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Introducción
Un proyecto valioso
En memorias
En testimonios
En biografías
En novelas
En cuentos
En periodismo
En Internet
En videos
En televisión
Notas
Introducción
En
este trabajo me refiero a la inauguración del Museo de la
Inmigración, en el Antiguo Hotel de Inmigrantes de Puerto
Madero, y transcribo pasajes tomados de libros, diarios y otras
fuentes, a fin de demostrar la reiterada presencia de la institución
en el recuerdo de quienes se hospedaron allí, en el periodismo
y en la literatura argentina.
En su ensayo Cómo fue la Argentina 1516-1972, el historiador
Exequiel César Ortega sostiene que "La inmigración
jugó importante papel ya a mediados de esta etapa del 80
al 30. En ciudad y campaña, en oficios diversos que
abarcaron la agricultura y la naciente industria; e incluso se dieron
lugares como ejemplos de cuánto podía una colonización
bien planeada...". Comenta qué sucedió con los
inmigrantes llegados a nuestra tierra: "El medio nuestro los
asimiló bien pronto y sus descendientes inmediatos se sintieron
integrantes de la tierra. A menudo ascendieron de Status,
integraron profesiones, comercio e industria; impulsaron los nuevos
partidos políticos mayoritarios".
El
gobierno de esa época "En lo social favorecería
cada vez más la inmigración, sobre todo la europea
en general, perdidas bastante las esperanzas de la anglosajona y
francesa en particular. Inmigración que cubriese las necesidades
crecientes de mano de obra ciudadana y sobre todo rural, mediante
la colonización y la ocupación de dependencia o el
arrendamiento y la mediería".
A
criterio de Ortega, el régimen se caracterizaba por complementos
que radicaban en los aspectos culturales; se refiere a la "Universalidad
y amplitud de conocimientos y contenidos de cultura generales, universales;
huida de la religiosidad excesiva; aspectos prácticos y utilitarios;
enseñanza difundida de tipo enciclopedista-informativa, apta
para todos, incluso sin chocar a los diferentes credos y formas
de la inmigración".
Hubo
"paz, pan y trabajo" para quienes llegaron a la Argentina:
"se dio una limitada o encauzada movilidad social, con grupos
mayoritarios en condiciones de locación de servicios, incluyéndose
la gran inmigración y descendientes inmediatos, salvo una
minoría de entre ellos, que proporcionó estratos de
clase media comercial, profesional y propietaria".
En
cuanto a la composición de la sociedad, señala: "La
mayoría empero pertenecía a los grandes estratos derivados
de niveles humildes criollos (a los que pronto habrán
de sumarse los provenientes de inmigraciones interiores provincianas),
o derivados de inmigración creciente, de poco antes, los
hijos de gringos, con ocupaciones manuales en su casi
totalidad, salvo las excepciones ya aludidas de comerciantes, estancieros
y profesionales, hijos de gringos con plata" (1).
Muchos
extranjeros, al llegar a nuestro país, se alojaron en los
Hoteles de Inmigrantes. Estos fueron varios, a lo largo del tiempo:
En Buenos Aires, los provisorios -el de la calle Corrientes, el
de Cerrito, los de Palermo, Caballito y San Fernando, el de la Rotonda
y el de la Boca- y el definitivo, en Puerto Madero; en el interior,
el de Tucumán y los entrerrianos de Villa Domínguez
y Basavilbaso, entre otros.. Para saber sobre ellos contamos, fundamentalmente,
con dos libros, el de Jorge Ochoa de Eguileor y Edmundo Valdés,
Donde durmieron nuestros abuelos. Los Hoteles de Inmigrantes de
la Ciudad de Buenos Aires (2) y el de Graciela Swiderski y Jorge
Luis Farjat, Los antiguos Hoteles de Inmigrantes (3).
A
veces, los Hoteles no daban abasto. Otros establecimientos cubrían
la demanda: "En las postrimerías del siglo pasado y
comienzos del actual, la gran afluencia de inmigrantes, principalmente
europeos, incrementó la necesidad de ofrecer alojamiento
y comida a estas personas, ya que no todas lograban alojarse en
el Hotel de Inmigrantes, frente al puerto de Buenos Aires. Comenzada
la primera guerra mundial, en 1914, disminuyó bruscamente
esta onda inmigratoria, motivo por el cual decayó la actividad
de hoteles y fondas que habían proliferado durante años
anteriores" (4)
Un proyecto valioso
Refiriéndose al Hotel de Puerto Madero, Laura S. Casanovas
afirmó hace unos años que "se dio el nombre de
Hotel de Inmigrantes al complejo edilicio que debía contribuir
a un mejor control administrativo por parte del Estado, a otorgar
asistencia social al inmigrante y a operar como ícono propagandístico
en los folletos que se distribuían en el Viejo Continente".
"El proyecto agrega Casanovas- comprendía una
serie de construcciones o pabellones dispuestos alrededor de una
plaza central. A lo largo de la costa, el desembarcadero; sobre
el frente, la dirección y oficinas de trabajo; a continuación,
los lavaderos, y cerrando el perímetro, el edificio de los
dormitorios y el comedor. Fue este último el que por sus
diferencias con el resto, tanto por el diseño como por el
volumen, adquirió con el tiempo el nombre del conjunto: Hotel
de Inmigrantes, como se lo denomina en la actualidad".
La
autora nos hablaba de un día en este establecimiento, cuya
construcción finalizó en 1912: "La rutina estructuraba
la vida del hotel. Las celadoras despertaban temprano en la mañana
a los inmigrantes. Luego del desayuno, las mujeres lavaban la ropa
en los lavaderos y cuidaban a los niños, mientras los hombres
tramitaban su colocación en las oficinas de trabajo. El servicio
de comedor se ordenaba en dos turnos de hasta mil personas cada
uno. Los niños recibían a las tres de la tarde la
merienda y a partir de las siete quedaban abiertos los dormitorios.
Además, se enseñaba el uso de maquinarias agrícolas
para los hombres, de labores domésticas para las mujeres"
(5).
En
El diario íntimo de un país, Hugo E. Ratier se refiere
a la institución, que albergaba y contenía a los recién
llegados: "Para un campesino europeo dice- el desembarco
en esta Babel del Plata podía resultar traumático.
La emigración significó un paso más en el irreversible
camino de la urbanización, que se inicia en el puerto de
salida. Allí establecen los primitivos lazos de solidaridad
entre aquellos que van a emprender la aventura transatlántica.
Como en el tiempo de los esclavos negros, haber llegado en el mismo
barco creaba vínculos. Ya en tierra, el Estado argentino
ofrecía alojamiento en el Hotel de Inmigrantes, salvo a aquellos
que venían contratados por empresas. Luego vendría
la inserción en el trabajo" (6).
Los
que no tenían conocidos en la nueva tierra, sufrían
"las penurias del desembarco en Buenos Aires, Hotel de Inmigrantes
y frustrada espera de un destino" (7). Días después,
desde allí unos se trasladarían a un conventillo;
otros, a una vivienda más digna, y muchos viajarían
hacia las colonias. Miles regresarían a sus tierras, decepcionados.
