INMIGRACION Y LITERATURA

Por María González Rouco

LA NOSTALGIA

Los amores


En "Canzoneta", con letra de Enrique Lary y música de Ema Suárez, se evoca la nostalgia de Genaro: "Canzoneta gris de ausencia,/ Cuando escucho '¡O sole mío!/ Senza mamma e senza amore'/ Siento un frio acá en el cuore/ que me llena de ansiedad./ Será el alma de mi mamma,/ que dejé cuando era niño./ ¡Llora!... ¡Llora! ¡Oh sole mío!/ Yo también quiero llorar!/ ¡La Boca!... ¡Callejón!.../ ¡Vuelta de Rocha!/ Ya se van... Genaro y su acordeón" (1).

La nostalgia aparece asimismo en el poema del marplatense Eduardo Martín La Rosa, "El sueño de don Juan (un inmigrante)", atenuada por el reencuentro con su familia: "Te cautivó esta ciudad virgen./ El sol dibujando caminos de plata/ sobre el mar./ Sus campos y montañas tapizados de pino./ El desarraigo fue menos doloroso!. (...) Mirabas el mar... Siempre... el mar./ Hasta que una inolvidable noche/ desembarcaron los tuyos (2)".

Juan Caferra deja Chieti en 1897. Trae una higuera: "Entre sus ropas, Juan traía una plantita, con sus rapices apretujadas por un puñado de tierra fuerte y gentil. Era una higuera muy pequeña, que en la despedida la recibió Juan de manos de su hermano, plántala allá en la Argentina, crecerá tanto hasta alcanzar el amor fraterno que por ti siento, le dijo. Juan le prometió cumplir con ello. Por eso en el viaje la protegió, la regó varias veces, algunas hasta con lágrimas de duda" (3).

En Santo Oficio de la Memoria, de Mempo Giardinelli, la nostalgia no está referida a un lugar, sino a los hijos pequeños que una madre debió dejar. Narra el hijo mayor, refiriéndose al padre: "Llegaron casados, ya. Conmigo. El decidió que Vincenzo y Nicola se quedaran allá. Luego los buscaría, dijo. No atendió el llanto de Angela. No escuchó las razones de nadie. Nunca. (...) El sabía cuanto sufría ella por los hijos que dejaron en Italia, pero jamás hizo nada por traerlos. Cómo un hombre puede ser así, es algo que yo no me explico. Fue terrible, eso". Otro personaje relata que el hombre también pensaba en i bambini: soñaba que en la nueva casa "habría rosas en los floreros y comerían bien, tres veces al día, o cuatro, con todos los chicos, porque iban a traer a Vincenzo y a Nicola de Italia. El país progresaba a pesar de todo, y él también" (4).

Mauricio Kartun, en "El siglo disfrazado", transcribe la dedicatoria escrita detrás de una foto que se enviaría a los parientes que tanto se extraña: "Atrás unas líneas ya casi ilegibles: 'Cara mamma: le invio una fotografia del mio Cesarino. Veda come cresce bello e grasso. Chi manca tanto. Sua cara figlia, Renza'. En la foto, un pequeño soldadito garibaldino. Un sombrero emplumado, y una descolorida mirada melancólica" (5).

Valentín Bianchi llegó a la Argentina. "Al desembarcar lo estaba esperando un paisano y amigo de la infancia: Angel Sardella. Este lo recibió eufórico saludándole en el dialecto fasanés. Estas cordiales expresiones tonificaron el ánimo de Valentín, que se sentía deprimido por el largo viaje y por las condiciones en que le había tocado realizarlo. Los recuerdos de su familia, de los amigos y el pueblo lo habían abrumado durante toda la travesía. Ahora, junto a su amigo, en cuya compañía se dirigió al hotel de inmigrantes, veía las cosas de un color muy distinto (6).

Rigueto, un personaje de José Luis Cassini, también se enamoró en Italia, y a causa de ese amor, decidió emigrar. "Es un viejito dulcemente flaco y de una mirada insostenible; un océano de tristeza se adivina queriendo salírsele por los ojos. Cuando el sol declina, afila su guadaña a golpe de martillo, como le enseñaron los piamonteses en la guerra. Ya nadie lo sabe; él mismo ha olvidado que es el dueño del conventillo y de la primera usina eléctrica del pueblo. Pero a veces toma unos vinos en los que remoja tiras de pan y recuerda lejanos ensueños: Casuchas al pie de una montaña; el tallercito de su padre, el sastre; la tarde en que Blanca dijo que sí, que correspondía a su amor adolescente y aceptaba casarse" (7).

La sintieron asimismo Manuel y María, personajes de mi cuento "Volver a Galicia". De ellos digo: "Manuel murió, luego de una larga agonía, sin regresar a su aldea. No había consuelo para su pena. Cuando cerró los ojos, tenía en su mano el escapulario que le había dado su madre. Lo había conservado con él a lo largo de su vida. La muerte de Josefa, su mujer, fue -si se puede- más desgarradora. Había recibido poco antes una carta de sus hermanos, en la que le decían que ya estaban viejos, que si no se veían pronto, quizás ya no volvieran a verse. Misivas como ésa eran moneda corriente entre los inmigrantes de distintas nacionalidades. Los angustiaba pensar que el plazo se terminaba. Josefa no tenía dinero para viajar, tampoco sus parientes. Tenían que conformarse con las cartas que llegaban periódicamente, con las fotos que recibían en abultados sobres" (8).

