros. Selección, prólogo
y notas del Seminario Crítica Literaria Raúl Scalabrini
Ortiz. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
20 Gálvez, Manuel: Nacha Regules. Citado en Páez,
Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
21 Reale, Jorge Alberto: "Se abrió el cielo", en
el grillo, N° 36, Noviembre-Diciembre 2003.
22 López, Lucio V.: op. cit.
23 Payró, Roberto J.: Divertidas aventuras del nieto de Juan
Moreira. Buenos Aires, CEAL. (Capítulo).
24 Trejo, Nemesio: Los políticos en Canillita y otras obras
Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún.
Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos
Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
25 Sánchez, Florencio: Canillita, en Canillita y otras obras
Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún.
Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos
Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
26 Mignogna, Eduardo: La Fuga. Buenos Aires, Emecé.
27 Nakache, Jonathan Gastón: "El encuentro", en
Escritura joven III Concurso literario para jóvenes "Clara
Klilsberg". Buenos Aires, Editorial Milá.
28 Cortázar, Julio: "Torito", en El cuento argentino
1930-1959*** R. Arlt, J. L. Borges y otros antología. Selección
y prólogo de Eduardo Romano, notas de Marta Bustos (notas).
Buenos Aires, CEAL, 1981.
29 Fainsod, Jéssica: "La infancia de la ciudad",
en Clarín Viva, Buenos Aires, 4 de abril de 1999.
30 Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: op. cit.
31 Mansilla, Lucio V.: Mis memorias.
32 Korn, Francis: "Buenos Aires siglo XX/ Los conventillos.
Un sistema que reproducía a la sociedad en miniatura",
en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
33 Grinbaum, Carolina de: La isla se expande. Buenos Aires, ig,
1992.
34 Rodríguez, Rubén Héctor: "Extraño
chamuyo", en La Nación Revista, Buenos Aires, 13 de
diciembre de 1998.
35 Azzi, María Susana: "La contribución de la
inmigración italiana al tango", en Archivo Histórico
Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría,
Secretaría de Gobierno. Año 2000, Revista N° 4.
36 Rocco- Cuzzi, Renata: "Mitos del granero del mundo",
en Clarín, Buenos Aires, 26 de marzo de 2000.
37 Riccio, Gustavo: "Elogio de los albañiles italianos",
en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
(Capítulo).
38 La Rosa, Eduardo: "El sueño de don Juan (un inmigrante),
en La Capital, Mar del Plata, 10 de septiembre de 2000.
39 Alposta, Luis: "Borges me preguntaba por Villa Urquiza",
en El Barrio, Octubre de 2002.
40 Barone, Orlando: "El avance de la intolerancia aldeana",
en La Nación, Buenos Aires, 13 de febrero de 2000.
41 Pérez Izquierdo, Gastón: La última carta
de Pellegrini. Buenos Aires, Sudamericana, 2001.
42 Blanco, Leonardo: "El barrio de La Boca es tierra de bomberos",
en La Nación, Buenos Aires, 9 de febrero de 2003.
43 Ingberg, Pablo: "El amor a los vencidos", en La Nación,
Buenos Aires, 13 de febrero de 1999.
44 Sábat, Hermenegildo: "Antonio Berni", en Clarín
Viva, 13 de junio de 1999.
45 Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: Marchi. Buenos Aires,
Ediciones Zurbarán, 1995.
46 García, Griselda: poema inédito.
47 Rivera, Andrés: "El hombre que nadie pudo comprar",
en La Nación, Buenos Aires, 3 de marzo de 2002.
48 Sorrentino, Fernando: "Historia de José Montilla",
en www.badosa.com.
49 Lynch, Marta: "Las señoritas de la noche", en
Los cuentos tristes. Buenos Aires, CEAL, 1967.
50 Guerriero, Leila: "Pan & Manteca", en La Nación
Revista, 5 de mayo de 2002.
51 Chiaravalli, Verónica: "Un corazón tomado
por la memoria", en La Nación, 15 de agosto de 1999.
52 Elguera, Alberto y Boaglio, Carlos: La vida porteña en
los años Veinte. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano,
1997.
53 Alvarez, Sixto (Fray Mocho): Cuentos. Buenos Aires, Huemul, 1966.
54 Göttling, Jorge: "Biografías de Buenos Aires",
en Clarín, Buenos Aires, 4 de agosto de 2003.
55 Guerrero Estrella, Guillermo: "Departamento para familias",
en R. J. Payró, J. C. Dávalos, R. Mariani y otros
El cuento argentino 1900-1930 antología. Sel. y pról.
de Eduardo Romano, notas de Alberto Ascione. Capítulo. Buenos
Aires, CEAL, 1980.
56 Groussac, Paul: "La pesquisa", en El cuento policial
H. Bustos Domecq, A. Pérez Zelaschi y otros. Selecc. de Jorge
Lafforgue y Jorge B. Rivera. Capítulo. Buenos Aires, CEAL,
1981.