Quienes
llegaban al Puerto podían alojarse en el Hotel, sólo
si observaban el reglamento de la institución. El mismo figuraba
en el Manual del emigrante italiano, y establecía, por ejemplo
que "Después de cada comida, a la hora indicada por
el reglamento, se deberán limpiar los utensilios que se le
hayan entregado antes, sin lo cual no podrá ausentarse del
Hotel. Por turnos, como se indicará, tendrán que limpiar
las instalaciones y ocuparse del transporte de víveres. La
parte destinada a los hombres está separada de la de las
mujeres; al igual que en el barco, está prohibida la promiscuidad.
Con todo, se respetará el sagrado derecho de ayudar a su
mujer y a sus niños. Una vez escuchado el timbre del silencio
nocturno, está prohibido cualquier tipo de alboroto. Quien
se sienta mal debe avisar a la dirección del establecimiento.
Está permitido salir a determinadas horas, pero quien no
haya regresado en el horario previamente fijado no podrá
pasar la noche en el Hotel" (8).
La
historiadora Nélida Boulgourdjian-Toufeksian afirma que "El
Hotel de Inmigrantes no estaba abierto a los pueblos asiáticos.
Sin embargo, en la Lista de Pasajeros de 1923 se detectó
que los armenios fueron interrogados acerca de su interés
en ingresar en él y que un escaso número aceptó.
Más allá de ser o no admitidos, la existencia de redes
formales e informales facilitó la ubicación de los
inmigrantes y limitó el ingreso en el Hotel de Inmigrantes"
(9). Los adolescentes argentinos de sangre armenia escuchan de sus
abuelos extranjeros "historias de conquistas y de luchas por
preservar la cultura de todo un pueblo. Y de barcos llegados al
puerto de Buenos Aires repletos de polacos, griegos, árabes
y armenios que se hospedaban, muchos de ellos, en el Hotel de Inmigrantes"
(10).
Casanovas
nos daba una buena noticia: "Afortunadamente, el proyecto de
transformarlo en museo está en marcha. (...) El proyecto,
que reviste una enorme trascendencia cultural, no es nuevo".
Recuerda cómo surgió la idea: "Todo comenzó
en 1983, cuando a instancias de las colectividades de inmigrantes
de nuestro país, el Ministerio del Interior emitió
una resolución por la cual encomendó a la Dirección
Nacional de Migraciones realizar un estudio de factibilidad de creación
de un museo, que reviviera las circunstancias del hecho histórico
de la inmigración en la Argentina. Dos años después,
una segunda resolución creó, en el ámbito de
la Dirección Nacional de Migraciones, un área responsable
del Museo, Archivo y Biblioteca de la Inmigración. En 1990,
mediante un decreto, se declaró Monumento Histórico
Nacional al edificio del ex Hotel de Inmigrantes y el año
último (1997) el Ministerio del Interior desarrolló
el programa Complejo Museo del Inmigrante, con dependencia funcional
de la Dirección de Migraciones. Serán sede del museo
el hotel y las dos plazoletas aledañas. Los edificios restantes
continuarán funcionando como dependencias de la Dirección
Nacional de Migraciones" (11). Ese programa está dirigido
por el ya mencionado profesor Jorge Ochoa de Eguileor y la arquitecta
Graciela Seró Mantero.
Hubo
quien se manifestó en oposición a esta iniciativa.
Escribió Horacio Di Stéfano en 1999: "Parado
hoy entre silencios añosos y trozos de postales de la Buenos
Aires poco recordada, el maravilloso cuerpo del Hotel de Inmigrantes
parece no inmutarse por el paso del tiempo, aunque su interior,
vacío y abandonado, conserve ecos imperceptibles y leyendas
que mezclan esperanzas, fantasmas, muertes y angustia. Da vértigo
mirar su fachada desgastada, rodeada por la sosegada paz de los
espacios verdes que lo separan de las inmediaciones de la estación
Retiro, e imaginar que albergaba un mundo de personas pululando
ruidosamente, donde hoy hay olores viejos. Sus inmutables paredes
vieron reemplazar el blanco de color original por un amarillo que
lastima los recuerdos de sus horas, pero no es esto únicamente
lo que se ve frente a la imponente figura de sus pabellones, y su
historia tampoco estuvo a salvo de los maltratos a los que nos han
acostumbrado desde siempre. De sólo pensar que el proyecto
de hacerlo Museo, tal cual se ha planteado por las autoridades de
la Dirección Nacional de Migraciones, lo acerca más
al Shopping o a una pintada de labios y resaltado de pestañas,
da ganas de dejarlo ahí, quieto, con sus secretos enquistados
en la ignorancia" (12).
En
septiembre de 2000, el Hotel fue abierto al público, pues
allí se realizó una edición de la prestigiosa
muestra Casa FOA. La misma se llevó a cabo "en dos edificios
que forman parte del Patrimonio Arquitectónico de nuestra
Ciudad. (...) Tratándose en ambos casos de edificios que
son Monumentos Históricos todos los trabajos a ejecutar fueron
analizados y evaluados por la Comisión Nacional de Museos
y de Monumentos y Lugares Históricos. (...)El proyecto de
casa FOA tiene el carácter de ambientación y decoración
homenaje tendiendo a resaltar y restaurar los elementos arquitectónicos
propios del edificio. Por eso se mantuvieron y repusieron los pisos
calcáreos originales y azulejos con sus zócalos y
listeles moldurados. Además se colocaron vidrios en toda
la caja de la escalera. En cuanto a los colores de las paredes se
efectuaron cateos para poder recuperar los tonos originales"
(13).
Se
colaboraba así con un objetivo valioso: "Con esta iniciativa
de Casa FOA en el Hotel se hará realidad un sueño
por todos esperado: El Museo del Inmigrante" (14);
mientras tanto, ofrecían un anticipo de lo que se vería
poco después.
En
octubre de 2001 se inauguró la primera etapa del proyecto.
"Dice el profesor Jorge Ochoa, coordinador del museo: Recuperar
este edificio es recuperar nuestra memoria. Casi no hay persona
en la Argentina cuyos cuatro abuelos sean argentinos "
(15). Los nietos de quienes vivieron en este hotel sus primeros
días americanos podemos conocer, al fin, las paredes entre
las que se hablaba de tantos sueños e ilusiones.
En
memorias
Marcos Alpersohn, pionero en la Colonia Mauricio, provincia de Buenos
Aires, llegó a la Argentina en 1891 en el vapor Tioko. El
se refiere al Hotel en sus memorias: "Las chalupas nos condujeron
hasta el Hotel de Inmigrantes, enorme edificio de madera, vetusto,
mugriento, cubierto de moho y musgo y dividido en infinidad de habitaciones.
Allí encontramos a otros doscientos inmigrantes judíos
llegados un par de días antes en el vapor Lisboa" (16).
Los
judíos que llegaron en 1891 en el Pampa fueron alojados en
el Hotel de Inmigrantes; donde se suscitó un inconveniente.