Refiriéndose a su padre gallego, escribe Gladys Onega en su autobiografía: "Ignoraba y lo ignoré por mucho tiempo cuánto había llorado desde aquel día en que se fue de junto al señor Manuel y la señora Carmen, sus padres, mis abuelos. (...) mi padre choraba por él y por sus padres que sí eran de Galicia, se habían quedado allí sin moverse, clavados en un cruceiro, secándose las lágrimas con un desmesurado pañuelo a cuadros orlado de negro quién sabe por qué luto de una muerte ya ocurrida o por el duelo de ellos mismos que morían viendo la partenza de sus hijos, debajo de un enorme paraguas también negro que los protegía de la chuvia que nunca había escampado desde el día en que mi padre dejó de ser de allá y se convirtió en extranjero aquí, en un mundo que no había visto" (9).

Pedro Antón, vasco protagonista de una novela de Julián de Charras, añora cuanto dejó: "Veía, allá lejos, como en una neblina, las escarpadas pendientes de los Pirineos, las casetas ruinosas de los montañeses, las miserables veladas, con pan negro y escaso y luz humeante de candil de aceite; el padre, con su rostro anguloso y cetrino, en un rincón, con la barba en la mano, mirando fijamente la pared, como pensando en algo indefinido; la madre hilando, hilando en la penumbra, diestros los dedos, aunque fatigada la vista... Y él, rapaz, sin raciocinio, raídas las ropas, que remendaba la mano materna, al lado del fuego, hurgándose la nariz, recordando las consejas del oso negro, de las brujas sabáticas, del ahorcado..." (10).

Juan Bautista Blatter "originario del Valais, vino a la Colonia San José en el año 1857 -escribe Celia Vernaz-, a la edad de cincuenta y cinco años, junto a su esposa e hijas". El manifiesta su nostalgia: "Mis queridos parientes: en lugar de escribir dos o tres cartas a la vez, ésta será una sola que envío a causa de que todas las que he enviado no he obtenido respuesta. En cartas precedentes yo he pedido a mi suegro y en otra a mi madre de enviarme a la hija; no he podido obtener respuesta ni sé si ella se encuentra bien ni si quiere venir o no: mi hija es la cosa que siempre he sentido de mi país y siento todavía; el único día que yo quisiera estar en Saint Martin es el día de Corpus Christi. Al siguiente ya estaré feliz de estar aquí. Solamente, quisiera tener a mi hija. Si estaría seguro de que ella esté contenta de venir, tengan a bien la bondad, queridos parientes, de querer venderle sus bienes y procurarle lo que sea necesario, y así, unida a una familia que quiera tomarla a su cuidado, yo enviaría con el portador de esta carta, el dinero para vuestra satisfacción; como no conozco nada el estado ni la voluntad de mi hija, les ruego, por mí y por ella, mis queridos amigos y parientes, si ella se decide a venir, hacer todo como no tengo necesidad de enseñarles, y pagar sus gastos y esfuerzos. Si ella viene, les ruego de enviar una caldera de 12 a 14 carterons para los quesos, y media docena de cencerros con hebillas y paños de invierno para vestir. Si ella viene, prometo que no sentirá el Valais. Todos estamos contentos excepto algún vagabundo que se aburre de todo y que nunca está bien en ninguna parte, y que en lugar de reconocer la falta en ellos mismos inventan mentiras para atribuírselas al país que los ha enriquecido..." (11).

Notas
1 Lary, Enrique: "Canzoneta", citado en Azzi, María Susana: "La contribución de la inmigración italiana al tango", en Archivo Histórico Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría, Secretaría de Gobierno, Año 2000, Revista N° 4.
2 La Rosa, Eduardo Martín: "El sueño de don Juan (un inmigrante)", en La Capital, Mar del Plata, 10 de septiembre de 2000.
3 Blanco, Antonio: "Crónica de mi abuelo inmigrante", en Escritores de Ensenada.
4 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix-Barral, 1991.
5 Kartun, Mauricio: "El siglo disfrazado", en Clarín Viva, 20 de febrero de 2000.
6 Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante. Santiago de Chile, Edición del autor, 1987.
7 Cassini, José Luis: "El mar en los ojos", en Rotary Club de Ramos Mejía. Comisión de Cultura. 1994.
8 González Rouco, María: "Volver a Galicia", en El Tiempo, Azul, 27 de diciembre de 1998.
9 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 1999.
10 Charras, Julián de: La historia de Pedro Antón, en La novela semanal, Año VII, N° 294, Buenos Aires, 2 de julio de 1923.
11 Blatter, Juan Bautista: "Sentimientos", en Vernaz, Celia: op. cit.


La tierra natal
Los amores
Paliativos
Nostalgia argentina

 

La nostalgia los embargaba; canta Cristina Assennato en "País de inmigrante": "-porque comimos el pan triste/ y la sal quemó ciertas noches/ porque tu hijo y el mío/ caben en el proyecto del pájaro/ y están allí reunidos/ en la curva del trigo,/ en el signo abierto de la gran ciudad" (1). Aún así, contribuyeron al engrandecimiento de la nación que los recibió
.
"¡Que el emigrante se consuele! -dijo Alejo Peyret.- Por encima de la patria está la humanidad; ante que ciudadano de un cantón es hombre, es habitante del globo, es ciudadano del universo" (2).


1. Assenato, Cristina: "País de inmigrante", en El Tiempo, Azul, 21 de febrero de 1999.
2. Vernaz, Celia: op. cit.




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