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ENTRETENIMIENTOS
Baile
Se
bailaba durante la travesía. Lo relata Guadalupe Henestrosa
en Las ingratas, obra distinguida en 2002 con el V Premio Clarín
de Novela. Bailaba la clase alta; cinco hermanas gallegas recuerdan
"los oropeles del baile de primera clase que habían
espiado colgadas de un ventanuco de la cubierta. En el barco, los
brillos y perfumes de los ricos estaban confinados en un salón,
bien protegidos de los vahos de la chusma que se apiñaba
en la bodega" (1).
Bailaban
los inmigrantes. Lo recuerda Johann Bodemann, quien dejó
Valais en 1857, y escribe: "Todo cambiaba cuando mejoraba el
tiempo: se bailaba, se cantaba, se jugaba. El tiempo pasaba pronto.
Con nosotros viajaban jóvenes alegres, quienes cantaban muy
bien, más que todo al anochecer, cuando la luna hermosa alumbraba
el mar tranquilo, y la brisa agradable soplaba del océano.
Hemos visto una gran variedad de animales marinos. A veces bailábamos
farándulas dando vueltas por todo el barco. Hemos pasado
así muchas noches sobre el puente, hasta las doce o la una
de la mañana, tan era eso hermoso" (2).
En
el barco se crean lazos que perduran en la nueva tierra; éstos
se evidencian, por ejemplo, en la elección de los compañeros
de baile. Lo afirma Sergio Pujol: "Uno baila con los de su
clase social, sus paisanos, los de su provincia, los de su misma
edad, con los inmigrantes que llegaron con uno en el barco"
(3).
Victor
Hugo Ghitta evoca el baile en el carnaval de la colectividad gallega.
Recuerda "las largas mesas familiares del Centro Lucense, en
una Buenos Aires cuyos esplendores y apego por las fiestas populares
irían menguando con los años, en bulliciosas noches
de carnaval en las que nos peleábamos por una falda con fervor
e inocencia mientras nuestros padres batían palmas y meneaban
caderas al ritmo del pasodoble o la muñeira, después
de haberse atragantado con las sardinas españolas y las morcillas
vascas y las batatas asadas al carbón y los jamones tan perfumados
como las señoras que atiborraban la pista, atraídas
por una estridencia de trompetas y por las toreras de luces y las
fabulosas charreteras y los zapatos y los pantalones blancos de
los Gavilanes de España, que era el conjunto musical que
animaba las tertulias y las verbenas" (4).
En
Secretos de familia (5), Graciela Cabal recuerda su aprendizaje
de muñeira: "A mi amiga Rodríguez tampoco la
dejan estudiar baile, pero ella igual sabe bailar la muñeira,
porque la muñeira se la enseñó la madre. (La
madre de Rodríguez es de un lugar donde todos saben bailar
la muñeira desde que nacen, sin que nadie se la enseñe).
Me da mucha vergüenza, pero igual voy y le digo a la mamá
de Rodríguez si por favor, por favor, me enseña a
mí a bailar la muñeira. La mamá de Rodríguez
dice que ella con mucho gusto me enseñaría, pero hace
tanto tiempo que no baila... 'Sea buena, mamita', le dice Rodríguez
a la madre, y la arrastra al patio. Y entonces la madre empieza
a cantar bajito mmmmm mmmmm mmmmm y a dar unos pasos. Y después
se ve que se anima porque se pone a cantar fuerte y se mueve rápido
y hasta se saca las chancletas y el delantal, y sigue, sigue, sigue.
Y justo llega el papá del trabajo y primero se asusta y pregunta
qué es lo que está pasando en esa casa, y después
se ríe y se pone a bailar enfrente de la madre. Y yo ya no
aguanto y le digo a Rodríguez si quiere bailar, porque algo
aprendí, de mirar. Y todos bailamos, cantamos y nos reímos,
hasta la mamá de Rodríguez, que nunca se ríe.
A la mamá de Rodríguez, cuando baila la muñeira
ni se le notan los bigotes".
El
baile ilumina los últimos momentos de una anciana inmigrante.
Cuando "Doña Conce", la gallega del cuento de Jorge
Dietsch, ve que se acerca su fin, pide sus zapatos, "e incorporándose
en la cama, comenzó a bailar. Bailaba para adentro, se veía
en la mirada y la sonrisa, con una gracia joven y movimientos que
debían ser de tal agilidad que en la habitación entró
un viento fresco de montañas, con olores de campo y de menta.
Tarareaba al mismo tiempo una música tan extraña y
bella que quienes escuchaban, a pesar de la gravedad de las circunstancias,
no pudieron evitar acompañarla con movimientos de pies. Luego,
agotada de tanta danza, apoyó la cabeza en la almohada, respiró
profundo varias veces, y cerró los ojos sin dejar la sonrisa,
como soñando un buen sueño" (6).
La
danza era muy importante en los esponsales judíos en el litoral.
Máximo Yagupsky dice: "El casamiento judío consistía
de grandes celebraciones. Se improvisaba una gran tienda hecha con
las lonas que se usaban para proteger las parvas de las lluvia.
Se hacía un alegre festín con todo el ritual, la jupá,
es decir, el palio nupcial, la música y danzas. Y naturalmente
había mucha comida y había también comida para
los gauchos vecinos, los cuales se reunían afuera a saborear
los manjares y dulces. Y mientras los músicos ejecutaban
melodía judías o rumanas, los gauchos, afuera, tocaban
el bandoneón o la guitarra y bailaban también. En
algunas ocasiones se cruzaban las rondas del freilej o la tijera,
con el chamamé, el tango y el pericón" (7).
En
la danza se integran las culturas. Esto sucedió, por ejemplo,
en el Liceo Franco Argentino Jean Mermoz, donde, para festejar los
treinta años del instituto, los alumnos de primaria -muchos
de ellos de nacionalidad francesa- bailaron el pericón (8).
Trajeron
en el barco sus danzas. Inmigrantes y quienes de ellos descienden
las interpretan hoy día, al tiempo que cultivan la tradición
del país que los recibió.
Notas
1 Henestrosa, María Guadalupe: Las ingratas. Buenos Aires,
Clarín-Alfaguara, 2002.
2 Vernaz, Celia: op. cit.
3 Pujol, Sergio: "El baile, una historia de sexo, violencia
y tensiones sociales", en La Capital, Mar del Plata, 13 de
febrero de 2000.
4 Ghitta, Víctor Hugo: "Elegía a Paco Rabal dormido
en Aguilas", en La Nación, Buenos Aires, 2 de septiembre
de 2001.
5 Cabal, Graciela Beatriz: Secretos de familia. Buenos Aires, Debolsillo,
2003.
6 Dietsch, Jorge: "Doña Conce o la despedida",
en El Tiempo, Azul, 14 de marzo de 1999.
7 Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires,
Fraterna, 1986.
8 Beltrán, Mónica: "Un colegio con acento francés",
en Clarín, Buenos Aires, 26 de septiembre de 1999.
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