Relata Mauricio Chajchir en sus memorias: "No sé de
dónde surgió la versión que los cocineros y
el personal eran judíos españoles y por consiguiente
todo era kosher. Y ¡ah! Por primera vez durante todo el viaje,
todo el pasaje disfrutó de una buena cena. Al día
siguiente una comisión de mujeres fue a investigar a la cocina
para ver si salaban la carne y se encontraron con una cabeza de
cerdo sobre la mesa. Volvieron amargadas y tratando de vomitar lo
que habían comido la noche anterior" (17).
Alberto
Gerchunoff menciona el Hotel en su "Autobiografía",
"escrita en París en 1914 y publicada por primera vez
en 1952" (18). En ese texto recuerda que "Del Hotel de
Inmigrantes, de Buenos Aires, nos llevaron a Moisés Ville
en la provincia de Santa Fe. Es la primera de las colonias fundadas
por el Barón Hirsch". Habían llegado al Hotel
provenientes de Tulchin, Rusia, "Una ciudad sórdida
y triste, sin alumbrado ni aceras, cuyo lujo arquitectónico
se reducía al palacio semiderruído de los condes de
Bazá y a un edificio llamado La Buena, sitio de paseos dominicales".
Al
Hotel llegaron, en 1906, judíos provenientes de Ucrania.
Relata Maria Arcuschin: "Si nuestros viajeros hubiesen tenido
la posibilidad de alejarse de los muros grises del Hotel de Inmigrantes,
habrían podido apreciar varios notables progresos que señalaban
el fin de la aldea colonial con el crecimiento de una futura ciudad"
(19). Enrique y Fabio Rotstein, ucranios asimismo, señalan
que los inmigrantes que llegaban a la Argentina, "desde 1896
a 1914, no pagaban impuestos de entrada al país (como era
el caso en Estados Unidos ) y se les ofrecía estadía
gratuita en el Hotel de Inmigrantes, orientación ocupacional
y transporte gratuito a su destino final" (20).
Un
pionero holandés menciona en sus memorias al Hotel: "En
mayo de 1889, el vapor Leerdam trajo a los primeros inmigrantes
holandeses a la Argentina. En este barco llegó, a los 10
años, Diego Zijlstra, quien en su libro, Cual ovejas sin
pastor, recuerda su llegada: Desde el vapor hasta la costa
tuvimos que navegar en lancha y carro unos diez kilómetros
soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula
de los huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio...
Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí... Engarrotados
de frío y medio hambrientos pisamos por fin tierra argentina.
Desde Buenos Aires, y previo paso por el Hotel de Inmigrantes, un
grupo llegó en tren hasta Tres Arroyos, mientras que otros
se instalaron en Cascallares, en la llamada Colonia del Castillo
" (21).
En testimonios
Otras fuentes se suman para evocar a los Hoteles. Por ejemplo, la
carta que envía al periódico El Obrero, en 1891, José
Wanza, un inmigrante establecido a su pesar en Tucumán, quien
expresa: "En B. Ayres no he hallado ocupación y en el
Hotel de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos
trataron como si hubiésemos sido esclavos. Nos amenazaron
de echarnos a la calle si no aceptábamos su oferta de ir
como jornaleros para el trabajo en plantaciones a Tucumán.
Prometían que se nos daría habitación, manutención
y $20 al mes de salario. Ellos se empeñaron en hacernos creer
que $20 equivalen a 100 francos, y cuando yo les dije que eso no
era cierto, que $20 no valían más hoy en día
que apenas 25 francos, me insultaron, me decían Gringo de
m... y otras abominaciones por el estilo, y que si no me callara
me iban hacer llevar preso por la policía". En el Hotel
de Inmigrantes tucumano no le va mucho mejor: "Al fin llegamos
al hotel y pudimos tirarnos sobre el suelo. Nos dieron pan por toda
comida. A nadie permitían salir de la puerta de calle. Estábamos
presos y bien presos" (22).
En
el Hotel se hospedó el español en el que Quino se
inspiraría para crear dos de sus personajes. Escribe Andrea
Rodríguez: "El auténtico Manolo había
llegado de España en la década del 20, solo, sin parientes
ni conocidos en la Argentina. En Soria, su pueblo natal de Castilla,
era pastor de ovejas. La primera noche en Buenos Aires se alojó
en el Hotel de Inmigrantes y al día siguiente salió
a buscar trabajo: lo encontró como ayudante en una panadería.
Cinco años después tenía su propio negocio,
un despacho de pan. Como repartidor conoció a Mercedes, la
empleada doméstica gallega de una de las tantas casas adonde
llevaba su mercadería en canasta, como Manolito. Se casaron.
Tuvieron varios despachos, cada uno más grande que el anterior,
hasta que por fin pudieron comprar una panadería. Ya eran
dueños de una importante la Panadería y Confitería
Delgado, en Defensa y Cochabamba, que antes había sido de
la familia Canale, los de las galletitas cuando Quino los
conoció" (23).
A
la Patagonia, "en una travesía marcada por olas de veinte
metros", viajó el asturiano Nicanor Fernández
Montes, luego de un tiempo en el Hotel de Inmigrantes (24).
Un
diario de la ciudad de Buenos Aires denuncia el malestar de los
recién llegados: "según el diario La Razón
del 5 de abril de 1929, desde un tiempo atrás los inmigrantes
no se podían bañar por el mal estado de las cañerías
y, como si esto fuera poco, los colchones y frazadas se encontraban
en mal estado" (25).
Sin
embargo, en un mensaje al diario La Prensa, José Arias expresó
sus vivencias en el hotel de Puerto Madero, al que llegó
en el 30: "Quiero dejar aquí constancia del trato y
de la atención que las autoridades tenían con los
inmigrantes. Nos daban comidas sanas y abundantes; para dormir,
camas limpias y cómodas; en mi caso han pasado sesenta y
ocho años, yo entonces tenía trece, pero nunca podré
olvidar mi paso por el Hotel de Inmigrantes. Y como si esto fuera
poco las autoridades de inmigración le sacaban el pasaje
a destino y se lo pagaban, y hasta lo acompañaban hasta las
estaciones, por lo menos en mi caso" (26).
Días
después, Marta B. de Pellegrini envía al matutino
una carta motivada por el mensaje de Arias. En ella escribe: "Llegar
a un lugar donde todo era desconocido, la tierra, el idioma, la
gente, predisponía en nosotros a aumentar la incertidumbre,
hasta que fuimos llevados al Hotel de Inmigrantes. Era una especie
de oasis, donde nos agruparon según la nacionalidad y, ya
con el ánimo calmado, empezamos a mirar la realidad de esta
suerte de tierra prometida. Nos mantuvimos durante dos semanas en
las que el hoy llamado viejo hotel sirvió de
nexo entre lo trágico y conocido, que había quedado
atrás, y lo nuevo y desconocido que teníamos por delante.
No creo que haya en el mundo otro refugio semejante para recibir
y albergar a los inmigrantes" (27).