57 Larreta, Enrique: "Las criadas y el niño", en
Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán
Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones
Peuser, 1957.
58 Sánchez, Florencio: En familia, en El teatro argentino
4.Florencio Sánchez. Selección, prólogo y notas
por Luis Ordaz. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1980.
59 Novión, Alberto: Los primeros fríos, en El teatro
argentino. 6.El sainete. Prólogo de Abel Posadas; selección
y notas por Marta Speroni y Griselda Vignolo. Capítulo. Buenos
Aires, CEAL, 1980.
60 Discépolo, Armando: Babilonia. Una hora entre criados.
En Canillita y otras obras. Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo,
Dragún. Selección, prólogo y notas por Jorge
Lafforgue. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1980.
61 Adamovsky, Ezequiel y Bombini, Gustavo: Para noche de insomnio.
Textos de Horacio Quiroga. Buenos Aires, Libros del Quirquincho,
1991.
62 Lavira, Amalia Olga: "Estampita", en ¡Che, barrio!.
Buenos Aires, Gente de Letras, 1998.
63 González, Oscar: "La anunciación", en
El Tiempo, Azul, 16 de abril de 2000.
64 Becker, Miriam: "La última idische mame", en
La Nación Revista, 23 de marzo de 1997.
65 Torres Zavaleta, Jorge: La noche que me quieras. Buenos Aires,
Emecé, 2000.
66 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera Sur. Barcelona, Ediciones
B, 1998.
67 S/F: "Editorial: Los gringos de hoy", en Infohuertas
N° 6, Febrero de 2002. Netfirms Web Hosting.
68 Aguirre, Osvaldo: "Ejército de obreras invisibles",
en Clarín, Buenos Aires, 3 de agosto de 2002.
69 Nudel, Juan Jorge: Pensión "La Rosales". Buenos
Aires, Milá, 2002.
70 Marechal, Leopoldo: Adán Buenosayres. Buenos Aires, Sudamericana,
1984.
71 Lerer, Diego: "Tres caras de la historia", en Clarín,
Buenos Aires, 4 de julio de 1988.
72 Giardinelli, Mempo: op. cit.
73 Messi, Virginia: "Los últimos días de la vieja
cárcel de Caseros", en Clarín, Buenos Aires,
8 de noviembre de 2000.
74 Báñez, Gabriel: Vírgen. Barcelona, Sudamericana,
1998.
75 Shua, Ana María: El libro de los recuerdos. Buenos Aires,
Sudamericana, 1994.
76 Alonso de Rocha, Aurora: "Entonces la Mujer", en Todo
es historia.
77 Rodríguez, Andrea: "La vida es un dibujo. Cómo
les fue de grandes a los verdaderos Felipe, Guille y Manolito",
en Veintitres, Año 2, N° 71, Buenos Aires, 18 de noviembre
de 1999.
78 García Lorca, Federico: Seis poemas galegos, en Alposta,
Luis: Lorca en lunfardo. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
79 Hendler, Ariel: "Jovita Iglesias. Una vida con los Bioy",
en Clarín, 2 de septiembre de 2002.
80 Estévez, Paula: "Buenos Aires es nuestra 5° provincia
de ultramar", en La Prensa, Buenos Aires, 7 de noviembre de
1998.
81 S/F: "Cultura gallega en la escuela", en Clarín
Viva, Buenos Aires, 17 de marzo de 2002.
82 Navarrine, A. y Petorossi, H.: "Galleguita", citado
por Gustavo Cirigliano, en El Tiempo,
83 Gervasi de Pérez, Elsa: "Carta a Galicia", en
Rotary Club de Ramos Mejía. Comité de Cultura. Buenos
Aires, 1994.
84 Llanés, Ricardo M.: op. cit.
85 Gache, Belén: Lunas eléctricas para las noches
sin luna. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
86 Kartun, Mauricio: "Enciéndanse las luces del viejo
varieté", en Clarín Viva.
87 Fernández Moreno, en Historia de la Literatura Argentina.
Buenos Aires, CEAL, 1984. (Capítulo).
88 Lugones, Leopoldo: "Oda a los ganados y las mieses",
en Antología poética. Buenos Aires, Espasa Calpe,
1965.
89 Ibarguren, Carlos: op. cit
90 Cabal, Graciela Beatriz: Secretos de familia. Buenos Aires, Debolsillo,
2003.
91 Freda, Teresa C.: "El residente", en El Tiempo, Azul,
26 de mayo de 2002.
92 Pampillo, Gloria: Los gallegos. Novela inédita.
93 Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos
Aires. Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
94 Derderian, Carlos: Odar. Buenos Aires, Akian, 2004.
95 Verbitsky, Bernardo: Hermana y Sombra. Buenos Aires, Editorial
Planeta Argentina, 1977.
96 Borges, Jorge Luis "El sur", en Ficciones. Buenos Aires,
Sur, 1944.
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