En
el Hotel estuvo Jacobo Randler, judío polaco, quien recuerda:
"Al salir del Hotel de Inmigrantes, el bulto con mis cosas
estaba en el depósito. Las personas de la Asociación
de ayuda a los inmigrantes me habían anotado en un papel
en castellano la dirección y el apellido de la familia que
buscaba. Era una especie de volante donde estaba impreso que era
un inmigrante recién llegado y se pedía a la gente
que lo leyera me ayudara a llegar a esa dirección, que era
en la calle Jean Jaurés de la ciudad de Buenos Aires. Me
indicaron tomar el tranvía número 2 y que le mostrase
el papel que llevaba al motorman para que me indicara dónde
bajar. (...) Al volver al Hotel, Meltzer me estaba esperando. Me
contó que había vuelto una de las personas de la Asociación
de ayuda, que a él le habían conseguido en la casa
de un relojero, a otros los habían ubicado con carpinteros
o sastres, cada uno según su profesión y que a todos
los iban a ir a buscar al día siguiente" (28).
En
el Hotel de Puerto Madero, un panel reproducía las palabras
del polaco Pablo Nowak (29). Este hombre, llegado a la Argentina
en 1949 recuerda los magníficos asados que se hacían
al mediodía y agradece las que califica como sus primeras
buenas comidas en toda la vida. En otro panel se destaca aquello
que escribió Teresa Joan en el libro de visitas: "Llegué
a esta costa con 11 años, en el buque Madre Cabrini y fui
hospedada aquí con mis paisanos. Recuerdo el olor a pan de
trigo" (30).
Relatado
por el profesor Ochoa, conocemos el testimonio de una húngara:
"Es curioso algún recuerdo de una muchacha, hoy día
una señora ya de edad que vino a los trece años con
sus padres y contaba que en el desayuno se le servían unos
enormes tazones de café con leche o mate cocido con leche
cosa que ellos no conocían, el sabor a la yerba mate-
y se servían en regaderas ése era el concepto
de ella. Se refería a esas enormes cafeteras que tienen mango
de costado con un pico largo, por supuesto sin la regadera, pero
el pico estaba y para la mentalidad de la chica se servía
con regaderas. (...) Ella estaba muy enojada cuando llegó
porque no había visto las palmeras y cocoteros que imaginaba
en el Puerto de Buenos Aires era la visión europea
de América- y después, como había estado en
muy buena posición y habían quebrado en Hungría
tuvieron que venirse acá sin nada, pero les quedaba el recuerdo
de la vida de buen pasar y pensó que ella venía a
un hotel de tres o cuatro estrellas actuales y se encontró
con que venía a este hotel de cantidad de personas, grandes
dormitorios para todos los hombres de un lado, las mujeres
y los niños de otro- y sintió desagrado, desagrado
que dice que se le fue cuando empezaron a comer. Dice que nunca
habían comido ni aún en su posición buena
primaria en Hungría- como habían comido en el Hotel
de Inmigrantes" (31).
En
septiembre de 2000, se inauguró Casa FOA en el Hotel de Inmigrantes.
El estudio de Laura Ocampo y Fabián Tanferna, que tuvo a
su cargo la ambientación de uno de los dormitorios, "antes
que una reconstrucción histórica, prefirió
hacer un homenaje a todos aquellos que vinieron con el coraje de
iniciar una nueva vida" (32). Para ello, contaron con la colaboración
de algunos de los inmigrantes que se hospedaron en el Hotel, quienes
narran sus historias en sendas grabaciones. Son estos hombres y
mujeres los húngaros Antonieta Rubido Zichy de Eicket, Américo
de Gosztonyi, Esteban Bergner y Eugenio Weisz; Ana Wasinger de Schaab,
nieta de ruso alemanes, y el español José Pereira
Barros.
Dora
Schwarsztein fue la Directora del Programa de Historia Oral de la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos
Aires. En su tesis doctoral, titulada Entre Franco y Perón
(33), presentó el testimonio de una española que llegó
al Hotel. Dice la mujer: "Nos metieron en el Hotel de Inmigrantes.
Salas muy limpias, pero, claro, una tristeza enorme. Nos agolpamos
todas las mujeres españolas por un lado. Yo recuerdo las
señoras más mayores que había, todas estaban
tristes. Allí por primera vez vi un mate".
La
transmisión oral tiene gran importancia en esta clase de
evocaciones. En mi familia, como en tantas otras, el Hotel es recordado
con gratitud. Uno de mis abuelos se hospedó en 1905 en el
Hotel de Inmigrantes de La Boca. Su muerte temprana me privó
de este testimonio que hubiera sido para mí el más
preciado.
El
doctor Nicolás Rapoport narra sus recuerdos de la época
en la que, siendo estudiante de medicina, colaboraba en la atención
de los recién llegados en el hospital del Hotel. El relata:
"Los que cursábamos medicina, a diario comprobábamos
la angustia de los infelices, ignorantes del idioma, no entendiendo
las preguntas que les dirigían los médicos en sus
habituales interrogatorios. Los ojos tristes de los cuitados, las
miradas despavoridas de los enfermos, nos sumían en íntima
congoja y conmiseración. Todos los días los cuatro
o cinco estudiantes judíos que asistíamos a los hospitales
servíamos de intérpretes para llenar las historias
clínicas. Era conmovedor ver cómo se iluminaban los
ojos de los míseros al oír una palabra en idish o
ruso. Revivían, lloraban dando escape a su dolor moral"
(34).
En
el sitio www.monografias.com se puede consultar el ingente trabajo
realizado por los profesores y alumnos del Instituto Schönthal,
de la ciudad de Buenos Aires. El mismo se titula Bajaron de los
barcos. Historia de la inmigración en la Argentina. En la
sección referida a Alemania se ofrece el testimonio brindado
por Renate Schotellius en una entrevista que se le realizó.
Allí, la pionera de la danza argentina, emigrada en 1936
a los catorce años, menciona el Hotel de Inmigrantes de Puerto
Madero: "Yo viajaría treinta y ocho días en barco
y llegaría un día determinado, que mi tío sabía
cuál era. El problema fue que el barco se atrasó tres
días y, al llegar era carnaval. Me sentí muy asustada,
porque pensaba que mi tío me dejaría allí y
tendría que ir a los hoteles para inmigrantes. Finalmente
llegó sin ningún problema, le habían avisado"
(35).
Juan
Carlos Marina tenía diecinueve años cuando presenció,
el 17 de diciembre de 1939, el hundimiento del Graf Spee, acorazado
alemán "destinado a hundir buques que llevaban alimentos
de acá para Europa", que se encontraba en el Río
de la Plata. Marina relató sus recuerdos de aquella jornada
memorable; en su relato se refirió al Hotel de Inmigrantes
de Puerto Madero: "a las ocho de la noche de ese día
lo hundió el mismo comandante, la misma tripulación.
Un capitán, que después vivió en La Falda,
Córdoba, fue el encargado de ponerle tres cargas de dinamita.
Sacaron la pólvora de los cartuchos de las balas, formaron
tres paquetes explosivos y los pusieron uno en la popa, otro en
las máquinas y otro en la proa. Después el comandante
hizo bajar a toda la tripulación a los remolcadores y desde
una lancha fue el que accionó la percusión de los
explosivos. Todos se salvaron y fueron al Hotel de Inmigrantes de
Buenos Aires".
Es
en ese establecimiento donde el comandante toma una trágica
decisión: "de acuerdo a las órdenes de Hitler
tenía que salir a presentar batalla. Pero eso era un suicidio.
Fue tan impresionante que después de hundirlo, el comandante
se pegó un tiro en el Hotel de Inmigrantes" (36).
Un
militar alemán que llegó en el acorazado escribe en
su diario: "Hace calor. En el patio de la inmigración
florecen las hortensias y las acacias y no podemos creer que estemos
cerca de la Navidad. Esto es bueno, porque la idea de esta fiesta,
la más grande para nosotros los alemanes, nos llena de tristeza
sin esperanzas. Para esta fecha deberíamos estar navegando
rumbo a nuestra tierra y cada uno de nosotros habíamos soñado
y hecho proyectos para el año nuevo, cuando estuviéramos
en casa. Y ahora estamos aquí, en la Argentina, a 8000 millas
de la patria, y con miras a ser internados hasta el fin de la contienda,
que recién está en sus principios. ¿Qué
será de nosotros? Esta es la pregunta que llena nuestros
pensamientos" (37).
Luego
llegarían otros alemanes al Hotel. Uki Goñi relata:
"Salimos, pues, al extenso parque situado frente al Hotel de
Inmigrantes, junto a los viejos árboles bajo los que muchos
criminales nazis agradecidos debieron de dar sus primeros pasos
en la Argentina" (38).
En biografías
El angel del capitán. Biografía del capitán
croata Miro Kovacic (39), es el título de uno de los libros
de Chuny Anzorreguy. Al final del mismo, relata el narrador: "Fuimos
a vivir al Hotel de Inmigrantes. Dejamos allí nuestros petates.
Unos bolsos, un baúl..., y salimos a caminar. Como en Trieste.
Pero la sensación era diferente. Caminábamos con alas
en los pies".
Elena
Duplancic explica el por qué de la presencia de exiliados
como Kovacic: "Argentina abrió la inmigración
en forma menos restrictiva. De modo que la gran mayoría de
los exiliados croatas de la segunda guerra mundial se dirigieron
a Buenos Aires. Allí eran recibidos en el famoso Hotel de
Inmigrantes en la zona del puerto y pronto lograban insertarse en
la sociedad huésped". No eran como muchos de sus compatriotas,
ni venían por las mismas razones: "Este grupo de exiliados
se caracterizó por ser, en general, de una preparación
intelectual y profesional que pronto los distinguió de los
descendientes de inmigrantes más antiguos ya asentados en
la Argentina a comienzos de siglo, por razones económicas.
Las razones de su exilio los reunieron en actividades relacionadas
con lo religioso, lo político y lo cultural" (40).
Valentín
Bianchi, llegó a la Argentina. "Al desembarcar lo estaba
esperando un paisano y amigo de la infancia: Angel Sardella. Este
lo recibió eufórico saludándole en el dialecto
fasanés. Estas cordiales expresiones tonificaron el ánimo
de Valentín, que se sentía deprimido por el largo
viaje y por las condiciones en que le había tocado realizarlo.
Los recuerdos de su familia, de los amigos y el pueblo lo habían
abrumado durante toda la travesía. Ahora, junto a su amigo,
en cuya compañía se dirigió al hotel de inmigrantes,
veía las cosas de un color muy distinto. (...) Aquella noche
pernoctó en el hotel de inmigrantes y a la mañana
siguiente, de acuerdo con las indicaciones que le diera Daniel,
se presentó en las oficinas del Ferrocarril. Allí
le informaron que debía trasladarse a la ciudad de Mendoza,
la capital de esa provincia, en cuyas oficinas se desempeñaría
como empleado contable" (41)
En novelas
En algunas obras literarias hemos encontrado testimonios acerca
de la existencia de esta institución. Ellos, de diversa índole,
nos hablan de la presencia del Hotel de Inmigrantes y de su importancia
en la comunidad.
Aparece
en páginas de Antonio Argerich. A este escritor, acérrimo
enemigo de la inmigración, que vivió entre 1855 y
1940, Luis Soler Cañás lo recuerda como "el olvidado
precursor de la novela naturalista en la Argentina" (42). Escribió
¿Inocentes o culpables?, obra en la que plantea el dilema
del determinismo y el libre albedrío. De ella se dijo que
"no es más que una torpe historia de un inmigrante italiano,
con la que se propone probar cuántos daños puede acarrear
a la sociedad argentina la inmigración de gentes de razas
inferiores" (43).
En
esta novela, publicada por primera vez en 1884, alude al establecimiento
que albergaba a los extranjeros que no tenían trabajo al
desembarcar. Afirma Argerich: "Al salir del Hotel de los Inmigrantes
se juntó con una manada de compañeros que seguían
la vía pública por la mitad de la calle. Había
hecho relación con estos sus paisanos y todos á la
vez buscaban trabajo" (44). Se refiere agresivamente a quienes
de allí salían, asemejándolos a animales, recurso
que también utiliza Cambaceres (45) al describir a los inmigrantes.
Los
personajes de La logia del umbral (46), novela de Ricardo Feierstein,
recuerdan, cuando pasan hambre en Santa Fe, la comida del Hotel:
"bien que extrañamos esos almuerzos cuando fuimos hacia
el campo. Días y días casi sin masticar. Los niños
enfermaban...".
También
se hospedó en el Hotel el abuelo Gedalia Rimetka, de El libro
de los recuerdos, de Ana María Shua. El inmigrante y sus
"hermanos de barco" "Llegaron después a Buenos
Aires, mucho más aceptablemente América. Comparable
a Varsovia, Buenos Aires. Una ciudad. Durmió en el hotel
de inmigrantes. Amigos lo esperaban. Hacía frío, no
como en Polonia pero mucho más que ahora. Otro frío
era el frío de los inmigrantes. Adentro de la ropa se ponían
papeles de diario para calentarse. Los papeles de diario calientan
bien, así, así, debajo de la camiseta papeles, diarios
enteros" (47).
Una
joven irlandesa se presenta, en Frontera sur, para un puesto de
maestra. Durante la entrevista se desmaya; es que como explica
en su trabajoso castellano- había comido por última
vez en el barco, ya que no había parado en el Hotel de Inmigrantes.
En esa misma obra, el alemán Frisch tampoco acepta albergarse
en el Hotel: "Todos vieron alejarse al hombre alto y rubio
que durante la travesía de Montevideo a Buenos Aires había
tocado aires tristes en ese instrumento nuevo, el bandoneón.
Ni le mareaba el barco, ni deslucían su aspecto las infames
acrobacias del traslado a la costa. Había plantado cara a
las autoridades de inmigración, y eludido la barraca en que
los más aceptaban asilo provisional. Llevaba sus bienes prendas
escasas, libros, y aún su rara caja de música- atados
a una improvisada carretilla: dos varas de madera nudosa clavadas
a un travesaño, que iban a dar a los lados del eje de una
única rueda" (48).
La
rutina diaria de la institución es evocada en Stéfano,
de María Teresa Andruetto (49). En esa obra, la autora narra:
"El hotel está a pocos pasos de la dársena; tiene
largos comedores y un sinfín de habitaciones. Les ha tocado
un dormitorio oscuro y húmedo. En la puerta, un cartel dice:
Se trata de un sacrificio que dura poco. (...) Los dormitorios de
las mujeres están a la izquierda, pasando los patios. Por
la tarde, después de comer y limpiar, después de averiguar
en la Oficina de Trabajo el modo de conseguir algo, los hombres
se encuentran con sus mujeres. Un momento nomás, para contarles
si han conseguido algo. Después se entretienen jugando a
la mura, a los dados o a las bochas".
En
Memorias para no olvidar, de Eduardo Bedrossian, un armenio "En
Buenos Aires, apenas pasó por el Hotel de los Inmigrantes,
que era para europeos, no para asiáticos. Además los
piojos, entonces brazos armados de la ley, lo echaron a empujones.
Vivió en la calle durmiendo por la noche sobre los bancos
de las plazas, hasta que logró albergue en uno de los galpones
del Ejército de Salvación de La Boca; allí
tenía asegurado el techo y algo de comida. Los salvacionistas
distribuían democráticamente lo poco que tenían
entre muchos desarraigados y vagabundos hacia los que nadie quería
mirar" (50).
En cuentos
En el cuento de Luis León "Chacarita, Vísperas
de Pésaj", un sefaradí proveniente de Esmirna,
recuerda con disgusto su paso por el hotel: "Cuarenta días
en el vapor...no fueron menos que cuarenta años en el desierto,
y al llegar, ese hotel. Parecido a la timaraná de Chesmé,
igual a ese manicomio donde murió Doudou, su madre que nunca
lo abandonaba, y comenzó a dejarlo un día, de a poco,
en su cerebro, poco a poco hasta olvidar quién era su único
hijo, y otro día se fue entre esas paredes ajenas. Esas inmensas
salas llenas de camas, donde cada uno hablaba de lo suyo y sin que
nadie los entienda" (51).
El
recuerdo de ese lugar es una pesadilla para el hombre: "Así
llegó la oscuridad, invitándolos a dormir, y a soñar,
cuando apenas había bajado el sol. Sueños pesados,
adentro la timaraná, en las salas del Hotel de Inmigrantes,
con peleas en idiomas desconocidos, con camas altas casi inalcanzables
y trozos de matzá pisoteados, molidos por los gruesos zapatones
de inmigrantes que iban y venían sin verlos".
Estas
palabras nos traen a la memoria aquello que expresa sobre el Hotel
Jorge Páez en su libro El conventillo (52): "Como consecuencia
de este fenómeno de crecimiento, en una ciudad apenas preparada
para un cambio de tal magnitud, emergiendo trabajosamente de la
sueñera remansada del período anterior, nació
el conventillo, cuya antesala sórdida y atestada fue el célebre
Hotel de Inmigrantes".
María
del Carmen García es autora de los "cuentos de gringos"
que se encuentran reunidos en el volumen titulado Cuentos de criollos
y de gringos (53). En uno de los textos allí reunidos, la
autora presenta a unos asturianos que "Se acomodaron en una
pieza de pensión en La Boca, paso obligado para todo humilde
recién llegado, después del Hotel de Inmigrantes y
antes de alcanzar el soñado terrenito propio".
Patricio
Pron, escritor santafesino, seleccionó para integrar una
antología (54) un cuento en el que menciona un hotel anterior
al que conocemos. El protagonista de "La espera" "era
porteño. Había nacido allá por 1908 en La Boca,
en el Hotel de Inmigrantes, un día de lluvias frías.
Sus padres, llegados hacia días de Cataluña, le habían
transmitido casi sin saberlo esa sensación de ya no pertenecer
a ninguna parte, ni a Cataluña ni a Buenos Aires". El
edificio al que Pron se refiere ha sido adquirido por la Fundación
Andreani para la construcción de su nueva sede.
En el periodismo
Historiadores y memoriosos evocan dicha institución en el
periodismo gráfico. La revista Todo es Historia, que dirige
Félix Luna, dedicó una entrega (55) a los inmigrantes,
en coincidencia con la muestra de Casa FOA en el Hotel de Puerto
Madero. En dicha revista se recuerda que, en 1898, "se creó
la Dirección Nacional de Inmigración, construyéndose
y habilitándose el complejo edilicio formado por el definitivo
Hotel de Inmigrantes, el Hospital, el desembarcadero y la infraestructura
de lo que es hoy la Dirección Nacional de Migraciones".
Esa Dirección, "con todas sus oficinas y dependencias
anexas, funciona actualmente en el amplio complejo edilicio que
simultáneamente con el Hotel de Inmigrantes, se construyera
a comienzos de este siglo, más precisamente en la Av. Antártida
Argentina 1355, en terrenos otrora ganados al río, donde,
desde 1911 funcionan las oficinas dedicadas a la inmigración,
espacios inertes, acompañantes inmóviles de toda la
historia migratoria de la Argentina de los últimos 80 años".
Magdalena
Insausti es la autora del libro Argentina, un país de inmigrantes
(56). Escribió asimismo "Hotel de Inmigrantes Un proyecto
colosal para la gran Argentina", incluido en esta entrega de
la revista de Luna. Allí nos dice: "Como pocos lugares
en nuestro país, el conjunto de edificios denominados Hotel
de Inmigrantes, expresa el testimonio tangible de la historia argentina
del siglo XX. Su construcción se relaciona con los avatares
políticos de principios de siglo; la escrupulosa economía
de la inmigración que se trasluce en la administración
del Hotel; las estrategias migratorias que se cumplieron hasta en
la revisión de los equipajes; las colonias en el interior
y el traslado de los inmigrantes; la filosofía política
que subyace en los escritos de Juan Alsina, Juan P. Ramos y otros.
Los múltiples destinos del hotel se vinculan asimismo a las
exigencias o paradojas de nuestra historia. Así, fue sede
del Regimiento 1° de Infantería de Marina, oficinas de
Y.P.F., hogar escuela de la Fundación Eva Perón, o
escuela de inmigrantes" (57).
Héctor
Gambini escribe: "En el Hotel de Inmigrantes se enseñaba
a arar. Herir la tierra de a zanjones parejos para preñarla
de semilla y alumbrar alimento. Nada tan parecido a la vida. El
edificio había sido inaugurado en 1912 por el presidente
Roque Sáenz Peña en la mismísima dársena
norte, donde los europeos que bajaban de los barcos apilaban baúles
y sueños. Allí podían quedarse hasta cinco
días sin pagar un peso: era el tiempo que se calculaba para
tener un trabajo en la Argentina. Cinco días, como máximo,
para conseguir patrón. Y detrás un trabajo
estable, un salario, una casita con patio y parra. Nada tan parecido
a lo que venían a buscar quienes hacían fila en los
puertos de Europa. Filas para venir" (58).
En
1998, el Buenos Aires Herald llegó a sus primeros 122 años,
y los conmemoró publicando "The Argentine Mosaic. Who
we are and how we got here", un suplemento dedicado a la historia
de las colectividades que habitan el país. En el trabajo
referido a los irlandeses, Michael John Geraghty relata un lamentable
suceso en el que se menciona el Hotel. En 1889 arribó el
SS City of Dresden, con alrededor de dos mil pasajeros. "The
episode was a total fiasco. When the ship docked, the Hotel de Inmigrantes
was full and the parched, starving passengers were forced to sleep
in the open". Estos inmigrantes fueron finalmente destinados
a Napostá, cerca de Bahía Blanca, desde donde en 1891
quinientos veinte colonos regresaron a Buenos Aires, "broken
in spirit, uterly destituted". Los adultos quedaron librados
a su suerte; los niños y niñas fueron enviados a la
primera Fahy School y al Irish Girls Orphanage, respectivamente
(59).
En
el Hotel se habría hospedado también un renombrado
antropómetra. Lo afirma Diego Heller (60): "El había
nacido en Lessina, una ciudad del imperio austrohúngaro.
(...) se llamaba Juan Vucetich, y en el otoño de 1884 desembarcaba
sus sueños de recién venido en el Hotel de los Inmigrantes".
Tenía claros sus objetivos: "Vucetich había desembarcado
con dos ideas: hacerse la América y no volver a cargar un
barril más en la vida".
El
alcaide mayor retirado Horacio Benegas recordó que "A
principios de siglo, los primeros guardias eran gallegos o yugoslavos,
traídos a la Argentina para trabajar en las cárceles.
Muchos llegaban al puerto de Buenos Aires y seguían viaje
al penal de Ushuaia; otros paraban en el Hotel de los Inmigrantes
y eran destinados a unidades de acá" (61). En el Hotel
se reclutaba a los europeos "no bien bajaban del barco"
(62).
En
1999, La Prensa editó un suplemento para celebrar su 130°
aniversario. En él se recuerdan los hechos fundamentales
que tuvieron lugar durante las décadas que van de 1869 al
año mencionado. Entre estos hechos, se encuentra al arribo
masivo de inmigrantes a nuestro país y su alojamiento en
el Hotel de Puerto Madero. Escribe Sergio Limiroski: "Luego
de pisar tierra y registrar su apellido por lo general mal
escrito- en la aduana, aquellas familias, de rostros duros de hambre
y cansancio, eran alojadas en un viejo edificio de Retiro, que en
1911 se transformó en Hotel de Inmigrantes. Muchos de estos
niños de las familias, hoy convertidos en abuelos, recuerdan
al viejo hotel que funcionó hasta 1952- con aquellos
largos tablones donde se comía, los tarros de metal con que
se tomaba la leche, las camas marineras donde se dormía,
mientras esperaban que sus padres consiguieran el trabajo que les
permitiera quedarse" (63).
Susana
Aguad, escritora, recordó al Hotel en su texto "Al bajar
del barco". En esas líneas rememora los primeros instantes
americanos de su abuelo, nacido en Italia, que emigró a los
diecisiete años. Escribe Aguad: "El sol es tan fuerte
como en Oleggio, donde se festeja este mismo día el comienzo
del verano, mientras que aquí, en el confín del mundo,
hace un frío polar. Cuando suben los agentes del Commissariato
dellEmigrazione ya están todos alineados frente al
desembarcadero. A la derecha de la oficina de registro se levanta
el edificio blanco del Hotel de Inmigrantes. Podrán alojarse
gratuitamente durante cinco días y con sus tarjetas numeradas,
entrar y salir libremente. Se disipa la angustia de una travesía
de dos meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo, a
algunos se les llenan los ojos de lágrimas cuando miran por
última vez al Génova con sus dos banderas
trenzando azules y verdes" (64).
En
una nota acerca del libro que la fotógrafa María Zorzon
publicará sobre sus antepasados friulanos, se narra un episodio
vinculado al hotel, relatado por Juan Faccioli, uno de los "integrantes
de aquella primera migración que dejaron testimonios escritos":
"Según Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se
enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco,
donde les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes:
algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin
conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista
y, desde allí, a una colonia que se formaría del otro
lado del arroyo El Rey" (65).
Chiérico
recuerda la llegada de alemanes al Hotel: "Era el año
1878, en una calurosa tarde del 18 de febrero, cuando ancló
en el puerto de Buenos Aires el trasatlántico Hohenstab,
transportando a su bordo a las diecinueve familias alemanas, que
llegaban después de una larga y penosa travesía, desde
las lejanas tierras del Volga. (...) Se los alojó en el Hotel
de Inmigrantes y allí, en la Santa Misa con que celebraron
la llegada al País de la Esperanza, comieron el Pan de la
Vida en la Santa Eucaristía y probaron el blanco pan de trigo
argentino" (66).
El
folleto informativo del Museo Histórico Juan Szychowski,
de la ciudad de Apóstoles, Misiones, incluye una referencia
a la institución. Hablando de un contingente de polacos que
desembarcó en nuestro país, dice el autor: "Luego
de permanecer algún tiempo en el legendario Hotel de
Inmigrantes arribaron al puerto de Posadas, y desde ahí
marcharon a pie durante varios días hasta la recién
fundada Colonia de Apóstoles, recorriendo los 80 km que los
separaban de su destino tras los carros que transportaban sus pocas
pertenencias" (67).
Internet
Los sitios de Internet también se refieren a la institución.
En el sitio Monumentos de la Ciudad de Buenos Aires, se proporciona
información sobre el Hotel:
"A
fines del siglo XIX el progreso de la Argentina era acompañado
por el crecimiento de la inmigración. El Estado requería
respuestas prácticas para ordenar el impacto inmigratorio.
La política de balance entre la asistencia social al inmigrante
y los intereses y control del Estado, tuvo como emblema al Hotel
de Inmigrantes, concebido como una unidad funcional, administrativa,
social, económica que ordenaría y regularía
la llegada y distribución de los inmigrantes".
En
ese mismo texto se recuerda la historia del complejo edilicio: "Las
obras del Hotel se adjudicaron en 1905 a los constructores Udina
y Mosca, de origen italiano. (...) En enero de 1911, el complejo
fue inaugurado por el Presidente Sáenz Peña. El edificio
del Hotel, replanteado por el arquitecto Juan Kronfuss, se terminó
en 1912" Y albergó a miles de inmigrantes, hasta que
"El declive de la inmigración desde principios de los
50 señaló el fin de la historia del hotel"
(68).
El
ingeniero Carlos Massini fue el "autor del conocido Hotel
de Inmigrantes de la ciudad de Buenos Aires, en el cual se
alojaba a principios de siglo a 790 personas por día y por
el cual pasaron 289.640 personas en 1910, la mitad de italianos
y un cuarto de españoles, siendo el cuarto restante de otras
nacionalidades" (69).
En
el sitio de la ciudad de Crespo, Entre Ríos, se recuerda
que al Hotel llegó Alfredo Coasollo, quien "había
nacido en 1875, en la provincia de Torino, comuna del Monasterio
de Cantalupa. (...) A la edad de 15 años se embarcó
en Génova rumbo a Buenos Aires, completamente solo, empleando
48 días en el viaje con el vapor Manila. El pasaje
le costó 163 liras, y arribó al puerto de Buenos Aires
con un capital de 7 liras y un inmenso entusiasmo de trabajar. El
director del hotel de inmigrantes le entregó un pan de 4
kilos ya cortado y lo puso sobre el tren rumbo a estación
Aurelia, en la provincia de Santa Fe" (70).
En
el sitio "Mafiosos Luján" leemos: "A fines
de 1910 llegan a la Argentina siete sicilianos que declaran ser
cultivadores de olivo. En sus documentos no se registran antecedentes
delictivos. Años después los apellidos de estos inmigrantes
aparecerán en la crónica policial como mafiosos. Estos
siete italianos que el 12 de diciembre de 1910 se registran en el
Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires son: José Albarracín,
Giuseppe Ambrosetti, Pepe Anchoristi, Luisiano Garccio, Benito Ferrarotti,
Felipo Dainotto y Juan Galiffi. Este último llegó
a ser el capo máximo de la maffia en Argentina, siendo apodado
Chicho grande, y fue padre de la célebre Agatha
Galiffi" (71).
En videos
En 1994, la Videoteca Educable publicó el video titulado
Los inmigrantes, en el que María Sáenz Quesada se
refiere al Hotel (72).
Se
refirieron al Hotel Eliahu Toker y Ana Weinstein, en su programa
"Historias de la calle judía: El Hotel de los Inmigrantes.
Relatos de inmigrantes que pasaron por allí" (73).
En
setiembre de 2002, en Montevideo, Uruguay, se llevó a cabo
el 3° Festival de Escuelas de Cine & Video. En esa oportunidad,
el jurado integrado por María Dora Mourao, Diego Fernández
y Silvio Fischbein otorgó el Premio al Mejor Documental compartido
ex aequo a Hotel de Inmigrantes, "de David Munk, del Instituto
de Tecnología ORT N°2 de Argentina, por su mirada poética
para relatar un momento de la historia del país" (74).
En televisión
El 12 de septiembre de 2002, el ciclo En el camino, que Mario Markic
realiza en TN, dedicó al Hotel su emisión, a la que
tituló "Hotel de sueños". En ese programa,
el periodista entrevista al profesor Ochoa de Eguileor, quien manifiesta,
entre otros conceptos: "Aquí había inmigrantes
de diferentes países, con diferentes idiomas, que hacían
sus grupúsculos ya entre sí, se juntaban e iban al
mismo lugar del comedor, habían logrado estar en el mismo
dormitorio y salían en conjunto a la calle, porque tenían
libertad de salir del hotel hasta las siete de la tarde. Las señoras
también se juntaban de acuerdo a la nacionalidad en los jardines
con los chicos, esperando a sus maridos, se pasaban la mañana
en el jardín, en los grandes jardines" (75).
En
agosto de 2003, el programa Escala Real, que se emite por Canal
á, difundió un trabajo sobre el Hotel de Inmigrantes,
en el que participaron el profesor Jorge Ochoa de Eguileor y la
arquitecta Graciela Seró Mantero -Consultores Coordinadores
del Programa Complejo Museo Hotel del Inmigrante-, el arquitecto
Carlos Pernaut y el licenciado Gabriel Miremont.
En teatro
El Hotel es evocado en Temperley, obra teatral dirigida por Luciano
Suardi. La protagonista es "una mujer de casi 90 años
que llegó de España a los 17, pasó por el Hotel
de Inmigrantes, se casó con un muchacho bueno y trabajador
y armó su casita con un jardín que serviría
de cobijo a su descendencia. Allí, en Temperley, por supuesto.
Ahora, su vida es una obra de teatro" (76).
El Hotel abre sus puertas. A quienes
vinieron desde otras tierras, y a las nuevas generaciones, descendientes
de aquellos que tuvieron tanto valor y tanta nostalgia. Su transformación
en museo nos llena de orgullo, pues a muchos, nos habla de nuestra
sangre, y a todos, de nuestro pasado como nación.
NOTAS
1. Ortega, Exequiel César: Cómo fue la Argentina (1516-1972).
Buenos Aires, Plus Ultra, 1972.
2. Ochoa de Eguileor, Jorge y Valdés, Edmundo: Donde durmieron
nuestros abuelos. Los Hoteles de Inmigrantes de la Ciudad de Buenos
Aires. Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio
Argentino.
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de Inmigrantes Arte y Memoria Audiovisual, 2001.
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en www.sanatorioplaza.com.ar. Rosario, 3 de noviembre de 2002.
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Buenos Aires" La reconstrucción de la identidad (1900-1950).
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10. A.A.: "Viaje de egresados con sabor a solidaridad",
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11. Casanovas, Laura S.: op. cit.
12. Di Stéfano, Horacio: "El Hotel de Inmigrantes: albergue
para la nostalgia...", en TANGOSHOW El lugar del Tango en Internet,
www.tangoshow.com, 1999.
13. Gacetilla de Prensa de Casa FOA. Buenos Aires, 2000.
14. ibídem
15. Entrevista en La Voz del Interior on line, Córdoba, 24
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16. Alpersohn, Marcos: "Memorias de un colono argentino",
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17. Chajchir, Mauricio: "Viaje al país de la esperanza:
Relato de un viajero del Pampa", en La Opinión, 8 de
agosto de 1976, reproducido en Asociación de Genealogía
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18. Gerchunoff, Alberto: "Autobiografía", en Alberto
Gerchunoff, judío y argentino. Selección y prólogo
de Ricardo Feierstein. Buenos Aires, Milá, 2001.
19. Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos
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20. Rotstein, Enrique y Fabio: "Fanny Dubroff y David Rotstein",
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22. Panettieri, José: Los trabajadores. CEAL, 1982.
23. Rodríguez, Andrea: "La vida es un dibujo. Cómo
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extraído, con autorización de los editores, de la
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18 de noviembre de 1999.)
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43. citado por Soler Cañás
44. Argerich, Antonio: ¿Inocentes o culpables?. Madrid, Hyspamérica,
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49. Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires,
Sudamericana, 2001.
50. Bedrossian, Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos Aires,
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52. Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
53. García, María del Carmen: Cuentos de criollos
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56. Insausti, Magdalena: Argentina, un país de inmigrantes.
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57. Insausti, Magdalena: "Hotel de Inmigrantes: un proyecto
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58. Gambini, Héctor: "Cuando la historia se muerde la
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59. Geraghty, Michael John: "Land, lambs, churches... and schools",
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60. Heller, Diego: "Manos delatoras", en Clarín
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61. Messi, Virginia: "Los últimos días de la
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63. Limirosky, Sergio: "Y entonces llegaron Ellos", en
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64. Aguad, Susana: "Al bajar del barco", en Clarín,
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71. www.geocities.com/stoneslujan/cgrandecchico.htm.
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